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1. Conservadurismo no es igual a neoliberalismo

El discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador está constantemente centrado en su ataque a los “conservadores”. Ha dicho incluso que en México debería haber dos partidos: el liberal y el conservador, sugiriendo que él representaría a los liberales. Sin embargo, López Obrador no es un liberal, sino un conservador. Quiero argumentar aquí que hay muchos elementos de conservadurismo en su pensamiento y que en muchos casos su postura está en el extremo opuesto a lo que sostiene el liberalismo.

En el discurso de López Obrador “conservador” quiere decir muchas cosas: neoliberales, reaccionarios, políticos de los regímenes anteriores, la élite corrupta a la que él está afectando con su gobierno, la “mafia del poder”, los periodistas que lo critican, pero en primer lugar, la gente que se opone a sus iniciativas. Sin embargo, esto es un error, todos esos términos no son equivalentes. Sobre todo, “conservador” y “neoliberal” son términos con significados más o menos definidos y con extensiones muy diferentes. Conviene diferenciarlos.

Los neoliberales —también llamados libertarios del libre mercado— son los partidarios de un Estado mínimo que no interfiere en la economía imponiendo una regulación en la distribución de bienes, sino que simplemente garantiza las condiciones para el buen funcionamiento del libre mercado. Esto se hace como una forma de defensa de la libertad individual: se argumenta que el libre mercado es el mecanismo que mejor reconoce la libertad y la autonomía individuales. En general, los conservadores tradicionales no son partidarios del neoliberalismo; suelen no estar de acuerdo en la visión hiperindividualista de los neoliberales. Donde el neoliberal o el libertario ven un aumento de la libertad como resultado de la retirada del Estado de cuestiones públicas, el conservador suele ver inseguridad y debilitamiento de las estructuras sociales. El conservador tradicional no es necesariamente partidario de un Estado mínimo —aunque algunos neoconservadores a partir de Reagan y Thatcher sí lo sean—. Por otra parte, en cuestiones de moralidad social, mientras que el libertario, por ejemplo, está a favor de la legalización de las drogas, de la eutanasia y de la despenalización del aborto, dado que defiende el derecho a la libertad individual, así como el derecho sobre el propio cuerpo, el conservador tenderá a oponerse a estas medidas, que ve como una forma de desintegración social. Además, el conservador suele ver el individualismo del que parte el neoliberal como una figura que inevitablemente lleva a buscar desmedidamente el interés propio y que a la larga conduce a la corrupción. En suma, el conservador suele no ser partidario del neoliberalismo. Es un error igualarlos.

Por otro lado, el conservadurismo abarca una multiplicidad de posturas y podríamos distinguir entre distintos tipos (conservadurismo económico, político, etc.), pero aquí quiero centrarme en el llamado conservadurismo social o cultural —aunque algo diré hacia el final sobre el conservadurismo político—. Hay muchos aspectos del pensamiento de López Obrador que no son conservadores, pero quiero argumentar que el presidente es mayormente un conservador social. El conservador social piensa que hay una estructura orgánica de la sociedad, una cultura y tradiciones que hay que conservar. Los conservadores sociales generalmente rechazan el individualismo, ven el modelo de familia nuclear como la unidad fundamental de la sociedad; favorecen el matrimonio tradicional y se oponen al divorcio; están en contra de la despenalización del aborto y favorecen una imagen tradicionalista de la mujer; promueven la moral pública y los valores familiares tradicionales; apoyan la prohibición de las drogas; se oponen al ateísmo, al secularismo y a la separación de la Iglesia y el Estado.1 López Obrador cumple, en su mayor parte, con esta caracterización del conservadurismo social.

