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“Dada la naturaleza y alcance de nuestros enemigos, ganaremos este conflicto a través de la paciente acumulación de éxitos, enfrentando una serie de retos con determinación, fuerza de voluntad y sentido de propósito”.
—George W. Bush, mensaje a la nación, 7 de octubre de 2001

Ante el dramático regreso del Talibán al poder en Afganistán, la mira está puesta en las consecuencias de la caótica conclusión de dos décadas de presencia militar de Estados Unidos y de sus aliados de la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN), iniciada en el otoño de 2001 como parte de la campaña global contra el terrorismo desatada por Washington después de los ataques orquestados por Al-Qaeda en territorio estadunidense. 

Ilustración: Víctor Solís

La intervención, que contó con la aquiescencia y facilidades logísticas de diversos países de la región en un momento en el que predominaba la solidaridad internacional hacia Estados Unidos por los atentados que cobraron la vida de casi 3000 personas de más de 80 nacionalidades, logró con relativa rapidez que el territorio afgano dejara de ser santuario de Osama bin Laden, sede de sus campamentos de entrenamiento y plataforma de sus operaciones internacionales. Con el objetivo militar cumplido, la misión transitó gradualmente hacia el experimento de construcción social e institucional que hoy se derrumba estrepitosamente.

La presencia de miles de tropas en Afganistán amplió por primera vez la huella militar estadunidense del Medio Oriente hacia el corazón de Asia Central, insertándose de lleno en un barrio bravo en el que conviven añejos rivales regionales y globales. Con un costo financiero y humano mayúsculo —2 261 000 millones de dólares y 121 199 bajas civiles y militares hasta abril de este año, sin incluir a 51 191 talibanes e insurgentes—, prevaleció una precaria estabilidad regional que, sin disipar desconfianzas y enemistades, facilitó la interacción económica, los diálogos políticos y sobre seguridad, así como iniciativas de cooperación. La ausencia del anclaje estadunidense genera vacíos y detonará reacomodos estratégicos de largo alcance.

En medio de la cascada de filtraciones, post mortems apresurados y recriminaciones entre burocracias y aliados, surgen valoraciones sobre las implicaciones geopolíticas de la debacle, ubicando a Estados Unidos como el perdedor y a sus rivales como ganadores en un juego de suma cero. La realidad es siempre más compleja y, además, el reacomodo apenas comienza.

Es claro que las fallas de inteligencia sobre la velocidad del avance Talibán y la pésima ejecución del repliegue conlleva un fuerte golpe reputacional y de credibilidad para la joven administración de Joe Biden quien, irónicamente, es el presidente más experimentado en temas internacionales desde que George H. W. Bush ocupara la Casa Blanca hace casi tres décadas. Biden trabaja contra el reloj para revertir percepciones y remontar las críticas acumuladas en los últimos días a través de un mejor manejo de la situación de seguridad en el aeropuerto y la ampliación del operativo de evacuación de sus nacionales y extranjeros, una mayor comunicación y coordinación con sus aliados de la OTAN y el G-7, y una presencia mediática casi diaria para explicar personalmente tanto sus decisiones como el avance de las acciones emprendidas.

Al mismo tiempo, Biden recurrió a William Burns —su diplomático más experimentado y actual director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA)— y lo envió a Kabul para reunirse con el líder Talibán y posible próximo presidente, Abdul Ghani Baradar. Burns tiene un largo historial de contactos con Afganistán; fue el interlocutor principal de Barack Obama con Rusia y diversos países de Asia Central, con los que negoció las facilidades de sobrevuelo para transportar equipo y tropas adicionales enviadas a Kabul en 2009.1 La reunión, ostensiblemente centrada en la negociación de garantías y facilidades que permitan que el operativo de evacuación fluya sin obstáculos, sin duda abrió un canal de diálogo más amplio que será utilizado en el futuro en ambas direcciones.

Después de que en la Cumbre de la OTAN realizada el 14 de junio los mensajes de unidad del presidente estadunidense buscaran dar la vuelta a la página a cuatro años de tensión y desencuentros con Donald Trump, en Londres, Berlín, Bruselas, Ottawa y París es palpable el malestar por la falta de consulta y coordinación de las últimas semanas a pesar de su condición de aliados y de que, en conjunto, tienen casi tres veces más tropas en el terreno que Estados Unidos. También es evidente la preocupación ante el espectro de flujos masivos de refugiados como los que, ante el recrudecimiento de la guerra en Siria, provocaron en 2015 una tormenta política que minó sensiblemente la unidad europea.

