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No soy de los que vieron Nueva York en el cine y la ambicionaron enamorados desde entonces. Soy, peor aún, de quienes le temieron al principio, de quienes por primera vez la pisaron con reticencia, negándose a la entrega, de quienes poco a poco, pero para siempre, cayeron en el abismo de sus encantos, enamorándose del lugar con una mezcla de fervor adolescente y deliberada pasión adulta. Fue hasta esta última vez, tras visitarla por días y vivirla semanas durante muchos años, que de verdad la dejé entrar avasallante y bellísima, tenue al amanecer, embriagadora por las tardes y hasta que la noche llegaba desde el Atlántico, abrazándola a pesar de cuanto se defiende con millones de luces y ruidos y almas apresuradas cubriéndole el corazón que tiene tibio como si anduviera siempre en amores.

Esta vez, al principio de abril, con la primavera incipiente cruzada de lloviznas, con el cielo nublándose hasta impedirnos la luna, con un frío de diciembre mexicano, consiguió rendirme a la veneración de sus luciérnagas y hacer que de repente no sólo esos días, sino muchos otros de los que la viví creyéndome a salvo de sus encantos, se volvieran significativos y tomaran mi ánimo con el hechizo de su aparente indiferencia, de su vocación de anonimato, de su mentiroso litigio con la idea de que cada persona es irrepetible porque como pocos lugares respeta la certeza de que cada persona es única y por lo mismo irrepetible, original, preciosa.

Sólo estuve cuatro días. Por supuesto que no me dio tiempo de visitar otra vez todo el Museo Metropolitano, ni todo el de arte moderno, ni siquiera completo el Guggeheim. No encontré boletos para oír a Plácido Domingo por más que iba instalada en el derroche y los hubiera comprado sin pudor en la reventa, si en la reventa hubiera habido. No caminé Central Park todos los días, ni me compré un vestido excepcional, ni crucé con ardor diez veces por Rockefeller Center, ni vi un musical cada noche, ni comí tres veces en el Gino’s, la comida italiana más deliciosa que haya pasado por mi boca, ni encontré a Tomás Eloy Martínez para darle el abrazo que le debo, ni vi a Thomas Colchie, mi agente, para reírme con su convicción de que un día venderemos en “América” diez veces más de lo que vendemos en América, ni alcancé a ir de compras o siquiera pasear tres horas por la Quinta Avenida para afinarme el gusto entrando a una tienda más sofisticada que el Banana Republic de la calle Lexington. Pero hice un poco de todo eso, y no sé cómo se mezclaría una cosa y la otra en el fondo de mi ánimo que recuperé de golpe el aroma de otras visitas y vi a través de la luz de esta última mezcla cosas que no había visto en lo que vi antes. Quizá porque otras veces me empeñé en hacerlo todo y esta vez me dejé estar como quien busca un diamante sabiendo que ése no se busca, se encuentra. Además conversé horas y horas con mi amiga Lola Lozano, que iba de ángel guardián preguntándose de qué me guardaba, y con Julie Grau, mi editora y amiga, otra que está segura de que un año cualquiera no sólo Nueva York sino la inmensa y multimillonaria mujer dueña del programa de tele cuya recomendación vende libros como cafiaspirinas, leerán mis escritos con la generosa devoción con que ella los leyó sin haberme visto la cara, oído el nombre o conocido la risa que tan bien encontramos al encontrarnos.

Y caminé todas las calles y me rendí a todos los sueños que la ciudad quiso prestarme. Por unos días tuve el cuerpo convencido de que no hay edad más altanera, dichosa y resistente que los cincuenta años. No me dolieron los pies, ni la cabeza, ni el estómago, ni la espalda ni el alma. Estuve cuarenta minutos detenida frente el gesto indeleble de la planchadora que pintó Picasso, bailé una tarde bajo la lluvia en la calle 25, esperando un taxi que no iba a llegar nunca y dejando que Lola se afligiera por las dos, en un ensayo inconsciente de lo que sufriría más tarde, también por las dos y sin que yo pudiera remediarlo, ni ir bendiciéndola por estar cerca como lo estuvo.

En las mañanas nunca me dio malestares la copa de las cenas, ni tuve miedo a que me robaran la bolsa, pánico a perderme entre el Village y el Metro, horror a encontrarme dos japoneses tomándose fotos en el lobby del Waldorf con la misma inocencia con que quisiera tomármelas yo, si no cargara con las dosis de fobia al ridículo que me han echado encima entre mi hermana Verónica y mis dos hijos. Fotos en la escalera que aún suena a la música de Cole Porter. Podría llevarme una y ponerla en mi estudio, pero esa pena ajena sí que no puedo provocárselas a mis vástagos. Así que sólo de eso me privé en esta visita. Pero de nada más. Ni siquiera de invocar a Corleone caminando por la vieja ciudad, menos aún de bendecir a la condesa Olenska por haberse atrevido a ser distinta en una ciudad que terminó siendo como ella la hubiera soñado: libre y beligerante.

Seguro porque me cayó encima tanta emoción inesperada, me llevé al aeropuerto una tal cantidad de energía sobrante que de pronto, sin más aviso que el sonido de la música tenue y rara que precede mi epilepsia, me perdí en una crisis. Y no en una cualquiera, de esas que muy de vez en cuando repican en mi cuerpo como el recuerdo de que ahí hubo un acantilado que turbó mi adolescencia y afligió a mis padres como si de verdad existiera el diablo, sino en una intensa, larga y aguerrida serie de crisis de energía en desorden por las cuales nunca acabaré de resarcir a la inerme, asustadísima y al fin de cuentas valiente Lola que fue conmigo a dar a un hospital de tercera en el Queens, del cual tengo y quiero tener muy escasa memoria.

Dicen las estadísticas que el dos por ciento de la población tiene epilepsia. No sé qué tanto sabrán las estadísticas, pero eso haría que sólo en México yo esté acompañada en semejante despropósito por dos millones de personas. Sin embargo, tener epilepsia sería estar horriblemente sola, si no fuera por quienes a nuestro alrededor no la tienen y nos acompañan a llevarla y la miran sin hacernos sentir que les pesamos, que algo de maldición tenemos, que algo en alguna parte hicimos mal.

No me gusta hablar de esto, no me gusta cargarlo ni quejarme porque lo cargo, no me gusta ni siquiera pensarlo. Por eso voy a Nueva York y a donde tenga que ir, y volveré aunque lo haga caminando por el borde de un acantilado. Tuve la fortuna de nacer en el siglo veinte, de que hace muchos años exista la carbamacepina. de estar casi siempre a salvo y tener cerca la índole ardiente y generosa de quienes me acompañan cuando no lo estoy. Gracias, Lola, no me voy a cansar de pedirte perdones por el susto, la noche en vela, el desafío a la hermandad. Gracias, Héctor, gracias. Jorge Eduardo, gracias, cónsul, gracias luciérnagas de Nueva York.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.