Quiero analizar aquí las posturas de López Obrador con respecto a los temas centrales del conservadurismo social para justificar mi afirmación de que es un conservador y, por consiguiente, que hay medidas de corte liberal que nunca va a promover, pero sobre todo —a menos que torzamos los significados de los términos radicalmente—, que es incorrecto calificarlo como liberal. Sobre el liberalismo, digamos simplemente para caracterizarlo, que es la ideología política centrada en el valor del individuo, al que ve como poseedor de derechos que concibe como límites a la acción del Estado. Para el liberal, debe existir un Estado de derecho, leyes y un orden constitucional, encaminados a proteger a los derechos individuales de abusos de poder.2

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

2. Rechazo al aborto

Desde por lo menos los años ochenta del siglo pasado el rechazo al aborto ha sido uno de los temas centrales del discurso conservador. Los conservadores tradicionalmente han enfatizado el valor de la vida desde el momento de la concepción. Sobre todo han enfatizado el significado social de las divisiones de género, el rol natural e inevitable de la mujer en la reproducción, al que es incorrecto que renuncie. La despenalización del aborto va directamente en contra de ese rol y reivindica la autonomía de la mujer.

Si bien en 2003, mientras López Obrador era jefe de gobierno de la Ciudad de México, se hizo una reforma al Código Penal de la ciudad, quitándole el carácter de delito a los abortos que se hacían por las causas que estaban permitidas en otros estados (violación, malformaciones genéticas o congénitas, riesgo para la vida de la madre), esta iniciativa no provino de López Obrador, sino de la diputada Norma Gutiérrez de la Torre, del PRI. La reforma básicamente homologaba el Código Penal al resto de los códigos del país, de modo que pasó sin oposición por parte de los conservadores —ni del jefe de gobierno—. Se ha dicho que incluso bloqueó la posibilidad de que se hicieran reformas legislativas para despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo durante su administración. La despenalización del aborto en la Ciudad de México sólo sucedió en 2007, cuando Marcelo Ebrard era jefe de gobierno.

López Obrador ha evadido invariablemente el tema del aborto en eventos públicos y nunca se ha comprometido públicamente con su legalización. Ni la plataforma electoral ni el programa de gobierno de Morena para 2018-2024 hacían mención alguna sobre el tema del aborto o el de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Ya como presidente, López Obrador ha dicho que el tema de la legalización del aborto debe estar sujeto a consulta, pero que “es un debate que no debemos abrir”. Así, su forma de evadir una respuesta clara al tema ha consistido en afirmar que debe estar sujeto a consulta. “Cuando se tiene que decidir sobre un tema polémico decimos: vamos a la consulta, a la democracia, para no imponer nada. Nada por la fuerza, todo por la razón y el derecho.” Por un lado, poner la despenalización del aborto a consulta popular muy probablemente refrendaría la penalización, dado que la mayor parte de la población mexicana es conservadora en temas sociales. Esto dificultaría el camino para la despenalización. Por otro lado, como han dicho repetidamente las feministas, los derechos fundamentales no pueden estar sujetos a consulta. El acceso a un aborto legal y seguro tiene que ver con los derechos a la protección de la salud, a decidir sobre la propia reproducción y a la autonomía de las mujeres, que son cosas que no pueden estar sujetas a consultas populares. Ningún liberal consecuente sostendría eso: los liberales típicamente defienden el derecho a la libertad individual y a la autonomía como derechos centrales en su doctrina. Pero sobre todo, para los liberales, el reconocimiento de los derechos humanos no puede estar sujeto a consultas populares. (Uno podría pensar que si se hubiera decidido por consulta popular el reconocimiento de los derechos de los afroamericanos en EE. UU., en vez de que hubiera sucedido la Guerra Civil y la Declaración de Emancipación de Lincoln, muy probablemente seguiría habiendo esclavitud en el sur de ese país.)

Recientemente, la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero —quien se ha manifestado públicamente a favor de la despenalización del aborto— descartó que el Gobierno federal fuera a impulsar la despenalización del aborto, dado que López Obrador se opone a ello, por lo cual quedará en manos de los gobiernos estatales.

