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El último 8 de marzo que viví, al menos hasta cuando escribo esto, fue el 8 de marzo de 2020.

Unas semanas antes de ese último 8 de marzo, mis redes sociales se llenaron de indignación por los feminicidios de Fátima y de Íngrid. Lloré con mis amigas de la oficina; esas mismas lágrimas y rabia nos motivaron a organizarnos para marchar junto con miles de mujeres que nos congregamos tanto en Ciudad de México como en otras ciudades del país.

Pero ya no quiero que vuelva a ser 8 de marzo. Por muchas razones.

No quiero que sea 8 de marzo porque no me siento segura de salir a marchar hombro con hombro, a abrazarnos y gritar juntas, en medio de una pandemia. ¿Ahora cómo saco esta rabia que crece y crece y que lleva casi un año contenida? ¿Cómo sacar la ira de que cuando nos decimos que “ya nada es igual”, nos referimos a que la violencia y las desigualdades hacia nosotras han cambiado sólo para empeorar?

Si los 8 de marzo fueran un día de tregua a estas violencias y desigualdades, los añoraríamos, haríamos planes con más ilusión que cualquier otra fecha en el año. Pero no es así. Para mí es incluso al revés, cada 8 de marzo termino el día más agotada que de costumbre: gasto energía en explicar por qué no quiero que me feliciten y por qué no está bien que los centros de trabajo regalen electrodomésticos a todas las mujeres empleadas, máxime durante una pandemia en la que ha crecido tanto el tiempo que pasamos en trabajo de cuidados no remunerado.

Ilustración: Kathia Recio

No quiero que sea 8 de marzo porque, aunque todo el año hablamos de las desigualdades que vivimos, parece que para algunos sólo vale la pena escucharnos ese día, lo cual se traduce en trabajo extra para quienes nos dedicamos a los derechos de las mujeres, pues es la fecha en la que somos más escuchadas, leídas, tomadas en cuenta; pocas veces recibimos tanta atención como los 8 de marzo. Lo lograron nuestras ancestras, entonces es nuestra responsabilidad aprovecharlo, aunque nos cansemos. Es al mismo tiempo conmovedor y desgastante. Es contradictorio, como todas nosotras, y como la vida misma.

No quiero que sea 8 de marzo porque ya sé que van a preguntarle al presidente qué opina de nosotras —las feministas, así como un grupo homogéneo—, y ya conocemos sus decepcionantes respuestas. Y entonces todo lo que habíamos planeado decir el 8 de marzo quedará eclipsado por la opinión de un hombre, tendremos que reajustar nuestros discursos y reaccionar en respuesta a sus dichos absurdos. Tendremos que, además, presenciar con coraje cómo otros actores se aprovechan de nuestra lucha para sumar a su popularidad, sin en realidad trabajar por nuestros derechos. En fin, adiós a nuestros planes de posicionar nuestros temas, otros marcarán la agenda.

Por eso no quiero que sea 8 de marzo.

Quiero que tengamos educación sexual integral, que se despenalice el aborto y que sea accesible para todas las niñas, adolescentes, mujeres y personas con capacidad de gestar. Quiero que podamos parir libres de violencia. Quiero que sangrar cada mes no sea sinónimo de un gasto extra a los ya de por sí ingresos desiguales con que sobrevivimos.

No quiero que sea 8 de marzo.

Quiero que se erradiquen los feminicidios, las desapariciones y la violencia sexual. Quiero vivir en un país en el que la paridad en todo signifique algo más que representación, que ningún acusado de violación pueda ser gobernador.

No quiero que sea 8 de marzo.

Quiero un sistema nacional de cuidados. Quiero que dejen de darnos derecho penal como solución a problemas estructurales y que reparen las violaciones a nuestros derechos humanos. Quiero que se dejen de reprimir nuestras protestas, que la seguridad se desmilitarice, que las mujeres migrantes puedan llegar a nuestro país y sentirse recibidas, o por lo menos transitarlo sin el miedo a terminar en una fosa clandestina.

No quiero que sea 8 de marzo.

Quiero que las lesbianas y bisexuales puedan mostrarse afecto sin miedo a ser reprimidas y que puedan formar familias sin discriminación. Quiero que no quede duda de que las mujeres trans son mujeres. Quiero que vivamos en un país accesible para las mujeres con discapacidad, en el que tengan autonomía sobre sus cuerpos y que no se enfrenten a esterilizaciones ni a embarazos o abortos forzados. Quiero que las mujeres indígenas dejen de ser el rostro de la pobreza. Quiero que se nombren y se escuchen a las mujeres afromexicanas. Quiero que las adultas mayores no tengan que seguir trabajando sin remuneración cuidando cuando deberían poder descansar.

No quiero que sea 8 de marzo porque un solo día al año no alcanza para que quede claro lo que vivimos todos los días. Quiero que nos escuchen siempre y en todos lados, y que ya no sean necesarios los 8 de marzo. ¿Parece mucho pedir? Pues es lo mínimo que merecemos. ¿Parece imposible este mundo? Nosotras ya lo estamos construyendo.

 

Rebeca Lorea
Abogada y coordinadora de Incidencia en Política Pública en GIRE.