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Me parece que fue a principios de los años 2010 que la muletilla empezó a popularizarse en Estados Unidos. Se fue infiltrando poco a poco en el habla cotidiana de toda una generación de adolescentes y adultos jóvenes de las clases medias y acomodadas. De pronto, las frases más ordinarias venían acompañadas de un literally: “Literalmente, me acabo de despertar”, “Literalmente, no sé qué hacer”. No tardó mucho en ser adoptada por las élites jóvenes de México, sólo que acá perdió la mitad de su incómoda longitud castellana y quedó reducida a “literal”, aunque siguió fungiendo como adverbio.

Ilustración: Raquel Moreno

Lo curioso es que en la mayor parte de los casos, tanto en inglés como en español, la función de esta muletilla no consiste en aclarar una posible ambigüedad entre una interpretación literal y otra figurada. De hecho, esas confusiones se producen rara vez en el habla cotidiana. Más bien, sirve para subrayar o enfatizar lo que se dice y, sobre todo, para abrazar hipérboles, para defender la credibilidad de una exageración: “Literal, me muero de sueño”. Nada en el lenguaje es insignificante, y menos una palabra que de pronto se convierte en paso obligado para todo tipo de enunciados. Esa compulsión compartida a la repetición de una frase ofrece, en todo caso, un buen pretexto para pensar el espíritu de la época. Hay dos tradiciones culturales propias de Estados Unidos que se unieron para encumbrar a literally como muletilla: el literalismo y el gusto por la hipérbole.

En un libro cuidadoso y preciso, el antropólogo Vincent Crapanzano analiza la tradición literalista de Estados Unidos. El literalismo, explica, es la preponderancia de un modo de interpretación que busca apegarse a un supuesto sentido “original”, niega la existencia de significados múltiples y rechaza el acto mismo de la interpretación como una forma de corrupción del sentido. Se asocia comúnmente al literalismo con las Iglesias evangélicas y el fundamentalismo cristiano, en particular con la lectura que hacen del Apocalipsis de San Juan y los signos que anuncian el fin del mundo. Sin embargo, Crapanzano muestra que se trata de una tradición mucho más amplia que tiene consecuencias importantes para la jurisprudencia, sobre todo en la interpretación de la Constitución que promueven los círculos conservadores.

Incluso más allá de sus importantes efectos en la religión y el derecho, la influencia de la tradición literalista en la vida cultural de Estados Unidos puede verse en la manera en que se conciben las identidades. El literalismo supone una relación sencilla y directa entre la palabra y la cosa, que es evidente en la manera en que se habla de lo gay, lo negro o lo hispano como tipologías objetivas e incluso genéticas. La obsesión literalista con el “origen” y lo “original” elimina toda profundidad temporal histórica. De tal forma que en lugar de pensar las múltiples formas que una identidad va tomando a lo largo del tiempo, se piensa en lo “negro” o lo “blanco” como esencias inalterables con una realidad positiva.

El gusto por la hipérbole, por su parte, es ya un rasgo emblemático, con frecuencia satirizado, de la cultura de Estados Unidos. Se evidencia, por ejemplo, en la inflación de adjetivos superlativos en el habla cotidiana. Todo es maravilloso, inmejorable, sorprendente, awesome. Cada libro es imperdible, iluminador, abridor de ojos y mandíbulas. Es posible ver cómo esa espiral de términos cada vez más desproporcionados acaba por devaluar los adjetivos (para seguir con las metáforas económicas). La muletilla literal sería entonces una especie de contrafuerte añadido para brindar soporte a las exageraciones: “Literal, me quedé con la boca abierta cuando la vi llegar”. El problema es que, dada la influencia del literalismo, la fuerza que esta muletilla intenta restituir a las palabras es puramente referencial, en lugar de poética o creadora. Es decir, lo que literally hace es afirmar que la realidad misma es de tal forma y amerita ser descrita con hipérboles, no que el lenguaje humano tiene la capacidad de dar forma y carácter a la realidad externa.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en Antropología en la Universidad de Columbia.