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Según un cálculo, en 1831 Niccolò Paganini ingresó 133 107 francos en sólo once conciertos que ofreció en París durante marzo y abril. Después, en Londres, de mayo a julio, percibió 10 000 libras (250 000 francos), suficiente como para comprar una mansión en Mayfair. El público pagaba enormes sumas para ver tocar al virtuoso violinista; toda una guinea por un asiento de platea en el King’s Theatre, casi tres veces lo habitual. Los precios de las entradas se veían inflados por los extravagantes relatos sobre su extraña apariencia y su personalidad demoníaca, sobre sus conquistas sexuales y los hipnóticos poderes que, se afirmaba, ejercía a través de su interpretación; rumores que Paganini alentaba a base de tocar el violín aún con más fiereza. En su interpretación, todo estaba calculado para crear un efecto sensacional y generar espectáculo. Pero abordaba las giras como un empresario y llevaba unas detalladas cuentas de ingresos y gastos en un “libro secreto”. Contrató a promotores de conciertos para que lo representaran y se encargaran de las gestiones económicas a cambio de un porcentaje de la factura, lo que suponía una innovación en la industria de la música, en la que hasta entonces los compositores se habían encargado de todo ellos mismos. Junto con su representante, Paganini controlaba cada detalle de los conciertos, desde la búsqueda del espacio hasta la publicación de anuncios en prensa, la contratación de la orquesta, la taquilla y, a veces, hasta vendía él mismo las entradas en la puerta. Desarrolló su propio merchandising en forma de grabados, “bizcochos Paganini” y otros recuerdos de sus conciertos.

Franz Liszt aprendió de la experiencia de Paganini. Gran parte de los primeros años de su carrera los pasó de gira, periodo en el que aprendió a cultivar la fama para atraer al público. Durante los viajes con su padre por Europa en 1823 y 1824, Liszt había atraído un gran interés como adolescente prodigio. En las tiendas de París se vendían reproducciones de grabados del precoz pianista. Su padre cobraba 100 francos por que su hijo tocara en clases particulares. Tras la muerte de éste, en 1828, Liszt dejó de hacer giras (que comparaba con hacer de “perrito amaestrado”) y trató de ganarse la vida como profesor de piano. Pero en 1831 vio tocar a Paganini en la Ópera de París y se propuso elaborar un nuevo tipo de repertorio para piano que emulara los efectos del violín de Paganini, sus trémolos, sus saltos y sus glissandi. Se trataba de un tipo de ejecución virtuosa que lo embarcó en el curso de una enormemente rentable serie de conciertos por Europa —de España y Portugal a Polonia y Turquía— entre 1839 y 1847. Mientras que antes los compositores habían viajado sobre todo para hacer crecer su reputación y conseguir mecenas, Liszt concebía estas giras como una empresa comercial, cuyo propósito era hacer de él un músico “capital”, palabra que él mismo empleaba. Contrató a un representante, Gaetano Belloni, que le gestionaba las cuentas y trabajaba con él en su imagen pública de cara a estas giras. El extravagante comportamiento de Liszt en escena le otorgaba un atractivo emocional que invitaba a sus espectadores a experimentar fuertes emociones en respuesta a la actuación. Desde 1843, la “lisztomanía”, término acuñado por Heinrich Heine, se extendió por toda Europa. Los admiradores se congregaban en torno al virtuoso pianista. En las primeras filas del público, las mujeres se peleaban por hacerse con los pañuelos y los guantes que lanzaba deliberadamente antes de sentarse al piano. La gente guardaba con celo las cenizas de sus puros como “reliquias”. Miles de fanes compraban las partituras de sus piezas más exigentes, aunque no tuvieran la más mínima posibilidad de tocarlas, por el único motivo de que deseaban tener un recuerdo del fenómeno Liszt.

Fuente: Orlando Figes. Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita, Editorial Taurus, Barcelona, 2020.