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El 12 de febrero de 1884 se aprobó la Sección 114 del Estatuto de Canadá para prohibir la práctica del potlatch, junto con el canibalismo. El texto se refería a cualquier indígena que participase en “el festival indio conocido como ‘Potlatch’ o en el baile indio conocido como ‘Tamanawas’…”. Era una medida de civilización. El problema era que en los tamanawas no había realmente canibalismo y que nadie tenía claro qué era el potlatch.

Los informes de viajeros, funcionarios, religiosos eran casi todos alarmantes. Según lo que contaban, en los potlatch había un escandaloso desperdicio de bienes: mantas, comida, armas, y los indígenas perdían todas sus posesiones y quedaban reducidos a la indigencia. Y más: las mujeres se dedicaban a la prostitución para conseguir recursos para los potlatch. Casi todos coincidían en decir que ese gasto inútil, gratuito, improductivo, era la línea que separaba la civilización de la barbarie —y por eso había que prohibirlo.

Ilustración: Estelí Meza

El primer superintendente para asuntos indios en Victoria, Israel W. Powell, pidió inmediatamente la supresión del potlatch, que era un signo indudable de degradación moral. Otros funcionarios insistieron en ello: era necesario curar a los indígenas de la propensión a acumular bienes con el solo propósito de regalarlos, porque esa manía era el principal obstáculo para que se incorporasen a la civilización. Gilbert M. Sproat, que había escrito uno de los primeros informes sobre los kwakiutl, pedía en 1879 que se suprimiese la práctica del potlatch, que era fuente de innumerables vicios y motivo para la explotación de las mujeres.

Estaba claro que había que prohibirlo. Pero nadie sabía qué era realmente el potlatch. Los informes eran confusos, incluso contradictorios. A veces aparecía como un despliegue extremo de gasto suntuario, una forma de ostentación. A veces era un sistema de intercambio diferido. A veces, un puro despilfarro: la distribución azarosa de regalos que nunca serían devueltos. En 1885, George Dawson definía al potlatch como una competencia por el prestigio: según su explicación, quien ofrecía un mayor regalo adquiría una posición superior en la jerarquía, de modo que era una especie de “gasto hostil”, que tenía el propósito de humillar a los demás. Franz Boas lo definía como una forma rudimentaria de crédito, una especie de inversión, puesto que quien recibía los regalos estaba obligado a devolverlos, con creces; pero también decía que era una expresión de hostilidad: el objetivo era ofrecer finalmente un regalo de tal magnitud que no pudiera ser devuelto. Marcel Mauss también lo veía como una guerra mediante el ir y venir de bienes —y con eso el potlatch oscilaba entre el regalo y el intercambio.

Los funcionarios locales informaron muy pronto que no se podía imponer la ley, porque era imposible saber a qué se refería. En los primeros juicios se hizo evidente que no se había definido el potlatch, y que por lo tanto no se podía castigar a nadie por ello. Sir Matthew Begbie, juez de la Suprema Corte de British Columbia, explicó que no se podía sentenciar a alguien sin explicarle en qué consistía su falta: no podemos castigar un delito que no somos capaces de definir. El problema está en que en lengua chinook la palabra potlatch significa varias cosas distintas: es el regalo y el acto de regalar, es la celebración, la competencia y la obligación que se deriva de la competencia.

Algunos funcionarios, misioneros como Cornelius Bryant, insistían en presentar el potlatch como muestra de degradación. Es una práctica, decía Bryant, que produce miseria, que reduce a los indígenas a la mendicidad, aparte de que el festejo mismo es ocasión para toda clase de abusos. El 4 de febrero de 1893, el Empire de Toronto publicó un artículo titulado “El potlatch del mal”, con la descripción de un espectáculo dantesco: hombres y mujeres borrachos, desnudos, presas de la lujuria, que abandonaban a sus niños, a sus mayores, privados de lo indispensable, “lo más parecido que puede haber al infierno en la Tierra”.

El Parlamento redactó de nuevo la sección 114: prohibía cualquier reunión o ceremonia en que hubiesen regalos, pagos o devolución de dinero, bienes o recursos de cualquier clase. O sea, toda la vida económica. El comisionado Arthur W. Vowell instruyó a sus subordinados para que interfiriesen lo menos posible en la vida de los kwakiutl y les pidió que procurasen no imponer la ley sobre el potlatch. Estuvo en el puesto hasta 1910. En los años siguientes se reanudó la persecución: la mayor parte de los juicios tuvo lugar entre 1919 y 1922. En el caso más conocido, a los 34 acusados de Village Island se les exigió, como condición para reducir las sentencias, que entregasen las máscaras, vestidos, penachos y accesorios para los bailes rituales. Los objetos fueron enviados al Victoria Memorial Museum de Ottawa y al Royal Museum de Ontario, otros se vendieron a George Heye, del Museo de los Indios Americanos de Nueva York —para que no se desperdiciasen en un potlatch.

En la historia hay una moraleja, pero no sé cuál sea.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.

 

6 comentarios en “Irresponsables

  1. Por principio: “nullum crimen sine lege”. Es decir, no hay crimen sin ley exáctamente aplicable al caso de que se trata. Por lo pronto, los indígenas en Canada al día de hoy son los excluídos sociales. Tal vez ésta sea la moraleja.

  2. ¿Seran capaces de no publicar mi respuesta? ¿Bajarán el artículo del profesor Escalante antes que publicar mi respuesta?