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El 14 de agosto de 2011, Giuliano Amato acudió en representación del presidente Giorgio Napolitano al pueblo de Pontelandolfo, en la provincia de Benevento. En nombre del Estado italiano pidió perdón al pueblo por la masacre perpetrada por el ejército en 1861. El gesto consagró definitivamente el episodio como símbolo para la política regional. Aparte de eso, no consiguió nada.

Ilustración: Estelí Meza

La historia es como sigue. El 7 de agosto de 1861 Pontelandolfo fue ocupado por una partida de alrededor de 200 bandidos encabezada por Cosimo Giordano, antiguo oficial del ejército borbónico. Llegaron junto con la procesión de San Donato gritando vivas a Francisco II, destruyeron los símbolos del Estado italiano, liberaron a los presos, hicieron cantar un tedeum y anunciaron la restauración de la monarquía. Durante el asalto fueron asesinados tres liberales. Al día siguiente, una columna del ejército, con poco más de cuarenta efectivos, intentó recuperar el pueblo: los cuarenta fueron hechos prisioneros y asesinados. Una semana más tarde, el 14 de agosto, dos columnas del ejército avanzaron sobre Casalduni y Pontelandolfo mientras los bandidos se daban a la fuga: en la operación murieron trece personas. Eso es todo lo que se puede documentar.

La propaganda legitimista quiso hacer de ello un emblema, sin mucho éxito. La revista de los jesuitas, La civiltà cattolica, de Nápoles, publicó un relato dramático en que aparecía “una treintena” de enfermos e inocentes asesinados, ancianos, mujeres y niños. No tuvo mucho eco. El movimiento borbónico era una jacquerie caótica, sostenida a base de promesas inverosímiles, declaraciones fantasiosas y el terror que inspiraban bandas de antiguos militares, bandidos y campesinos. Y, desde luego, la propaganda del clero. En tres meses se había pacificado el Benevento, la historia quedó como un hito en la lucha contra el bandolerismo.

Un siglo más tarde, en los años sesenta, la idea del “bandido social” de Hobsbawm le dio un nuevo atractivo a la violencia de la Italia meridional en las décadas de la unificación: con un poco de imaginación (marxista) se podía ver en el bandolerismo una forma rudimentaria de protesta social. La efervescencia de la descolonización, además, permitió que se imaginase un “separatismo revolucionario” del sur —obviando todo lo que había que obviar. La definitiva vuelta de tuerca se dio en 1972, cuando un grupo de música popular de protesta, Stormy Mix, grabó una canción titulada “Pontelandolfo”; una licencia poética permitió que en la canción hubiese mujeres violadas, casas saqueadas, la iglesia incendiada a manos de infames piamonteses (el estribillo es pegadizo, dramático: “Pontelandolfo, la campana dobla por ti / por toda tu gente / por los vivos y los asesinados”). La canción fue un éxito. Para el pueblo, condenado casi a desaparecer, despoblado, fue un acontecimiento mayor, cambió su relación con el pasado y con el resto de Italia, e hizo del episodio el motivo básico de la política local. La masacre lo explicaba todo: la miseria, el despoblamiento, y exigía una reparación.

En las décadas siguientes, a la vez que Umberto Bossi animaba el separatismo en el norte, Gennaro de Crescenzo imaginaba un nuevo “meridionalismo”. En 1996, en Los saboya y las masacres del sur, Antonio Ciano denunciaba la conspiración de silencio que había ocultado que los muertos de Pontelandolfo habían sido “sin duda más de mil”. En la misma estela, Pino Aprile pudo decir que en Pontelandolfo se vivió la represalia más atroz de la historia italiana, incluidas las del nazismo, porque había la orden de exterminar a sus 5000 habitantes: su Terroni fue uno de los libros más vendidos del 2010. Y siempre hay sitio para un reportaje más, con otros cien o doscientos muertos.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.

 

Un comentario en “Víctimas

  1. Hosbawm fue un marxista ortodoxo hasta su muerte y su idea que el bandolerismo es de naturaleza prerevolucionario tuvo gran éxito en la izquierda de la época.