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Como ha sucedido históricamente, los magnicidios políticos suelen quedar registrados en el imaginario social como uno de esos acontecimientos sobre los que siempre habrá opiniones encontradas dentro de una comunidad o un país y, por consecuencia, nunca habrá conclusiones definitivas ni verdades absolutas y únicas. Y, si las hay, es muy improbable que alcancen niveles altos de credibilidad. En esto, como en muchas otras cosas, la duda, el prejuicio y la sospecha parecen formar parte natural de la psicología colectiva, habituada a vivir más cómodamente en la disonancia cognitiva que existe entre los hechos y las creencias. Con el asesinato de Luis Donaldo Colosio, ocurrido el 23 de marzo de 1994, no ha pasado nada distinto, y quizá ello explique que el buscador de Google arroje todavía 4 620 000 resultados a la entrada “Colosio”, en las que abundan noticias, actuaciones judiciales, declaraciones ministeriales, informes de la antigua PGR, artículos, columnas, fotografías, documentales y, por supuesto, libros y más libros.

Ilustración: David Peón

Ahora, Raymundo Riva Palacio contribuye a ese magma analítico con Colosio. Crónica del fracaso de un proyecto transexenal (Grijalbo, 2021, 222 pp.) donde propone una hipótesis alternativa acerca del contexto en que se produjo ese asesinato y de las consecuencias que tuvo después para la vida política del país. Veamos la forma, el fondo y la tesis del libro.

La primera impresión es que, por momentos, esta crónica parece una obra de teatro negro donde hay una escenografía estratégica que da lugar a un juego de luces y sombras, de versiones, visiones e interpretaciones diversas, formuladas por actores que vivieron los acontecimientos desde ángulos o papeles muy distintos y contradictorios. O bien parece un juego de espejos, como en una novela negra, en donde no siempre es fácil identificar dónde están la verdad o verdades distintas, pero no necesariamente contrapuestas, porque a veces el resultado logra, dice algún escritor, “un máximo de narratividad y un mínimo de significado”. Y más aún cuando, desde el principio, el autor pone un cebo al lector con un epígrafe de Borges, enigmático para lo que se verá más tarde: “Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento”.

El libro combina la crónica, el reportaje, la investigación documental y la historia oral, pero les da un contexto histórico, analítico e incluso teórico para afianzar su tesis central —el fracaso de un proyecto transexenal— a partir de comparar efectivamente las semejanzas o, mejor dicho, la continuidad del proyecto de Salinas que podría haber sido el de Colosio, interrumpido por el crimen, a partir de ciertos hechos y de sus mensajes principales, e incluso de un análisis semiótico entre las ideas básicas de ambos actores. En este sentido, no es por supuesto una historia acabada, porque faltan piezas por ensamblar. Por ejemplo, éste y otros trabajos se habrían beneficiado de haber podido recoger, a la distancia de casi treinta años, las versiones de otros protagonistas, como Ernesto Zedillo, Pedro Aspe, Guillermo Ortiz y varios más, o de algunos otros de los procuradores y fiscales que investigaron el caso que bien harían, al menos por una cierta responsabilidad política, moral y cívica, en contar su versión para entender, como dice Riva Palacio, “qué sucedió y a dónde nos llevó”. Aquí hay una asignatura todavía pendiente de esos funcionarios, y que no se puede saldar con una excusa pusilánime —“no doy entrevistas”— o, peor aún, recurriendo a la jerga técnica y burocrática. La moraleja es que no se puede ir por la vida pública o, con más propiedad, dejarla atrás, sin dar explicaciones sobre los hechos y las decisiones en que participaron: aquí hay un problema ético significativo.

