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El censo de población de México nos brinda datos para reconocer los cambios y los nuevos patrones de composición religiosa en México. En primer lugar, cada diez años vemos que ya no somos tan católicos como lo éramos antes, pero la adscripción católica sigue siendo mayoritaria. En segundo lugar, se aprecia cómo van creciendo –lenta pero constantemente— las adscripciones a iglesias evangélicas —cristianas—, a la par que vemos cómo surgen nuevas iglesias en este ámbito que reclaman reconocimientos particulares; sea porque pertenecen a denominaciones autónomas, porque promueven distintas culturas doctrinales o litúrgicas, o porque los practicantes se autodefinen como “cristianos”, “evangélicos” o “pentecostales”. En tercer lugar, vemos cómo la secularización, entendida como la pérdida de relevancia de la religión, va avanzando de la mano del incremento de mexicanos no afiliados a ninguna religión; pero a la vez detectamos que estos no son mayoritariamente ateos sino que son creyentes sin iglesia. Y en cuarto lugar apreciamos la emergencia de otras religiones: algunas que han estado presentes desde tiempos inmemorables pero eran desconocidas por el censos (como raíces étnicas); otras, son nuevas presencias (como es el budismo, el islam, y otras de origen oriental); algunas que no están registradas como asociaciones religiosas porque no tienen esa estructura pero sí tienen seguidores y adherentes (como son las religiones de raíces afro y las espiritualidades New Age y esotéricas); algunas más que son cultos populares (por ejemplo los practicantes de la Santa Muerte y del Niño Fidencio) que están experimentando su autonomización del catolicismo popular, y otras su propio crecimiento (por ejemplo espiritualistas).

Diversidad religiosa en México 2020

Diversidad religiosa en México 2020

Fuente: Censo General de Población y Vivienda 2020

Que el catolicismo disminuya no es nuevo

Ni México ha dejado de ser católico, ni los evangélicos ocupan su lugar, ni tampoco somos tan secularizados. En realidad los datos confirman una tendencia registrada en los censos anteriores: el paulatino pero sostenido decrecimiento de la población católica, acompañado del crecimiento de los cristianos/evangélicos/pentecostales, y de los que se declaran sin religión, es decir los no afiliados.1 Es muy probable que esta tendencia continúe en los próximos años.

Sin embargo, si nos asomamos a los datos más de cerca, y los comparamos con los de la década de 2010, podemos percibir que el ritmo de esas tendencias es dispar.

En primer lugar, la velocidad del decrecimiento católico es menor al esperado, pues se mantiene igual al registrado en la década entre 2000 y 2010: 5 %, es decir, medio punto  por año. Los datos de otros países en América Latina —entre los cuales sobresale la estrepitosa caída del catolicismo en Chile y Brasil en la última década— nos sirven como referencia: de acuerdo con las Encuestas sobre Creencias y Actitudes Religiosas en Argentina, entre 2008 y 2019 el catolicismo bajó 13 puntos porcentuales, lo que representa el doble de velocidad de decrecimiento que el que presenta nuestro país.2

En estos años, la Iglesia católica ha atravesado una de sus etapas más críticas; en parte por los escándalos de pederastia sacerdotal y las estrategias de ocultamiento sistemático de abusos por parte de la jerarquía, pero también como resultado de su rígida estructura clerical que no compite con las organizaciones de las religiones evangélicas que se abren a una mayor participación de sus fieles, y donde las carreras ministeriales son mucho más cortas. A pesar de ello, los números de pertenencia religiosa no decaen con la misma intensidad. Eso nos lleva a pensar en que el peso del catolicismo no sólo está en la jerarquía sino, sobre todo, en las experiencias vinculadas con las tradiciones y reuniones familiares, con las fiestas de los pueblos, y especialmente con la fe cotidiana profesada a la Virgen y a los santos.

En segundo lugar, el ritmo de crecimiento del agrupamiento Protestante/Cristiano/evangélico/pentecostal es mucho menor al que algunos académicos y líderes religiosos evangélicos pronosticaban, pues pasa del 7.3 a 9 % del total nacional (correspondiente a 14 millones de mexicanos). Esto indica que su crecimiento es menor al 2 % en una década; cifra muy lejana de quienes pronosticaban números superiores a los veinte o treinta millones de mexicanos evangélicos. Si bien es una minoría religiosa creciente, también es creciente su heterogeneidad interna. La Secretaría de Gobernación tiene un registro de más de 5000 asociaciones religiosas cristianas no católicas, compuesto por diversas denominaciones según su grado de institucionalización y las orientaciones religiosas y seculares: desde la antigua y transnacional Asambleas de Dios, a las iglesias de carácter prácticamente doméstico; desde grupos con identidad fuerte, como la Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, hasta grupos inter y posdenominacionales que han hecho de la música, el consumo cultural juvenil y la interacción en redes sociales el centro de su oferta religiosa. Es importante aseverar que ninguna asociación las representa a todas.