3. Confrontaciones con el feminismo

El conservadurismo social tiende a ver la división sexual del trabajo entre mujeres y hombres como natural e inevitable; la mujer tiene un rol dentro de esa división determinado por el hecho de estar encargada de la reproducción y la crianza de los hijos. Esta división genérica le da a la sociedad un carácter orgánico y jerárquico que debe preservarse. El conservador suele ver al feminismo —que cuestiona ese rol tradicional de la mujer— como una amenaza a ese orden social.

La postura de López Obrador frente a la despenalización del aborto lo aleja del feminismo, que reivindica el derecho a decidir sobre la propia reproducción como una de sus causas centrales. El feminismo ha señalado que la penalización del aborto lleva implícita una forma de dominación patriarcal sobre los cuerpos de las mujeres y sobre su reproducción. Quien avala la penalización adopta una postura patriarcal que justifica distintas formas de sujeción de la mujer al hombre. La visión de la mujer de López Obrador tiene muchos tintes tradicionalistas y patriarcales.

En distintas ocasiones, López Obrador ha dejado en claro su visión del lugar de la mujer como la principal encargada del cuidado de la familia, por ejemplo, cuando al inicio de la pandemia por covid-19, hizo un llamado a las mujeres a cuidar a los adultos mayores, uno de los grupos más vulnerables, dando por supuesto que las mujeres son las encargadas naturales del cuidado familiar.

En febrero de 2019, el presidente canceló los fondos federales para apoyo a programas de estancias infantiles. Decidió desmantelar ese programa federal —aparentemente porque en él se encontraron casos de corrupción— y, en cambio, dar ese dinero directamente a los padres de familia para que ellos decidieran en dónde querían educar a sus hijos (esta es una medida que típicamente apoyan los conservadores, que se oponen a la educación gratuita masiva y laica que se imparte en las escuelas públicas). El presidente calificó su medida de “feminista”, dado que buscaba darle el dinero directamente a las mujeres. Pero esta medida está lejos de ser feminista, como ha dicho Viridiana Ríos, “porque no resuelve el problema que impide que las mujeres sean autosuficientes en un trabajo: la falta de estancias infantiles. Asume que el problema es la falta de dinero cuando en realidad el problema es que no existen guarderías a precios accesibles. Así, los cuidados terminan siendo dejados en manos de otras mujeres o de las abuelas, perpetuando un sistema que depende de trabajo no pagado o pagado a medias.” Así, la medida no sólo no es feminista, sino que puede terminar siendo contraproducente para las mujeres. Una medida con enfoque de género buscaría que el Estado garantizara que hubiera guarderías accesibles para madres (y padres) de familia.

En 2017, cuando López Obrador era aspirante a la candidatura presidencial, el periodista Jorge Ramos le hizo dos veces la pregunta explícita “¿Es usted feminista?”, que se negó a responder directamente, pero que respondió diciendo “Soy respetuoso de las mujeres… las mujeres merecen ir al cielo”.

Han sido muchos los choques entre el movimiento feminista y López Obrador. No sólo ha ignorado y en ocasiones minimizado a los movimientos de mujeres, como la Marcha del 9M de 2020, sino que dice no entender algunas de las reivindicaciones centrales del movimiento. Por ejemplo, ante el reclamo de miles de mujeres (y hombres) de que rompiera el pacto patriarcal y retirara su apoyo a Félix Salgado Macedonio como candidato a gobernador de Guerrero —dado que tiene cinco acusaciones por violación de mujeres, aunque nunca ha habido una sentencia en su contra—, López Obrador afirmó que eso era una “simulación de feminismo” —tras lo cual seguiría apoyando al presunto violador—. Acusó a quienes lo criticaron por este apoyo de ser… “conservadores”. La escritora Guadalupe Nettel, comentando la respuesta del presidente al caso de Salgado, ha escrito:

