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Entre 1951 y 1960, el equipo del arqueólogo Ralph Solecki trabajó en una excavación en la ahora célebre cueva de Shanidar, ubicada en el Kurdistán iraquí. A una profundidad de entre cuatro y siete metros, encontraron restos óseos de diez hombres, mujeres y niños neandertales con una antigüedad aproximada de cincuenta mil años. Solecki argumentó que uno de los individuos había muerto accidentalmente al ser golpeado por una piedra que se desprendió del techo de la cueva, pero que los otros habían sido colocados ahí de manera deliberada como parte de un incipiente rito funerario. Además, en el sedimento que rodeaba al cuerpo denominado Shanidar 4, se encontraron pequeñas conglomeraciones de polen que podrían evidenciar el uso de ofrendas florales. Estas interpretaciones fueron cuestionadas y ampliamente debatidas, pero no fue sino hasta 2015 que un segundo equipo de arqueólogos reanudó los trabajos en la cueva.

Ilustración: Raquel Moreno

En la segunda excavación se encontró la parte superior de otro esqueleto neandertal, con los brazos doblados y una piedra colocada a modo de almohada bajo la cabeza y los hombros. Las diferencias entre el sedimento que se halló bajo los restos y el que los cubría parecen confirmar que el cuerpo fue colocado en un nicho cavado especialmente para ese fin y después cubierto con tierra. Alrededor de los restos se encontraron nuevamente residuos vegetales. Estos hallazgos contradicen la representación tradicional del Homo neanderthalensis como un homínido bruto e incapaz de una elaboración ritual.

Puede ser que haya entierros incluso más antiguos que el de Shanidar. En 2013, se descubrió la cámara Dinaledi, dentro del complejo de cuevas llamado Rising Star, en Sudáfrica. Ahí se encontraron los restos de cerca de doce individuos de la especie Homo naledi que datan de hace trescientos mil años. La concentración de restos en un lugar de tan difícil acceso sugiere que podría tratarse de una especie de cementerio arcaico o, por lo menos, de un lugar al que acudieron en varias ocasiones para deponer cuerpos. Aunque siguen habiendo múltiples teorías sobre el origen del lenguaje humano, todo parece indicar que los homínidos que realizaron las primeras prácticas funerarias en Shanidar y Dinaledi tendrían si acaso un sistema de comunicación rudimentario y que si bien fabricaban herramientas de piedra, no las adornaban.

Las cosas nunca tienen un origen puntual y único, pero dándole rienda suelta a una especulación más filosófica que arqueológica, me gusta imaginar el primer entierro como la fundación mítica del orden simbólico. El primer entierro sería la demarcación espacial más antigua. Una tumba encierra en sí misma un pequeño territorio, pero además funciona como una mojonera a la que se regresa y que a su vez profundiza el arraigo al espacio circundante. El famoso nomos de la tierra, el orden espacial creado por las reglas y costumbres de los humanos, no iniciaría entonces, como sugiere Schmitt, con la apropiación y el reparto de la tierra, sino con la sepultura de los muertos.

El primer entierro no sería sólo la fundación del territorio, sino también del mundo de los símbolos. La relación que existe entre la seña exterior de un sepulcro y su contenido oculto es la misma que hay entre un símbolo y su significado. Por eso es tan sugerente que en griego antiguo la palabra sema signifique al mismo tiempo “tumba” y “signo”. El entierro señalizado, el lugar al que se llevan flores, puede pensarse como la fuente misma de la cultura en el sentido antropológico. Por eso el caos ritual que produce hoy la desaparición sistemática de miles de personas mina la posibilidad del significado, crea un agujero en la inteligibilidad del mundo.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en Antropología en la Universidad de Columbia.