Por un diálogo racional y sin dogmas

Ilustración: Estelí Meza

¿Quiénes son los ganadores? 

La principal sorpresa se encuentra en el crecimiento de los “Sin religión”, respuesta que se duplicó en diez años al pasar de 4.7 % a 10.6 %. Son 13 millones de mexicanos los que se han desafiliado del modelo institucional rechazando jerarquías, normas y doctrinas. En esta categoría, el censo nos permite diferenciar a los ateos (quienes no creen en dios) con 5.4 %, a quienes no tienen religión alguna (71.3 %), y a quienes son creyentes sin iglesia (23.3 %). Mostrando que el cambio se sitúa mayoritariamente en los desafiliados que pueden creer en algo trascendental y practicar una religiosidad por cuenta propia o una espiritualidad no institucionalizada y heterodoxa. Por tanto, puede concluirse que para ellos el modelo de iglesia se vuelve obsoleto, y es rechazado para optar por la libertad para creer a su manera y de manera autónoma.

Hay, además, otras novedades que el censo nos permite apreciar. Una es que tenemos que reconocer que en México ya no se puede hablar de un monopolio católico. Esto no quiere decir que no continúe siendo la religión mayoritaria sino que, aunque mantiene hegemonía, ha perdido peso en algunas regiones (en el norte y el sur del país), en algunos estados (como son los casos de Chiapas y Tabasco) y en varios municipios del país donde ya no tienen 50 % de la población. Si durante la colonia el catolicismo logró ser un elemento cultural unificador del país, hoy la diversidad religiosa resulta tener un dinamismo para generar regiones de pluralidad creyente.

¿Quiénes son los perdedores?

Los católicos no son los únicos que pierden adeptos. Resulta sorprendente cómo algunas de las categorías de adscripción religiosa que en 2010 considerábamos como los principales protagonistas religiosos del país, aparecieron en el censo de 2020 con un crecimiento nulo o incluso con pérdida de adhesiones. Se trata de cuatro “grandes jugadores”:  los Testigos de Jehová, la única denominación que congrega a más de un millón de adherentes (1 530 909), perdió en una década a 30 000 adherentes. Éste ha sido siempre un caso controversial debido a que es de las escasas iglesias cuyos números oficiales han divergido de las cifras censales, pero a la baja (lo normal es que las iglesias reportan números más favorables) dado que sólo considera miembros a los adultos bautizados, mientras que el censo registra el número de mexicanos que se manifiestan como tales. Con 337 998 adherentes, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (IJSUD) —coloquialmente conocidos como los mormones— antes ocupaba el segundo lugar de adhesiones y bajó al cuarto lugar. La histórica Iglesia Bautista (43 133) ha experimentado reformas tendientes a la pentecostalización —sustituir la lectura de la Biblia por rituales emocionales basados en la recepción de dones del Espíritu Santo—, muy probablemente a raíz de la autonomización de pastores que fundan sus propias congregaciones evangélicas. La denominación evangélica mexicana de raíces pentecostales, La Luz del Mundo que, muy lejos del millón y medio de fieles nacionales que sus voceros dicen tener, tan sólo registró 190 005 (10 000 más que en el censo de 2000). Debido a sus influencias políticas, esta iglesia había logrado tener un apartado propio en las categorías censales “raíces evangélicas”, y le otorgaban especial relevancia a quedar bien representados en los resultados del censo, por lo que instruían a sus fieles a no responder como cristianos sino como La Luz del Mundo. A pesar de ello, y sumado a los escándalos por la detención de su actual líder Naasón Joaquín González en mayo de 2019 con acusaciones vinculadas con abusos sexuales, las respuestas de adscritos a esta denominación están muy por debajo de las declaraciones oficiales de la iglesia.

¿Qué tan confiable es el censo?

Es una muy buena noticia contar con los resultados del censo de 2020 a pesar de las dificultades que se enfrentaron debido a las políticas de salud derivadas de la pandemia.  En lo que concierne al campo religioso, es una fuente cuantitativa invaluable por su escala y por su continuidad a través de 120 años, gracias a la cual hemos podido seguir el proceso de diversificación religiosa que el país ha vivido de manera lenta pero constante desde la década de 1960, cuando el catolicismo era prácticamente monopólico en el país. Los datos nos permiten conocer a los nuevos agentes religiosos y las tendencias de desafiliación y desinstitucionalización religiosa, vinculadas a las transformaciones de la religión en la modernidad.

