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SAN ALDEBRANDO DEVUELVE LA VIDA A UNA PERDIZ ASADA (SIGLO XII).– San Aldebrando, obispo de Fossombrone, se abstenía durante todo el año de comer carne; como estaba excesivamente delgado, le sirvieron una perdiz asada para cenar. Sin decir una palabra a quien se la había servido, el santo bendijo al ave y le ordenó que volase. De inmediato la perdiz alzó el vuelo y salió por la ventana para reunirse con sus compañeras.

Ilustración: EStelí Meza

DE CÓMO UN AVE LLEVA UN PEZ A SAN ESTEBAN, ABAD DEL CÍSTER (1302 d. C.).– En cierta ocasión que san Esteban se encontraba gravemente enfermo, como su estómago se negaba a recibir comida alguna, un pájaro le llevó un pez ya cocinado y se lo metió a trocitos en la boca, igual que haría con cualquiera de sus crías. Por lo general se representa a san Esteban aceptando un poco de pescado del pico de un ave.

SAN JULIÁN, DE LA ORDEN DE SAN AGUSTÍN, MORTIFICABA SU CUERPO DE DIVERSOS MODOS (1606 d. C.).– San Julián descubría cada mañana una manera diferente de castigar el cuerpo. Vivía en una choza. Vestía cilicios muy ásperos que lo lastimaban cruelmente. Una sola vez al día comía un pequeño trozo de pan, apenas acompañado de unas pocas hierbas. No dormía regularmente, sino que pasaba las noches en la iglesia; y si el sueño intentaba vencerlo, se ataba a la pared o a un confesionario, y así se adormecía unas horas. Predicaba a las aves, que se reunían a su alrededor y prestaban atención a sus palabras; y rompían a cantar cuando acababa. Algunas veces hablaba también a las fieras. Fue beatificado por León XII; su fama había volado hasta los confines de las Españas.

SAN SACERDOS EXPULSA DE ARGENTAT A TODAS LAS AVES DE RAPIÑA (720 d. C.).– San Sacerdos, obispo de Limoges, renunció a la sede episcopal con el propósito de que sus huesos descansaran en Calviac, su tierra natal. Llegado a Argentat fue acometido por su última enfermedad, y un día le entraron ganas de comer huevos. Buscaron por los alrededores y no se pudo encontrar más que uno, porque eran tantos los azores, milanos y otras rapaces, que se hacía imposible criar gallinas. Conocedor de ese grave estorbo, el moribundo dijo que deseaba dejar para siempre un buen recuerdo de sí mismo y profirió estas palabras: “Jamás venga ave dañina alguna a molestar la cría de Argentat o lugares vecinos”. Todos sus biógrafos afirman que esa sentencia se cumplió con puntualidad hasta el presente.

SANTA TECLA Y LOS GORRIONES (SIGLO VI).– En las encinas de alrededor del eremitorio donde vivía santa Tecla de Maurienne, anidaban tantos gorriones que sus piadas incesantes perturbaban a la santa durante sus rezos; además de que volaban en bandadas en torno a ella y se posaban sobre su cabeza y hombros cuando estaba de rodillas, piando, dando saltitos y disatrayéndola de sus devociones. Santa Tecla pidió a Dios que la librase de tan fastidiosa persecución, y luego desaparecieron todos los pájaros. Aún hoy no se ven gorriones en el eremitorio de santa Tecla, pese a que son muy abundantes en todo el valle.

Fuente: José María Eça de Queiroz, Diccionario de milagros. Traducción y prólogo de Juan Lázaro. Editorial Rey Lear, Madrid, 2011.