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No sabemos cuándo, pero algún día terminará la llamada Cuarta Transformación. Lo más probable es que concluya el 30 de septiembre de 2024, último día del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador.1 La 4T es un proyecto tan vinculado a las propuestas, a las obsesiones, al personaje y al estilo personal de gobernar de López Obrador que es razonable suponer que acabará el día en que él deje la presidencia. ¿Qué ocurrirá entonces? ¿Cuáles son los escenarios que se avizoran para México? ¿Subsistirán algunas de las políticas que AMLO puso en marcha? ¿Habrá un giro a la derecha? ¿Continuará la polarización del país? ¿Se reconstituirá el sistema político o se profundizará su deterioro?

La pregunta no es ociosa. Los gobiernos con líderes carismáticos que galvanizan y polarizan a sus países suscitan fuertes pasiones y desatan procesos políticos complejos. Cuando dejan el poder pueden presentarse situaciones muy diversas. En Venezuela, por ejemplo, a la muerte de Hugo Chávez asumió la presidencia Nicolás Maduro, con la misma orientación, pero con menor legitimidad. Por el contrario, en Brasil los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Roussef fueron reemplazados por Jair Bolsonaro, un personaje antisistémico de derecha. En Estados Unidos, al gobierno de Trump le siguió el de Joe Biden, un presidente muy institucional. Así, existen distintas posibilidades, en función de la historia y la configuración política de cada país. En el caso de México, veo tres trayectorias posibles: la continuidad de Morena, un giro anti-AMLO, y un amplio acuerdo que trascienda la polarización. A continuación, esbozaré estas posibilidades, cada una de las cuales podría traer consigo diversos escenarios.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

La continuidad de Morena

Si se toma en cuenta la popularidad de López Obrador y la fuerza electoral de su partido, Morena, reafirmada en las elecciones de junio de 2021, lo más probable es que en 2024 gane la presidencia una candidata o un candidato de este partido. En cualquier caso, aunque haya continuidad con algunas de las políticas lopezobradoristas, se tratará de un gobierno muy diferente al actual, porque ya no estará sustentado en el carisma y en las obsesiones de AMLO. Además, heredaría las tensiones y el desgaste de los seis años de la presidencia de López Obrador. ¿Qué tipo de gobierno podría ser? ¿Persistirá la concentración del poder presidencial o se reforzarán las instituciones que le hacen contrapeso? ¿Continuará el enfrentamiento con otras fuerzas o se alcanzará una cierta reconciliación que confiera estabilidad al sistema político?

Un escenario muy factible es un gobierno que trate de consolidar las políticas de la 4T, pero con la orientación institucional que le faltó a AMLO. Es decir: un gobierno que busque reducir la desigualdad y la corrupción, pero no con base en el voluntarismo del presidente, sino mediante el reforzamiento de las estructuras del gobierno. Esto implicaría apertura a la negociación, observancia de la legalidad, abandono del discurso rijoso, respeto de los organismos autónomos y fortalecimiento de los procedimientos institucionales. Requeriría acuerdos con los empresarios, pero también una alianza con los sectores progresistas con los que se ha confrontado López Obrador: movimientos sociales, feministas, ambientalistas, científicos, artistas, profesionales de la cultura, periodistas independientes, intelectuales, clases medias de centro y de izquierda, etcétera. Una opción de este tipo podría estar encabezada por Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard, Juan Ramón de la Fuente, Tatiana Clouthier, Esteban Moctezuma, Zoé Robledo o alguien con características y orientaciones similares. En primera instancia, esta opción depende de que alguno de estos personajes tenga el apoyo de López Obrador, quien parece querer revivir la vieja práctica del dedazo. Él va a decidir quién será el candidato de Morena, por lo que los aspirantes se ven conminados a mostrar lealtad absoluta al presidente. Paradójicamente, la viabilidad a mediano plazo de esta alternativa dependerá de que quien la encabece logre distanciarse de AMLO, para ganar las elecciones en un primer momento y para reconstruir el tejido institucional después. Si el candidato o la candidata no logra suficiente autonomía con respecto al gobierno actual, no podrá forjar alianzas con otros sectores. Pero si se aleja demasiado corre el riesgo de perder el apoyo de López Obrador y de otros sectores de Morena. Una prueba de fuego para este escenario es que Morena se mantenga unido, algo que será muy difícil una vez que se conozca quién será su candidato o candidata a la presidencia.

