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En la mañana del 3 de julio del 2000, un funcionario público mexicano entró a la sala de conferencias de la sede del Seminario de Salzburgo, una iniciativa fundada en 1947 que organiza encuentros anuales para discutir diversos temas globales, formular recomendaciones y propuestas, y crear redes entre líderes y expertos. De pronto, los asistentes, unas 250 personas de más de 30 países, le tributaron de pie un aplauso. ¿Por qué razón? Un día antes, el candidato opositor había ganado las elecciones presidenciales; México ingresaba, teóricamente, al club de las democracias tras un proceso iniciado en 1989 con la primera alternancia a nivel estatal que desembocó en el reemplazo del hasta entonces partido hegemónico. La historia de los siguientes tres sexenios es bien conocida: se produjeron dos alternancias más, una con el regreso del PRI en 2012 y otra con la victoria de Morena en 2018. Desde el punto de vista de la normalidad electoral, la democracia mexicana era ya —o eso parecía— lo que los académicos llaman una democracia consolidada.

Ilustración: Víctor Solís

Veinte años después de aquel momento aparentemente inaugural, sin embargo, los mexicanos, de cualquier orientación política o bien sin ninguna en particular, se sienten frustrados. En medio de una delicada situación de polarización, división y encono, muchos se preguntan si ese estado de ánimo es una manifestación natural de la democracia, de la incompetencia de la clase política dirigente, del déficit en la cultura cívica o, tal vez, de un cambio de paradigma en los valores en los que habitualmente cree una ciudadanía más o menos civilizada.

Por ejemplo, varias encuestas recientes (Consulta y GEA-ISA) indicaron que el 70 % de la población siente que la sociedad está dividida y el 59 % experimenta enojo, preocupación o miedo. Sólo 2 de cada 10 ciudadanos consideran que los partidos políticos representan los intereses de la sociedad; el 65 % dice no confiar en ellos; el 79 % opina que no se preocupan por formar buenos gobernantes, y el 96 % los culpa de dividir al país. Las razones de ese ánimo son varias. Unas tienen que ver con identificar las causas que expliquen la desilusión de la sociedad por la falta de crecimiento, igualdad y desarrollo suficientes. Otras, menos exploradas, están relacionadas con la actitud de los mexicanos frente a la ley, la política, los valores y las instituciones. Pero, ¿dónde están realmente los nudos que han venido procreando el crítico panorama actual del país? ¿Están elaborando los actores públicos y sociales una conversación pública que vaya más allá de la coyuntura, del odio inducido, las tensiones políticas, la mediocridad y la frivolidad como método, como para imaginar el país que nos gustaría ver en el futuro?

México es, en muchos aspectos, un país mejor que hace dos o tres décadas. La esperanza de vida pasó de 70.8 años a 75.2. El grado promedio de escolaridad aumentó de 7.5 a 9.7, y en 17 entidades lo hizo por encima de ese nivel. La cobertura en alfabetización llegó al 96 %; en primaria y secundaria al 100 %; en media superior al 86 %, y en superior al 41.6 %. La atención en los servicios básicos de salud alcanza al 89 %; la disponibilidad de agua entubada aumentó del 58 % al 78 % de las viviendas, y la de energía eléctrica al 99 %. Los celulares por vivienda aumentaron de 65 % a 87.5 %, y el acceso a internet de 21.3 % a 52.1 %. En 1990 el país exportaba unos 50 000 millones de dólares y ahora lo hace nueve veces más; la expansión de la infraestructura, la apertura de la economía o la inserción al mundo global son realidades estadísticamente inobjetables. En contrapartida, la violencia e inseguridad han aumentado; el crecimiento del producto, salvo en tres ocasiones, tuvo resultados positivos pero mediocres por casi treinta años; la desigualdad y la mala calidad educativa subsisten, y la corrupción parece haber aumentado o está mejor medida que antes.

Por tanto, dentro de ese balance subyace una pregunta básica: ¿qué falta por hacer?

México es, hasta ahora, un país formalmente democrático. Pero en el mundo del siglo XXI —donde dos tercios de las naciones son calificadas ya como democráticas— sus condiciones normativas se han vuelto relativas y lo que importa es que esa democracia sea de calidad, lo que claramente no está ocurriendo en México. El Índice de Democracia 2020 de The Economist califica hoy a México como una “democracia defectuosa” y ocupa la posición 72 de 167 países, por debajo de Costa Rica, Botswana, Jamaica, Panamá o Colombia, por ejemplo. Es evidente que hoy afrontamos dilemas muy distintos que se condensan en una creciente decepción con el funcionamiento de los poderes, las instituciones representativas y la política.

