Defiendo al CIDE porque defiendo a México

Durante las últimas semanas, la comunidad del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) ha ocupado un lugar notable en los medios y la opinión pública. En Twitter, el hashtag #YoDefiendoAlCIDE ha sido tendencia varios días. El sábado 4 de diciembre, miles de integrantes de la comunidad CIDE, junto con familiares y colegas solidarios de diversas instituciones académicas del país, marchamos en Ciudad de México, del Parque Hundido a las oficinas del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). Al día de hoy, las instalaciones del CIDE en sus dos campus en CDMX y Aguascalientes están cerradas por un paro estudiantil. Todo ello es resultado del cuestionable proceso de designación de José Antonio Romero Tellaeche como director general del CIDE, así como de las arbitrarias decisiones que tomó durante su periodo como interino. Para muchos, sin embargo, probablemente todavía no queda claro qué es el CIDE, ni por qué se le defiende (o de qué). Ofrezco aquí unas notas personales que espero puedan ayudar a entender mejor lo que está pasando y lo que está en juego.

Árbol

Ilustración: Belén García Monroy

Defender al CIDE es defender la casa de uno (y mucho más)

El CIDE es un centro público de investigación del Estado mexicano, especializado en ciencias sociales y humanidades. Ha sido mi casa (académica, laboral, fraternal) desde finales de 2013. Al regresar de mi doctorado en Reino Unido, toqué las puertas de varias instituciones académicas. Por diversas razones, ninguna se abrió. Fue la generosidad de Mauricio Merino (con su Red por la Rendición de Cuentas) y, después, de David Arellano (División de Administración Pública) lo que me trajo aquí. Han sido ocho años intensos, exigentes, retadores, a veces agobiantes. Pero, sobre todo, han sido años llenos de satisfacción, crecimiento personal, orgullo y agradecimiento.

En este tiempo he tenido la suerte de investigar y dar clases en un entorno libre y plural. En el CIDE he encontrado una comunidad académica activa, crítica, preparada, motivada y motivante. Profesores y estudiantes con preferencias políticas, personalidades y gustos diversos, pero unidos por una muy fuerte raíz doble: un innegable compromiso con México, sus temas, sus problemas, sus necesidades, sus posibles soluciones y futuros; y un inmenso amor por el conocimiento, los métodos y enfoques (así, en plural) científicos, la evidencia, la discusión informada, la veracidad. Una comunidad que piensa, analiza y debate apasionadamente la realidad de su país, pero siempre desde una perspectiva comparada e internacional.

El CIDE me ha permitido desarrollar mi trabajo académico sin imposiciones. He diseñado e impartido cursos en licenciatura, maestría y doctorado (además de incontables diplomados) sin orientaciones políticas, pensando únicamente en qué discusiones y qué lecturas serían las más útiles para los estudiantes. Junto con apreciados profesores del CIDE y otras instituciones, así como con algunos de mis alumnos y ahora colegas, he colaborado en la edición de una decena de libros y números temáticos de revistas académicas sobre cuestiones de administración y políticas públicas fundamentales para México: implementación, análisis de políticas, confianza hacia las instituciones públicas, regulación, la Línea 12 del metro de la CDMX, reformas gubernamentales, transferencia de políticas. El CIDE me ha brindado los tiempos, espacios y recursos necesarios para involucrarme en redes científicas nacionales e internacionales, así como para invitar a decenas de investigadores de todo el mundo a platicar con nuestra comunidad. Nunca, nadie, me ha dicho qué investigar (o no).

Por todo ello, defender hoy al CIDE ante los ataques externos y las arbitrariedades internas me resulta sencillo, necesario incluso. No faltará quien diga que simplemente estoy “defendiendo mis privilegios”. Lo que no entienden es que no son privilegios. Ese tipo de libertades intelectuales y condiciones laborales son las que caracterizan a las mejores instituciones académicas del mundo: libertad de cátedra, apoyo institucional, respeto, colaboración, aprendizaje, debate informado, compromiso con la verdad. Al defender al CIDE no sólo defiendo mi casa, sino la posibilidad (o más bien la necesidad) de que las condiciones que yo encontré en el CIDE dejen de ser una excepción y se conviertan en la norma común a todo espacio científico y académico en México.