Una segunda posibilidad es que el proceso de designación del candidato o candidata de Morena a la presidencia de la República se decante por un político vinculado a las redes clientelares que han apoyado a la 4T. Hasta el momento la fuerza que amalgama a estas redes es López Obrador, pero es posible que las mismas evolucionen hacia una rutinización del carisma, mediante la cual la autoridad del caudillo se traslade poco a poco hacia una maraña de acuerdos locales, regionales y nacionales que permitan sostener la gobernabilidad en el mediano plazo. Un escenario de este tipo se asemejaría mucho a una reedición de las prácticas clientelares del PRI. Enfrentaría una resistencia muy fuerte por parte de los opositores a la 4T. No obstante, es posible por el enorme peso que ha tenido la cultura política corporativista en la historia mexicana. Puede concretarse si consigue la candidatura presidencial Mario Delgado o Rocío Nahle, con el apoyo de López Obrador, o Ricardo Monreal o algún otro personaje similar, pese a sus desavenencias con el presidente. Es una alternativa pragmática, que corre el enorme riesgo de derivar en un vacío ideológico. También podrían aumentar la corrupción y el clientelismo, que son componentes fundamentales para el funcionamiento de este tipo de redes. Además, una candidatura gris, poco atractiva, podría desembocar en una derrota electoral incluso si tuviera el apoyo de AMLO y las estructuras de su partido. En este segundo escenario sería más difícil la alianza con los empresarios, con la clase media y con los sectores democráticos, por lo que tendrían más fuerza los grupos corporativos, la izquierda más tradicional y los militares.

La tercera posibilidad es que un caudillo suceda a otro. Parece poco probable, pero si se suscitara una crisis política en Morena, el partido podría optar por algún líder que apostara por reproducir el estilo de López Obrador, con todo y su discurso de confrontación. Este escenario sería muy riesgoso, porque tendría muchas de las desventajas del gobierno actual sin la legitimidad que López Obrador acumuló a lo largo de muchos años. Otro sexenio de deterioro institucional, enfrentamiento y polarización puede ser desastroso, en especial en el contexto de los problemas crónicos de inseguridad y de la situación económica desfavorable. La concentración del poder presidencial en una figura con déficit de legitimidad podría favorecer al autoritarismo y dañar seriamente al régimen democrático. Este escenario de continuidad caudillista, sin embargo, parece casi imposible. El reemplazo caudillista ha ocurrido en países que no tienen procesos electorales democráticos, pero es difícil que se produzca en México, a menos que se presente en el marco de una fuerte crisis política.

Vistas estas tres opciones, la primera parece la más viable, porque supone la convocatoria a un nuevo acuerdo social bajo la dirección de un ala del morenismo, pero al mismo tiempo busca la adhesión de nuevos sectores excluidos de ese proyecto. Es una opción en la que Morena cambia para no cambiar, para continuar en el poder. En todo caso, cualquiera de los tres escenarios anteriores, o una combinación de ellos, supone que Morena no sufra una fractura en el proceso de designación de su candidato o candidata presidencial, pues tal división interna podría complicar su triunfo en las elecciones de 2024. Ahora bien, si este partido conserva la presidencia, es muy probable que continúe la polarización política que existe en México. Los sectores que se han opuesto a AMLO seguirían atacando a un nuevo gobierno emanado del morenismo, probablemente con mayor ahínco y mejores resultados, ya sea por el desgaste lento pero constante del gobierno de AMLO o por un eventual cisma en Morena, pero sobre todo porque la 4T no ha presentado alternativas convincentes frente a cuestiones cruciales como la violencia, la corrupción y el estancamiento de la economía.

Giro anti-AMLO

La segunda trayectoria posible para un futuro post-AMLO es un vuelco político orientado a desmontar mucho del legado de la 4T. Es común que gobiernos como el de AMLO sean reemplazados por alternativas que proponen exactamente lo opuesto. Muchos sectores de la clase media y alta discrepan y se sienten amenazados por gobiernos que consideran como populistas de izquierda. En el caso de México hay que agregar al malestar de estos sectores la persistencia de la violencia y la inseguridad, así como las consecuencias de la crisis económica. Esta crisis, que comenzó desde antes de la aparición del covid-19, se agravó fuertemente con la pandemia y con la negativa de AMLO a apoyar la recuperación de las empresas. En ese contexto, las fuerzas opositoras pueden sacar partido del descontento con López Obrador y Morena. Aunque parece difícil que un candidato o candidata de oposición alcance la presidencia en 2024, esto podría ocurrir de dos maneras, que describo a continuación.

