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Tomo algunas de las hebras que Registro: Mapa e inventario de uno mismo, de Federico Reyes Heroles, ofrece para el diálogo. Lo hago en el ánimo de entregar a sus lectores claves para abrir el libro; llaves que, lejos de promocionar o anatemizar esta obra, puedan quizás intensificar, o al menos aderezar, la experiencia gozosa de su lectura.

Con el autor del libro comparto la convicción de que la mirada filosófica se define por su perspectiva, no por sus temas: es posible tanto trivializar la muerte, como mirar con profundidad un vaso de agua. No son necesariamente más valiosos los cuadros teológicos del Greco que las sillas de Van Gogh o sus girasoles.

Bien vista, la tradición filosófica no sólo se refiere a las grandes preguntas y las experiencias límite de la existencia —el fin último o el origen de la vida, por ejemplo—; se avoca también a enriquecer nuestra visión de lo ordinario: nos regala nuevas perspectivas para contemplar, metabolizar o transitar lo de todos los días. Tal es, entre otras cosas, el legado de Ortega y de no pocos de su generación que, como relata el madrileño en su “Prólogo para Alemanes” a El tema de nuestro tiempo, desconfiaban de la sinceridad de sus maestros neokantianos, así como de la veracidad del imponente edificio conceptual que, frente a sus ojos, dibujaban en los pizarrones.

Sobre la filosofía académica pesaba entonces como pesa ahora la sospecha de fallar a la veracidad, la de perderse (de la vida) en los tecnicismos, las abstracciones y la autorreferencia. Muchos maestros, dice Jesús Conill, enseñan filosofía. Pocos nos enseñan a filosofar. Muchos, dolorosamente, piensan la filosofía; pocos, la vida.

En el extremo de este pecado se encuentran pensadores perdidos de la vocación esencial (y liberadora) de la verdad, entregados a la seducción del poder y de la ideología. Duele pensar y cuesta creer que dos de los más grandes existencialistas, Sartre y Heidegger, hayan sucumbido —el uno en la versión soviética, el otro en la nacional socialista— al totalitarismo. No es raro que Albert Camus —que más que al odio, temía al amor abstracto— nos advirtiera proféticamente sobre las trampas del culto a las ideas y sus horrores. Tampoco que se deslindara de Sartre.

Las tentaciones de la ideología, la abstracción y del academicismo contrastan con la biografía de los mejores de entre los filósofos que, para sorpresa de nuestros contemporáneos, transcurrieron lejos o fuera del claustro académico. Diplomáticos, periodistas, padres de familia, burócratas, bibliotecarias, comerciantes y hasta religiosas o clérigos, ejercieron la filosofía no a pesar de sus vocaciones y oficios, sino gracias a ellos, que los mantuvieron en contacto con las tensiones de lo cotidiano, a sus preguntas, dilemas, angustias, ilusiones y preocupaciones.

A esa estirpe irredenta, la de los enamorados de la vida, existencialistas en este otro sentido, pertenece Reyes Heroles. Por eso Registro: Mapa e inventario de uno mismo asume el registro de la filosofìa de la proximidad y de la vida; invita al cultivo de la resistencia íntima; va sobre el valor de pequeñas cosas, como la comensalidad o el cultivo cuidadoso de los árboles, que rompen nuestro estado de inmediatez frente a la naturaleza y construyen, como las hormigas, ardua y silenciosamente, el imperio de lo humano.

Más aún: encuentra lo trascendente en y a través de lo inmanente. Al describir una siesta o la transición entre el sueño y la vigilia, Reyes Heroles sugiere profundas intuiciones sobre el proceso creativo. Cuestiona, al hablar del erotismo, el culto consumista o encuentra en un jardín lecciones invaluables sobre lo real y lo mítico, la vida y la muerte. Al recordar la historia de Christopher Knight siembra poderosas intuiciones sobre la soledad, el aislamiento, la vida en comunidad, lo público y lo privado. Confiesa su pasión —íntima, entrañable— por la música y nos refiere junto con ella la utilidad de lo inutil. En su visión del arte de conversar o en su genial referencia a las caricias sugiere, para quien desee encontrarlas, lecciones invaluables sobre el encuentro y la comunicación humana.

Es una obra que invita a pensar mejor y distinto. Su lectura (y aun, el contraste con una de sus reseñas) siembra preguntas fundamentales. ¿Existen en verdad temas no filosóficos o irrelevantes? ¿Merece “lo obvio” ser revisitado? Y, en todo caso, ¿en dónde se construye la obviedad?, ¿en lo visto o en la vista? ¿Tienen los ensayos o las obras de arte que referirse a determinados temas, predefinidos como serios, para ser tales? ¿En qué radica el valor de una perspectiva? ¿Se puede no sólo gozar cuando se piensa, sino pensar porque se goza? ¿De qué se trata el pensamiento vivo, de rendir culto a lo solemne o más bien de enriquecer nuestra mirada cotidiana y refrescarla?

Estas preguntas y estas claves —algunas de ellas, paradójicas— pretenden acercar a los lectores de buena fe a un libro construido y ofertado desde la misma. Con los inquisidores de mala fe, decantados por ella, ajenos a la racionalidad diligente, no es posible pensar ni dialogar.

 

Eduardo Garza Cuéllar
Doctor en filosofía.

 

Un comentario en “Claves y preguntas de Registro: Mapa e inventario de uno mismo

  1. Una joya encontrarse en el camino un asomo a una filosofía reivindicada desde la buena fe, y hecha asequible desde la siembra de cuestionamientos fundamentales. Gracias. Enhorabuena.