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“Del matrimonio nacieron nueve hijos/ Ocho salieron rubiecitos / […] el noveno resultó ser bien negrito” y, dado que en la canción de la Sonora Dinamita el matrimonio era “rubio como la mantequilla”, el señor Sorullo, tras varios años, finalmente decidió indagar sobre uno de los grandes misterios de la paternidad: ¿son en verdad nuestros los hijos de nuestra pareja?

En especies como la nuestra, con ovulación oculta1 y fertilización interna, las hembras tienen los pelos de la burra (más bien del recién nacido) en la mano y un 100 % de certeza de que son ellas, y nadie más que ellas, las madres de los bebés salidos de sus entrañas. Aunque humanos y varias otras especies mantienen relaciones supuestamente monógamas, con exclusividad sexual por lo menos en lo que dura el periodo de reproducción, la realidad se empeña en contradecir esta cláusula no escrita y resulta que la infidelidad es bastante común.

Que hay cornudas y cornudos nadie lo discute, pero lo que aquí nos ocupa no es la infidelidad en sí, sino lo que los etólogos nombran en inglés como cuckoldry y en español queda pendiente por nombrar: el problema oneroso que a los machos nos representa el invertir recursos (que siempre son limitados, trátese de, por ejemplo, comida, dinero o tiempo dedicado a la crianza) en hijos que no son genéticamente nuestros y que, genéticamente hablando, representan un fracaso en nuestro intento de pasar la estafeta —nuestros genes— a la siguiente generación.

Los beneficios de la paternidad extrapareja (o PEP, dirían los biólogos y los psicólogos evolucionistas) o de poner los cuernos (diríamos todos los demás) deben exceder los riesgos o la selección natural ya se habría encargado de eliminar este comportamiento promiscuo (dicho esto sin ningún juicio moral de por medio). El abandono del macho y la consecuente privación de sus aportaciones no es la mayor de las desgracias, pues no es inusual que, si hay incertidumbre sobre su paternidad, el cornudo decida no desperdiciar tiempo ni recursos en cometer infanticidio y hasta comerse a quienes a lo mejor ni eran sus hijos. Así, en el extremo opuesto al del pez payaso imaginario de la película Buscando a Nemo tenemos a los machos de la especie Telmatherina sarasinorum, quienes triplican su canibalismo filial si, al desovar la hembra, detectan la presencia de otro macho merodeador, y lo sextuplican si hay dos o más.2

Frente a amenazas tan macabras, las hembras de especies con PEP han desarrollado mecanismos para poner los cuernos sin ser descubiertas y los machos han hecho lo propio para evitar que se los pongan. En esta especie de carrera armamentista, entre los machos ganadores que pueden cantar “Yo soy tu padre” a sus vástagos no están varias especies de aves, pues en ellas el porcentaje de cornudos que terminan criando a los hijos de otros emplumados puede ser de hasta tres cuartas partes de las crías de una misma nidada.

A los carboneros comunes (Parus major) que madrugan Dios (en realidad, la selección sexual) los ayuda a no alcanzar niveles tan altos de PEP. Al cuidar desde horas tempranas a sus parejas, minimizan los riesgos de que éstas copulen con pajarracos que se despiertan más tarde… y no por holgazanes, sino al ver modificados artificialmente sus niveles de melatonina —hormona reguladora del sueño— mediante implantes subcutáneos colocados por científicos (esos pájaros de mal agüero, desde la perspectiva de un cornudo carbonero).3

Al hablar de humanos, tenemos que, según la Asociación Estadunidense de Bancos de Sangre, en 1991 el 30 % de 280 000 pruebas de paternidad indicaban la existencia de copulaciones extrapareja. Que en tres de cada diez casos las mujeres le hubiesen puesto los cuernos a su pareja romántica y criado con él (por lo menos hasta antes de recibir el resultado de la prueba) al hijo de otro hombre alertó en ese entonces a los psicólogos evolucionistas. No tardaron en publicar en los noventa artículos en los que especulaban cosas como que el porcentaje de PEP en humanos era de alrededor de un 10 %, que esto era lo esperado al compararnos con parientes cercanos con conductas sexuales similares (es decir, gorilas y no bonobos, estos últimos los hippies de los primates), que si eras hombre lo mejor era vivir en Suiza (donde la tasa de PEP es de un 1 %) y que antes de hacer las maletas había que considerar que estas conclusiones no eran definitivas (advertencia más que prudente, como ya veremos).

Ilustración: Oldemar González

El arsenal de los hombres para evitar la PEP incluye:

1. Adaptaciones psicológicas que, en nuestro mundo moderno, muy distinto al de nuestros ancestros lejanos, no pocas veces se han vuelto inadaptaciones con consecuencias indeseables (como la violencia de género). En este rubro tenemos los impulsos masculinos de vigilar (e hipervigilar) a la pareja y los celos sexuales que se desatan con el fin de limitar al máximo las oportunidades que la mujer tiene de copular y resultar preñada por otros hombres. Los hombres monitorean mucho menos las actividades de sus esposas cuando están embarazadas o son de mayor edad, que al ser ellas más jóvenes y no estar embarazadas. Con relación a los celos, hombres físicamente menos agraciados son notablemente más celosos, y, a diferencia de las mujeres, este sentimiento es desencadenado específicamente por amenazas a su paternidad ya que, por ejemplo, en un estudio experimental la posibilidad de que la pareja de los participantes masculinos tuviera una relación sexual con otra mujer no despertó celo alguno.4