Desde el punto de vista metodológico, este censo se caracteriza por la continuidad en sus definiciones más importantes: el carácter abierto de la pregunta sobre adscripción religiosa, es decir, sin opciones predefinidas, de manera que el encuestador registra la pertenencia religiosa expresada por el/ la jefa de familia o el adulto encuestado de cada uno de los habitantes del hogar encuestado. Una de las novedades del censo de 2020 es que instrumentó dispositivos electrónicos portátiles durante el proceso.  Para que la respuesta de autoadscripción aporte conocimiento claro, preciso y susceptible de ser analizable, se requirió de un trabajo muy fino en la actualización del Catálogo Nacional de Religiones, del cual depende la clasificación de las respuestas, ya que cada diez años surgen nuevas opciones de pertenencia. Se eliminó, por ejemplo, el agrupamiento denominado “Iglesias diferentes de evangélicas” que agrupaba a las iglesias que siendo cristianas cuentan con un texto adicional al Bíblico como fuente central de sus creencias, pero que de hecho difieren entre sí en cualquier otro aspecto, desde su distribución territorial, sus estrategias proselitistas o la extracción económica de su membresía.3 El actual catálogo brinda la posibilidad de registro para cada una de ellas de manera directa: testigos de Jehová, Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y la iglesia Adventista del Séptimo Día.  De igual manera se añadió la categoría “cristiano”, no como caracterización de la matriz de creencia de la inmensa mayoría de las iglesias en México, sino como expresión de autoadscripción de un importante número de mexicanos que así describen su pertenencia religiosa, en su mayoría pertenecientes a iglesias evangélicas, y que antes se encontraban en el rubro residual de “Otras evangélicas”. Por su parte, entre los mexicanos “sin religión”, categoría creciente en cada censo, se desglosaron tres posibilidades que ayudan a distinguir analíticamente distintas tendencias del campo religioso expresadas en la pertenencia a esa cuantiosa y antes inespecífica “bolsa” o categoría genérica. Estas novedades ciertamente dificultan a primera vista la comparación de los resultados a lo largo de las décadas (como de hecho sucedió con los agrupamientos reportados en el infograma de los primeros resultados generales del censo por parte del INEGI); sin embargo, al atender con cuidado al marco clasificatorio, la comparabilidad de las categorías continúa, lo que hace posible el seguimiento de largo plazo de la evolución de los distintos componentes del campo religioso mexicano. Un buen indicador de las modificaciones realizadas es la reducción sustancial de respuestas de pertenencia religiosa sin clasificar, que pasaron de tres millones en 2010 a medio millón en 2020. Lo cual es un acierto para lograr precisión analítica. Hoy el censo mexicano permite ver más y con mayor finura los componentes de la diversidad religiosa sorteando las grandes categorías que abrigan amplias heterogeneidades, destacando la autoadscripción y no categorías impuestas desde fuera, y evitando las grandes bolsas donde se colocaba lo inclasificable.

¿Para qué nos sirve saber qué religión tienen los mexicanos?

Hay quienes han definido la pregunta religiosa como “una variable ideológica” y han sugerido que sea retirada del cuestionario censal. No obstante, hoy más que nunca es una variable que ha cobrado relevancia social de cara a la diversificación religiosa y al nuevo papel protagónico que muchas religiones buscan tener en el ámbito social y político. De hecho, se ha incluido recientemente en países latinoamericanos.

Los resultados sobre religión en el censo nos ayudan a desmitificar la identidad de los mexicanos. Hoy podemos afirmar que no todos son guadalupanos, y que decir católicos no es sinónimo de ciudadanos mexicanos. Debido a la histórica influencia del catolicismo en México la transición que estamos experimentando de una sociedad monopólica a una sociedad de diversidad religiosa (como existen en Europa, e incluso Estados Unidos) no va acompañada de una cultura basada en valores positivos hacia el pluralismo cultural y religioso. En México las minorías religiosas experimentan constante discriminación, y esto lo muestra la encuesta de la Encuesta Nacional sobre Discriminación en México (Enadis, 2018)4 que reporta que el tercer motivo de discriminación en el país es pertenecer a una minoría religiosa.

