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El pronóstico para estas páginas es de nubarrones a la vista y meteoros infernales. Ante la posibilidad de aguantar un chaparrón o, peor aún, una granizada de gélidas definiciones académicas, nadie puede culpar a quien decida retirarse con viento fresco. Despejemos la atmósfera y expongamos a quien nos lee a la brisa (vendaval a veces) de los efectos que sobre nosotros ejercen, en el transcurso del día y de uno a otro día, parámetros meteorológicos que definen el tiempo atmosférico.

En estos párrafos despreciaremos el clima en favor del tiempo, y para distinguir entre uno y otro nos es útil un tuit del climatólogo John Kennedy: “En términos prácticos, el tiempo es cómo eliges un traje, clima es cómo eliges tu guardarropa”. Y como aquí tampoco ambicionamos —como sí lo hacen los biometeorólogos— abarcar las interacciones entre la biósfera (humanos y millones de especies restantes) y la atmósfera, nos quedaremos con la parcela que compete a nuestra especie y que ha dado origen a la biometeorología médica (meteoropatía, para abreviar) y a la meteorología psicológica (psicometeorología), interdisciplinas que estudian los efectos del tiempo en nuestra salud y en nuestro comportamiento.

Más allá de obviedades (que al hojear las noticias no lo son tanto), como que los rayos de una tormenta eléctrica son dañinos para la salud (en 2019 un rayo electrocutó a veintitrés vacas que pastaban cerca de un cerco metálico; todo un caso de bovinometeorología), entre los avances en meteoropatía tenemos el reconocimiento de individuos meteorosensibles. Las personas con mayor meteorosensibilidad (mujeres adultas, personas de edad madura y mayores, individuos con ansiedad o depresión, más de la mitad de la población de Europa) perciben con más facilidad que el resto de nosotros una o más variaciones atmosféricas, lo que no necesariamente las hace meteoropáticas, pues la salud de éstas últimas se deteriora debido a cambios en las condiciones meteorológicas.

Por ejemplo, es común que las mujeres meteorosensibles experimenten astenia, que es una sensación de debilidad física, fatiga mental e irritabilidad, la cual, según los neurometeorólogos, puede deberse a cambios en los niveles de serotonina (hormona que regula nuestro estado de ánimo, entre otras minucias) en el cerebro, provocados por variaciones en la cantidad de luz solar (si el día está soleado o nublado) o en la presión atmosférica (si uno está de visita en la playa).1 ¿Molesto? Sí, pero nada comparado con algunos de los riesgos más severos en personas meteoropáticas. Según los cardiometeorólogos, en éstas la posibilidad de infartarse o sufrir alguna otra enfermedad cardiovascular aumenta cuando la temperatura fluctúa en más de 5 ° C y la humedad en más de un 40 % durante el mismo día.2

En lo que a psicometeorología atañe, quizás sea la temperatura la variable que más impacto tiene en nuestro comportamiento. En un día con agradable sensación térmica (el calor que uno siente cuando al efecto de la temperatura se añade el de la humedad), nuestro estado de ánimo puede favorecer la calidez social: nuestra habilidad de determinar qué tan amistoso e inofensivo —o lo opuesto— es alguien. Que el simple toque de objetos cálidos nos vuelve, temporalmente, más afectuosos con los demás lo evidencia un experimento en el que los participantes, mientras sostenían bebidas calientes, percibían a una misma persona como más amigable que al sostener bebidas frías.3 A mayor calidez social, mayor proximidad social(en el mismo experimento, el altruismo de quienes sostenían bebidas calientes aumentaba, pues preferían recompensar a otras personas antes que a sí mismas) y mayor empatía (la habilidad para ponerse en el lugar de alguien más y entender cómo se siente).

