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Los problemas y desafíos de la izquierda frente a las grandes transformaciones recientes son el tema del libro de Víctor Hugo Martínez González Con el ánimo perplejo. Un ensayo sobre la izquierda en democracia (Gedisa, UACM, 2019), quien escribe que se trata “de discutir si en las relaciones entre izquierda, democracia, liberalismo o socialdemocracia es posible apostar aún por una izquierda ideológicamente definible (y defendible), a pesar de sus hondos cambios”.

Martínez González es doctor en Ciencia Política por Flacso y profesor en la UNAM, la UACM, la Universidad Iberoamericana, El Colegio de San Luis y el CIDE.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué una reflexión sobre la izquierda frente al cambio social y democrático?

Víctor Hugo Martínez González (VHMG): Es un tema que he pensado desde mi formación social y política en la universidad. Uno entendía que la obligación de la izquierda era pensar y repensar el mundo para tratar de contribuir a los grandes cambios sociales.

A principios de los años noventa para mí eso era una definición a priori, pero esas seguridades, con el paso del tiempo y con la transición a la democracia y su consolidación como atmósfera desafiante, empezaron a ser menos firmes. Lo asumí como tema de investigación: ¿por qué el cambio social que hemos celebrado como transición a la democracia se convirtió en una atmósfera muy perturbadora para las definiciones clásicas? Para la izquierda empezó a ser una necesidad actualizarse e ingresar en un proceso de metamorfosis democrática, con el riesgo de perder señales vitales. No podía seguir viviendo como si el Muro de Berlín existiera y como si el comunismo aún fuera un proyecto competitivo de modernidad alternativa.

Me animé a tratar de ensayar ideas sin la preocupación de tener que acertar, para lo cual incluso apelo al cine, a la música, a la literatura y al rock.

AR: El libro relata el encuentro y desencuentro de la izquierda con el liberalismo. ¿Qué ha pasado con esa relación?

VHMG: Aposté a una perspectiva histórica que inicia en la primera mitad del siglo XIX para observar al liberalismo, originalmente revolucionario porque fue el que planteó que se debía creer en la libertad del individuo, que debía estar más allá de las opresiones no sólo religiosas y políticas sino también familiares y de otros tipos. Que el individuo debe ser libre es una demanda claramente emancipadora, y en su momento por supuesto que revolucionaria y de izquierda. Pero el liberalismo es un pensamiento muy complejo porque no es una sola vía sino una familia conflictiva.

Encuentro un liberalismo que llegó a ser hasta darwinista con la idea del “dejar hacer, dejar pasar”. Desde el siglo XVIII viene la utopía del mercado autorregulado, que debía ser el dispositivo para regular las relaciones sociales. Pero también hubo un liberalismo que reaccionó contra esos excesos y que se planteó hacerse cargo de las consecuencias de esa utopía porque traía mucha dislocación social, pobreza y exclusión.

Ese liberalismo consideró que se estaba creando el caldo de cultivo para la revolución porque ya había un fenómeno: el movimiento obrero. Ese liberalismo progresista, igualitario, social, incluso de izquierdas y hasta socialista, el de Polanyi, de Keynes, consideró que se debería ver la libertad más allá de la economía. Estos liberales pensaron en un paquete integral: libertad económica, política, cultural, religiosa, y que para que eso funcionara debía haber regulación.

Eran liberales tan progresistas que pensaron que la mejor regulación es la que otorga el Estado, que no tiene que ser intrusivo en exceso ni tampoco totalitario, pero que establezca que necesitamos un mercado fuerte, sin oligopolios y con competencia entre particulares.

Es un liberalismo que entiende que la economía de mercado debe estar al servicio de la sociedad y no al revés. Eso fue contrario a lo que el liberalismo más conservador planteaba: que la sociedad y los regímenes políticos deberían depender del mercado con todas las relaciones sociales mercantilizadas.

El contexto era el de entreguerras, de la derrota del liberalismo por el totalitarismo, cuando la democracia parlamentaria se entendió vencida porque el nazismo, el fascismo y el totalitarismo tuvieron arraigo popular ya que interpelaban a las masas.

Pero el liberalismo que reaccionó a eso en claves socialdemócrata y democristiana establecería las bases del Estado de bienestar.

AR: A finales de los años sesenta hubo una nueva izquierda, ya no comunista ni socialdemócrata, pero sí muy antiestatista. ¿Cómo contribuyó al avance del neoliberalismo?

VHMG: La socialdemocracia pactó la regulación del Estado con la derecha moderna, la democracia cristiana, no con la radical fascista, nazi ni la neoliberal, que había nacido en 1938 y que planteaba continuar con la utopía liberal.

