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Cartucho, de Nellie Campobello, es casi una colección de obituarios, una serie de duelos cortos escritos desde la memoria de una niña que vio morir a decenas de hombres de todos los rangos durante los últimos años de la Revolución en Parral. Hay en algunos de sus relatos un discreto lamento: “Me conmoví un poquito y dije dentro de mi corazón tres y muchas veces ‘Pobrecitos, pobrecitos’”. Pero más que llorarlos, Campobello se da a la tarea de describirlos con trazos simples pero certeros. Habla del que no sabía pegar botones; del que usaba en el dedo chiquito un anillo ancho que le había quitado a un muerto en Durango; del que se movía tan lentamente que no parecía villista. Pero la singularidad de cada uno de estos hombres reside sobre todo en su manera particular de morir, la cual queda asentada en el testimonio femenino de su muerte.

Ilustración: Raquel Moreno

Los hombres se unían a la Revolución por cualquier cantidad de razones y, a juzgar por los testimonios de Campobello, más seguido por agravios personales que por convicciones políticas. Como aquel hombre que había tenido que huir de su pueblo porque había matado al novio de su hermana y con los labios apretados cantaba ese corrido tan melancólico: “Desterrado me fui de Parral…”. De hecho, el relato que encabeza la colección es la historia de un hombre que se convierte en cartucho“a causa de una mujer”. Un “cartucho” era un soldado revolucionario sin nombre ni rostro, una bala humana. Recuerda Campobello que después de un enfrentamiento con los carrancistas, empezaron a echar de menos al cartucho y cuando su madre quiso averiguar qué había sido de él, un hombre de Balleza le contestó: “Cartucho ya encontró lo que quería”. La frase me cimbró porque hace algunos años una tía mía de frases lapidarias me dijo exactamente lo mismo sobre unos sicarios: “Ya no tardan en morirse, eso es lo que andan buscando”. Ese deseo de muerte, que la épica masculina sublima y oculta, tendría que figurar en nuestra historia.

Entre los hombres que describe Campobello, los hay de todas clases y formas, valientes y cobardes, justos y ventajosos. Sin embargo, el fervor revolucionario —la convicción de que toda esa matanza servía a un fin más alto— aparece encarnado en una sola persona: su madre. Uno de los relatos describe el día que unos soldados carrancistas entraron a su casa buscando un escondite de armas villistas. “Si se queja, vengo y le quemo la casa”, amenazaron. Pero “los ojos de Mamá, hechos grandes de Revolución, no lloraban”. Es curioso que entre tantos recuerdos de soldados y fusilados, esos ojos de Revolución los tuviera solamente la mujer que se dedicaba a lavarles la ropa.

En una lectura contemporánea de Cartucho, lo que más sorprende no es la brutalidad, sino la publicidad de esas muertes. La tortura y la muerte eran asuntos tan públicos que Campobello recuerda el día en que ella y sus hermanos vieron algo rosa muy bonito en un lavamanos; eran las tripas de un general que llevaban a enterrar al camposanto. También recuerda a un hombre tan miserable que no se merecía una bala; lo torturaron y pasearon por el pueblo durante ocho días hasta que cayó muerto. Hoy, en un país donde la desaparición es una práctica cada vez más común, la muerte pública, presenciada y narrada por los otros, se ha vuelto un privilegio. Sólo los capos aspiran a un funeral y un corrido; para la tropa de sicarios no queda más que soñar con que su madre los busque, los encuentre y les dé una tumba.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.

 

Un comentario en “Mis hombres muertos