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El historiador Guillermo Zermeño Padilla sostiene que la historia como tribunal de justicia es una invención de la modernidad en “Reflexiones en torno a la metáfora de la historia como tribunal de justicia” (Metafóricas espacio-temporales para la historia. Enfoques teóricos e historiográficos, Javier Fernández Sebastián y Faustino Oncina, eds., Valencia: Pre-Textos, 2020).

Afirma que, a partir de finales del siglo XVIII, al historiador “se le pidió no solamente que fungiera como un intermediario imparcial que arbitrara entre las partes enfrentadas y los testimonios diversos, sino que además impartiera justicia. Es decir, que no se ocupara solamente de ser equitativo o justo entre los contendientes, sino que impartiera el veredicto final acorde con las leyes establecidas”.

Esta concepción tiene derivaciones que “pueden advertirse en la actualidad del mundo de la política y la opinión pública. No faltan ni han faltado políticos y jefes de Estado que aspiran a hacer la historia y a pasar a la ‘historia’; que ambicionan dejar huella, llenarse de gloria y pasar a la inmortalidad de los anales del futuro”.

Y añade “que asumen esa aspiración como una de las principales motivaciones de su hacer político y tomas de decisión en el presente. Esperan con ello, después de muertos, el juicio final impartido por la Historia, como supremo juez, situado en el futuro. Esperan que la estructura de una ‘historia justiciera’ los absuelva o condene en relación con lo que decidieron e hicieron transcurrida la historia. Habrá también entre los intelectuales del siglo XX quienes aspiren o aspiraron a estar en sintonía con la ‘marcha de la Historia’”.

El planteamiento de Zermeño Padilla, investigador de El Colegio de México, remite necesariamente a figuras de la política como el presidente López Obrador que todos los días actúa y articula su discurso con la pretensión de “hacer” la historia —la Cuarta Transformación— y por eso pasa a la Historia. En su actitud cotidiana, es muy evidente su ambición de “dejar huella” y pasar a la “inmortalidad de los anales del futuro”.

Ilustración: Ricardo Figueroa

El marco del análisis que presenta Zermeño Padilla ofrece claves sólidas, no obvias a primera vista, para entender a personajes como el actual presidente de México. No es un caso único y forma parte —es inherente— del proyecto de los gobernantes populistas, no importa si se dicen de izquierda o de derecha, que ahora en el mundo están presentes en una veintena de países.

Estos gobernantes construyen una narrativa, distribuida a través de los distintos medios, donde se proponen —ahí está el centro de su actuar— “pasar a la historia” en el hoy, pero de cara a que la Historia, con mayúscula, los reconozca en el futuro como sus constructores, como quienes, producto de su accionar, cambiaron la historia de su país y merecen el reconocimiento postrero que quedará registrado en los libros de la historia patria.    

El investigador de El Colegio de México sostiene que, para ese tipo de políticos, “este deseo de inscribir el nombre propio en la historia se trata en lo fundamental de una relación que parte de un pasado ya prescrito (presupone el libro de la Historia), que funciona como preámbulo o anticipación de lo que viene a continuación, desde donde se deduce un mandato y una expectativa particular, cuyo cumplimiento está situado no en el presente sino en el futuro. Para que dicho vínculo se efectúe, se requiere de la existencia de una homologación entre pasado y futuro”.

En el caso de López Obrador, el sentido de su actuar, pero sobre todo de su discurso, la historia es sólo un “preámbulo o anticipación de lo que viene a continuación” la gran Historia, el proyecto futuro, el propio de la Nación, está por venir y llegará de su mano. Es la Cuarta Transformación, las anteriores, la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana, son sólo anuncios y en todo caso antecedentes del futuro glorioso que será el fin de la historia. El presente no vale por sí mismo y cobra sentido sólo en la realización de lo que viene.

Estamos entonces, dice Zermeño Padilla, en el horizonte de la discusión “entre lo que significa escribir la historia y lo que implica hacer la historia; entre el ‘hacer’ propio de los eruditos, historiadores y académicos, y el ‘hacer’ propio de los políticos y/o gestores de la ‘historia’, que pueden ser además técnicos, ingenieros, empresarios, trabajadores o planificadores; aquellos que dicen, desde la época de Feuerbach, que lo importante en la historia no era tanto su contemplación y escritura, cuanto el hacerla y transformarla”.

López Obrador, como también otros mandatarios populistas, se ubican así mismos como quienes “hacen” la historia en clave de transformación, de revolución. Ellos, desde el presente, son los hacedores del futuro. Ya vendrán los historiadores a escribir y dar a conocer su gesta histórica. Gesta que no sólo habrá de quedar en los libros sino también en la piedra. Ya desde ahora se imaginan en los monumentos dedicados en su honor en las plazas públicas.

 

Rubén Aguilar Valenzuela