El desacuerdo transatlántico resucita debates recurrentes en las capitales europeas, presentes incluso durante la administración Obama. Con París a la cabeza, se discute sobre la necesidad de una mayor capacidad de acción independiente en temas de defensa y política exterior. Indudablemente el fracaso en Afganistán también tiene para ellos costos internos y los coloca en una posición de desventaja estratégica en Asia Central. Sin embargo, ante la plétora de intereses y preocupaciones regionales y globales compartidas —incluyendo frente a Rusia en el caso de Ucrania—, la colaboración con Washington continúa siendo una necesidad central.

Más allá del regocijo con el que puede haberse recibido en Beijing, Karachi, Moscú y Teherán, el repliegue occidental implica retos y costos significativos que colocan las ganancias estratégicas de largo plazo en un segundo plano. Todos comparten la preocupación por las consecuencias de una nueva espiral de caos e inestabilidad, lo cual abre ventanas de oportunidad para una colaboración, en primera instancia, centrada en los ámbitos humanitario y de seguridad.

Para avanzar en esa dirección, China, Irán y Rusia llevan ventaja con diálogos abiertos con el liderazgo Talibán, mismos que se intensificaron a partir de que el presidente Biden confirmó que no modificaría sustancialmente la ruta de salida trazada por su predecesor. Con sus respectivos matices y gran pragmatismo —Rusia, por ejemplo, mantiene la designación del Talibán como organización terrorista— los tres buscan, como primera prioridad, obtener garantías en el sentido de que no se permitirá la operación de grupos terroristas desde territorio afgano, así como compromisos para avanzar en la estabilización del país. Hoy por hoy, estos canales de comunicación, así como el hecho de que los tres países mantendrán sus embajadas en Kabul, serán esenciales para incentivar arreglos políticos y evitar la radicalización del nuevo gobierno.

El 15 de febrero de 1989 las últimas tropas soviéticas en Afganistán cruzaron el llamado Puente de la Amistad hacia la ciudad fronteriza de Termez, marcando el final de una década de intervención militar en la que perdieron la vida 15 000 soldados. Menos de cuatro años después desapareció la Unión Soviética; 32 años más tarde, Rusia recupera espacios de influencia en Asia Central. Al tiempo que dialoga con el liderazgo Talibán en Tayikistán, Uzbekistán y Turkmenistán, exrepúblicas soviéticas colindantes con Afganistán, desalienta el establecimiento de bases o facilidades logísticas solicitadas por Estados Unidos y la apertura de fronteras para recibir refugiados. Asimismo, buscando blindar su flanco austral contra potenciales amenazas a su seguridad, reactiva ejercicios y patrullajes militares conjuntos; con ello, obliga al Pentágono a trasladar sus capacidades logísticas, de sobrevuelo y de inteligencia hacia los países del Golfo Pérsico.

La salida de Estados Unidos alimenta la narrativa de Xi Jinping sobre su declive global frente al ascenso chino. Su pequeña frontera terrestre con Afganistán —de tan sólo 78 kilómetros— no corresponde a la magnitud de la preocupación en Beijing por el camino que pueden seguir los talibanes en el poder. China inició contactos secretos con el liderazgo Talibán desde 2018. La condición sine qua non de cualquier reconocimiento o apoyo es la de no permitir acciones terroristas de cualquier grupo, particularmente por parte del denominado Movimiento Islámico del Turquestán Oriental, que aliente la inestabilidad en su occidente musulmán. Así lo subrayó el canciller Wang Yi en la reunión que sostuvo con Baradar el 28 de julio en Tianjin. Sus inversiones en los sectores minero y de hidrocarburos son mínimas, y cualquier interés económico es secundario, de largo plazo y siempre sujeto a que prevalezcan condiciones de estabilidad en el futuro.

Ya sin la presencia de la coalición occidental en su vecino oriental, Irán adquiere una mayor capacidad de incidencia en las acciones y decisiones de Kabul. Ha tenido una relación conflictiva con el Talibán desde la represión de la minoría chiita la primera vez que estuvo en el poder y el asesinato de 11 diplomáticos iraníes en 1998. Alberga 800 000 refugiados y dos millones de indocumentados afganos y se opondrá a recibir nuevos flujos. En su diálogo con el liderazgo Talibán también buscará obtener garantías de cero tolerancia a la operación de yihadistas suníes en su territorio y reducir el lucrativo tráfico transfronterizo de opio.