López Obrador se dice liberal, pero es un hombre conservador y de poca elasticidad mental. La lucha feminista nunca le ha interesado y, en realidad, la desprecia. Por eso cada vez que se refiere a su relación con estos movimientos, deja claro que le parecen una farsa y una “simulación”, que él no es feminista sino “humanista”. Es creíble entonces que no entienda nada sobre el pacto que le pedimos romper, y que al no entender deslegitime las demandas de justicia llamándolas concepto “importado” —en un gazapo, primero dijo “exportado”—, de la misma manera que el gobierno de China asegura que los “derechos humanos” son un concepto occidental y que por lo tanto no tiene por qué respetarlos. El lapsus del lenguaje cometido por el presidente revela, como casi todos, una verdad: el machismo y su violencia están tan arraigados en México que constituyen ya una de las marcas más reconocibles de nuestro país.

Es cierto que durante su gestión se han aprobado modificaciones legales históricas que garantizan la paridad de género en distintos ámbitos de la administración federal, pero por un lado muchas de estas iniciativas han provenido de feministas que forman parte de la bancada de Morena (y de otros partidos) en el Congreso, no del presidente. Por otro lado, paridad no equivale a feminismo: entre otras cosas porque muchas mujeres que ocupan puestos públicos tienen agendas conservadoras, opuestas al avance de los derechos de las mujeres. También es cierto que ha nombrado más mujeres como parte de su gabinete que ningún otro gobierno antes, pero esos nombramientos no siempre han ido acompañados de políticas públicas que ayuden a que las mujeres ocupen los puestos de dirección en la administración pública que actualmente ocupan los hombres. Según el INEGI, aunque las mujeres representan un poco más de la mitad del personal que trabaja en la administración pública federal, sólo 25.7% de los principales puestos de dirección son ocupados por mujeres.

4. Oposición al matrimonio igualitario

En 2003, siendo jefe de gobierno de la Ciudad de México, López Obrador presionó al Partido de la Revolución Democrática (PRD) —su partido en ese momento— para que rechazara el proyecto de la Ley de Sociedades de Convivencia en la Asamblea Legislativa. La postura del partido cambió en noviembre de 2006, cuando López Obrador dejó la jefatura de gobierno, y un año después se realizaron las primeras uniones de convivencia entre personas del mismo sexo. En diciembre de 2009, la Asamblea Legislativa modificó la definición de matrimonio en el Código Civil con lo cual se hicieron lícitos los matrimonios entre personas del mismo sexo, pero esto sucedió porque Marcelo Ebrard era ya jefe de gobierno. Años después, el vocero de la Arquidiócesis de México, Hugo Valdemar, sostuvo que “Obrador siempre ha sido muy conservador en estos temas, aplaudimos que defienda los valores de la familia sobre los que se debe basar una sociedad sana y correcta. Cuando Andrés Manuel fue jefe de gobierno, la Iglesia mantuvo una magnífica relación, todo lo contrario con Marcelo Ebrard y los Chuchos, quienes fueron muy agresivos con nosotros”.

En 2012, igual que con el caso del aborto, López Obrador —en ese entonces candidato a la presidencia— ofreció en la Conferencia del Episcopado Mexicano que llevaría la figura de matrimonio igualitario a consulta popular. “De convertirme en jefe de Estado yo no voy a ser autoritario, no voy a imponer nada. Estos temas delicados los someteré a consulta popular”, dijo ante más de 120 obispos y arzobispos del país. De nuevo, la respuesta de activistas del movimiento LGBT+ ha sido que los derechos fundamentales no pueden estar sujetos a consultas populares. Tres años después de esta promesa a los obispos, la Suprema Corte de Justicia emitió una tesis jurisprudencial que declaraba inconstitucionales las leyes estatales o federales que limitaran el matrimonio a parejas heterosexuales.

