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La casa, lugar de resguardo frente a la crisis sanitaria y el peligro de contagio. La casa, el sitio más inseguro para millones de mujeres. Para mí, la casa como burbuja de amor y ternura lésbica, en donde es posible disfrutar y sonreír pese a la adversidad del contexto. La casa, trinchera feminista; lugar donde se articulan sinergias con hermanas y organizaciones para denunciar con indignación que —otra vez y como siempre— el Estado patriarcal y sus instituciones de justicia nos excluyen de sus prioridades.

Ilustración: Patricio Betteo

Durante la pandemia, ante el aumento de las violencias en contra de las mujeres, la casa EQUIS documentó y denunció cómo los Centros de Justicia para las Mujeres, los Poderes Judiciales del país y las propias políticas del gobierno federal fueron un perpetrador más de violencia contra nosotras al ejercer violencia institucional. Cada una de estas instancias estableció prioridades cargadas de misoginia y racismo, entre ellas: la reducción de presupuestos dirigidos a combatir la violencia de género en comunidades indígenas, la reducción de servicios dirigidos a dictar órdenes de protección para poner a salvo a las mujeres, la inactividad de una Comisión de Amnistía que ha sido incapaz de liberar a una sola persona en situación de reclusión, sin importar el enorme riesgo de contagio que se vive en los centros penitenciarios debido a las condiciones de hacinamiento y precariedad en las que se encuentran.

La casa —ese lugar desposeído de relevancia pública y política ante los ojos del patriarca— para muchas de nosotras fue un sitio para repensar, durante el confinamiento, la extraterritorialidad de la articulación entre organizaciones, redes y colectivas feministas para acuerpar y protegernos entre nosotras. Bajo los lemas #NoEstásSola #EntreTodasNosCuidamos, generamos estrategias para hacerle llegar a las mujeres información sobre cómo acceder a refugios y casas de resguardo, en dónde recibir acompañamiento y servicios de emergencia para ponerse a salvo. Con ello, nuevamente, el derecho de acceso a la información cobró relevancia para el acceso a la salud, a la justicia y a la protección, y mostró su enorme potencial.

Además, la casa como espacio laboral en un mundo capitalista ––que cada vez depreda más el buen vivir, el derecho al descanso y la vida personal–– nos impone la urgencia de reflexionar sobre nuestras prácticas y relaciones de trabajo. Es preciso, por un lado, que el cuerpo sea receptor de la primera justicia feminista que promulgamos; y, por el otro, que nuestras organizaciones, redes y colectivas se conviertan en el primer espacio de incidencia y garantía de derechos.

El cuerpo, la casa y la organización, son ––hoy como ayer–– los territorios más públicos y políticos en los que las mujeres generamos resistencias. No hay espacio privado ahí donde hay violencia; no hay espacio público ahí donde hay discriminación. La pandemia nos viene a recordar que lo personal es público y que las mujeres queremos habitar nuestros espacios con paz, igualdad y justicias.

 

Fátima Gamboa
Abogada maya y lesbiana. Codirectora de EQUIS Justicia para las Mujeres.