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El anuncio esta semana de que la estatua de Cristóbal Colón no volverá al Paseo de la Reforma se suma a una serie de simbólicas, aunque demagógicas acciones por parte del actual gobierno de México, que en el marco de los 200 años de la consolidación de la independencia del país pretende menoscabar el peso de la herencia española en la configuración de la identidad mexicana.

A diferencia de lo que sucede en nuestra trinchera, al norte del río Bravo cada vez son más las voces que se suman a los esfuerzos por rescatar y revalorar la herencia hispana en la colonización de Norteamérica y en la conformación de los Estados Unidos. Esto sucede, sobre todo, en el suroeste del país, en los territorios que pertenecieron a la Nueva España y ondearon la bandera del México independiente; en el sureste, particularmente en la Florida, que este 2021 celebra el bicentenario de su traspaso de manos españolas a estadunidenses; pero también, incluso, sucede en Nueva York, cuyas primeras comunidades hebreas hablaban ladino y cuyos apellidos, entre ellos Gomes, son de los más antiguos de origen europeo en Nueva Inglaterra. Un fenómeno académico, social, cultural y hasta político que no podemos disociar de la migración, de la belicosidad de la narrativa trumpista o de la creciente influencia y presencia de la comunidad hispana a lo largo y ancho de la geografía estadunidense.

“Welcome back!”, me dice mientras me devuelve el pasaporte, John, el oficial de migración con sobrepeso, pecoso y de cabellos rojos que me recibe en el aeropuerto de Jacksonville, esa improbable ciudad subtropical en los linderos de la Florida con Georgia. Con una sonrisa de por medio, algo raro en su profesión, me indica el camino hacia la aduana.

Hace casi dos años que no piso Estados Unidos, más de una década que no recalaba en la Florida y es mi primera vez en Jacksonville. Aun así, la cálida e inesperada bienvenida de John se siente y me sabe oportuna, acogedora, hospitalaria, es una recepción inusual, pero necesaria. Desde que Joe Biden tomara posesión como cuadragésimo sexto presidente en enero pasado, una de sus principales encomiendas ha sido resarcir, en la medida de lo posible, lo que sus votantes y su partido consideran como los efectos más agravantes y nocivos para la sociedad estadunidense de la retórica utilizada y de las políticas implementadas por su predecesor, Donald Trump. Uno de los casos más evidentes, en este sentido, es la criminalización del uso del español en la vida pública del país durante la anterior administración federal.

“¡Regrésate a tu país!, ¡aquí se habla inglés!, ¡vamos a mandarte a la migra!”, en restaurantes, parques, supermercados, cines o estadios deportivos las agresiones verbales y físicas contra los hispanohablantes y contra quienes sin mediar palabra de por medio, pero por tener la piel oscura aparentaban, a los ojos del agresor, ser inmigrantes de origen latino, se multiplicaron a niveles alarmantes durante la era Trump. De acuerdo con el último informe anual sobre crímenes de odio del FBI, entre 2019 y 2020 —el último año de Trump en el gobierno— los ataques de odio contra los hispanohablantes aumentaron en aproximadamente 9 %, el mayor aumento registrado en más de una década.

Las notorias políticas antiinmigrantes, acompañadas de una oratoria abundante en referencias xenófobas, hicieron de los Estados Unidos, cuyas primeras comunidades hispanohablantes se establecieron desde el siglo XVI, un lugar en el que hablar español fuese un crimen. Una de las primeras acciones emprendidas por la administración Biden en este tenor fue la reactivación de la versión en español de la página de internet de la Casa Blanca, descontinuada en los primeros días de la gestión de su antecesor. A ésta se han sumado un número considerable de páginas electrónicas del gobierno federal y comunicados y boletines en muchos otros medios oficiales del gobierno que emplean el español a la par del inglés, con particular énfasis, quizá, durante el año y medio extendido de la pandemia por coronavirus. Si bien sigue habiendo reticencia por parte de ciertos sectores cuando de reconocer la importancia del español en el país se trata —cerca de 50 millones de hablantes en Estados Unidos, de acuerdo con estimaciones del Instituto Cervantes—, y las agresiones físicas o verbales contra quien lo usa están lejos de desaparecer, quienes lo reconocen y defienden no están dispuestos a ser silenciados de nueva cuenta. De ahí que el “welcome back” de John más que personal a mi llegada a la Florida sonase colectivo y fuera un bienvenido de vuelta para todos los hispanos, para la lengua castellana y para la herencia española en Norteamérica. 