Los conservadores suelen ver el matrimonio homosexual como una transgresión del orden natural y del carácter orgánico de la sociedad que se debe preservar. Cuando no se oponen al matrimonio entre personas del mismo sexo, piensan que las uniones gay no deben reconocerse como “matrimonio” —que es “por definición”, según afirman, la unión entre un hombre y una mujer—, sino en todo caso como “sociedades de convivencia” o “uniones civiles”. Por el contrario, el liberal cree que el Estado tiene que respetar el derecho a la libertad individual —sobre todo cuando no hay daño a terceros, según reza el principio del daño del filósofo liberal John Stuart Mill—, y por eso suele estar a favor de la legalización del matrimonio homosexual. Además, suele pensar que no llamarlo “matrimonio” sólo degrada social y legalmente las uniones entre personas del mismo sexo, que tienen el mismo derecho al matrimonio que las parejas heterosexuales.

5. Los valores familiares tradicionales y la moral pública

Los conservadores suelen promover los valores familiares tradicionales y la moral pública. No hacerlo podría llevar a la desintegración del orden social tradicional que defienden.

López Obrador ha manifestado reiteradamente su preocupación por la pérdida de valores familiares y comunitarios tradicionales. Una de sus críticas a lo que llama el “periodo neoliberal” es que trajo consigo desintegración familiar, uno de sus “frutos podridos”. Así, ha dicho: “Creció mucho el problema de la desintegración de las familias. Eso no está medido. No es como la tasa de crecimiento económico. Pero el crecimiento de divorcios en este período (neoliberal) fue elevadísimo. Se rompieron familias y la familia es fundamental”. Solución: hay que reforzar los valores familiares tradicionales para parar el crecimiento del divorcio y la desintegración del carácter orgánico de la sociedad. Esto queda claro en su discurso de aceptación de la candidatura presidencial por parte del Partido Encuentro Social (PES), el partido de los evangélicos, que no dudó en apoyarlo en 2018:

La crisis actual se debe no sólo a la falta de bienes materiales, sino también a la pérdida de valores, de ahí que sea indispensable auspiciar una nueva corriente de pensamiento para promover un paradigma moral, del amor a la familia, al prójimo, a la naturaleza y a nuestra patria. (…) Por eso, a partir de la gran reserva moral y cultural que todavía existe en las familias y en las comunidades del México profundo y apoyados en la inmensa bondad de nuestro pueblo, debemos emprender la tarea de exaltar y promover valores individuales y colectivos. Es urgente revertir el actual predominio del individualismo por sobre los principios que alientan a hacer el bien en pro de los demás.

De igual manera que lo es para la tradición conservadora, para López Obrador el problema es “la mancha negra del individualismo, la codicia y el odio que nos ha llevado a la degradación progresiva como sociedad y como nación”.3 La solución es el regreso a los valores familiares tradicionales, pero él añade también a las comunidades indígenas que conforman el México profundo. La visión de López Obrador coincide con la de muchos conservadores que añoran un pasado mítico, donde el “pueblo bueno” vivía de acuerdo con sus principios morales y religiosos tradicionales.

Por otro lado, desde antes de llegar a la presidencia, López Obrador manifestó repetidamente su preocupación por el estado de la moral pública y ha hecho del combate a la corrupción la bandera más importante de su administración. Aquí coincide la faceta conservadora de López Obrador con su faceta populista. “El populista —nos dicen Mudde y Rovira Kaltwasser— considera a la sociedad dividida básicamente en dos campos homogéneos y antagónicos, el ‘pueblo puro’ frente a la ‘élite corrupta’, y… sostiene que la política debe ser la expresión de la voluntad general del pueblo”.4 Esta división se da básicamente como una confrontación entre dos moralidades, la de la élite (la “mafia del poder, que no tiene escrúpulos morales”) que ha corrompido las instituciones y la moral originalmente buena del pueblo. Promover la moral pública cumple una función en el ataque a la élite corrupta, a los “fifís”, que representan los valores individualistas y egoístas del neoliberalismo y del “conservadurismo” —paradójicamente, se parte de bases conservadoras para atacar a los supuestos “conservadores”—. La labor de regeneración moral de la sociedad (recordemos que Morena significa Movimiento de Regeneración Nacional) y de la función pública tiene un papel central en la empresa del populista, y en eso coincide con el conservador. Hay que rescatar los valores morales tradicionales del pueblo, “partir de la gran reserva moral y cultural que todavía existe en las familias y en las comunidades del México profundo y apoyados en la inmensa bondad de nuestro pueblo”.

