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En agosto de 1996 nexos publicó un texto del historiador británico Eric Hobsbawm con el título “La política de identidad y la izquierda”. Desde la mesa de redacción de la revista se trató de mostrar el quid del historiador en una presentación tan didáctica como sintomática: “¿Qué tiene qué ver la izquierda contemporánea con la política de la identidad? […] Nada, responde [Hobsbawm], pues su ideario político es esencialmente universalista. La identidad se piensa como rechazo de los ‘otros’. Así proceden, al menos, las minorías étnicas, sexuales o religiosas”. Se puede leer el ensayo de Hobsbawm en esa clave, aunque uno desearía que el argumento fuera más matizado; imposible. Escribió Hobsbawm:

Desde los años setenta ha habido una tendencia —que va en aumento— a ver a la izquierda esencialmente como una coalición de grupos e intereses de minorías: de raza, género, preferencias sexuales o culturales de otro tipo y estilos de vida, incluso de minorías económicas como la de ensuciarse las manos en que se ha convertido la clase obrera industrial. Esto es bastante comprensible, pero es peligroso, y no es la menor de las razones el que la conquista de las mayorías no sea lo mismo que sumar minorías.

La preocupación no se oculta: ¿cómo puede la izquierda colocarse en tal lugar que sea identificada como la nación toda, a la manera de la gran coalición de Franklin D. Roosevelt o el bloque socialdemócrata escandinavo de la década de los treinta del siglo pasado? El ensayo de Hobsbawm tiene veinticinco años de antigüedad.

El comentario del presidente Andrés Manuel López Obrador sobre las políticas de derechos e identitarias me incomodó. De entrada, me pareció excesiva esa andanada contra posiciones ya conquistadas —y quizá consolidadas— por unas izquierdas a la que el presidente está adscrito. El asunto es aún más notable si consideramos que algunas novedades constitucionales (como la interrupción legal del embarazo y el matrimonio entre personas del mismo sexo) cuentan con un respaldo (si bien difuso y no militante) distribuido en amplios sectores por medio de ese mecanismo sutil del consenso moderno: la aceptación tácita y no resistente. Con fuertes elementos políticos y culturales en contra (de entrada, un catolicismo pendenciero, de un primitivismo doctrinal inverosímil), las agendas de igualdad de derechos y de promoción de opciones de libertad para habitar las ciudadanías han anclado en la vida pública. Le guste o no al presidente, es un logro de las izquierdas, esos vectores estructurantes de su amplia coalición plebeya.

Como ha sucedido desde el primero de diciembre de 2018, el amplio espectro de los críticos del presidente López Obrador (incluyendo a los acérrimos) lo acompañan en una ronda como la de San Miguel. No se pueden salir del juego, de la caja, de la tonada. Ello redunda en un enrevesamiento discursivo de época. Sus críticos, tumultuariamente convertidos al leninismo (el programa y sus instrumentos, y nada más), no han encontrado espacio ni tiempo para una crítica construida sobre bases sociológicas o culturales amplias; reproducen por la tarde lo que el presidente dijo en la mañana, en un juego de espejo que constituye un hecho comunicativo en toda la línea. Aunque se trata de una obligación inexcusable, la sola impugnación directa e inmediata de los dichos de López Obrador en temas vinculados a los derechos en expansión de los ciudadanos (las mujeres, los homosexuales o el medio ambiente) genera no obstante una sensación equívoca. De entrada, la del vicariato: no son los políticos sino los intelectuales los que llevan la voz cantante en el debate público; éstos ejercen supletoriamente las tareas de la oposición, entre otras razones porque la oposición está entrampada en sus propios calabozos ideológicos: ¿Hasta dónde podría llegar el PAN y sus epígonos en cuanto a los derechos de las mujeres y los homosexuales? ¿Hasta dónde el PRI, que acompañó al PAN en esa traición inaudita —a las mujeres, a su propia historia quizá— que ha sido “la protección de la vida desde la concepción” en los congresos locales, proceso que fue, sin duda, el gran aggiornamento del partido de la Revolución Mexicana con el nacional-catolicismo?

Quizás en los últimos cincuenta años, pero de manera más intensa en los últimos treinta, la irrupción de la agenda de las mujeres y la expansión de los derechos ciudadanos respecto a las libertades del cuerpo (a lo que podría agregarse, en otro plano, la conservación del medio ambiente como propiedad pública) han venido a trastocar las rutinas diurnas de nuestras sociedades. Un alebrestado inconsciente colectivo nos acecha en alianza indistinta con los buenos o los malos (ese inconsciente no busca límites morales, sino formas de exhibir su energía). Se esboza lo ominoso y, peor aún, comenzamos a habitarlo. Las sociedades entran en un desasosiego, una incomodidad en el acto del respirar, en las miradas de soslayo a los nuevos y a veces estridentes actores del espacio social: tantos nuevos rostros (antes familiares de otra manera), tantas nuevas palabras, tanto escándalo por nuevas vindicaciones y derechos. Las reacciones se multiplican en el abigarrado panorama en el que la diferencia, y no la universalidad, lleva la voz cantante. La sociedad dejó de ser un todo para convertirse en un mosaico: un collage dislocado por la proliferación de imágenes que demandan y se autoafirman.