Al igual que en el pasado, Paquistán se ubica en una posición de intereses encontrados, en un complejo juego de equilibrios frente a Washington y Beijing. La relación con Estados Unidos, siempre de altibajos, atraviesa un mal momento. Por un lado, Biden mantiene la suspensión de asistencia militar y civil decidida por Trump en 2018; por el otro, su añeja relación estratégica con China, cuya dimensión económica ha crecido de manera sostenida, genera desconfianza en la Casa Blanca. Con una frontera de 2430 kilómetros ha sido refugio y sostén del Talibán a lo largo de los años y su estrategia de seguridad nacional busca neutralizar cualquier proyección en la zona por parte de la India, su principal rival estratégico. Su aparato militar y servicios de inteligencia tienen los vínculos más fluidos con el liderazgo Talibán, los cuales usará para contener a grupos radicales como el denominado Movimiento de los Talibanes en Pakistán (TTP, por sus siglas en inglés) y para prevenir una nueva ola de flujos masivos de refugiados, que ya se aproximan al millón y medio en su territorio.
 
En el tablero regional, India —que fortaleció su presencia diplomática y económica en el país en los últimos años bajo el paraguas de su más estrecha relación con Estados Unidos— pierde presencia y capacidad de interlocución. A Nueva Delhi le preocupan las implicaciones de un gobierno en Kabul aliado a Paquistán. Busca evitar que puedan establecerse grupos radicales paquistaníes como los responsables de los atentados terroristas de 2008 en Mumbai, por lo que seguirá de cerca el grado de influencia de Paquistán sobre el liderazgo Talibán.

Los múltiples contactos con el liderazgo Talibán se desarrollan en medio de una crisis humanitaria que se agrava día con día y en un entorno de extrema turbulencia en el que no puede descartarse el riesgo de una guerra civil, generando un caldo de cultivo de inestabilidad extrema en el que nadie gana y todos pierden, independientemente de sus respectivos intereses estratégicos de largo plazo.

El panorama humanitario es desolador. Se estima que más de 18 de los 38 millones de afganos requieren asistencia humanitaria, casi 11 millones se encuentran en situación crítica de inseguridad alimentaria acentuada por una sequía prolongada, y el número de víctimas civiles ante el deterioro de las condiciones de seguridad sigue creciendo. El número de desplazados internos ha crecido en aproximadamente 550 000 personas desde enero pasado, en su mayoría mujeres y niños, sumando a los tres millones de afganos que ya se encontraban en esa condición.

La Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA, por sus siglas en inglés) enfrenta serias limitaciones presupuestarias, logísticas y de recursos humanos para hacer frente a la situación. En ese sentido, las preocupaciones compartidas por todos los actores regionales deben traducirse en un respaldo político y presupuestario significativo, sustentado en acuerdos con el liderazgo Talibán que permitan su labor en el terreno, incluyendo el establecimiento de corredores humanitarios.

A pesar de ser un interlocutor impredecible, y de que aún no es claro si el liderazgo Talibán se consolidará en el poder, su dependencia en recursos externos para financiar aun las funciones de gobierno más básicas y la posibilidad de no lograr un reconocimiento internacional amplio deben usarse como incentivos para la negociación de acuerdos políticos que generen condiciones de estabilidad y limiten lo más posible inminentes retrocesos en el ejercicio de derechos y libertades, en particular para las mujeres y las niñas.

La situación es crítica y de extrema volatilidad, como lo reflejan los atentados suicidas en el aeropuerto de Kabul perpetrados el 26 de agosto por ISIS-K, filial afgana del grupo terrorista Estado Islámico, en el que murieron al menos 12 militares estadounidenses, 60 civiles afganos y más de un centenar de personas resultaron heridas. Las próximas semanas serán cruciales para determinar si el reacomodo geopolítico en el corazón de Asia seguirá el clásico patrón de auge y ocaso de la potencia en turno —el “Gran Juego” del siglo XXI— o si tendrá como rasgo distintivo una tragedia humanitaria de dimensiones inéditas y un caos e inestabilidad perdurables.

 

Julián Ventura
Internacionalista, exsubsecretario de Relaciones Exteriores


1 Burns, W. J. The Back Channel: A Memoir of American Diplomacy and the Case for its Renewal. Random House, Nueva York, 2019, p. 279.

 

Un comentario en “Afganistán y las potencias: primera radiografía

  1. Al parecer es un “hecho histórico” que Osama bin Laden derribó las torres gemelas…ajá… Ok, creámoslo!
    EU tomó Afganistan hace 20 años porque hace frontera con China.
    China se hizo mas poderosa de lo imaginado en estos 20 años.
    EU lo entendió y le dejó el encargo de Afganistan a los chinos.
    Asia sigue siendo Asia y la commonwwealth siguiendo la Commonwealth.
    Cual es la novedad?

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