Defender al CIDE es defender nuestras libertades democráticas

He leído incontables críticas a un video de 2018 que, predeciblemente, surge cada vez que se habla de defender al CIDE. Como se sabe, el video muestra a un puñado de estudiantes diciendo que votarán por el ahora presidente Andrés Manuel López Obrador, y no mucho más. Así, mientras que para el presidente y sus seguidores el CIDE es una institución “neoliberal”, para muchas otras personas ese video muestra que el CIDE dio su apoyo a AMLO, que es un lugar de “chairos” y que, por lo tanto, “se merece” lo que hoy pasa. Por obra y gracia de un video, las intolerancias democráticas de los extremos políticos coinciden en criticar al CIDE.

La importancia que muchos dan a ese video es, por decir lo menos, absurda. Cualquiera tiene derecho a votar por quien desee y a expresar (o no) sus preferencias políticas, siempre y cuando no viole las reglas y los tiempos electorales. Además, la forma en que hayan votado algunos integrantes de la comunidad no quiere decir que “el CIDE” votó en uno u otro sentido, así como “la UNAM” o “el Tec” no votaron por uno u otro candidato. Nunca hubo un desplegado de apoyo, un comunicado oficial o una instrucción pidiendo el voto a favor o en contra de algún partido o persona. Ni toda la comunidad del CIDE votó por el actual presidente. Como ocurre en todas las instituciones de educación superior, públicas y privadas, las preferencias políticas de quienes integramos el CIDE son diversas: entre mis colegas, algunos votaron por AMLO, otros no. (En mi caso, de hecho, decidí no votar por los principales candidatos, sino por un reconocido académico, aunque el ejercicio fuera meramente simbólico.) Pero más allá del sentido de nuestros votos, ¿somos responsables en el CIDE de las malas decisiones presidenciales y sus posibles consecuencias negativas? ¿Merecen una institución del Estado mexicano y su comunidad el maltrato, la estigmatización, los recortes sin sentido y las calumnias expresadas desde el poder?

La decisión de criticar al CIDE (o de no defenderlo) por lo que hay en ese video devela, asimismo, actitudes profundamente antidemocráticas. No sólo se muestra intolerancia ante la diversidad de opiniones, sino que se contribuye a la dañina polarización política alentada por el Ejecutivo federal. Se afecta, también, el ejercicio presente y futuro de las libertades democráticas que nos permiten convivir políticamente: la libertad de voto, la libertad de expresión, la libertad de pensamiento. Decir que alguien (el CIDE, su comunidad, sus aliados) “se merece lo que le pasa” es ignorar que, en democracia, los ciudadanos pueden votar hoy por un partido y mañana por otro. Que su apoyo en la jornada electoral no cancela su libertad para cambiar de opinión, ni mucho menos implica renunciar a su derecho a criticar a las autoridades y exigirles cuentas claras de sus acciones y decisiones.

Por todo lo anterior, he dedicado incontables tuits (y ahora estos párrafos) a defender a nuestros estudiantes por un video en el que nada tuve que ver. Los profesores del CIDE y, en realidad, todos los profesores, expertos, líderes de opinión y políticos, somos corresponsables de construir y salvaguardar un ambiente seguro para nuestros jóvenes estudiantes. Para que ellas y ellos puedan ejercer sus derechos y libertades sin temor a que alguien les hostigue por involucrarse (legal y legítimamente) en la vida política del país. Porque nuestra democracia no necesita burlas o reclamos inútiles entre ciudadanos, sino exigencia permanente hacia nuestros gobernantes. Porque la democracia es ensayo, error y aprendizaje; es pluralidad y tolerancia; es votar, argumentar, escuchar, criticar. Y respetar.

Defender al CIDE es defender la educación pública de calidad

Son muchas las críticas que hoy se hacen al CIDE. Aunque sin duda algunas son válidas, también abundan las que muestran mucho desconocimiento, cuando no evidente mala intención. Son críticas que, además, pierden de vista dos cosas. Primero, parafraseando a un funcionario tristemente célebre, que el CIDE sirve para lo que sirve y no sirve para lo que no sirve. Segundo, que la intensidad de los ataques justo resalta la enorme reputación que este pequeño centro público de investigación ha construido en sus 47 años de existencia.

