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Hernán Cortés sale de Cuba el 10 de febrero de 1519 rumbo a Yucatán, donde desembarca en Cozumel siete días más tarde.1 El conquistador tenía 34 años. La bandera o estandarte de su barco seguido por otros diez, “era de tafetán negro con cruz colorada, sembradas una llamas azules y blancas y una letra por orla que decía: sigamos la cruz y en esta señal venceremos”.2

Sobre el número de tripulantes hay dos recuentos notables, el de Bernal Díaz, que considerando trabajadores y cerca de 200 taínos suma alrededor de 750; Torquemada habla de 1500.

Antes de embarcarse, Cortés discurrió ante sus hombres con el siguiente —significativo, admirable y elocuente— discurso que consignó Francisco López de Gómara.

“Cierto está, amigos y compañeros míos, que todo hombre de bien y animoso quiere y procura igualarse por propias obras con los excelentes varones de su tiempo y aun de los pasados. Así que yo acometo una grande y hermosa hazaña, que será después muy famosa; ca el corazón me da que tenemos de ganar grandes y ricas tierras, muchas gentes nunca vistas, y mayores reinos que los de nuestros reyes. Y cierto, más se extiende el deseo de gloria, que alcanza la vida mortal; al cual apenas basta el mundo todo, cuanto menos uno ni pocos reinos. Aparejado he naves, armas, caballos y los demás pertrechos de guerra; y sin esto hartas vituallas y todo lo que suele ser necesario y provechoso en las conquistas. Grandes gastos he yo hecho, en que tengo puesta mi hacienda y la de mis amigos. Mas parésceme que cuanto della tengo menos, he acrescentado en honra. Hanse de dejar las cosas chicas cuando las grandes se ofrescen. Mucho mayor provecho, según en Dios espero, verná a nuestro rey y nación de esta nuestra armada que de todas las de los otros. Callo cuán agradable será a Dios nuestro Señor, por cuyo amor he de muy buena gana puesto el trabajo y los dineros. Dejaré aparte el peligro de vida y honra que he pasado haciendo esta flota; porque no creáis que pretendo della tanto la ganancia cuanto el honor; que los buenos más quieren honra que riqueza. Comenzamos guerra justa [sub. LB] y buena y de gran fama. Dios poderoso, en cuyo nombre y fe se hace, nos dará victoria; y el tiempo traerá el fin, que de contino sigue a todo lo que se hace y guía con razón y consejo. Por tanto, otra forma, otro discurso, otra maña hemos de tener que Córdoba y Grijalva; de la cual no quiero disputar por la estrechura del tiempo, que nos da priesa. Empero allá haremos así como viéremos; y aquí yo vos propongo grandes premios, mas envueltos en grandes trabajos. Pero la virtud no quiere ociosidad; por tanto, si quisiéredes llevar la esperanza por virtud o la virtud por esperanza; y si no me dejáis, como no dejaré yo a vosotros ni a la ocasión, yo os haré en muy breve espacio de tiempo los más ricos hombres de cuantos jamás acá pasaron, ni cuantos en estas partidas siguieron la guerra. Pocos sois, ya lo veo; mas tales de ánimo, que ningún esfuerzo ni fuerza de indios podrá ofenderos; que experiencia tenemos cómo siempre Dios ha favorecido en estas tierras a la nación española; y nunca le faltó ni faltará virtud y esfuerzo. Así que id contentos y alegres, y haced igual el suceso que el comienzo”.3

Ilustraciones: Izak Peón

De ser fiel la recopilación de esta arenga de Cortés a sus soldados, no podrá dejar de observarse “la ideología” o la intención respecto de los valores ancestrales del cristianismo. Comienza aspirando “al hombre de bien y animoso”, que no puede evitar equipararse con los hombres más esforzados de su época y aún del pasado. El hombre de bien está claro que sería quien hubiera adoptado los principios del cristianismo. En este sentido, el “animoso” sería el antípoda del perezoso cuyo estigma constituye uno de los pecados capitales; algunos teólogos consideraron incluso que dicho pecado era el mayor; que conducía al vicio y al crimen y que el poseído de dicho pecado por el mal, inducido por el diablo, iba a dar al castigo eterno entre las llamas del infierno. Animoso, entonces, quien libraba dichos males; pleno de ánimo; dotado de alma. Ánimo, anïmus, alma, soplo, espíritu, principio de la actividad humana. Cortés se refiere con claridad a estos valores, puesto que “la virtud no quiere ociosidad”, como remata en su arenga.

Probablemente, la observación hecha por los cristianos, de que entre los indígenas no parecía existir el concepto del ánimo como algo primordial y definido ontológicamente, los hubiera conducido a pensar que entre los nativos, no existía la consideración del alma. O no estuviesen dotados de ella. De aquí la aberrante discusión del aristotélico bachiller Sepúlveda sobre la inhumanidad de los indios.4 Como esta Controversia o Junta de Valladolid ocurría en los años de 1550-1555, resulta evidente que la toma de posición teórica que ostenta habría recibido la influencia concreta de la experiencia y de las ideas de Hernán Cortés. Hasta en el título de su obra, Sepúlveda toma las frases de Cortés: De la justa causa de la guerra contra los indios.

