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Inicio estas líneas con un recurso de método: la exageración. Ante el paisaje de las tensiones crecientes en el seno de la sociedad estadunidense, sugiero que esa nación, que vio la luz como constructo moderno súbito, en contraste con las más farragosas y contradictorias modernidades europeas y latinoamericanas, habita hoy las zonas liminares de su stásis (en la Atenas del siglo V antes de Cristo: desconfianza intensa entre ciudadanos, conflicto interno, guerra civil) o, quizá, de un desquiciamiento de las coordenadas de su propia experiencia republicana. La materia prima de estas conclusiones no proviene de algún outsider refugiado en un gueto radical de cualquier filiación, sino de analistas que se reconocen en el corazón de la reflexión sobre Estados Unidos. Tengo a la vista los ensayos (pesimistas, irritantes, reaccionarios) de Francis Fukuyama y Benjamin Kerstein.1

Ilustracción: Patricio Betteo

Exagero para poder reconocer el equívoco de abordar una geopolítica que da por sentado que los grandes poderes permanecen idénticos a sí mismos. Quizá por efecto de la contemporaneidad (y en nuestro caso se suma la vecindad) esa distorsión es aún más poderosa respecto a Estados Unidos. Más allá de nuestros escasos momentos de atención (las elecciones presidenciales, algunos debates generales), producto de un periodismo local tacaño y obseso de sí, no entendemos que Estados Unidos es una intrincada colección de geopolíticas y culturas locales, cuyos engarces, ataduras y compromisos son frágiles, tan frágiles como cualquier acuerdo político moderno; la política siempre tiene algo de milagroso. La ruptura de los bordes y de las costuras gruesas de la tela no es una hipótesis: son hechos históricos de la magnitud de la Guerra Civil (1860-1865), los años ríspidos y conflictivos de New Deal (con ese odio de las élites económicas al presidente F. D. Roosevelt), la saga sangrienta de los derechos civiles y de la protesta contra la guerra de Vietnam, la desesperanza muda y rencorosa que trajo el crac financiero de 2008, y el pasaje reciente del fuera máscaras de Donald Trump. Como cualquier nación, Estados Unidos se sostiene en una precariedad funcional; así, la democracia en un país continental.

Exagero, y con eso pretendo regresar al problema de la percepción de Estados Unidos. Los analistas cercanos al problema tienden a hacer depender su enfoque de una polarización, esto es, de dos entes relativamente organizados con programas disímbolos, encontrados y, dicen, irreconciliables tal como están postulados hoy. En ese sentido marchan claramente los ensayos de Fukuyama y Kerstein: acá la izquierda liberal, censora de la libertad de expresión, usufructuaria de lo políticamente correcto pero amantes del tumulto callejero, fieles a una utopía ecológica de la que nadie conoce detalles ni viabilidad, y con un programa económico atrasado y poco convincente porque, dicen, no ha superado la cota de añoso New Deal, ese que dio de sí en los setenta; allá, los neoconservadores cada día más radicales, nativistas de nueva cuenta y, como siempre, acosados por la demografía de los otros, nostálgicos de un reino sólo cristiano, defensores imprevistos del trabajador blanco, cristiano, heterosexual y pobre (porque han venido extranjeros que abatieron su salario, robaron su empleo).

A la metáfora de la polarización, con sus puntos de fuga en los corazones de dos conglomerados cada vez más radicales e intratables, habría que responder con otra imagen. En realidad, imagino, las tensiones crecen porque el sistema está jalonado por la interacción de nodos geográficos, económicos y simbólicos disímbolos, asimétricos y difíciles de expresar en su última instancia. Es la complejidad misma de la sociedad que habita un territorio inmenso y diverso, donde las capas étnicas, religiosas, políticas y económicas se superponen sin que una síntesis nacional las satisfaga a cada una, al mismo tiempo y en la misma medida. Por eso ha hecho aparición, como apunta Kerstein, la salida municipalista, esa idea de separar secciones de condados de los centros metropolitanos, tan volcados a la izquierda; por eso, igual de ominosa, la fantasía cesarista, reconciliada con el conservadurismo estadunidense, que concibe un poder centralizado que subsuma los múltiples compromisos locales, estatales y nacionales para una restauración, a saber de qué. Lo que se juega son los valores y la idea misma de república.