Ilustración: Raquel Moreno

San Agustín de la Florida

“Aquí inglish poco”, afirma enseñando la sonrisa desdentada el dicharachero dominicano que me despacha el coche de alquiler tras intercambiar con sus compañeros un par de bromas sobre el inminente término de la jornada laboral en un caribeño rítmico y seductor. Y, de cierta forma, tiene razón. Al sintonizar la radio, Angelito Rodríguez —“tu meteorólogo de cabecera”— anuncia con la cadencia de su español cubano que el termómetro continuará al alza y la humedad llegará al 80 %, “un clásico de la temporada de huracanes”. Acto seguido, en un anuncio pagado por el gobierno del estado, el doctor Ilan Shapiro, a nombre de AltaMed, recuerda que la vacuna contra covid-19 salva vidas, “es gratuita y para todos, sin importar el estatus migratorio”, todo ello en un marcado y familiar acento chilango. Al regreso de la pauta comercial, y antes de retomar la programación noticiosa de la estación, la conductora del programa desea a todos los escuchas un buen fin de semana largo al que agrega como colofón un “mis amores”, con un dejo paisa que delata su colombianidad.

Por la carretera de cuatro carriles que conecta a Jacksonville con el idílico poblado costero de San Agustín, a uno y otro lado, los anuncios espectaculares se suceden: abogados especialistas en choques automovilísticos, pizzas a domicilio y cirugías plásticas se ofertan lo mismo en español que en inglés. La Florida es en muchos sentidos, como otras tantas partes del país, bilingüe. Aquí, el dominicano, el cubano, el mexicano y el colombiano conviven y se mezclan con el venezolano, el paraguayo, el argentino, el peruano, el salvadoreño, el hondureño y el español californiano y neoyorquino. Es además en la Florida donde, quizás, el español, como lengua y legado, tiene un calado más profundo. La frondosa península fue reclamada desde el año 1513 para la corona de Castilla por Juan Ponce de León. Es en Florida donde se encuentra el asentamiento europeo más antiguo continuamente habitado de los Estados Unidos, San Agustín, ciudad fundada por Pedro Menéndez de Avilés en 1565, medio siglo antes de la llegada de los primeros “padres peregrinos” a las costas de Maryland y Virginia desde las islas británicas. Fue incluso hasta 1821 que los floridanos estuvieron bajo dominio español, hace sólo 200 años.

“En apenas seis meses teníamos más de 10 000 seguidores, al año ya éramos 18 000 y seguimos creciendo”, declara en tono entusiasta y con acento peninsular Pablo G., creador de la cuenta de tuiter Historia de Norteamérica aparecida en junio de 2020 y cuyo objetivo es la “investigación, protección y difusión del legado hispano” en Estados Unidos. Su creciente número de seguidores, provenientes de todos los rincones del país y de allende sus fronteras, da testimonio de la sed que impera entre diferentes sectores de la población hispana por recuperar una memoria colectiva que les reivindica. El éxito de sus contenidos que rememoran fechas importantes de la historia de la presencia hispana en el territorio que hoy comprende Estados Unidos; difunde infografías sobre la toponimia en castellano de un extenso catálogo de ciudades, estados o accidentes geográficos; y rescata del olvido a personajes fundamentales de la historia estadunidense de origen hispano, como Fray Junípero Serra, mallorquín evangelizador de California, o Juan de Oñate, zacatecano fundador de El Paso y de Santa Fe de Nuevo México, delata la necesidad de que las raíces españolas, novohispanas, mexicanas y latinoamericanas del vecino país del norte sean reconocidas, más allá de círculos académicos. “Es como si todo mundo se hubiese olvidado de esa parte de la historia”, agrega Pablo G. al enumerar las razones que llevaron al lanzamiento de la cuenta en la afamada red social, justo cuando la narrativa trumpista alcanzaba sus más álgidos vuelos. Afortunadamente, el éxito de esta relectura de la historia estadunidense, que invita a reconocer su invaluable componente hispano y a reivindicar su españolidad, confirma que es el momento oportuno para hacerlo y que cada vez son más quienes así lo piensan, desde todas las esferas sociales y desde todos los derroteros partidistas. 