El discurso a la salida de Cuba confronta a los soldados contra estos valores; además, aquellos que siguieren estas pautas habrían de resultar, conducidos por Hernán Cortés, y “en muy breve espacio de tiempo, los más ricos hombres de cuantos jamás acá pasaron”. Y al rey de España daría su hueste, con él al mando, tantos mayores beneficios como nadie de quienes vinieron al Nuevo Mundo lo han logrado. Había que hacer “guerra justa y buena y de gran fama. Dios poderoso, en cuyo nombre y fe se hace, nos dará victoria”.

¿Cómo se llegó a concebir, al margen de la realidad de la invasión a pueblos con los que nunca antes se había rivalizado (con quienes no sólo no hubo riña previa sino tampoco intercambio mercantil ni competencia de ningún tipo), la idea de hacer guerra y tomarla como justa y buena? El pretexto de la invasión y de la guerra fue solamente la consideración de que, sin el evangelio, los pueblos eran primitivos, idolátricos, con un largo y vicioso pasado en brazos de Satanás.

“Es, cierto, cosa de grande admiración que haya nuestro señor Dios tantos siglos ocultado una selva de tantas gentes idólatras, cuyos frutos ubérrimos sólo el demonio los ha cogido, y en el fuego infernal los tiene atesorados; ni puedo creer que la Iglesia de Dios no sea próspera donde la sinagoga de Satanás tanta prosperidad ha tenido, conforme aquello de San Pablo: abundará la gracia donde abundó el delito”.5

Y que España, punta de lanza del cristianismo, era el redentor natural de tal aberración de la condición humana. Y bajo esta grave disculpa, latía la realidad de la conquista: el oro, los recursos naturales, el sometimiento de los naturales: la apropiación del continente.

La divisa de la bandera ya enunciaba lo que Torquemada más tarde añadiría en el discurso de Cortés a sus soldados, porque en tal añadido se habla de guerra justa hacia los indios, a quienes desde entonces consideraba “enemigos” y cuyos pueblos había que conquistar.6

Pasaron los siglos. Y el discurso inicial de Cortés quedaría, además de en las crónicas antiguas, consignado en una placa de bronce que aún se erige en el jardín del viejo Hotel Caribe Cozumel, en Playa Azul, de la isla, en el sitio donde el conquistador puso pie por vez primera. Y su monumento fue inaugurado (a instancias del Gran Balam del Sureste, Fernando Barbachano Peón, fundador de Mayaland Tours, la primera agencia de viajes de México), por Jacqueline Kennedy, en 1962.

 

Luis Barjau
Historiador y etnólogo. Entre sus libros: La conquista de la Malinche y Los que viven en la arena.


1 Bernal Díaz del Castillo, cap.XXVI, p.62. Ni la carta del Cabildo de Veracruz del 10 de julio de 1519, ni la segunda carta de relación al rey, de Cortés, confirman la fecha de salida.

2 Juan de Torquemada, Monarquía indiana, vol.II, UNAM, Instituto de investigaciones históricas, p.39, México 1975. El letrero estaba en latín: Amici, sequamur crucem, et si nos fidem habemus, vere in hoc signo vincemus. Que textualmente diría: Amigos, sigamos la cruz, y si tenemos fe, en verdad que con esa divisa venceremos.

3 López de Gómara, Francisco , Historia de la conquista de México. Estudio preliminar de Juan Miralles Ostos, Ed. Porrúa, Sepan Cuantos No. 566, México 1988

4 “Con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes clementísimas.¿Qué cosa pudo suceder a estos bárbaros más conveniente ni más saludable que el quedar sometidos al imperio de aquellos cuya prudencia, virtud y religión los han de convertir de bárbaros, tales que apenas merecían el nombre de seres humanos, en hombres civilizados en cuanto pueden serlo. Por muchas causas, pues y muy graves, están obligados estos bárbaros a recibir el imperio de los españoles […] y a ellos ha de serles todavía más provechoso que a los españoles […] y si rehusan nuestro imperio (imperium) podrán ser compelidos por las armas a aceptarle, y será esta guerra, como antes hemos declarado con autoridad de grandes filósofos y teólogos, justa por ley natural. La primera [razón de la justicia de esta guerra de conquista] es que siendo por naturaleza bárbaros, incultos e inhumanos, se niegan a admitir el imperio de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos; imperio que les traería grandísimas utilidades, magnas comodidades, siendo además cosa justa por derecho natural que la materia obedezca a la forma”. Juan Ginés de Sepúlveda, De la justa causa de la guerra contra los indios, FCE, México 1987.

5 Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, Ed. Porrúa, México 1982 p. 19.

6 Torquemada, ob. cit. p. 40