Parte de la estrategia para promover la moral pública y combatir la corrupción ha consistido en promocionar primero la Cartilla moral de Alfonso Reyes, y posteriormente invitar a un debate nacional para redactar una “Constitución moral”, que finalmente terminó llamándose Guía ética para la transformación de México.

No es casual que López Obrador haya escogido la Cartilla moral de Reyes para emprender su proyecto de regeneración moral, dado que es un escrito claramente conservador —como he tratado de argumentar con más detalle en otra parte—. Lo es tanto por los valores que enarbola como por aquellos de los que no habla. Es un documento que se centra en la obediencia al orden establecido, que pone en términos de una serie de respetos a los padres, a la sociedad, al Estado, etc. La obediencia a la autoridad es uno de los valores morales centrales del conservadurismo. Por otro lado, es omiso acerca de valores como la autonomía personal, los derechos individuales, la igualdad de las mujeres, entre otros. Es cierto que el texto de Reyes se escribió en los años 1940, cuando muchos de estos temas no cobraban la relevancia que luego tendrían, pero entonces, ¿por qué proponer como instrumento de moralización social un documento con estas características y con un carácter claramente conservador?

La Constitución moral/Guía ética es un proyecto que ha despertado las suspicacias de muchos liberales. No sólo se enmarca en un programa claramente conservador, sino que nos obliga a preguntarnos ¿por qué desde el Estado se pretende imponer una determinada visión moral a una sociedad plural? Muchos liberales sostienen que el Estado debe ser lo más neutral posible en cuestiones de moralidad, porque tomar partido en un sentido u otro implicaría favorecer a un grupo frente a otros, lo cual en una sociedad plural podría dar lugar a discriminación. Este tema se empalma directamente con la discusión en torno al carácter laico del Estado.

6. La amenaza al Estado laico

Tal vez lo más preocupante de la promoción de la Cartilla moral de Reyes haya sido el modo en que el presidente invitó a las iglesias a participar en su distribución y en que les haya pedido que lo ayuden en su campaña de moralización. Haberlo hecho es haber invitado a las iglesias a que realicen labores que le competen al Estado —aunque, de nuevo, es dudoso que sea labor del Estado promover una determinada visión moral—. Esto revela mucho acerca, por un lado, de la concepción de la moral que tiene el presidente y, por otro, del carácter laico del Estado.

López Obrador parece partir del supuesto de que la moral depende de la religión y de que mientras más religiosa sea la gente, más moralmente se comportará. Esto es un error, porque muchas iglesias son partícipes de la crisis de valores y en muchos casos son responsables directas de la corrupción moral que impera en muchos sectores de la sociedad. Los casos de pederastia por parte de curas católicos en muchos niveles de la jerarquía eclesiástica; los escándalos de fraudes en el Banco Vaticano; las pugnas por el poder dentro de la Iglesia; los escándalos de tráfico sexual al interior de varias iglesias, entre otros, nos muestran que la religión, contrario a lo que mucha gente cree, no es garantía de moralidad.

