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El del nacionalsocialismo era un arte para la eternidad. Como ha dicho Éric Michaud, tenía que salvar la contradicción entre el movimiento y la inmovilidad, entre la energía de la revolución y la serenidad del orden universal, la ruptura y la continuidad. En el fondo, el nacionalsocialismo se pensaba ajeno a la historia. La raza era una realidad anterior, superior, definitiva, recuperar la pureza de la raza significaba romper el curso lineal de la historia: era un retorno que anticipaba el futuro como proyección de un tiempo milenario. El pasado reciente, la República de Weimar, estaba lejos, separado por una distancia insalvable —era otro mundo. Y todo lo que se hacía había que entenderlo en clave de épica.

Ilustración: Estelí Meza

El ejercicio del poder implica siempre alguna forma de conciencia histórica, una idea del sentido del tiempo: la naturaleza de la relación del presente con el pasado y con el futuro. Esa idea es una de las orientaciones más básicas de la acción política.

Desde luego, la idea nacional-socialista era delirante, pero eso no tiene la menor importancia, no era por eso menos eficaz. En las antípodas está la idea de la historia de Bismarck, que era una idea puramente política: el contraste es fascinante. A Bismarck le tocó gobernar Prusia en el siglo de la Revolución, precisamente a partir de 1848. Temperamentalmente, era en todo enemigo de su tiempo: era conservador, voluntarioso, autoritario en una época de cambios turbulentos, masivos, imposibles de controlar. Pero no trató de oponerse a nada de eso. En contra de lo que le hubiese gustado, pensaba en el tiempo como una corriente imparable, que no se podía producir ni cambiar de dirección —la imagen que empleaba con frecuencia era la de la corriente de un río. La Revolución Industrial, el crecimiento de las ciudades, la secularización, los nacionalismos, el conjunto formaba un movimiento inexorable. Sólo se podía aspirar a dirigir el movimiento, encauzarlo de alguna manera o aprovecharlo con más o menos habilidad.

No había más remedio que comenzar por reconocer “la fuerza de las circunstancias”, lo que no se puede cambiar. Y esperar y saber aprovechar el momento. Parte del movimiento del siglo son la intensificación de las comunicaciones: ferrocarril, telégrafo, prensa, y la participación política de las masas, y ambas cosas contribuyen a dar una importancia cada vez mayor a unidades de tiempo cada vez menores —los momentos. En un escenario en que todo cambia, donde hay que tener en cuenta numerosas variables, la política consiste sobre todo en entender la coyuntura. Así lo entendía Bismarck.

Cien años antes, Federico II se hacía una idea muy diferente del tiempo. Los hechos fundamentales: el Estado, la grandeza, el heroísmo eran eternos, inmodificables, de modo que no había en realidad un transcurso de la historia, sino una reiteración de gestos memorables. Según la entendía, la historia era un inmenso almacén intemporal de buenos ejemplos, episodios edificantes en la vida de hombres excepcionales —como él mismo. Federico II, dice Christopher Clark, imaginaba su vida como pintada por Watteau: la estampa de un paisaje ajeno al tiempo, una serie de instantes consagrados para la eternidad. Sentía una profunda afinidad con la antigua Roma, hablaba con Octavio, con Cicerón, vivía una historia hecha de analogías, en la que el presente se reflejaba constantemente en el pasado y se proyectaba hacia el futuro mediante la fama. La historia, tal como la vivía Federico, era un tesoro de gestas heroicas que se actualizan en el presente, y se repiten, y que incluía sus propios logros, junto a los de los demás grandes hombres. La historia era una colección de estampas: la suya, junto a las de Pericles, César y Trajano.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo

 

Un comentario en “Inmortales

  1. El humano es un animal desnudo con un exoesqueleto que es la cultura en su sentifo más amplio y por supuesto la historia: somos animales históricos por monstruoso que nos pueda parecer, por lo queno es raro que la acción política transcurra sobreel fondo de una determinada escenografía: milenarista o mesiánica, o bien, se quiera ver como un río indomable, como el Danubio por ejemplo.