A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Las cartas de Max Weber a Robert Michels parecen las anotaciones de un profesor en los márgenes del trabajo semestral de su alumno. Un plumón rojo que comenta con severidad los reportes y proyectos del discípulo. Su relación fue intensa, compleja y productiva. Weber era doce años mayor, pero sintió siempre un interés en los trabajos académicos del joven activista. Michels, por su parte, admiraba la implacable y helada inteligencia del profesor. Eran, en algún sentido, temperamentos opuestos. Michels era un sindicalista apasionado, un moralista de pies a cabeza; Weber, un académico severo, un hombre de ciencia decidido a escapar de las trampas ideológicas, incómodo con cualquier compromiso. A juicio de Weber, los ideales del socialista confundían al sociólogo. La ciencia social no podía permitirse esos devaneos. La democracia, para ser tomada en serio, debía examinarse históricamente. La crítica más severa del profesor se dirigía al lenguaje del alumno. Michels, el rousseauniano, recurría al vocabulario del mito para describir la realidad. Las fábulas de la utopía no le hacían ningún bien a la comprensión. Ningún deseo debe bloquear la confrontación con los hechos. Por eso le pedía que fuera cuidadoso con las palabras. Hablar de “pueblo” era hablar de una abstracción, pero nunca de un agente histórico. “Sé cuidadoso con estas palabras”, le pedía a Michels. Detrás de la vaguedad hay una mentira.

Ilustración: José María Martínez

Michels se abrió a la crítica de su maestro. Su retrato de la tendencia oligárquica de los partidos es reflejo de aquellos coscorrones y de los golpes de la experiencia. Como máquinas que son, los partidos requieren organización y es por ello que, incluso los que buscan el socialismo, concentran el poder en unos cuantos. Decir organización es decir oligarquía.

El cuidado que Weber pedía puede ser buena recomendación para nuestros días. El pueblo, esa ficción abstracta, es presentado hoy como el sujeto auténtico de la política. El mito pretende ser principio de acción histórica. Nadia Urbinati lo ha visto con notable claridad en Yo, el pueblo, su libro más reciente que ya puede leerse en español. La palabra que pretende evocar universalidad se convierte en artilugio de la exclusión. Orwellianamente puede decirse que, en el imaginario populista, todos son el pueblo, pero que hay algunos que lo son más que otros y que, a pesar de que todos seamos pueblo, hay unos que son antipueblo. Aquella vaguedad de la que hablaba Weber, esa evocación idealizada que llena la boca del demagogo, es insinuación del destierro. El populismo es faccionalismo sublimado.

La palabra “pueblo” puede abarcar a todos si alude a la universalidad de la ciudadanía y la imparcialidad de la ley. Todos somos pueblo en ese reconocimiento de pertenencia y de derechos. Pero no es ésa la categoría a la que alude el populismo. El populismo ve vacuidad en la noción de ciudadanía, farsa en la aspiración de neutralidad. Su pueblo es una entidad cultural, económica, ética y emocionalmente determinada. El pueblo que el discurso populista “construye” encuentra energía y tracción en el contraste, es decir, en el trazo de una frontera, en la identificación de un otro excluido. Su pueblo es una entidad orgánica con un maravilloso valor moral, un personaje colectivo con una rica memoria de agravios y conquistas y una tarea histórica por delante. El pueblo del populismo no es la mayoría que surge del accidente de una votación, sino el órgano de un espíritu colectivo que trasciende los siglos. Es el pueblo que se constituye necesariamente en oposición a quienes merecen repudio. El pueblo ya no es todo mundo: es la parte buena, la parte sabia del pueblo. No es todo el pueblo sino el profundo, el auténtico. El que ha de declararle la guerra al pueblo impostor, al pueblo superficial, al pueblo sucio.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.