Involucrar a las asociaciones religiosas en la tarea de moralización de la sociedad implica, según Roberto Blancarte, “revertir el proceso de modernización y laicización del Estado mexicano emprendido por Juárez y los hombres de su generación, con las Leyes de Reforma, que, entre muchas otras cosas, separaron al Estado de las iglesias y establecieron la libertad de religión. ¿Por qué un hombre que se dice juarista ha emprendido esta tarea regresiva?”.5

La labor de moralización a la que ha invitado López Obrador a las iglesias no se ha reducido a ayudarlo a repartir ejemplares de la Cartilla moral, sino que ha modificado la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público para entregarles canales de televisión, que es un sueño largamente anhelado de las iglesias en esta país —algo que incluso los gobiernos panistas se habían abstenido de hacer—. Esto se ha hecho para que las iglesias puedan ayudarlo en su labor de moralización. Pero, ¿realmente contribuye esta concesión a la moralización de la sociedad? Bernardo Barranco lo duda: “Lejos de moralizar a la sociedad, el riesgo de una confesionalización tradicionalista de la cultura política es la polarización. Que se censuren los derechos sexuales y reproductivos. Que se exterminen años de lucha por los derechos de las mujeres y los avances de la ciencia. Que se intente imponer una concepción tradicional y única de familia y regresar a una noción antediluviana del rol de la mujer”.6 Es decir, López Obrador está posibilitando que las asociaciones religiosas, mayormente conservadoras, proyecten con mucha más fuerza un mensaje retrógrado.

Algunos han afirmado que estamos viendo el mayor retroceso en temas de laicidad desde tiempos de Juárez. No sólo parece estar cancelada la posibilidad de avanzar en muchos temas de moralidad social durante esta administración, sino que tendremos que defender el Estado laico de las amenazas que ésta le presenta. A fin de cuentas, la laicidad es un valor que rige las relaciones del Estado con una sociedad civil plural; es un valor que garantiza la existencia armónica de una pluralidad de códigos morales y de creencias religiosas. En ese sentido, es también un valor democrático, porque garantiza la igualdad y el reconocimiento de derechos y libertades, que son componentes indispensables para cualquier sociedad democrática. Eso es lo que está en peligro.

7. Conservadurismo político y populismo

López Obrador no es sólo un conservador social o cultural, sino que también hay mucho de conservadurismo político en sus decisiones y acciones de gobierno. Ha favorecido el centralismo político y administrativo —igual que lo favorecieron los conservadores en el siglo XIX—,7 por encima de un esquema federalista que descentraliza el poder político a favor de los estados. Por otra parte, a López Obrador no le gustan los contrapesos ni los organismos autónomos, a los que ha buscado debilitar presupuestalmente o simplemente eliminar. De hecho, lo que hemos visto durante su administración ha sido el regreso de un presidencialismo omnímodo y a una mayor concentración de poder, algo que, sin duda alguna, es ajeno al liberalismo. En cualquiera de sus versiones, el liberalismo sostiene que debe haber límites claros al poder del Estado.

Que no es un liberal en lo político lo demuestran, por ejemplo, sus afirmaciones de que “la justicia está por encima de la ley”, algo que ningún liberal sostendría —pero tampoco ningún conservador—. El liberal suele sostener que el respeto al Estado de derecho no sólo da certidumbre jurídica, sino que es una garantía para la protección de los derechos individuales. En un Estado de derecho los poderes públicos son regulados por normas generales (las leyes y la Constitución) y se deben ejercer en el ámbito de las leyes que los regulan.8 El Estado de derecho tiene el propósito de defender al individuo de los abusos de poder. Asimismo, mientras que el Estado de derecho garantiza cierto nivel de objetividad, hay muchas y muy distintas concepciones de lo que es la justicia, resultando así que lo que es justo para unos no lo es para otros. Por eso, dirá el liberal, la justicia no puede estar por encima de la ley. El presidente López Obrador no considera al derecho como un límite a su poder, sino como un instrumento para llevar a cabo sus objetivos políticos, por eso se le ha acusado de incurrir repetidamente en violaciones al marco constitucional. No es casual que durante su administración se haya deteriorado el Estado de derecho: según la organización internacional World Justice Project, que mide el cumplimiento de la ley en 128 países, México pasó del lugar 99 en 2019 al 104, en 2020. Una de las consecuencias del debilitamiento del Estado de derecho es que se posibilita una mayor corrupción. Un Estado de derecho efectivo reduce la corrupción y protege a las personas por igual ante las injusticias.