Los adjetivos negativos han sido tan diversos como imprecisos. La cantaleta más conocida es que el CIDE es “neoliberal”. Pero quienes usan el término nunca lo definen, ni explican bien a bien por qué el adjetivo descalifica las contribuciones del CIDE a la academia y los asuntos públicos mexicanos. Sí, en el CIDE se enseña economía neoclásica, pero también historia, derecho, ciencia política, relaciones internacionales, administración pública, periodismo. Sí, se enseñan técnicas cuantitativas, pero también cualitativas, métodos mixtos, teorías de todo tipo, descripción histórica, análisis de política pública. Sí, se estudia Estados Unidos, pero también América Latina, Europa, Asia y, por supuesto, México. Podría seguir elucubrando sobre el sentido del término “neoliberal” para entender a qué se refieren los críticos. O podría enlistar las muy variadas publicaciones académicas de mis colegas, el abundante acervo editorial del CIDE o la riqueza temática de las tesis de nuestros estudiantes. Sin embargo, es claro que quienes adjetivan al CIDE como “neoliberal” lo hacen siguiendo línea y para denostar a la institución. Al mismo tiempo, demuestran la simpleza de sus razonamientos y su notable pereza intelectual.

Otros arguyen que el CIDE se convirtió en una consultoría o, en el mejor de los casos, un think tank. Y celebran, de paso, que el fideicomiso institucional haya sido eliminado. Quizás ignoren que, jurídicamente, la misión del CIDE, además de docencia e investigación, incluye la “generación de conocimiento socialmente pertinente que auxilie en la toma de decisiones en temas clave de la agenda pública”. Por eso a lo largo de los años el CIDE ha realizado proyectos de investigación aplicada para instituciones públicas de todos los sectores, poderes del Estado, niveles de gobierno y colores partidarios. Ignoran también (o pretenden hacerlo) que el financiamiento externo obtenido por esos proyectos y múltiples convenios internacionales permitía realizar muchas cosas adicionales sin cargo al presupuesto federal: apoyos económicos a estudiantes, proyectos académicos multianuales, edición de más publicaciones, pagos logísticos de seminarios y, sí, algunos estímulos al personal por su participación en actividades adicionales a sus labores cotidianas. Los críticos, además, omiten decir que el uso de todos esos recursos se documentó, transparentó y presentó puntualmente en reportes e informes públicos.

También se ha dicho que el CIDE no promueve la movilidad social. Y para sustentar el punto, no falta quien saca un gráfico y señala que la mayoría de nuestros estudiantes provienen de escuelas privadas. Pero nadie aclara que los números incluyen sólo algunos años de ingreso a las licenciaturas del CIDE y no a los programas de posgrado. Tampoco se comenta la variopinta calidad que caracteriza a esas “instituciones privadas”, ni mucho menos se menciona que la mayoría de los estudiantes reciben apoyos económicos de algún tipo. Los críticos del CIDE tampoco se han interesado en conocer las decenas de historias compartidas en redes sociales por nuestros egresados, quienes han detallado cómo su paso por el CIDE ayudó a mejorar las condiciones socioeconómicas de sus familias. Pero más allá de todo esto, la discusión es tramposa porque responsabiliza al CIDE de cosas que están fuera de su alcance. La pobre calidad de la educación pública media superior o la desigualdad socioeconómica, que tristemente caracterizan a nuestro país, son cuestiones que rebasan los muros de los edificios en Santa Fe y en Aguascalientes. El CIDE no puede cambiar las condiciones de partida de sus estudiantes. Y, sin embargo, sí ha logrado transformar sus destinos con los recursos a su alcance: investigación rigurosa y docencia de vanguardia.