En tal percepción subyacen escenarios inéditos y peligrosos a la vez. Por un lado, inéditos porque reflejan la diferente composición demográfica mexicana: nuevas formas de interacción, organización y participación ciudadana; una vida pública con crecientes grados de desintermediación en la que ni las instituciones, ni los medios tradicionales, ni los partidos importan, y donde una comunicación más horizontal y directa prefigura formas de expresión desconocidas, entre ellas una especie de democracia digital, e incluso una especie de algocracia que veremos en las próximas décadas, es decir, una democracia mediada por algoritmos, datos e inteligencia artificial. Y, por otro lado, son fenómenos peligrosos porque la decepción —esto es, la inferencia de que el ladrillo democrático era la casa del bienestar colectivo, como apuntaba Guillermo O’Donnell— suele incentivar demandas sociales más rápidas, respuestas políticas más efectistas que efectivas y, por ende, la tentación de regresar a prácticas que creíamos desterradas y a una disolvencia institucional que puede lubricar el abuso de poder o, por la vía de políticas públicas fallidas, revertir los relativos progresos alcanzados.

En el mejor de los escenarios, es posible que este paisaje no se convierta automáticamente en un factor de corrosión de la democracia formal sino de su calidad. Pero, en el peor, es el camino seguro hacia un sistema híbrido, es decir, democrático en la forma pero autocrático en la práctica, como parece estar ocurriendo. Las explicaciones son múltiples, desde luego. La más inmediata es que, en ciertos casos, la sociedad responsabiliza a la democracia por bienes como el bienestar colectivo, los ingresos crecientes o los empleos bien pagados, por ejemplo, cuando en realidad se trata de logros que dependen de otros factores como liderazgos políticos profesionales, instituciones y políticas públicas eficientes, incrementos de productividad, reformas de tercera generación o circunstancias internacionales favorables, entre otras cosas.

Pero por ahora ese desencanto y esa confusión existen; han originado una disonancia e introducido una seria debilidad, ciertamente asociada con la cultura política vigente, que consiste en lo siguiente: si los únicos indicadores para medir la eficacia de los gobiernos y la satisfacción con ellos son las políticas populistas, los controles de las clientelas, la captura de las instituciones o el ruido mediático, entonces la esencia de la democracia y sus valores éticos intrínsecos empiezan a perder sentido. No es casual que, según Latinobarómetro, entre 2002 —recién producida la primera derrota del PRI en las presidenciales— y 2018 —año de la última alternancia— el apoyo a la democracia en México haya disminuido del 63 % al 38 %; tampoco es casual que que este último sea también el porcentaje de ciudadanos que dice darle “lo mismo un régimen democrático que uno no democrático”. La conclusión es que esa indiferencia alimenta, entre porciones de la ciudadanía, una fuerte seducción por los liderazgos autoritarios; estos, por lo mismo, se sienten a su vez incentivados a actuar por fuera de las reglas del juego democrático o de plano cambiarlas a discreción. Como escribía Richard Ford hace poco: “El autoritarismo no es un mito, y una de sus características iniciales más siniestras y destructivas es que no se anuncia como lo que es, sino como una solución directa, rápida, racional e inevitable para todo lo que aqueja a la gente y a su país. En ese sentido, y en muchos otros también, funciona de manera opuesta a la democracia, ya que esta requiere tiempo y paciencia para funcionar lo mejor posible”. Este es, en suma, el círculo vicioso que históricamente suele amenazar a los países con democracias frágiles, baja institucionalidad y ciudadanías exasperadas.

¿Cuáles son las opciones? En condiciones de relativa sensatez, y en un contexto donde casi todo está en duda, lo inteligente sería estimular una reflexión colectiva, seria y serena, que vaya más allá de rehabilitar el sistema de pesos y contrapesos por la vía electoral —condición necesaria pero no suficiente— y se concentre en explorar un nuevo pacto social y económico sobre el cual sea posible una especie de refundación democrática que dote al sistema político de mucho mayor funcionalidad. Una reflexión que establezca una confianza mínima en que dentro del marco democrático es posible superar los déficits sociales y económicos que inhiben el potencial del país, y ofrezca una perspectiva realista pero esperanzadora en la que todos se sientan incluidos en mejores condiciones en la asignación de los recursos y en las oportunidades concretas de crecimiento y bienestar.

Si perdemos de vista esa lógica —histórica y política—, la normalidad democrática mexicana alcanzada, en caso de prevalecer, tendrá si acaso una mera significación formal.  Las democracias, no hay que olvidarlo, pueden caer y a veces lo hacen.