En segundo lugar, el libro parte de que la nominación de Colosio fue el desenlace natural en la construcción de una candidatura presidencial labrada de manera muy consistente, casi artesanal —lo cual es cierto—, llamada a ser la continuidad de un diseño conceptual y estratégico de país, de régimen político y, por supuesto, de conservación del poder en un sentido institucional —lo que también es cierto—. En este planteamiento, hay dos aspectos relevantes. Uno es que lógicamente sigue siendo un enigma el modelo de presidencia que Colosio habría hecho, lo que cae en otro terreno, el de la historia contrafactual: una manera distinta de imaginar cómo habrían sido las cosas contrastándolas con lo que realmente sucedió. Riva Palacio sigue este método en su capítulo final, reconoce lo difícil de responder el acertijo, pero sugiere que la ruptura de ese proyecto creó o, de alguna manera, facilitó las condiciones de lo que vemos hoy en la política mexicana, es decir, la restauración del viejo régimen en sus peores manifestaciones.

El otro aspecto es la contribución del libro al método de hacer historia política y, particularmente, historia presidencial. A diferencia de la arraigada tradición norteamericana de escribir la historia de las presidencias, trabajando mucho con las más variadas fuentes, en México parece más frecuente hacer historia de pizarrón y de cubículo, con lógicas binarias y pretensiones de ser la última palabra, sujeta a camisas de fuerza metodológicas, que frecuentemente pierden aspectos muy puntuales, claroscuros, detalles, matices de la psicología del poder, de la mecánica con la que los presidentes y los líderes políticos toman decisiones cruciales y por qué; la influencia en ellas de sus propias biografías y fantasmas personales, sus estados de ánimo, dilemas y disyuntivas ante opciones encontradas: afrontar de una manera una coyuntura concreta o preservar, de otra, un legado. Y este no es un tema menor, al contrario, porque en muchas ocasiones esos líderes no se enfrentan a las crisis sino a la historia, a la manera como quisieran que la historia relatara esas circunstancias.

Después de su caída, por ejemplo, Richard Nixon, quizá el presidente norteamericano psicológicamente más complejo y tal vez más fascinante desde los años sesenta, se dedicó a escribir sus memorias y numerosos libros sobre asuntos internacionales, dar docenas de conferencias y ofrecer consejos y reflexiones acerca de la realidad cruda y dura de la política —que los historiadores de salón desconocen u olvidan— buscando reelaborar su propia historia, marcada inevitablemente por Watergate. Unos años antes de morir Nixon sentenció: “La historia me tratará con justicia, pero los historiadores probablemente no”. La diferencia es sutil pero reveladora: hoy parece haber consenso en que ha sido el presidente más visionario y estratégico en política exterior, y tiene su simbolismo —paradojas de la vida política— lo que hace poco Paul Krugman escribió de él a propósito del asalto al Capitolio en la era de Trump:

Nixon era un hombre inteligente y trabajador que se tomaba en serio la presidencia. Su legado fue sorprendentemente positivo […]. Y la razón por la que la democracia se ve amenazada como nunca lo estuvo en tiempos de Nixon no es simplemente que Trump sea peor ser humano de lo que jamás fuera Nixon; es el hecho de que tiene muchos facilitadores.

Claro, Krugman es economista, no historiador.

Pues bien, este es un enfoque que evita el libro de Riva Palacio: caer en los lugares comunes de cierta clase de historiadores y mostrar que en política no hay últimas palabras. En este sentido, relata lo que pasó en dos momentos clave. Uno, desde el 23 de marzo, día del asesinato, hasta el 29, cuando surge su reemplazo en la candidatura; la forma en que la noticia devastó anímicamente a Salinas; las presiones de los distintos grupos —principalmente el pretendido “asalto” de la nomenklatura del PRI encabezada por Echeverría y el de la propia burocracia partidista— para “tomar el control de la sucesión” e imponer al nuevo candidato; el desconcierto y la orfandad de las “viudas de Colosio”, o la forma en que se recupera ese control y se procesa la candidatura sustituta. El otro momento, que inicia días después de esos idus de marzo de 1994 y se prolonga hasta los primeros meses de 1995, cuando el nuevo gobierno y algunos de sus personeros —uno de los cuales, un fiscal, termina en la cárcel años más tarde, como suele suceder; otro, el procurador que lo designa, es cesado— tejen una historia predeterminada del asesinato manipulando investigaciones, fabricando pruebas, creando una atmósfera de envenenamiento que le fuera bien a la coreografía que se montó para amortiguar la percepción de la crisis económica que sobrevino. En ese plano, dice Riva Palacio: “La verdad ya no era importante. La verosimilitud, si encajaba con el imaginario colectivo, era suficiente”.