Curiosamente, quienes plantean estas y otras críticas al CIDE no dicen mucho (nada, de hecho) acerca de su principal característica: su reputación como centro público de investigación de calidad internacional. Las y los estudiantes del CIDE, como se ha mostrado en semanas recientes, destacan por su iniciativa, espíritu crítico, capacidad de análisis y compromiso social. Las y los egresados del CIDE son bienvenidos en los mejores programas de posgrado del mundo, así como en todos los ámbitos profesionales (particularmente en el sector público y las instituciones académicas) por sus conocimientos, habilidades y profesionalismo. Las y los profesores del CIDE son reconocidos ampliamente en los círculos científicos nacionales e internacionales, como lo demuestran sus numerosas publicaciones dictaminadas y su activa participación en conferencias y consejos editoriales. Los libros de la editorial CIDE se han vuelto referencia obligada en las instituciones académicas mexicanas y de toda la región latinoamericana. Los proyectos de investigación aplicada desarrollados por el CIDE (en colaboración con numerosas organizaciones públicas, privadas y sociales) han contribuido a informar tanto las decisiones gubernamentales como los debates públicos.

Por encima de los ataques y las descalificaciones, hoy queda claro que el CIDE ha resultado una apuesta exitosa del Estado mexicano. Como en el caso de la Universidad Nacional Autónoma de México o el Instituto Politécnico Nacional, el CIDE representa el compromiso con la educación pública, el estudio de los grandes problemas nacionales y la vocación por formar a las nuevas generaciones. Como en el caso de El Colegio de México o los demás centros públicos del sistema Conacyt, el CIDE es un sólido esfuerzo institucional por vincular estrechamente las tareas de investigación y docencia, promover la especialización científica, participar en redes académicas internacionales y contribuir así al desarrollo de las ciencias sociales y humanidades del país. Y sí, durante su casi medio siglo de existencia, el CIDE se ha convertido en una institución elitista. Pero no tal y como lo expresan sus críticos, sino en el sentido original de la palabra en francés: es una institución pequeña que ha logrado formar a un grupo selecto de jóvenes, que destacan por sus conocimientos e integridad, y que ejercen un liderazgo público, académico y social en beneficio de su país y su gente.

Defender al CIDE es defender a México

Se dice que quienes defienden al CIDE persiguen agendas personales o intereses particulares. Que si “el pueblo” o “la gente” no conocen al CIDE, entonces la institución carece de importancia. Que si las publicaciones de sus profesores están en inglés o en journals desconocidos, entonces no tienen relevancia para el país. Que si sus estudios y análisis no han resuelto los problemas de México, entonces para qué preservarlo. Se trata, nuevamente, de críticas, ataques y descalificaciones que demuestran profunda ignorancia sobre cómo se informa la sociedad acerca de los asuntos públicos; cómo se generan y circulan globalmente los conocimientos científicos; y cómo se vinculan (o no, y por qué) los hallazgos académicos y las decisiones gubernamentales.

Pero estos ninguneos, que lo mismo provienen de la élite gobernante que de sus apoyadores en medios y redes sociales, dejan de lado el tema central por el cual importa defender al CIDE: es un centro público de investigación de todos y para todos. Esto no es una frase retórica, como dirían burlonamente algunos. Para empezar, el CIDE se financia con dinero de todos, especialmente hoy que ya no cuenta con la posibilidad de generar recursos propios. Además, el CIDE ha sido y es componente de una compleja política pública que el Estado mexicano ha desarrollado a lo largo de décadas para construir capacidades científicas y académicas, cuyos efectos benefician a todos. En última instancia, las investigaciones, publicaciones y discusiones de la comunidad del CIDE están centradas en los temas y problemas de la vida cotidiana de todos: desigualdad y pobreza; rendición de cuentas y combate a la corrupción; violencia y política de drogas; análisis, diseño, implementación y evaluación de políticas públicas; educación y salud; crecimiento económico y finanzas públicas; historia nacional e internacional; relaciones de México con el mundo; opinión pública y análisis de datos; instituciones democráticas y relaciones entre poderes; burocracias y servicios públicos; medios y periodismo; regulación y competencia económica; federalismo y gobernanza metropolitana; energía y medio ambiente.