Una tercera parte del grupo que pertenece a la diversidad religiosa reporta haber sido discriminada en los últimos 12 meses, la misma cifra dice que se le negó injustificadamente al menos un derecho5 en los últimos cinco años. El principal servicio negado fue la recepción de apoyo de programas sociales —generalmente programas estatales para el combate de la pobreza—. La mayoría (68 %) de las personas de la diversidad religiosa reportó enfrentarse a situaciones de burla, rechazo e incluso violencia por motivo de su religión. Los ámbitos de discriminación declarados con mayor frecuencia por personas de la diversidad religiosa fueron en la calle o el trasporte público, el trabajo y la escuela. Por tanto, reconocer la diversidad religiosa es un primer paso para avanzar hacia una cultura que abrigue el pluralismo religioso.

También nos ayudan a mesurar los datos de crecimiento religioso. Varias de las iglesias minoritarias reivindican un trato igualitario, pero además hacen uso de cifras elevadas para establecer alianzas políticas (como fue el caso del Partido Encuentro Social), o para conseguir favores políticos. Esta tendencia está presente en distintos países de América Latina y también en México. Las cifras son número políticos, como lo señaló Clara Mafra, refiriéndose a Brasil: “Esos números difícilmente salen del papel ‘puros’ y ‘transparentes’: siempre salen acompañados por una narrativa, especialmente cuando involucran la disputa entre mayoría y minoría”.6 Por ello el censo es importante, pues ayuda a ponderar las cifras de pertenencias religiosas y puede servir para bajar la inflación de precios pagados por apoyos políticos de ciertos grupos religiosos. Las cifras constantemente elevadas también se instrumentan como argumento para exigir tratos preferenciales. Por su parte, los partidos políticos encuentran en las religiones bases de clientelismo electoral. Ello contraviene a una sana laicidad que mantenga la política al margen de los dogmas, y que haga prevalecer la voluntad ciudadana por encima de las teocracias o los populismos religiosos.

El censo es una fotografía donde vemos tendencias de cambio religioso. No es el retrato que todos quisieran tener de sí mismo, pero sí es el más cercano a la realidad. Eso no quiere decir que las cifras de adscripción nos permitan explicar y entender la complejidad de las recomposiciones religiosas, pero sin duda es un punto de partida indispensable y valioso para establecer prioridades, diseñar marcos muestrales, reconocer tendencias, promover el sano pluralismo religioso, y coadyuvar a la sana distancia que ofrece la laicidad.

 

Renée de la Torre
CIESAS Occidente.

Cristina Gutiérrez Zúñiga
Universidad de Guadalajara.


1 Ver el análisis del censo 2010 en Renée de la Torre y Cristina Gutiérrez Zúñiga “La religión en el censo: recurso para la construcción de una cultura de pluralidad religiosa en México”,  Revista Cultura y Religión, Chile, 2014, Vol. 8, Núm. 2 : pp. 166-196.

2 Fortunato Mallimaci, Verónica Giménez Béliveau, Juan Cruz y Gabriela Irrazábal. Segunda encuesta nacional sobre creencias y actitudes religiosas en Argentina. Sociedad y religión en movimiento.  Informe de Investigación, CEIL-Conicet, Buenos Aires, Argentina, 2019.

3 El análisis de los datos del 2000 se pueden consultar en Renée de la Torre y Cristina Gutiérrez Zúñiga (coords.) Atlas de la diversidad religiosa en México, CIESAS/UQRO/Colef/ElColJal/ColMich/Subsecretaría de Asuntos religiosos (Segob), 2007; y respecto a los datos del 2010 consúltese Renée de la Torre y Cristina Gutiérrez Zúñiga “Census data is never enough: How to make visible the religious diversity in Mexico”, Social Compass, Vol. 64, 2017.

4 La encuesta fue aplicada a una muestra de 39 101 hogares. Colaboraron las siguientes instituciones Conapred, CNDH, UNAM, Conacyt, INEGI y ocho entidades federativas (Guanajuato, Hidalgo, Michoacán, Morelia, Oaxaca, Tabasco, Tlaxcala. y Veracruz).

5 Los derechos a los que se refieren de son derechos ciudadanos como: atención médica o medicamentos; la posibilidad de trabajar y obtener un ascenso; la posibilidad de recibir apoyo de programas sociales; atención o servicios de una oficina de gobierno; algún crédito de vivienda, préstamo o tarjeta; entrada o permanencia en algún negocio, centro comercial o  banco.

6 Clara Mafra “Números e narrativas” en Debates do Ner 24: 13-25.

 

Un comentario en “México: menos católico, más diverso y menos religioso que hace una década

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