Con todo, López Obrador es un personaje complejo y contradictorio: hay muchos elementos de su actuación política que se oponen al conservadurismo. El conservador suele justificar la desigualdad social como un fenómeno natural, y tiende a defender los privilegios y el prestigio social de que gozan las clases medias y altas. Las políticas lopezobradoristas buscan precisamente lo contrario: priorizar una agenda social que ayude a acabar con esas desigualdades. De ahí el eslogan “Primero los pobres”.

Asimismo, hay muchos elementos de su populismo que chocan con el conservadurismo. Los conservadores suelen rechazar la división entre “pueblo bueno/élite corrupta”, que es central en el populismo, pero que conlleva una división y confrontación social ajena al conservadurismo. Por otro lado, el populista busca acabar con los organismos de élite, pero también los organismos autónomos del Estado —como la Comisión Reguladora de Energía (CRE) o la Comisión Federal de Competencia Económica (Cofece), que ve como herencia del periodo neoliberal, o como el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI), al que ve como encubridor de la élite corrupta—. Todos estos organismos están más allá del poder del ejecutivo y —en la lógica populista— del pueblo. El sueño utópico del populista, nos dice Robert Nisbet, “es la pesadilla conservadora: una sociedad en la que todas las limitaciones constitucionales sobre el poder directo del pueblo, o cualquier mayoría pasajera, son abrogadas, dejando algo similar a la mística de la voluntad general de Rousseau”.9 El desmantelamiento de instituciones es ajeno a la lógica conservadora; por eso la relación entre conservadurismo y populismo es tensa y genera contradicciones.

En suma, López Obrador es un personaje complejo y en muchos casos contradictorio, sin embargo, hay suficientes elementos en su pensamiento y sus acciones políticas como para que sostengamos que es mayormente conservador en lo social. Sin duda alguna, no es un liberal: no sostiene las ideas centrales del liberalismo. Habría que preguntarse también qué hace que pensemos que es un político de izquierda, porque en general no pensamos hoy en día que la izquierda sea conservadora, y afirmar que los pobres deben estar primero no necesariamente convierte a alguien a la izquierda.

 

Gustavo Ortiz Millán
Investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas, Universidad Nacional Autónoma de México


1 R. Nisbet, Conservadurismo, Alianza, Madrid, 1995; R. Scruton, Conservatism, St. Martin ‘s Press, Nueva York, 2017.

2 N. Bobbio, Liberalismo y democracia, FCE, México, 1989.

3 A. M. López Obrador, Hacia una economía moral, Planeta, México, 2019, p. 175.

4 C. Mudde y C. Rovira-Kaltwasser, El populismo, Alianza, Madrid, 2019, p. 33.

5 R. Blancarte, “Laicidad en tiempos de populismo”, en R. Blancarte y B. Barranco, AMLO y la religión, Grijalbo, México, 2019, p. 35.

6 B. Barranco, “AMLO y la irrupción política de las iglesias”, AMLO y la religión, p. 154.

7 J. Z. Vázquez, “Un viejo tema: el federalismo y el centralismo”, Historia mexicana 42 (1993).

8 Bobbio, Liberalismo y democracia, ob. cit.

9 Nisbet, Conservadurismo, ob. cit., p. 147.

 

4 comentarios en “López Obrador, conservador

    • Amlo, un político como todos, hablan, prometen, mienten con singular frecuencia, y algunos, con ciertas patologías, hasta creen haber reencarnado en Juarez o en Madero.

  1. Gracias por el análisis científico, lo comparto con mis alumnos de Licenciatura en Administración Pública de la BUAP, saludos

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