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En la lista de los reconciliados del Auto de Fe celebrado en Palermo en 1658, parece posible leer la palabra “maffia” como sobrenombre de una hechicera: “Catarina la Licatisa, llamada también Maffia”. Si es así, la palabra, usada como sobrenombre, difícilmente habrá tenido otro significado que jactancia, prepotencia, bribonería, es decir, el significado que un par de siglos más tarde le atribuye Pitrè (en el libro Usos y costumbres, creencias y prejuicios del pueblo siciliano, 1889). Pero admitiendo que la palabra existiera ya (y, con Pitrè, nos explicamos que no haya sido registrada en los diccionarios por el hecho de que éstos se compilaban sobre el dialecto literario y no sobre el dialecto hablado), es un hecho que nunca había sido empleada para designar una asociación, una “hermandad”: nunca, al menos, hasta 1838, año en que don Pietro Ulloa, procurador general en Trapani, envía al ministro de Justicia una relación sobre el estado económico y político de Sicilia de la que surge una descripción precisa de la mafia sin que, sin embargo, aparezca ese nombre que treinta años más tarde, por la fuerza de la comedia I mafiusi di la Vicaria, estaba destinado a tener amplísima difusión:

Ilustración: Patricio Betteo

No hay empleado en Sicilia que no caiga de rodillas a una seña de un prepotente y que no haya pensado en sacar provecho de su cargo. Esa corrupción general ha hecho que el pueblo recurra a remedios sumamente extraños y peligrosos. Hay en muchos pueblos hermandades, especies de sectas que se llaman partidos, sin reuniones, sin otro vínculo que el de la dependencia de un jefe, que aquí es un propietario, allá un arcipreste. Una caja común satisface las necesidades, ora de hacer exonerar a un funcionario, ora de conquistarlo, ora de proteger a un funcionario, ora de culpar a un inocente. El pueblo ha llegado a un acuerdo con los delincuentes. En cuanto ocurre un hurto, aparecen mediadores que ofrecen transacciones para la recuperación de los objetos robados. Muchos altos magistrados cubren a esas hermandades con una égida impenetrable, como Scarlata, juez de la gran corte civil de Palermo; como Siracusa, alto magistrado… No es posible inducir a los guardias civiles a recorrer las calles ni encontrar testigos de crímenes cometidos en pleno día. En el centro de tal estado de disolución se encuentra una capital con su lujo y sus pretensiones feudales hacia mediados del siglo XIX, ciudad en la que viven cuarenta mil proletarios, cuya subsistencia depende del lujo y del capricho de los grandes. En ese ombligo de Sicilia se venden los cargos públicos, se corrompe la justicia, se fomenta la ignorancia…

En 1838, pues, la mafia existía ya, pero con distinto nombre. Y se puede afirmar con fundamento que entre 1838 y 1863 —entre la relación de Ulloa y la mencionada comedia Los mafiosos de la Vicaría de los autores Rizzotto y Mosca— la palabra mafia, utilizada en su origen para designar una actitud de jactancia individual, pasó a designar la jactancia de determinadas asociaciones llamadas antes hermandades o partidos.

Fuente: Leonardo Sciascia. Crucigrama, Traducción de Stella Mastrangelo, FCE, 1990.