Welcome to Miami, bienvenidos a Miami

“En mi opinión, sí podemos decir que Miami es una suerte de capital de Latinoamérica. Miami es ahora lo que será Estados Unidos dentro de 30 años”, señala Mayte de la Torre, directora de programas del Centro Cultural Español de Miami. La ciudad más poblada de la Florida y una de las ciudades con mayor tasa de crecimiento poblacional en el país es prueba clara de que las raíces hispanas de Estados Unidos no son sólo cosa del pasado sino del presente e, invariablemente, del futuro. Cerca del 70 % de los habitantes del condado de Miami-Dade —el de mayor densidad poblacional de la Florida y el séptimo a nivel nacional, que incluye ciudades como Miami Beach y Coral Gables— son de origen latinoamericano. Un hecho que por sí solo no puede considerarse como un triunfo, pues en lo tocante a difundir la herencia y la historia españolas en Estados Unidos y a promover el uso del español en su territorio, la tarea sigue siendo ardua y constante. Pero, tal vez, nunca antes tan bien recibida e impulsada.

“Se piensa que por la cantidad de hispanos que vivimos aquí el español no corre peligro. Nada más lejano de la realidad, el español se pierde en un 60 % en la segunda generación de familias (inmigrantes) que emplean el inglés para comunicarse entre sí”, denuncia De la Torre, al tiempo que reconoce que la contribución de España a la Florida es “clave y fundamental”, aunque aún no lo suficientemente conocida, por lo que advierte “hay que hacer un esfuerzo mayor para que se estudie la relación histórica, cultural y social” desde las escuelas, inclusive. Fundado hace 25 años, el Centro Cultural Español trabaja de la mano con los gobiernos locales y el gobierno estatal, con los consulados hispanoamericanos acreditados en Miami, con escuelas de nivel básico y superior, con universidades y centros de estudios, con bibliotecas y centros culturales en su afán de afianzar el ADN hispano de la Florida. Un esfuerzo para el que ha contado desde su fundación con partidarios hispanos y anglosajones, indistintamente de sus filiaciones políticas y a lo largo de todas las administraciones federales, incluida la de Trump.

El bulevar Colón; las avenidas Menéndez, Ponce de León y Vizcaya; las calles Cádiz, Málaga y Matanzas; la plaza de la Constitución de 1812; las estatuas de Félix Varela o de Pedro Camps. En San Agustín, en Miami, en Tampa, en Pensacola o en Cayo Hueso las calles, avenidas, plazas, espacios públicos y monumentos que conmemoran el pasado hispano de la Florida conviven y dialogan con las que honran a los líderes seminoles, timucuas o apalaches, recordando su brutal exterminio; con las efigies y placas que subrayan las aportaciones de los personajes más representativos de la historia afroamericana y condenan el pasado esclavista de la nación; y, también, se intercalan con las estatuas y nomenclaturas de generales confederados y yanquis. Porque todos son parte del pasado floridano, aunque no todos sean parte de su presente y sólo algunos hayan de conformar su futuro. En cualquiera de los acentos del español. 

 

Diego Gómez Pickering
Escritor, periodista y diplomático mexicano basado en Barcelona. Su libro más reciente es Cartas de Nueva York, crónicas desde la tumba del imperio (2020)

 

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