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George Orwell le dijo alguna vez a Arthur Koestler que la historia se había detenido en 1936. El escritor húngaro no dijo nada pero asintió con la cabeza. Ambos pensaban en la guerra civil española. No veían el fin de la historia, sino el fin de la verdad. Orwell no era un ingenuo: sabía que los periódicos son incapaces de registrar completa y objetivamente la realidad. Pero en España los diarios se desprendían de los hechos. Lo que se leía no tenía vínculo alguno con la vida. Batallas terribles en un lugar donde no había habido batalla. Hombres valientes descritos como cobardes; silencio ante la muerte de miles. Lo que vi, dice Orwell en sus recuerdos de la guerra, es la historia siendo escrita no como en términos de lo que había sucedido, sino en términos de lo que debía suceder de acuerdo a las directrices de partido.

Ilustración: José María Martínez

Para el novelista, la pérdida de esa ancla de verdad era aterradora. Si vemos el mundo a través de los ojos del poder, lo hemos perdido todo. En el descubrimiento de la guerra española, Orwell tomaba nota de eso que hoy llamamos “posverdad”, pero caía en la trampa de pensar que lo que veía era nuevo. No lo era: el llamado a ignorar lo visible, la tendencia al autoengaño, la disposición a entregarle nuestra brújula a la manada son tan viejas como el fuego. La noción misma de la posverdad es un bastidor melancólico: Preverdad, Verdad, Posverdad. De ahí que la relación entre verdad y democracia sea más complicada de lo que nos sugieren los avisos de su ruina inminente.

Una advertencia aparece en las brillantes reflexiones de Hannah Arendt sobre la política y la verdad. El vínculo entre ellas no ha sido nunca cordial. ¿Será que la naturaleza del poder sea el engaño y que la esencia de la verdad sea la impotencia? Veía a la democracia necesitada de un asiento de verdad y, al mismo tiempo, llamada a disolverlo. Las opiniones que vivifican el debate requerían una vasija de veracidad que contuviera la polémica. Sólo respetando los hechos podía darse forma a las opiniones. Pero advertía: “La verdad tiene un carácter despótico”. 2+2=4. Punto.

Sophia Rosenfeld, una historiadora del sentido común, ha explorado la mala relación que, desde siempre, ha habido en la pareja. Necesitamos un piso de verdad, pero no nos podemos poner de acuerdo en lo que eso significa. En su breve historia sobre la democracia y la verdad registra el desapego contemporáneo. Hoy nos alarmamos de que la opinión es más importante que el dato, que la pertenencia es un argumento irrefutable, que la autenticidad de la emoción es conclusiva. Nos escandalizamos porque se esparcen los rumores más disparatados, porque se borra la frontera entre hechos y opiniones, porque se desprecia la voz de los expertos, porque se niega la posibilidad misma de la objetividad. La posverdad nos dirige al fascismo, dice Timothy Snyder. Rosenfeld nos ayuda a moderar la ansiedad. No a desentendernos del problema: a verlo en su dimensión histórica.

En la vida de la democracia se entrecruzan distintos regímenes de verdad. Uno proviene de la tradición ilustrada y el otro de la tradición antioligárquica. El compromiso del primero es la destrucción de la superstición, de la mentira, del prejuicio y del dogma. Es una batalla contra la irracionalidad de los hábitos y de los privilegios que implica confianza en quienes descubren, para todos, la verdad. La segunda fibra se alimenta precisamente de la desconfianza en esos técnicos que se presentan como propietarios exclusivos de la razón y que miran por debajo del hombro a los ignorantes. La razón común, la sabiduría de la experiencia, la inteligencia de la calle serán siempre mucho más fiables que las lecciones de los profesores.

La verdad que la democracia necesita es la verdad porosa. Una que considera el juicio de los técnicos y que atiende la desconfianza de quienes no lo son. Una que, sin idolatría, aprecia el sentido común.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.