Pensar que la desaparición o la captura política del CIDE es algo que debería preocupar a unos cuantos es no entender lo “público” como un espacio de todos. Un aeropuerto de calidad internacional no sólo es útil para los viajeros frecuentes, sino para todos: genera inversión, empleos, conectividad. La provisión de servicios de cuidado infantil no sólo ayuda a madres y padres trabajadores, sino a todos: promueve la equidad de género, la productividad y el desarrollo pleno de niñas y niños. La calidad de los servicios médicos públicos y la provisión oportuna de medicamentos no sólo resultan vitales para las personas enfermas y sus familiares, sino para todos: contribuyen a una población más saludable y más feliz. Los salarios justos y competitivos en el servicio público no sólo importan a los funcionarios, sino a todos: fomentan la profesionalización y la calidad de las decisiones gubernamentales. La existencia de escuelas públicas bien equipadas y con personal capacitado en las zonas remotas del país no sólo apoyan a las comunidades marginadas, sino a todos: impulsan la justicia social y combaten las desigualdades actuales y futuras. La supervivencia del CIDE como institución dedicada a la educación pública de calidad y la investigación de frontera no sólo conviene a su comunidad, sino a todos: genera y disemina conocimientos, fortalece capacidades científicas nacionales y aporta evidencia para la toma de decisiones públicas. Más allá de las razones que pudieran ofrecerse en clave económica, el CIDE y los demás “bienes públicos” que el Estado provee o regula representan, en última instancia, el esfuerzo de todos por construir una sociedad más justa, más educada, más equitativa, más próspera, más libre, más democrática. Un mejor México para todos.

En los tiempos actuales, defender al CIDE resulta además esencial para salvaguardar nuestra imperfecta democracia. Las instituciones académicas y científicas tienen un compromiso legal, organizacional y, sobre todo, ético con el análisis, la crítica, el aprendizaje, la generación de ideas, la construcción y refutación de teorías, la pluralidad metodológica, la discusión libre e informada. Sus comunidades siempre podrán aportar datos y propuestas para la hechura o revisión de políticas públicas, pero no deben subordinarse a la agenda política de los gobernantes. Sus integrantes podrán simpatizar (o no) con las estrategias del gobierno en turno, pero no deben alinearse con la ideología política imperante. Para demostrar su compromiso con “el pueblo”, ni el CIDE ni las demás instituciones de educación pública (o privada) necesitan demostrar su lealtad política a quien detenta el poder. Por el contrario, no hay mejor forma de materializar ese compromiso social que realizando sus tareas académicas, científicas y educativas con profesionalismo, dedicación, autonomía y calidad. Y para eso se requiere plena libertad: de cátedra, de expresión, de pensamiento.

Frente a las tendencias autoritarias de los populismos contemporáneos, las universidades y los centros de investigación como el CIDE constituyen un dique de resistencia indispensable. Porque los gobiernos podrán manipular datos y propagar posverdades, pero no pueden controlar la realidad ni monopolizar la verdad. Porque los gobiernos van y vienen, pero el pueblo, la gente, la sociedad, permanecen. Porque los gobiernos tienen muchos recursos, pero las comunidades académicas tenemos muchas ideas. Porque los problemas actuales y los retos futuros sólo se resolverán construyendo, no destruyendo. Por todo eso, yo defiendo al CIDE. Y porque, al hacerlo, en realidad estoy defendiendo a México.

 

Mauricio I. Dussauge Laguna
Profesor-Investigador de la División de Administración Pública del CIDE

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Publicado en: Sólo en línea

Un comentario en “Defiendo al CIDE porque defiendo a México

  1. En general estoy de acuerdo con su punto de vista, sin embargo, habría que discutir algunas particularidades, cuando menciona por ejemplo que los egresados salen a trabajar y orientar al pueblo en sus problemáticas, no creo, salen a las universidades a impartir sus conocimientos y de ahí se pueden generar ideas, o por ejemplo cuando se habla de los gobiernos populistas en América Latina y México es otro punto a discutir, cierto, este es un comentario que expresa usted lo cual en si mismo refleja la gran libertad de expresión de que gozamos en México, en fin, le agradezco esta información que me ha servido para aclarar muchas dudas. Como hacer llegar esta información al grueso de la población? quien se encuentra sumergida en una mar de ignorancia y dogmatismo por otro lado.

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