La primera posibilidad: a pesar de que las alianzas entre izquierdas y derechas son complicadas e inestables por sus diferencias ideológicas, las características del gobierno de López Obrador han propiciado que la línea divisoria más importante de la política mexicana se trace entre quienes están a favor y quienes están en contra de él. El éxito relativo de la alianza opositora (PAN, PRI y PRD) en las elecciones intermedias de 2021 indica que es posible que los tres partidos vuelvan a coaligarse en 2024. En caso de que esta alianza se repita a la hora de las elecciones presidenciales, lo más probable es que su candidato sea de derecha o de centro-derecha, ya que el PAN y el PRI son los miembros más fuertes de la coalición. Es cierto: a tres años de distancia, los tres partidos no han logrado recuperarse por completo tras la derrota de 2018, menos aún presentado una alternativa atractiva. Sin embargo, es posible que en unos años lograran obtener el voto de muchos descontentos con López Obrador. Aunque la mayoría de la población mexicana desconfía del PRI y del PAN, si las elecciones de 2024 se convierten en un referéndum a favor o en contra de AMLO, podría llegar a la presidencia un candidato de derecha apoyado por una amplia coalición opositora. Esta posibilidad se vuelve más factible si se produce una división grave en las filas de Morena.

Esta coalición sería más fuerte si tuviera un buen programa o un gran candidato o candidata. Incluso si carece de ellos, sin embargo, tiene posibilidades electorales: le basta ser anti-AMLO. Ese es su programa, y el deterioro del gobierno morenista puede ser su mayor baza. Aunque es muy probable que AMLO termine su sexenio con una gran aceptación en la opinión pública, este respaldo no se traslada de manera automática al candidato o candidata de Morena ni garantiza una sucesión tersa, menos aún si los indicadores no muestran bienestar efectivo y, sobre todo, si el desastre de la inseguridad se mantiene o aumenta. Un programa anti-AMLO es muy simple y muchos votantes pueden respaldarlo.

Otra posibilidad dentro del giro anti-AMLO: el desprestigio de los partidos tradicionales en México, y de los partidos en general, propicia que puedan tener éxito electoral personajes antisistémicos, que son vistos como diferentes, alejados de los partidos. Los casos de Vicente Fox y López Obrador son un buen ejemplo. Algo similar ha ocurrido en otros países, incluso en algunos con sistemas políticos tan consolidados como los de Estados Unidos o Francia. Estos personajes antisistémicos (en el sentido de que no siguen las prácticas tradicionales de los políticos y los partidos) pueden ser de derecha, de izquierda o de centro. Aunque en el momento actual no ha despuntado en México una figura de este tipo, no se descarta que la confrontación entre Morena y los partidos opositores desgaste a ambos bandos y abra el espacio para el ascenso de un líder carismático anti-AMLO. Puede surgir en algún estado y luego proyectarse a nivel nacional. Puede crecer de manera sorpresiva. Requeriría del apoyo de algún partido con registro, por ejemplo Movimiento Ciudadano. Su discurso sería opuesto al de López Obrador, pero su estilo político podría tener muchas similitudes. Las repercusiones que puede tener una sucesión de dos presidentes antiinstitucionales, con planteamientos opuestos entre ellos, pueden ser devastadoras para el sistema político mexicano.

Las dos salidas anti-AMLO, una apoyada en una coalición de partidos opositores y otra centrada en un político antisistémico, podrían derrotar al candidato o candidata de Morena, pero difícilmente resolverían las causas de fondo que propiciaron el éxito de López Obrador. La 4T, aunque sea un proyecto personalísimo de AMLO, también es una expresión de la historia política reciente. Se explica por la enorme desigualdad que hay en México, por la persistencia de la corrupción y por los fracasos de varios gobiernos a la hora de disminuir la violencia y la inseguridad. Las fuerzas de oposición pueden desplazar a Morena en el corto o mediano plazo, pero no van a solucionar los problemas que facilitaron el ascenso de López Obrador. La polarización del país continuaría, pues la gran mayoría de los sectores que han apoyado a AMLO presentarían una férrea oposición a un gobierno de derecha. Y los sectores que se han opuesto a la 4T confrontarían a un gobierno surgido de las filas del lopezobradorismo. Así, cabe preguntarse: ¿es inevitable la polarización? ¿Existen otras alternativas más allá de la continuidad de Morena o del giro anti-AMLO?