Lo que viene enseguida es más importante. Somos cortos de miras al reconocer solo el síntoma (los dichos del presidente y las respuestas de sus críticos): queda oculto un abismal malestar en la cultura contemporánea, malestar que es un producto de los reacomodos políticos y emocionales que supone la igualación de derechos, en especial la elevación, asentamiento y consagración de las mujeres en la vida pública y privada. Pero nuestro pragmatismo nos envuelve e intoxica. En la lógica de “un día a la vez”, la jornada devora la historia y emascula la imprescindible imaginación sociológica. Ese profundo, irreversible y doloroso malestar en la cultura contemporánea (igual al que Freud identificara en 1930 en cuanto al cúmulo de ansiedades incandescentes, pero distinto en cuanto a los motivos) exhibe otra cosa, de la cual guardamos registro con dificultad: los lenguajes públicos han sido extenuados. La vigilancia permanente de los nuevos vocabularios y las resistencias que estos generan empiezan a producir un estrés equivalente a aquellos de las otras tensiones de la vida pública: impuestos, gasto, empleo, seguridad, salud y educación.

Ante ese horizonte estremecido de los lenguajes públicos, las respuestas tienden a ser cínicas. Siempre empiezan por ser un contra lenguaje, otro lenguaje, un lenguaje que se solaza en desacralizar los nuevos sacramentos. Eso caracterizó la primera victoria política de alcances planetarios de la derecha identitaria: la de Donald J. Trump en 2016. Trump puede ser caracterizado como el gran resumen de lo particular en un país continental: si afroamericanos e hispanos han pugnado (al menos algunos) por salir del gueto, el trumpismo emprende el fortalecimiento del gueto blanco, en términos electorales, fiscales y policiales; si las mujeres pugnan por un trato digno e igualitario según sus propias capacidades, Trump transmite subliminalmente el mensaje de un presidente que habita de tiempo completo la mansión de Playboy; si la economía y el bienestar estadounidense piden a gritos una autoridad nacional que nivele el piso de las oportunidades, la derecha trumpista se refugia en los derechos de los estados y en las oligarquías incrustadas en las legislaturas estatales y sus voceros, los jueces locales. El poder de Trump no ha sido (ni será) el de un fascista o un populista históricos —en tanto estos están obligados, a su manera, a una apelación universalista— sino el del capo de la diferencia, de la distinción. Esto es: la encarnación del blanco, rico y macho como fenotipo y carácter social legítimo. Ni siquiera el ejercicio del poder representó para Trump un reto universalista; al contrario, su ejercicio no estuvo vinculado a un llamado ecuménico sino justamente a su negación. La originalidad de Trump radicó en gobernar desde la diferencia y la distinción; así consumó los sueños identitarios en la clave de ese nuevo conservadurismo. Esto es: la clave de una singularidad radical.

Tal es una de las paradojas de nuestro tiempo: si las políticas de identidad imaginaron ser una salida creativa a las políticas de las izquierdas intelectuales —frente al estancamiento de las políticas duras de la clase trabajadora en la recesiva década de 1970— y se creyó en la valía de ese novísimo yacimiento ideológico, las derechas retomaron la estafeta y trasmutaron el hallazgo. Los conservadurismos y los neofascismos aplacaron sus apelaciones más amplias (incluso las de suelo y sangre) para dirigirse hacia otro objetivo: la negación y desagregación de las interpelaciones universales inscritas en el código genético del estado democrático moderno. Ese otro llamado era simple: no hay ciudadanía, no hay actor político legítimo que no esté fundado en la diferencia, la excepcionalidad, la localidad, la pequeñez, las costumbres, los modos de vida, las tradiciones, etcétera. El todo civilizatorio de la Ilustración —siempre caótico— se convirtió así en un gabinete de diferencias perfectamente etiquetadas.

Nada está ganado ni perdido aún, pero habitamos esa incertidumbre y somatizamos cotidianamente ese enorme malestar del alma.

 

Ariel Rodríguez Kuri
Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia mínima de las izquierdas en México (El Colegio de México, 2021) y Museo del universo. Los Juegos olímpicos y el movimiento estudiantil de 1968 (El Colegio de México, 2019)

 

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