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Vivimos en un tiempo en que eso que usualmente llamamos “carácter” es un rasgo escaso, al menos en la vida pública. No me refiero tanto a eso que llaman “tener principios”, sino a la clase de persona que se atreve a tener su propio punto de vista y a decir lo que piensa.

Ilustración: Patricio Betteo

Es verdad que esa cualidad siempre ha sido rara, pero hay tiempos en que escasea más. Los autoritarismos que hoy tanto abundan inhiben a la clase política. Y esa inhibición luego resulta contagiosa. En tiempos de don Porfirio, por ejemplo, la zalamería se había convertido en una costumbre ampliamente compartida; lo mismo sucedió en Santo Domingo en tiempos de Trujillo y en la Venezuela de Hugo Chávez. El culto al prócer pasa de ser la empresa de algún ambicioso, a converstirse en una fórmula indispensable, necesaria para suavizar la posible brutalidad del líder.

Es interesante reparar en el mecanismo de la adulación institucionalizada, conocida en la antropología política como la “sacralización” del poder. Y es que el poder, cuando es soberano, es aterrador. Un dictador puede decir lo que quiera y mandar lo que se le ocurra. Erdogan acusa, encarcela y excarcela y Duterte dicta quién sí y quién no merece la protección de la ley en su país. Trump proclama que el calentamiento global no existe… Esta clase de arbitrariedad deja a los que rodean al caudillo en un estado de incertidumbre: por eso sus ministros se cuidan de no hacer declaraciones que puedan irritar a su jefe, los periodistas tratan de agradarlo con sus preguntas y los intelectuales se preocupan por no terminar siendo chivos expiatorios.

Cuando hay autoridad soberana, la zalamería pasa rápidamente de ser un atributo sólo de los lambiscones a un elemento común del ritual político, que se orienta a cercar al poder con un halo. A través de la sacralización se busca aplacar al soberano, hacerlo predecible.

El que explica esta lógica es el filósofo Moshe Halbertal en su estupendo libro sobre el sacrificio en el Antiguo Testamento. El problema del sacrificio, dice Halbertal, es que, a diferencia del intercambio común y corriente, el recipiente del sacrificio (Dios) ni necesita regalos ni tiene por qué aceptarlos. Dios es soberano y no se le puede sobornar porque todo lo que tenemos se lo debemos de antemano. En otras palabras, el sacrificio es un acto que no obliga a la reciprocidad. Se trata, más bien, de complacer a Dios y esperar lo mejor. ¿Pero cómo vivir con la incertidumbre que provoca un Dios sobre el cual no tenemos ningún poder? El ejemplo de Caín advierte la dificultad: Caín sacrificó a Dios los frutos de su trabajo igual que Abel, pero Dios quedó complacido con los animales de Abel y no se interesó en los granos de Caín. Ante la arbitrariedad de Dios, Caín se desquita con Abel y, para colmo, Dios lo castiga.

El miedo a quedar en la situación de Caín genera ritualidad: cuando le ofrezcamos a Dios sacrificios se harán de una manera puntillosamente estandarizada, precedidos de loas y seguidos de alabanzas; así, las posibilidades de que el sacrificio sea rechazado disminuyen, al menos, y si Dios lo rechaza no habrá sido por culpa nuestra, porque le ofrecimos nuestro sacrificio con todas las de la ley.

Al traducir todo esto al ámbito de la política, entendemos que aunque la zalamería pueda empezar como la estrategia de algún individuo ambicioso para ganarse al líder, el fenómeno se generaliza ante el temor que inspira la arbitrariedad. La escasez relativa de “carácter” que vemos en el mundo sería, según esta lógica, resultado de la ritualización de la relación entre los nuevos autoritarismos y el pueblo.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de Antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judíaLa nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

Un comentario en “Cuestión de carácter

  1. ¿Cual sería un ejemplo histórico de carácter? Tal vez sólo los locos sean capaces de hablar con la verdad al Soberano.