Un acuerdo que trascienda la polarización

En el corto plazo se ven pocas probabilidades de superar la polarización política en México. Por una parte, existen razones históricas y estructurales para el antagonismo: México ha sido desde hace mucho tiempo un país muy inequitativo, además de que en el contexto de la globalización y de las políticas neoliberales se han agudizado las desigualdades. Un país con profundas asimetrías económicas y sociales es caldo de cultivo para la confrontación política. López Obrador acertó al colocar el tema de la desigualdad en el centro de la agenda; es un problema innegable que ha creado heridas y brechas que afectan y ofenden a la gran mayoría de la población. La intención de dar prioridad a los pobres es muy loable, pero las políticas económicas y sociales de su gobierno no están reduciendo ni la desigualdad ni la pobreza. La clave para disminuir las inequidades y la miseria no son las ayudas sociales, sino el crecimiento de las oportunidades de trabajo digno y el fortalecimiento de los servicios de salud y educación de buena calidad para toda la población. La polarización de México no la produjo la 4T: su origen está en la persistencia de la desigualdad y el racismo. Pero es cierto que AMLO la ha atizado. Se equivocó al enfrentar la desigualdad a partir de los rencores y de un lenguaje que separa a los mexicanos en dos bandos: ricos y pobres, ellos y nosotros, conservadores y progresistas, fifís y pueblo bueno. La 4T ha reivindicado de manera simbólica a los de abajo; ésa es una de las razones principales de la enorme legitimidad que ha alcanzado AMLO. Sin embargo, lo hizo de tal manera que las brechas entre los grupos sociales se profundizaron en lugar de reducirse.

La polarización hace que México enfrente el riesgo de caer en un ciclo de oscilación política similar al que se ha presentado en algunos otros países de América Latina, en los que el péndulo se mueve a izquierda y derecha, de modo que se suceden gobiernos con orientaciones opuestas sin que ninguno de ellos logre consolidarse. Estos bandazos impiden construir instituciones y políticas públicas lo suficientemente fuertes como para resolver los principales problemas nacionales. La alternancia y los cambios de rumbo son parte de la normalidad democrática, pero se requiere de una continuidad institucional básica que permita que esas transiciones no afecten gravemente la marcha del gobierno. El problema es que en México la capacidad de las instancias estatales se ha desmoronado, además de que se ha erosionado la confianza en los organismos públicos.

Las fuerzas que apoyan a la 4T no han comprendido que no pueden gobernar bien el país enfrentándose con las clases medias, con los empresarios, con los medios de comunicación, con las feministas, con los ambientalistas, con los artistas y científicos, con la intelectualidad crítica. Estos sectores no representan a un grupo minoritario de conservadores, millonarios o corruptos, sino a millones de mexicanos y mexicanas que tienen todo el derecho de exigir el cumplimiento de la ley, así como instituciones confiables, estabilidad económica para mejorar su situación, protección del medio ambiente y respeto a las diferentes expresiones políticas, culturales, científicas e ideológicas. Por su parte, las fuerzas anti-AMLO no han comprendido que el lopezobradorismo es mucho más que su líder terco, rijoso y narcisista, que es también la expresión del hartazgo de la corrupción, de los privilegios de las élites, de la insensibilidad de muchos políticos, del desdén hacia los sectores populares y de la descomposición de la clase política. Millones de personas han respaldado a AMLO porque ven en él a un político que no se ha enriquecido con los cargos y que crítica los abusos que otros silenciaron. Puede discutirse si sus políticas benefician o no a los pobres, pero es innegable que la mayoría de la población con menos recursos económicos y con menores oportunidades educativas ve con buenos ojos a López Obrador. AMLO puede retirarse de la política, pero mientras la desigualdad, la pobreza y la exclusión sigan siendo tan lacerantes surgirán otras figuras similares a él. Del mismo modo, mientras persistan la violencia y la inseguridad muchas personas respaldarán a políticos que propongan poner orden y acabar con la delincuencia mediante políticas de mano dura. Si prosperan líderes populistas de izquierda y de derecha, es porque hay problemas no resueltos que contribuyen a su popularidad. Así, el país parece estar dividido en dos bandos. Las fuerzas políticas que representan a estas mitades no escuchan a quien está enfrente, como si sus preocupaciones y sus razones no fueran válidas. Ninguna de ellas puede vencer definitivamente a la otra, aunque parecen no darse cuenta de ello. El triunfo electoral de cualquier opción polarizadora sólo puede ser efímero y frágil.

