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En la campaña presidencial de 2006, el candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador, pronunciaba, en sus mítines muy concurridos, incendiarios discursos donde se dirigía al presidente Vicente Fox (2000-2006) con el mensaje de “cállate chachalaca”.

Lo hacía en reclamo de una frase que en la campaña electoral el presidente utilizaba en sus discursos: “No cambies de caballo a mitad del río”. En clara alusión a que los electores votaran al candidato del PAN, Felipe Calderón. Fox había consultado con el jurídico de Presidencia si eso implicaba un delito electoral y le dijeron que no y, que en el peor de los casos, era un tema de interpretación. El entonces IFE hizo un reclamo al presidente.

Como portavoz de la Presidencia, en una de mis conferencias de todos los días hice una declaración que tuvo un gran impacto mediático: “En democracia nadie calla a nadie”. Todos entendieron que me refería al candidato. De manera intencional no hice referencia al calificativo de chachalaca. Mi razonamiento era que el candidato estaba en libertad de insultar al presidente, era su decisión, pero no podía atentar contra la democracia pidiendo que éste se callara. Si sólo le hubiera dicho chachalaca o cualquier otro calificativo, nunca habría salido a hacer la declaración que hice en torno al callar. En la democracia todas las voces se deben escuchar. Es un espacio para la deliberación y la crítica.

En La diferencia. Radiografía de un sexenio (Grijalbo, 2007), Jorge G. Castañeda y yo concluimos, a partir del análisis de las encuestas, que el “cállate chachalaca” y el “en democracia nadie calla a nadie” le habían costado a López Obrador seis de los diez puntos que tenía de ventaja sobre su rival Felipe Calderón.

El candidato López Obrador, con su peculiar manera, reclamaba que el presidente, ya en el poder, había intervenido en el proceso electoral de manera consciente y sistemática. Lo hizo sabiendo que violaba la Constitución.

Ilustración: Kathia Recio

Algunos periodistas —Alejandro Aguirre, entre otros— dan cuenta de una reunión en Palacio Nacional donde, al ver el resultado adverso de las encuestas, el presidente López Obrador preguntó cuál era el costo de meterse a la contienda. El jurídico de Presidencia le contestó que ninguno, ya que el INE sólo se limitaría a reclamar su intervención en el proceso. Fue cuando en una de sus comparecencias mañaneras anunció de manera abierta que iba a participar en el proceso electoral. Así fue.

En los meses de la campaña, el INE, en más de 30 ocasiones, advirtió al presidente que no se metiera porque violentaba dos de los artículos de la Constitución, pero nunca hizo caso. Él asume, como todos los gobernantes autoritarios, que está por encima de ella. Entre el candidato López Obrador y el presidente López Obrador hay una diferencia sustantiva. El primero defendía a capa y espada la Constitución y el segundo hace todo para violarla. Esa ha sido la tónica de su mandato.

En términos del resultado electoral, la intromisión del presidente tiene dos lecturas. En diciembre de 2020 las encuestas decían que Morena ganaba la mayoría calificada en la Cámara de Diputados. No ha sido así.

Morena es el presidente. Sin él no significa nada. De cara a los pronósticos previos a la campaña, hay que ver la derrota de Morena, entonces, como una derrota del presidente. Él es quien perdió. La otra lectura es que la intervención del presidente en la contienda electoral impidió una derrota todavía mayor a su partido. Cuando el presidente vio lo que venía asumió que él era Morena y que como tal tenía que actuar. Así aminoró el impacto de la derrota.

La manera de ser y comunicarse del presidente provoca aceptación incondicional y también rechazo radical. No hay lugar al término medio. Él lo sabe y es parte de su estrategia. Lo único que realmente le importa es que como resultado de la misma mantenga la mayoría por mínima que sea.

En los próximos días habrá muchos análisis sobre los resultados electorales y la participación del presidente en la campaña. Su clara y consistente violación a la Constitución marca un antes y un después. ¿Le benefició o le perjudicó? ¿Él provocó la reacción en contra?

 

Rubén Aguilar Valenzuela