Si no se entienden las secuencias de ambos momentos, entonces no se entiende la lógica de la política y del poder, y sus efectos en la historia real, no en el determinismo. Y esto es algo que el libro aporta: una manera de comprender lo que pasa en circunstancias muy específicas y complejas. Es decir, averiguar, entrevistar, documentar y examinar, con evidencia razonable, la forma en la que los presidentes diseñan sus gobiernos, toman y ejecutan decisiones o gestionan crisis, de modo que sea posible obtener denominadores comunes, extraer precedentes y entender mejor la racionalidad y el contexto de la política ejercida desde el más alto nivel de poder.

Como ya es obvio a estas alturas, el libro establece que Colosio siempre fue el candidato in pectore de Salinas; cómo el levantamiento zapatista introdujo una seria alteración en un guión hasta entonces bien llevado; cómo, pese a ello, nunca hubo una ruptura con el famoso discurso del 6 de marzo de Colosio en el aniversario del PRI, y cómo el desenlace fatal modificó y en cierto modo acabó con un proyecto transexenal. Vamos por partes. Colosio era un producto genuino de la era de las reformas. No surge por generación espontánea. Formaba parte de un proyecto modernizador y generacional que empieza gradualmente con De la Madrid, toma cuerpo y se profundiza con Salinas, tendría continuidad con la presidencia de Colosio y, tras su muerte, aparentemente termina en la presidencia de Zedillo. En efecto, Colosio siempre fue el candidato de Salinas. Lo formó, cuidó, designó en posiciones clave, y lo nominó, fundamentalmente porque —según le dice Salinas a Riva Palacio— no hizo todo lo anterior “pensando en Colosio sino que Colosio encabezaba perfectamente ese proyecto”.  Ese proyecto, ciertamente, era intensificar las reformas en el aparato del Estado y del gobierno, en la modernización y apertura de la economía y, eventualmente, avanzar en una segunda fase, en las reformas políticas y electorales necesarias, esto es, las asignaturas pendientes de la democracia mexicana.

Este proceso está descrito en el libro como también lo están los problemas que afectaron tanto los días de la designación de Colosio como los meses que duró su campaña. Por ejemplo, el papel de Manuel Camacho, entonces jefe del Departamento del Distrito Federal. Camacho nunca fue un competidor real; sabía perfectamente que desde el gobierno capitalino es muy difícil hacer política nacional y de hecho él no quería esa posición; conocía las reglas del juego, jugó con ellas y, cuando perdió, las rompió. Pero esta ruptura, cita Riva Palacio a un cercano colaborador de Camacho, “no fue ni con mucho una crisis interna en el PRI […], la crisis se redujo a una manifestación personal de Camacho que al final no representó problemas mayores”. El segundo fue el propio levantamiento del EZLN, una sacudida mayúscula para el presidente, el gobierno, la campaña y el candidato, y nadie estaba preparado para lidiar con algo así. El tercero fue el protagonismo de Camacho quien, al ver el conflicto, sacó de balance a todos e identificó una rendija por donde reposicionarse para conseguir alguna ventaja política. ¿Cuál? Las especulaciones fueron muchas, pero lo relevante es que su designación como comisionado para la paz en Chiapas fue por lo menos inoportuna; explicable si se quiere, dadas las circunstancias, pero inoportuna al fin. Y el cuarto es que Colosio tenía un equipo muy heterogéneo y frágil —de hecho, varios equipos— que carecía de coordinación, dirección y disciplina suficientes, elementos críticos en una campaña; algunos ya se sentían muy poderosos, otros se dedicaron a tratar de eliminar a Zedillo, y varios más estaban pensando incluso en la siguiente sucesión presidencial. En esos círculos había gente buena, otros notablemente mediocres, y algunos más —como Alfonso Durazo u otro personaje que cayó rápidamente en el olvido, José Luis Soberanes— que le hicieron un daño terrible a Colosio, a su campaña y a la transparencia. Naturalmente, la combinación de todo lo anterior fue perjudicial y caldo de cultivo de rumores, especulaciones e inseguridades que afectaron el clima de confianza elemental e indispensable en todo proyecto electoral.