¿Puede surgir algo positivo de la actual situación política del país? ¿Hay algún escenario esperanzador después de la 4T? Una alternativa sería un pacto que conjuntara lo mejor de los dos grandes bandos que se han enfrentado en los últimos años. El contenido mínimo de ese pacto sería la restauración de la institucionalidad democrática; la autonomía de los poderes estatales; la supremacía de la ley sobre la moral; la restauración de la supremacía del estado frente a los intereses particulares, incluidos los poderes fácticos y los movimientos sociales; la aceptación de la progresividad de las políticas públicas, el reconocimiento de que la lucha contra la corrupción tiene un fundamento sistémico y no discursivo, y la aceptación de que el control de la economía y los grandes capitales supone a la vez el fortalecimiento de la competencia en el mercado y la autonomía de los poderes públicos.

Veo dos escenarios que podrían llevar a un acuerdo de esta naturaleza. El primero sería un acuerdo entre los sectores menos radicalizados de las dos corrientes que se han enfrentado en los últimos años. López Obrador y sus seguidores más fervientes se oponen por completo a un acuerdo de esta naturaleza. También se oponen a él los grupos anti-AMLO más intransigentes, por ejemplo el Frente Nacional anti-AMLO (FRENA). Para López Obrador, todos los que discrepan de sus políticas son conservadores y corruptos y deben ser combatidos; se ha opuesto de manera sistemática a cualquier acuerdo serio con otras fuerzas políticas. Por su parte, los partidarios del FRENA e iniciativas similares no quieren saber nada de quienes han apoyado a López Obrador ni están dispuestos a ningún pacto con grupos cercanos a la 4T. Pero cuando se acerque el final del mandato de López Obrador se puede abrir una ventana de oportunidad para que algunos de los actores menos confrontados de los dos bandos busquen algún acuerdo para postular un candidato o candidata presidencial en conjunto. Puede acontecer que algunos grupos de Morena no se sientan representados por el candidato o candidata que designe ese partido y opten por construir alianzas con otras fuerzas políticas. También podría ocurrir si algún candidato o candidata a la presidencia que no esté comprometido con ninguno de los dos bloques alcanza mucha fuerza y logra conseguir apoyos importantes de ambos bandos. No sería un personaje pro-AMLO o anti-AMLO, sino alguien capaz de convencer a amplios sectores a ambos costados de la línea que hoy divide al país.

Semejante acuerdo entre los sectores más sensatos de las fuerzas en pugna parece poco probable en este momento. Lo más factible es que en las elecciones de 2024 se enfrenten de manera muy ríspida dos grandes bloques: uno apoyado por López Obrador y Morena y otro por sus opositores. Sin embargo, un acuerdo de esta naturaleza podría producirse después de las elecciones de 2024 como una vía para lograr una gobernabilidad duradera. Esto ocurriría si la persona que gane la presidencia, independientemente del bloque del que haya surgido, toma la iniciativa de gobernar junto con sus adversarios para salir de la ruta de confrontación y deterioro institucional que ha seguido México en los últimos sexenios. La superación de esta polarización mediante un amplio acuerdo de gobernabilidad podría ser una buena alternativa para que México enfrente sus problemas más graves. Para que este acuerdo fuera viable, sería necesario que cada una de las partes fuera capaz de escuchar y reconocer las razones del otro bando. Los opositores de AMLO tendrían que aceptar que es indispensable combatir a fondo la corrupción, la desigualdad y los privilegios. A su vez, los partidarios de López Obrador tendrían que aceptar que la reducción de la violencia y la inseguridad es una prioridad nacional, lo mismo que el fortalecimiento de los organismos autónomos, los contrapesos democráticos y el Estado de derecho.

Un pacto de esta naturaleza podría permitir que ambas partes avancen hacia sus objetivos. El gobierno de AMLO es una muestra de que no se puede erradicar la corrupción mediante el discurso y el voluntarismo, por muy austero y honesto que sea el presidente. Se necesita todo un sistema institucional de combate a la corrupción, con organismos autónomos y reglas claras, que sólo se puede construir con el concurso de la mayoría de las fuerzas políticas. Del mismo modo, no se puede vencer a la delincuencia organizada ni garantizar la seguridad de los ciudadanos si no hay una política de Estado, de largo plazo, con una estrategia transexenal, que incluya las propuestas de los principales partidos y la colaboración de todos los niveles de gobierno. Debe ser un acuerdo que responda a las necesidades de los ciudadanos, no a los intereses de la clase política. En México han fracasado muchos acuerdos porque han puesto en el centro la agenda de los funcionarios del gobierno y de los partidos políticos, en lugar de priorizar las demandas de la mayoría de la gente.