2. Estrategias fisiológicas, como la competencia entre esperma y el desplazamiento del semen de otros hombres. Sobre la primera, los hombres eyaculan un mayor volumen de esperma cuando son mayores los riesgos de copulación extrapareja, como al haber estado físicamente separados de su pareja durante una proporción de tiempo desde la última vez que copularon. Sobre la segunda, la forma de la corona del glande del pene actúa como una especie de pala que, durante la copulación y gracias a los movimientos hacia adentro y hacia afuera de la vagina, remueve del cérvix uterino el semen dejado por otros hombres, lo que permite reemplazar el semen del macho rival con el propio, hipótesis que ha sido confirmada en condiciones de laboratorio (con vaginas y falos de látex).5

3. Señales morfológicas de paternidad que permiten, al menos en principio, distinguir entre hijos biológicos y putativos al reconocer en los primeros rasgos heredados que los hacen semejantes. Un estudio en el que los investigadores crearon digitalmente rostros de preescolares al mezclar características físicas de fotografías de mujeres y hombres mostró que éstos últimos afirmaban que el niño más atractivo, con quien estaban dispuestos a invertir más tiempo y que tenía mayor probabilidad de ser adoptado por ellos era aquél que más se les parecía. Otros estudios señalan que, de manera consciente o no, las mujeres suelen manipular esta información para incrementar la inversión paternal (“Ya viste: ¡Es igualito a ti!”, aunque no lo sea).

Dado que nada de esto basta para evitar que siga habiendo PEP, etólogos y psicólogos evolucionistas postulaban que uno de los mayores beneficios obtenidos por las hembras es conseguir en otros machos genes deseables en su descendencia y, en consecuencia, características de las que carece su pareja, como la sonrisa de Henry Cavill. El problema con esta explicación es que la naturaleza se ha empeñado en demostrar que lo más usual es que las hembras —humanas y de otras especies— se empeñan (cuando se empeñan en ello) en procrear con machos que genéticamente ni se diferencian ni resaltan demasiado de su pareja.6 En vez de aprovechar y buscar a Superman (o al equivalente en cada especie), copulan con otros Clark Kent.

Explicaciones alternativas de las ventajas de la PEP, y no sólo para las hembras, apuntan a que es una solución efectiva cuando la posibilidad de que existan deficiencias genéticas en machos es alta (en poblaciones de tamaño reducido) o cuando hay muy poca disponibilidad de éstos. Que no sea raro que, a sabiendas de que no son sus hijos, haya machos que colaboren en su crianza, significa que pueden aprovechar también para aumentar sus habilidades de crianza y futuras posibilidades de copular y tener más hijos con su pareja u otras hembras.

Resultados recientes refutan los porcentajes alarmantes manejados por los pioneros en este campo. Dado que quienes recurrieron a pruebas de paternidad en el estudio de 1991 lo hicieron por sospechas e indicios de no ser los padres auténticos, un porcentaje bajo de PEP habría sido lo extraño. Por otro lado, la asociación de las variaciones en el cromosoma Y en apellidos pertenecientes a un mismo linaje paterno a lo largo de 500 años en poblaciones belgas, de 300 años en poblaciones de Sudáfrica e históricamente en el pueblo dogón permite concluir que la tasa de PEP es más bien rara (alrededor del 1 %).7

Ante la evidencia estadística, a la que añadimos la predicha por las leyes de la herencia genética, que la señora Capullo informase a su esposo que “el negrito es el único tuyo” no es imposible, tan sólo altamente improbable. Sobresale el caso de un matrimonio blanco que tuvo a una niña negra, de nombre Sandra Laing, en el peor lugar, en el peor momento: Sudáfrica, 1955. Comparado con este escenario, bailar cumbia sin perder la calma no suena nada mal.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Más o menos. En todo caso, las señales son más sutiles y mucho menos evidentes que con otros mamíferos, en los que sus genitales se hinchan durante la ovulación.

2 Gray, S. M.; Dill, L. M., y McKinnon, J. S. “Cuckoldry incites cannibalism: Male fish turn to cannibalism when perceived certainty of paternity decreases”, The Am. Nat. 169(2), 2007, pp. 258-263.

3 Greives, T. J.; Kingma, S. A.; Kranstauber, B.; Mortega, K.; Wikelski, M.; Van Oers, K.; Mateman, A. C.; Ferguson, G. A.; Beltrami, G., y Hau, M. “Costs of sleeping in: circadian rhythms influence cuckoldry risk in a songbird”, Funct. Ecol. 29, 2015, pp. 1300-07.

4 Starrat, V. G.; McKibbin, W. F., y Shackelford, T. K. “Experimental activation of anti-cuckoldry mechanisms responsive to female sexual infidelity”, Pers. Indiv. Differ. 55, 2013, pp. 59-62.

5 Gallup Jr, G. G.; Burch, R. L., y Berens-Mitchell, T. J. “Semen displacement as a sperm competition strategy”, Hum. Nat. 17(3), 2006, pp. 225-264.

6 Hsu, Y. H.; Schroeder, J.; Winney, I.; Burke, T., y Nakagawa, S. “Are extra-pair mates different from cuckolded mates? A case study and a meta-analytic examination”, Mol. Ecol. 24(7), 2015, pp. 1558-71.

7 Larmuseau, M. H. D.; Matthijs, K., y Wenseleers, T. “Cuckolded fathers rare in human populations”, TREE, 31(5), 327-329.