 

Otto Granados
Presidente del Consejo Asesor de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura

 

4 comentarios en “México, ¿la democracia que nunca fue?

  1. México padece con Amlo: “Un sistema híbrido, es decir, democrático en la forma de llegar al poder pero autocrático en la práctica, en la forma de gobernar”.
    A partir de 2018 llegó al poder un presidente autoritario, que no respeta la división de poderes y tampoco respeta a las instituciones autónomas. Esa forma antidemócrata de gobernar está llevando al país a la peor crisis institucional que ha detonado crisis económica, regresión social y retroceso político.
    Abonadas las crisis con arengas mañaneras del presidente, cargadas de odio, que enconan las heridas sociales de pobreza y miseria humana; peligrosamente dividen y confrontan a la sociedad entre pobres y ricos, entre buenos y malos, entre el norte y el sur, entre vecinos y entre familias.
    En conclusión, la democracia no es la que falla, lo que observamos es que el sistema presidencial debe cambiar a un sistema parlamentario para detener las tentaciones del poder absoluto del titular del poder ejecutivo.
    Ese presidencialismo fallido es el que no ha permitido que el régimen democrático electoral se vea cristalizado en un ejercicio de gobierno democrático, respetando el Estado de derecho.
    En una nueva Reforma Política Electoral, para fortalecer la democracia se deben de incluir: LA SEGUNDA VUELTA ELECTORAL Y EL PORCENTAJE A 5% PARA QUE LOS PARTIDOS MANTENGAN EL REGISTRO.

  2. LA DÉBIL DEMOCRACIA MEXICANA EN PELIGRO ANTE LA AMBICIÓN DEL PODER ABSOLUTO DEL PRESIDENTE AMLO

    Con el arribo al poder de Morena, México cayó en un hoyo de autodestrucción, ¿por qué?
    Porque el país padece un sistema híbrido; es decir, democrático en la forma de llegar al poder pero autocrático y antidemocrático en la práctica, en la forma de gobernar; situación que se recrudeció con la llegada de López Obrador, el señor engañó al pueblo, en campaña simuló ser demócrata y como presidente resultó ser autócrata.

    A partir de 2018 llegó al poder un presidente autoritario, que no respeta la división de poderes y tampoco respeta a las instituciones autónomas. Esa forma antidemócrata de gobernar está llevando al país a la peor crisis institucional que ha detonado diversas crisis en todos los sectores: recesión económica, regresión social, retroceso político, violencia desatada y encima una pandemia mal atendida.
    Abonadas las crisis con arengas mañaneras del presidente; cargadas de odio, que enconan las heridas sociales de pobreza y miseria humana, de inseguridad y violencia; peligrosamente dividen y confrontan aún más a la sociedad entre pobres y ricos, entre buenos y malos, entre el norte y el sur, entre vecinos y entre familias.

    CONCLUSIÓN: La democracia no es la que falla, lo que observamos es que el sistema presidencial debe cambiar a un sistema parlamentario para detener las tentaciones del “poder absoluto” del titular en turno del poder ejecutivo.
    Ese presidencialismo fallido es el que no ha permitido que el régimen democrático electoral se vea cristalizado en un ejercicio de gobierno democrático, respetando y consolidando el Estado de derecho.

    PROPUESTA: Urge una nueva Reforma Política Electoral para fortalecer la democracia:
    CAMBIAR EL RÉGIMEN PRESIDENCIALISTA POR UN RÉGIMEN PARLAMENTARIO;
    IMPLANTAR LA SEGUNDA VUELTA ELECTORAL EN LOS TRES ORDENES DE GOBIERNO;
    EL PORCENTAJE SUBIRLO A 5% PARA QUE LOS PARTIDOS MANTENGAN EL REGISTRO Y ESTABLECER QUE LOS PARTIDOS NUEVOS, RECIÉN ADQUIRIDO EL REGISTRO NO PODRÁN IR EN COALICIÓN CON OTROS PARTIDOS DURANTE LOS PRIMEROS SEIS AÑOS, es decir en las dos próximas elecciones.

  3. La democracia en nuestro país por primera vez es una realidad que nace ante un sistema político autoritario, antidemocrático, corrupto y represor; si, construir un régimen democrático va a costar tiempo, dialogo, entre los diferentes grupos sociales, así como madurez y ante todo talento para la creación de nuevas instituciones que sustituyan a los aparatos del antiguo régimen que se basaron en la simulación, el latrocinio y la corrupción. Saludos