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Dejamos de salir a la calle como solíamos hacerlo, nuestro espacio seguro para gritar juntas y sacar nuestra rabia acumulada. Pero no permitimos que nuestra furia siguiera acumulándose sin salida. Y menos aún nos olvidamos de defender los derechos, nuestros derechos, lo nuestro. No pudimos sentarnos frente a las ventanas y ser espectadoras o, peor, dejar que nuestros derechos fueran vulnerados como daño colateral del encierro pandémico. Entonces resistimos, trenzando redes y fortaleciendo las que ya teníamos mediante tácticas nuevas, buscando soluciones creativas para seguir desmantelando al engendro patriarcal, racista y violento que mata al menos a diez mujeres al día en México.

Ilustración: Kathia Recio

 

365 días de pandemia
232 reuniones en Zoom
75 eventos virtuales
Y miles de mensajes en WhatsApp

Hoy, me siento frente al teclado y miro la pantalla con la vista borrosa y cansada, una pantalla que si bien me tiene harta también ha sido uno de los pocos medios que me ha permitido seguir alzando la voz. Porque hay que decirlo una y otra vez: si la violencia machista también es una pandemia, la lucha feminista no puede estar en cuarentena.

Un año nos distancia del 8 de marzo del 2020, aquel día en el cual nunca se había visto a tantas mujeres en las calles, reunidas para decirle al mundo y a sus respectivos gobiernos que estamos hartas y merecemos más: más dignidad, más respeto y más derechos. No sé si saldré a marchar este 8M. Pero sé que durante este año hemos buscado todos los medios y espacios posibles para seguir incidiendo y generar cambios, a pesar de los obstáculos de la pandemia. El hartazgo ha llevado a algunas a salir a pesar del confinamiento, frente a la omisión, la inacción y la simulación política. Salieron para tomar espacios públicos, marchar, ocupar congresos o comisiones de derechos humanos. Porque nuestros derechos no pueden estar en cuarentena, y siempre estaremos al pie del cañón para reclamarlos.

Han florecido numerosas redes de mujeres que se organizan. Acompañándose y cuidándose de manera colectiva, empática y sorora. Las mujeres que no llegaron al centro de salud para poder acceder a métodos de planificación familiar o interrumpir un embarazo no deseado —o aquéllas que sí llegaron, pero se toparon con puertas cerradas— encontraron refugio y apoyo desde sus casas, de la manera más segura y amorosa, junto con quienes saben de acompañamiento para el aborto.

De norte a sur, de la ciudad al municipio, se ha articulado una reacción que ha salvado muchas vidas. Se repartieron condones; se donaron pastillas anticonceptivas de emergencia a trabajadoras sexuales; se difundieron los derechos sexuales y reproductivos a través de radios locales en lenguas indígenas; se multiplicaron las líneas de apoyo para mujeres en situación de violencia; se difundieron plataformas digitales para orientar a mujeres que vivieron violencia sexual, sin mencionar la interminable lista de eventos formativos virtuales impulsados para llevar información a quienes la necesitan. Porque a un año del 8M, no es ninguna noticia que las mujeres se hayan visto aún más expuestas a situaciones de violencia debido al confinamiento, y que muchas hayan tenido que (sobre)vivir con sus propios agresores.

Para seguir posicionando nuestros temas, salimos a hacer varias acciones contundentes. El 28 de septiembre, día de acción global por la despenalización del aborto, fuimos a las cinco de la mañana con un grupo de mujeres a colocar más de 6000 pañuelos en la plancha del Monumento a la Revolución de la capital. Me dolió el cuerpo durante días: 6000 pañuelos son al menos 6000 sentadillas en unas cuantas horas, después de meses de encierro e inactividad. ¿Por qué lo hicimos? Porque aunque estos pañuelos no representan la cantidad de mujeres que hubieran podido salir a manifestarse, fueron una suerte de alegoría para visibilizar su presencia. Pañuelos verdes que son el símbolo del movimiento social a favor del aborto legal, seguro y gratuito. La pandemia no nos silenció: en marzo ocupamos toda la plaza, en septiembre lo hicimos otra vez, y no pararemos.

Fotografía de: Donaji Quintas/La Sandía Digital

Fotografía de: Itzel Plascencia/ Luchadoras

Fotografía de: Donaji Quintas/La Sandía Digital

Seguimos luchando no sólo desde el feminismo, sino desde otros espacios de resistencia, otros cuerpos. Pero para no caer en la autocomplacencia, es necesario nombrar también las grietas. Me agota ver cada vez más falta de empatía y violencia en el movimiento, de mujeres hacia otras mujeres diferentes. Mujeres negras, bisexuales, mujeres que defienden su territorio, mujeres trans. Mujeres. Estamos viviendo una crisis mundial y el feminismo no es la excepción. Aunque me duela el alma, tengo que reconocerlo: los feminismos no son perfectos y tenemos mucho que mejorar. Desde el activismo debemos trenzar redes dentro y fuera del movimiento, reconocer luchas desde otras corporalidades, otros  territorios, otras realidades y experiencias.

La lucha sigue retumbando y nada la detiene. Pero sí, extraño profundamente poder abrazarnos con brazos, con manos y lágrimas, y que nuestros corazones puedan latir al ritmo de los tambores de la marcha.

 

Pascale Brennan
Oficial de incidencia de REDefine México, la red por los derechos sexuales y reproductivos del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir.