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La Conferencia de las Partes sobre el Cambio Climático en Glasgow (COP26) fue denominada como “la mejor y última oportunidad” para controlar la emergencia climática. Después de doce días de intensas negociaciones en las que se alcanzaron diversos acuerdos, el Pacto Climático de Glasgow causó una enorme decepción en la opinión pública internacional, así como la crítica de la comunidad científica y los grupos ambientalistas. Para comprender la relevancia de la COP26, discutiré el desarrollo de la política climática internacional y, posteriormente, expondré los resultados del Acuerdo Climático de Glasgow y sus potenciales implicaciones políticas para el corto plazo.

Ilustración: Belén García Monroy

La magnitud del cambio climático repercutirá en la severidad de sus impactos y en la capacidad de la sociedad para adaptarse a estos cambios. Un incremento de 1.5 °C en la temperatura del planeta con respecto al período preindustrial afectaría de manera directa al 14 % de la población global —particularmente en las zonas costeras, las regiones áridas y los más de cincuenta países insulares. En este escenario, la cooperación internacional y el desarrollo de tecnologías e infraestructuras de adaptación permitirían gestionar los impactos y mantener el desarrollo humano. Un incremento de 2 °C afectaría directamente al 36 % de la población global. Este escenario reduciría el margen de adaptación, lo cual se traduciría en el desplazamiento de alrededor de mil millones de personas, así como en el incremento de la pobreza e inequidad dentro y entre los países. En cambio, la transformación de los sistemas ambientales y humanos en un escenario de calentamiento global de 3 °C comprometería la viabilidad de la sociedad como la conocemos.

Desde 1992, las negociaciones en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático se han enfocado en la reducción (o mitigación) de los gases de efecto invernadero (GEI) que causan este fenómeno. Como resultado de este proceso, el Protocolo de Kioto (1997), por un lado, fijó objetivos de mitigación vinculantes para los países industrializados y, por otro, promovió la construcción de políticas climáticas en los países en desarrollo. Los países industrializados tienen una responsabilidad histórica ante la emisión y acumulación atmosférica de los GEI; no obstante, como resultado de la globalización de las cadenas industriales, las principales economías emergentes —China, India, Brasil, México, Indonesia y Sudáfrica— presentaban un acelerado incremento en sus emisiones. Parte de la complejidad del cambio climático radica en que la emisión de GEI a nivel país tiene un efecto planetario y, por ello, se requiere de una reducción en las emisiones netas globales.

La diferencia en los compromisos entre países industrializados y las economías emergentes causó una controversia respecto a la distribución de responsabilidades y la efectividad del Protocolo que obstaculizó su implementación. Mientras que Estados Unidos, Australia y Canadá se negaban a reducir sus emisiones sin la corresponsabilidad de las economías emergentes, China, India y Brasil se oponían a adquirir compromisos de mitigación. En cambio, la posición de México mediaba entre la ineludible responsabilidad de las economías emergentes en el tema y el apoyo financiero, la transferencia tecnológica y la flexibilidad temporal que requerían estos países para reducir las emisiones sin afectar su desarrollo.

Tras el fracaso del Protocolo de Kioto, la arquitectura del Acuerdo de París (2015) fue clave para reencauzar las negociaciones internacionales. El acuerdo se basó en cuatro pilares: primero, estableció como objetivo mantener el calentamiento global por debajo de los 2 °C y fortalecer la cooperación para limitarlo a 1.5 °C; segundo, cada país, de acuerdo con sus capacidades, estableció sus medidas y objetivos de mitigación en las Contribuciones Nacionalmente Determinadas (NDC, por sus siglas en inglés); tercero, los países revisarían e incrementarían la ambición de las NDC cada cinco años; cuarto, los países industrializados canalizarían anualmente 100 mil millones de dólares para apoyar el desarrollo de políticas, tecnologías e infraestructuras en el Sur Global.

Los compromisos establecidos en el Acuerdo de París fueron limitados frente a los objetivos climáticos —las metas de mitigación de las NDC estabilizarían el calentamiento global en torno a 3.5 °C. Sin embargo, el acuerdo permitió el involucramiento de los países industrializados y las principales economías emergentes. Además, se esperaba que la implementación de políticas climáticas a nivel nacional, el financiamiento internacional y el acelerado avance en la costo-efectividad de las tecnologías de bajas emisiones de carbono generaran las condiciones para alinear los compromisos nacionales con los objetivos del acuerdo realizado en 2021 de mantenerse por debajo de 2 °C y 1.5 °C respectivamente.

El posterior arribo de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos en 2017 fue desastroso para la política climática internacional. El gobierno de Trump desmanteló las políticas de mitigación establecidas en la administración de Obama y retiró a los Estados Unidos, el segundo emisor de GEI a nivel global, del Acuerdo de París. Si bien la Unión Europea —en particular Alemania y Francia— y China buscaron sostener el proceso internacional, no lograron restituir el financiamiento y la influencia diplomática de los Estados Unidos. Además, la posición estadounidense facilitó el retroceso de otros países. Por ejemplo, en Brasil, el gobierno Jair Bolsonaro desmontó las políticas orientadas a reducir la deforestación de la Amazonia.