Ilustración: Oldemar González

En un extremo de temperatura y de comportamiento, según la teoría de la agresión-calor, el calor incrementa nuestra agresividad (tal cual vimos durante la canícula imaginada por Spike Lee en la cinta Do the Right Thing). En el siglo XIX el sociólogo y matemático Adolphe Quetelet propuso unas leyes térmicas de la delincuencia y señaló que el incremento en la agresividad podía traducirse en un aumento en robos y otros delitos. En días en que la temperatura cambia de extremadamente fría a templada, aumenta la incidencia de crímenes violentos en Los Ángeles y en Boston, pero ignoramos si hay causalidad en esta asociación.4

No muy convencidos de una relación tan directa, desde hace cuatro decenios, los criminólogos Lawrence Cohen y Marcus Felson propusieron la teoría de las actividades rutinarias (la criminología, por lo visto, favorece la nomenclatura creativa), que señala que, cuando hace buen tiempo, lo que pasa es que nuestras actividades al aire libre se incrementan y, al estar fuera de casa, nos exponemos más a ser desvalijados y a que nuestras casas sean vaciadas.

Como la temperatura, la nubosidad, la lluvia y otros factores meteorológicos influyen en nuestro estado de ánimo, es más probable que dejemos comentarios negativos en un restaurante cuando estamos incómodos por el mal tiempo5 o que compremos boletos para ver una película al aire libre cuando está soleado, sin importar que ignoremos si lloverá el día y la hora en que planeamos asistir.6 El mal tiempo también evoca nuestra nostalgia, lo que nos beneficia psicológica y físicamente al favorecer que en nosotros crezcan la conectividad social, los afectos positivos, el optimismo y la creatividad, y ayudarnos a enfrentar la adversidad actual o futura.7

Y si creíamos que la muerte nos libraba de las inclemencias del tiempo (o al menos de este cliché atemporal), Dante nos convence de lo contrario en La divina comedia. Su obra incorpora todo el conocimiento medieval que Aristóteles escribió sobre el tema en su tratado Meteorológicos. Si en el Infierno los fenómenos atmosféricos son un medio para infligir sufrimiento eterno a los condenados, en el Purgatorio la ausencia de ellos permite la meteorización de los pecados capitales y en el Paraíso los bienaventurados, más allá de estar inmersos en la luz y el calor del microondas divino, se han transfigurado en fuentes de energía que habrían quemado vivo al Poeta de no haberse atemperado durante su visita.8 O sea que, sin dejar de ser atmosférico, el tiempo en la Comedia, descrito por Dante, puede ser infernalmente celestial.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantesEl océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Oniszczenko, W. “Affective Temperaments and Meteoropathy Among Women: A Cross-sectional Study”, PLOS ONE, 2020.

2 Boussoussou, N., y otros. “Complex effects of atmospheric parameters on acute cardiovascular diseases and major cardiovascular risk factors: data from the CardiometeorologySM study”, Scientific Reports, 2019.

3 Williams, L. E., y Bargh, J. A. “Experiencing Physical Warmth Promotes Interpersonal Warmth”, Science, 2008.

4 Sommer, A., y otros. “Comparing apples to apples: an environmental criminology analysis of the effects of heat and rain on violent crimes in Boston”, Palgrave Comm, 2018.

5 Bujisic M., y otros. “It’s Raining Complaints! How Weather Factors Drive Consumer Comments and Word-of-Mouth”. JHTR, 2019.

6 Buchheim, L., y Kolaska, T. “Weather and the Psychology of Purchasing Outdoor Movie Tickets”, Management Science, 2016.

7 Van T., y otros. “Adverse Weather Evokes Nostalgia”, PSPB, 2018.

8 Crisafi, N., y Gragnolati, M. “Weathering the Afterlife: The Meteorological Psychology of Dante’s Commedia”, Weathering: Ecologies of Exposure, 2020.

 

Un comentario en “Bajo el cielo de la biometeorología

  1. Interesante por supuesto. Sin duda el clima influye en nuestra sensación de bienestar y en las relaciones sociales, la temperatura y desde luego la luz natural.