El famoso discurso del 6 de marzo, según Riva Palacio, no fue una ruptura. Ciertamente, quien lea ese texto hoy verá que estaba en sintonía con la cultura de la época: marca distancias, muestra frases e ideas propias, ofrece un nuevo proyecto, verbaliza críticas, en un juego de valores entendidos entre el presidente saliente y el candidato que ha seleccionado. Todo lo demás es especulación o, mejor dicho, una elaboración de lo que a algunos les habría gustado, una reinvención de deseos y expectativas —o una proyección en el sentido freudiano. Visto de otra forma: “Interpretar el pasado —dice E.H. Carr—, no es lo mismo que inventar el pasado”. Y, sin embargo, aquel paisaje tan accidentado derivó en un lienzo muy tóxico condensado en una carta, que ya casi nadie recuerda y que Riva Palacio no recoge que, el 9 de marzo de 1994, le manda el coordinador Zedillo al candidato en donde le enumera las “claras deficiencias en el Partido y en el equipo de campaña”. 

Finalmente, ¿fracasó un proyecto transexenal como propone Riva Palacio? Parece más probable en lo político que en lo económico. Por un lado, Colosio hubiera concluido el proceso de modernización con las reformas estructurales pendientes, y habría tenido que abordar un dilema estratégico complejísimo: cómo hacer la transición política sin perder el poder. Lo que pasó en realidad fue que el nuevo presidente, Zedillo, decidió hacerse a un lado, dedicarse exclusivamente a gestionar la economía y dejó que se agudizaran los conflictos al interior del PRI —la nomenklatura contra los reformistas—, lo que inhibió entre otras cosas una eventual refundación del PRI, sobre todo orgánica; hacer el camino de Damasco sobre bases distintas a las de su larga hegemonía, y completar una transición tanto generacional como por formación política, por educación y por comprensión de México y del mundo. Estos factores, claramente, facilitaron gradualmente una ruptura entre las élites modernizadoras que la vieja guardia  —dentro del PRI y de otros partidos y grupos de presión— aprovecharon para hacer su conversión y restaurarse en Morena y sus aliados. En otras palabras: lo que no pudieron hacer en la coyuntura del asesinato de Colosio, lo consiguieron décadas después con otro disfraz.

Pero desde el punto de vista económico, tratado en el capítulo final, el modelo establecido desde la segunda mitad de los años ochenta y hasta la fecha parece haber subsistido, por lo menos hasta 2018. Tres ejemplos: la autonomía del Banco de México; la inserción económica y comercial de México en el mundo siguió siendo el motor más poderoso de la economía —en 1994 las exportaciones mexicanas fueron 53 000 millones de dólares y, en 2020, 417 000—, y la estabilidad y disciplina macroeconómicas, en sus aspectos fundamentales, se mantuvieron, gracias a lo cual superó rápidamente el error de diciembre del 94, la crisis 2008-09, y ha evitado, todavía, nuevas crisis cambiarias tan usuales en los años setenta y ochenta. Casi como anécdota, recuérdese que al cierre de 1982 las reservas internacionales eran de 1832 millones de dólares y ahora ascienden a 195 000, o la inflación, que en 1981 llegó a una tasa de 98.8 % y ahora está en 6.02 %. Al menos hasta hoy, ese es un legado que prácticamente continuó las siguientes cuatro presidencias. Por supuesto, es probable que en estos tiempos sufra un colapso mayúsculo, pero ya no estará asociado directamente con los aspectos fundacionales de aquel proyecto sino con la profunda incompetencia e incapacidad actuales.

Concluye Riva Palacio: “La realidad es que aquel crimen truncó un proyecto transexenal y cambió el destino de México”. Y, por lo que se ve ahora, para mal.

Otto Granados
Presidente del Consejo Asesor de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, y Chen Yidan Visiting Global Fellow (2019-20) de la Escuela de Graduados en Educación de la Universidad de Harvard


1 Weiner, T. One man against the world. The tragedy of Richard Nixon, Henry Holt and Co., New York, 2015, p. 317