La temperatura del planeta se ha elevado en torno a 1.3 °C y se estima que alcanzará 1.5 °C para el 2030. Actualmente, los efectos adversos del cambio climático se expresan en distintas regiones. Por ejemplo, los frecuentes incendios forestales de gran escala en Australia, California y la Amazonia; la inundación de zonas densamente pobladas en Bangladesh; y la prolongada sequía en Centroamérica vinculada, además, a la crisis migratoria en México y los Estados Unidos. Por ello, la reducción de las emisiones globales de GEI en los siguientes siete años es fundamental para evitar impactos irreversibles.

En este contexto, la llegada de Joe Biden a la presidencia de Estados Unidos  en 2021 oxigenó las negociaciones internacionales. El primer día en la presidencia, Biden reincorporó a los Estados Unidos al Acuerdo de París y lanzó un ambicioso programa para lograr cero emisiones de GEI en el sector eléctrico para el 2035 y en todos los sectores en 2050. El nombramiento de Jhon Kerry —ex secretario de Estado y clave en la negociación del Acuerdo de París— como Enviado Especial de la Presidencia para el Clima reimpulsó la diplomacia estadounidense en el tema. Por ejemplo, en abril del 2021, Biden convocó a los Jefes de Estado y de Gobierno de las cuarenta economías más poderosas  a la Cumbre de Líderes sobre el Clima para catalizar la acción internacional rumbo a la COP26.

En esta última, los países establecerían la segunda ronda de las NDC que enmarcarían los esfuerzos de mitigación en la siguiente década. Para mantener el calentamiento global en 1.5 °C, se requiere de una reducción del 45 % de las emisiones globales de GEI para el 2030. Empero, en Glasgow, sólo Reino Unido, Costa Rica, Nepal, Marruecos, Nigeria y Etiopía establecieron compromisos acordes con el objetivo de 1.5 °C. Estados Unidos, Chile, la Unión Europea, Perú, Sudáfrica y Japón robustecieron de manera significativa sus compromisos y establecieron como meta alcanzar cero emisiones netas para el 2050 —compatible con un escenario de 2 °C. China, con el 28 % de las emisiones globales, realizó avances relevantes respecto al 2015, aunque sus compromisos aún se enfilan a un escenario de 3.6 °C. Otros, como Argentina, Colombia, Indonesia y Australia, establecieron objetivos limitados. Contrario al Acuerdo de París, Brasil y México redujeron sus metas de mitigación respecto al 2015, y este último se mantuvo al margen de los compromisos para reducir y retirar el uso del carbón. Además, las contribuciones de India y Rusia fueron limitadas (alineadas a un escenario de hasta 4 °C) y la posición de sus delegaciones afectó el avance de las negociaciones.

En la COP26, 141 países (cuyo territorio abarca el 85 % de la cubierta forestal) acordaron detener la deforestación para el 2030; 40 países pactaron el retiro del carbón como energético (responsable del 43 % de las emisiones globales); 23 naciones acordaron detener la construcción de carboeléctricas, y se pactó la reducción del 40 % de las emisiones de metano para el 2030. Además, de manera paralela, Estados Unidos y China acordaron fortalecer su política interna y externa para asegurar la implementación del Acuerdo de París. Sin embargo, el Pacto Climático de Glasgow se traduciría en un incremento de 14 % en las emisiones de GEI para el 2030, en ruta a un calentamiento global de 2.7 °C. Por ello, los países también acordaron revisar sus NDC para la COP27. Con este aplazamiento, se espera que el incremento en el financiamiento internacional y la colaboración de la diplomacia estadunidense y china reduzcan la brecha entre los compromisos de mitigación y los objetivos climáticos.

Frente a la magnitud de la emergencia climática, ya no en el largo plazo, sino en el transcurso de la siguiente década, su abordaje no puede ser una alternativa. Por ello, el potencial fracaso del multilateralismo genera riesgos políticos y económicos para las economías emergentes como México. Por ejemplo, este escenario promueve el desarrollo de las tecnologías de ingeniería climática con amplios riesgos respecto a sus efectos regionales y gobernanza internacional. Aunado a esto, en Estados Unidos y la Unión Europea se discuten medidas como el subsidio a los autos eléctricos y la implementación de impuestos a la importación de productos sumamente nocivos en la emisión de carbono. Estas medidas podrían incentivar el retiro de las cadenas industriales de las economías emergentes para promover su reubicación en los socios comerciales que sostengan políticas climáticas robustas.

 

Nain Martínez
Profesor-investigador en el Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México

 

Un comentario en “Los resultados de la Cumbre Climática en Glasgow y sus implicaciones políticas

  1. Tengo una duda respecto a los créditos de carbono. ¿Existe la posibilidad de que el mercado de los créditos de carbono promueva la sustitución de las vegetaciones nativas de cada país, por vegetación eficiente en la captura del carbono?