Como va mostrando cada día el fracaso de Afganistán, toda política global es una política local. Pero la noción de fracaso y debilidad en la escena internacional adquieren su sentido más amenazante cuando se articulan en una agenda en la cual sus equivalentes aldeanos se tiñen de los colores chillantes de la decadencia de América. Que el mundo siga hablando de la significación estratégica de la derrota en Afganistán, esa que exhibe, frente a nosotros los párvulos, el silabario de Carl von Clausewitz. Lo que dicta mi exageración en cambio es que lo presenciaríamos en territorio estadunidense: quiebres no inéditos sino poderosísimos.

La democracia como sistema de participación y decisión de los ciudadanos en la formación de un gobierno no es igual a consenso. De hecho, es su negación: la mayoría o la minoría más grande se impone sobre la minoría. En el acto de elegir un gobierno, justo en esa decisión, el consenso se rompe: es una opción la que se impone, a costa de la otra o de las otras. Como nos ha recordado Nicole Loraux en un texto deslumbrante, demócratas era un término peyorativo que las oligarquías aplicaban al partido popular en la Atenas del siglo V; los “demócratas” no aceptaban esa denominación, que sabían insultante. Pero como apunta Loraux, toda la operación memorística de la democracia ateniense giraba alrededor del olvido de su fundamento: el olvido de la stásis, del conflicto mismo que fundaba la política como gestora del conflicto y no como su negadora. Lo “reprimido cívico”, ese olvido transhistórico de que vivimos en conflicto y en peligro, incluso, o sobre todo, en una democracia, ha sentado sus reales entre nosotros.2 De ahí el malentendido, de ahí suponer que el “centro” equilibra siempre por sobre los polos. De ahí, la tremenda confusión entre radicalismo ideológico (esa monserga) y el radicalismo político (con frecuencia, la solución).

Mi exageración tiene un fundamento objetivo: el reto geopolítico estadunidense es su geopolítica nacional, la distribución del poder al interior de sus fronteras. Es esa multipolaridad, y las capas societales que la recubren, ocultan y expresan, el enigma del siglo. En autores como Kernstein y Fukuyama el centro político, ese que no polariza (dicen), es la panacea. Pero Afganistán está martillando ese centro, si alguna vez existió. Aun con un reposicionamiento de la imagen del presidente Biden (y las encuestas dirán en dónde está y para dónde va) el mal está hecho, aunque desconocemos sus dimensiones. Ya no es sólo un mensaje de sensatez y prudencia lo indispensable, alucina mi exageración; se impone un doble implante, una reforma de época, en ese añoso, esclerótico y alucinado sistema político: la elección directa por los ciudadanos del presidente de esa República y una autoridad electoral nacional, erigida en un ente decisorio. Es, sin duda, una salida jacobina en un país en el cual casi todos los reflejos políticos son del Termidor.

En mi exageración, la ruptura del orden nacional estadunidense sería la experiencia del siglo XXI. Y como su vecino del sur, nos envolverá, nos atrapará, de manera parecida, aunque en otra escala, a la Guerra Civil, que permitió la aventura imperial de Napoleón III en México, o el rifirrafe de la elección de 1912 que abrió el camino de Woodrow Wilson a la presidencia (quien, aunque lo duden, entendió el sentido profundo de la Revolución mexicana). Las antenas de Palacio Nacional y de la Secretaría de Relaciones Exteriores deben estar dirigidas hacia Washington, día y noche. El silencio y la palabra, dicta mi exageración, es el nombre del juego.

 

Ariel Rodríguez Kuri
Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México 1911-1922 y Museo del universo. Los Juegos olímpicos y el movimiento estudiantil de 1968.


1 Francis Fukuyama “On the end of American hegemony”, The Economist, 18 de agosto de 2021 y Benjamin Kerstein, “Watching America Crack-up”, Quillet, 9 de agosto de 2021

2 Nicole Leroux, La ciudad dividida. El olvido en la memoria de Atenas, Madrid, Katz editores, 2008; en especial capítulo 3.

 

Un comentario en “Exagerar es bueno: Estados Unidos

  1. Si entendieras un ápice del poder científico norteamericano (y de la Commonwealth por extensión) opinarías diferente. La fabulosa maquinaria científica y sus implicaciones.
    La deslumbrante capacidad de entender y manipular la materia, inerte y viva, nunca antes vista en la historia de la humanidad. Eso que nadie ve y que solo China esta tratando, y logrando emular, es lo que esta transformando a EU (y al mundo junto con él) en otra cosa absolutamente distinta.
    La historia como la entendía la humanidad se acabó y esto será evidente en pocas décadas. Tan evidente que pronto la humanidad no se reconocerá en ese pasado.

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