El legado de la 4T

Pese a los sueños de López Obrador, la 4T terminará pronto, probablemente sin lograr resolver ninguno de los problemas que se propuso erradicar. Aunque falta la mitad del sexenio, todo indica que su gobierno concluirá sin que se hayan sentado las bases para una reducción significativa de la corrupción, de la desigualdad y de la exclusión social. Tampoco habrá una mejoría importante en el tema de la violencia y la inseguridad. Es muy temprano para hacer un balance de la 4T, pero es posible sacar algunas conclusiones preliminares.

A diferencia de lo que dicen sus partidarios, la 4T no ha sido el comienzo de una época luminosa de honestidad, buen gobierno, desarrollo y justicia, pero tampoco ha sido la época oscura de decadencia total y descomposición que pintan sus adversarios. La economía no ha crecido, pero no se ha desatado una inflación incontrolable ni se ha producido una catástrofe, pese al impacto de la pandemia. Podría decirse que en términos económicos los resultados son más bien mediocres. En lo social, las ayudas gubernamentales y las remesas han apoyado la sobrevivencia de millones de familias, pero han disminuido los empleos de calidad y continúan los problemas estructurales en educación y salud. Por lo que toca a la cuestión política, el presidente conserva una fuerte legitimidad y el respaldo de alrededor de la mitad de la población, pero enfrenta un fuerte rechazo de la otra mitad. La fuerza de su gobierno radica más en su figura y en su popularidad personal que en estructuras sólidas que permitan avizorar una transformación profunda. Se eliminaron algunos de los privilegios y salarios escandalosos de los funcionarios públicos, pero las desigualdades en el ámbito privado persisten y no se ha dado un solo paso hacia una reforma fiscal progresiva que reduzca las enormes asimetrías de ingresos. El presidente no se ha enriquecido en lo personal, pero no ha creado un sistema anticorrupción eficiente, además de que se ha debilitado la autonomía de los organismos de fiscalización. Al igual que en los gobiernos anteriores, la 4T ha fracasado a la hora de reducir la violencia y el crimen organizado.

Más que el comienzo de una nueva época, la 4T parece ser el episodio final del viejo régimen. Se trata del gobierno de un caudillo carismático, surgido de la vieja clase política, con una ideología cercana al nacionalismo revolucionario del antiguo PRI, que llega al poder con gran apoyo popular. Quizás la mayor contribución de AMLO ha sido resaltar las quejas y demandas de quienes fueron excluidos por las políticas neoliberales, por la transición democrática incompleta encabezada por los gobiernos panistas y por la corrupción descarada del gobierno de Peña Nieto. Ha sido eficaz para manifestar ese hartazgo para decir ya basta. Pero no ha podido construir un gobierno de nuevo cuño, ya no se diga eficiente. Logró dar un fuerte golpe a la vieja clase política, pero no parece capaz de construir un nuevo sistema político. En el mejor de los casos, su legado será haber contribuido a cerrar una etapa, al lograr que llegara al gobierno federal una fuerza que se había sentido excluida por el viejo régimen. La 4T no inició una nueva era en la historia de México, sólo ayudó a finalizar la anterior.

¿Qué sigue después de la 4T? No lo sabemos aún. Puede institucionalizarse otro gobierno de Morena por medio de una reedición del clientelismo. Puede haber una reacción anti-AMLO con un giro a la derecha. Pueden profundizarse la polarización y el deterioro del sistema político. Quizás, sólo quizás, se logren acuerdos de gobernabilidad que conduzcan a concluir la esquiva transición democrática en México y, entonces sí, comenzará una transformación profunda del país, conducida por una nueva generación.

 

Luis Reygadas
Profesor-investigador, Departamento de Antropología, Universidad Autónoma Metropolitana (UAM)


1 Podría terminar antes, si el gobierno de López Obrador se acorta por una crisis política o por algún problema de salud. Podría durar más, si se alarga su mandato por dos años más o si se gesta una especie de “maximato” en el que López Obrador siga moviendo los hilos del gobierno una vez que deje el cargo. Ambos escenarios parecen poco factibles.

 

2 comentarios en “¿Qué sigue después de la 4T?

  1. Quien quiera que sea presidente estará mas acotado. Y más sano de la mente. Sin duda.
    A mitad del camino, ya quedó claro que México no es Venezuela.
    México siempre avanza lento.
    Así sigue y seguirá.
    A paso lento…

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