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En la última década, se ha extendido el uso del concepto de necropolítica entre periodistas y académicos latinoamericanos. Se usa a veces de manera bastante vaga para hablar de la violencia de los regímenes políticos de la región o para nombrar el entramado de relaciones entre organizaciones criminales y aparatos de Estado. Aunque se suele incluir una referencia breve a su autor, Achille Mbembe, rara vez se acompaña de una discusión detallada del sentido y contexto original del término. Más bien se deja que el neologismo se explique solo y evoque el repertorio local de horrores. Sobre todo, no se explica de qué forma este nuevo término puede ayudar a caracterizar la realidad contemporánea mejor que los conceptos tradicionales de guerra, represión, despojo, conflicto y demás.

Ilustración: Raquel Moreno

El problema es que, al ser usado de esta forma, el concepto de necropolítica termina por oscurecer la realidad empírica que intenta revelar, pues crea la impresión de estar nombrando algo bien conocido cuyas características habrían sido ya observadas en muchas regiones del mundo y suficientemente descritas. Sobre todo, la definición de necropolítica que se ha popularizado —la de un régimen en el que el poder soberano se expresa como la capacidad de dar muerte— sirve para muy poco si se separa de dos elementos centrales que Mbembe asocia con esta formación: la categoría de raza y la proliferación de las fronteras.

Como es sabido, Mbembe ideó la noción de necropolítica como complemento crítico al concepto de biopolítica de Michel Foucault. La idea de que en los Estados contemporáneos el poder se ejerce a través de instituciones disciplinarias que intervienen de manera cada vez más intrusiva en los aspectos biológicos de la población, en tanto que especie, con el objetivo de aumentar la productividad y preservar la vida, claramente excluye la realidad de una buena parte del planeta. En lugares como Palestina o Sudáfrica, argumenta Mbembe, la soberanía se ha expresado no como gestión de la vida, sino como distribución de la muerte, e incluso como la creación de lo que el mismo autor llama poblaciones de muertos vivientes.

La idea se vuelve más interesante cuando se piensan estas dos formas de poder (bio- y necro-) como caras complementarias de la misma realidad. Una misma formación que, por ejemplo, produjo, por un lado, las plantaciones de esclavos en el Caribe y, por el otro, el surgimiento de la democracia liberal en Europa. De acuerdo con el análisis de Mbembe, la función central de la categoría de raza es reactivar el poder soberano de dar muerte en un espacio político regido por el principio de la conservación de la vida humana. Curiosamente, es justo esa relación constitutiva entre racismo y necropolítica la que tiende a ignorarse en las adaptaciones mexicanas del concepto. Incluso si, como ha mostrado la profesora Ariadna Estévez, es precisamente esa parte del argumento de Mbembe la que ayuda a pensar la precarización y vulnerabilidad de los migrantes en México como sujetos de un necropoder.

En Los condenados de la tierra, Frantz Fanon describe el espacio colonial como uno que se caracteriza por la abundancia de vallas y compartimentos; Mbembe retoma esta idea y argumenta que las fronteras —los dispositivos físicos que complementan la categoría social de raza— son el otro elemento esencial de la formación necropolítica. El ejemplo paradigmático para el autor es Palestina, en donde el poder produce la fragmentación del espacio no sólo horizontal, sino también verticalmente, y la población es reducida casi a un estado de confinamiento. Estos procesos de segmentación del espacio y control de la circulación también deberían de interpelar a los analistas de la realidad mexicana, pues cada vez más las “tecnologías del terror” en México tienen que ver con la imposición de fronteras, puertas y formas de confinamiento no sólo internacionales, sino internas.

Mbembe usa de manera indistinta los conceptos de “necropoder” y “necropolítica”. De tal forma que resulta complicado determinar si lo que está describiendo es un aspecto constitutivo de la soberanía que se despliega de manera particularmente clara en ciertos contextos, una forma contemporánea de ejercer el poder o una manera de hacer política. En mi opinión, el término más nítido y acertado no es necropolítica sino necropoder, pues permite preservar la distinción entre lo político y la política. Los casos que Mbembe analiza —desde la ocupación de Palestina y la guerra de Kosovo hasta las milicias rebeldes que controlan las zonas mineras en Congo— son claramente fenómenos políticos, sin embargo, no necesariamente son ejemplos de política como un modo específico de acción. Por mi parte, me inclino a favor de preservar la distinción que establece Arendt entre política, violencia y administración, cada una como una forma de acción particular.

Lo que se echa de menos en el texto original de Mbembe es una discusión del necropoder no como un aspecto de la soberanía, sino como resultado de una economía política singular. En ese sentido, la noción de capitalismo gore de Sayak Valencia resulta mucho más potente a la hora de pensar y explicar las fuerzas motrices detrás de la violencia.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.

 

Un comentario en “¿Necropolítica?

  1. La impunidad en México llega al extremo opuesto y se muerde la cola: tolerancia hasta la muerte. Impune hasta al límite de pagara la cuenta con la propia vida. Muertes al por mayor como signo del limite a la impunidad. Serás impune hasta que el sistema te aplique la solución final: matarte para que no sigas impune.
    Es México necropolitico?