Aquella socialdemocracia ganó, y fue el verdadero triunfo de la izquierda, de la que construyó el Estado de bienestar, y no tanto la izquierda comunista bolchevique que lanzó la utopía revolucionaria. Pero ocurrió una paradoja: el Estado de bienestar no era tan democrático si lo medimos con los parámetros actuales: participación, asociaciones, sociedad civil, etcétera. Era un Estado para la posguerra, que valoró recuperar el pleno empleo, la seguridad, la sanidad, el trabajo. Mucho de ello se consigue mediante mecanismos neocorporativos que hoy suenan autoritarios, pero en aquellos años la política era así.

La paradoja del Estado de bienestar fue que generó un gran crecimiento económico y también la generación del boom, que vivió en una situación de paz, estabilidad y de democratización de la educación.

Esa generación dio prioridad al participacionismo, ecologismo, a demandas culturales y de género, ante las cuales el Estado de bienestar se quedó chico porque no nació para eso. Se empezó a criticarlo: las nuevas generaciones comenzaron a decir, por ejemplo, de las pensiones: “¿Por qué vamos a mantener a esta gente?”. Fue un quiebre generacional porque antes la gente se había jugado la vida en la guerra, y después se retiró para vivir cinco años después de jubilarse porque la expectativa de vida era mucho menor. Esa fue una de las razones de la crisis fiscal posterior.

El Estado de bienestar provocó una nueva generación que fue más liberal en el sentido de criticar a las viejas organizaciones jerárquicas, burocráticas, como los partidos tradicionales. Quería una participación distinta, movimientista y espontánea. Esta nueva izquierda, originalmente anticomunista, era antiestatista porque ubicaba al Estado como sinónimo de autoritarismo.

Hablamos de la época de la Guerra Fría, cuando se decía que el Estado de bienestar era igual que los Estados imperialista norteamericano y soviético estalinista. Fue una bandera de guerra, lo que entró en sintonía con el resurgimiento de una derecha que ya no sería la democristiana sino una nueva derecha más libertaria, más individualista y antiestatista.

La nueva izquierda pensaba apoyar al neoliberalismo sino en la crítica al Estado, la liberación de las restricciones burocráticas y a favor de la creación de la sociedad civil que, además, en la Europa del Este tenía toda la razón histórica de entenderse como el polo opuesto al Estado totalitario.

Esto tuvo un relato épico: la sociedad civil que se liberaba del Estado. Pero no es lo mismo la lucha contra el totalitarismo que contra el Estado de bienestar: la primera devino en regímenes demócrata-liberales, y la segunda en la apertura hacia la legitimidad del Estado neoliberal. Aquí fue donde se encontraron las agendas de la nueva izquierda liberal y la nueva derecha neoliberal.

Dice Fernando Escalante que los años setenta y ochenta cambiaron la conversación ideológica: mientras la izquierda apostaba a la igualdad universal, al movimiento obrero, la nueva izquierda cambió hacia la agenda de la diferencia, de las nuevas identidades.

AR: ¿Cómo se desdibujaron las antiguas luchas y aspiraciones de la izquierda, de los deberes colectivos y del universalismo?

VHMG: Hay una causa estructural muy importante: el modelo económico, de sociedad bajo el que la izquierda tuvo su etapa más colectivista, que venía de sus orígenes decimonónicos. Fue cuando el capitalismo keynesiano tenía las características de industrial, nacional y territorializado, que generaba las condiciones para la proletarización que, a su vez, daba el contexto para crear una cultura obrera en la que los valores colectivos, universales, venían de la tradición de la izquierda. El sujeto de la revolución era el obrero porque era una sociedad en la que el modelo capitalista generaba una gran cantidad de ellos.

¿Qué pasó cuando empezó una revolución hacia un nuevo tipo de modelo de acumulación y distribución de la riqueza? Son las sociedades posindutriales, de competencias, de una transformación tecnológica hacia lo digital. Fue un momento en el que lo que para nosotros era muy claro (la sociedad dividida en clases) ahora estaba muy diluido. Los individuos ya no iban a lugares de trabajo donde podían tener una subcultura colectiva: integrar un grupo social, ir a una escuela, tener una religión, militar en un partido, que eran clivajes sociales. Estos suponían la importancia de grupos colectivos, estructuras que definían las identidades individuales.

El modelo económico permitió trabajar en muchos lugares y ya no se tuvo que convivir estructuralmente con colectivos. Las nuevas bases económicas permitieron que mucha gente pudiera, aspiracionalmente, sentirse por encima de su clase social, que ya no estaba tan clara. Aquella definición marxista objetiva de clase social empezó a hacer agua porque la sociedad cambió, porque el capitalismo se transformó otra vez y entró en una etapa de liberalización, de revolución tecnológica que llamamos neoliberalismo financiero globalizado.

El sujeto de la izquierda, el obrero, hizo crisis, y la izquierda ya no pudo apostar a un movimiento y a una ideología obrerista; además, ellos nunca le garantizaron la mayoría electoral.

Entonces pegó el discurso individual porque las grandes revoluciones estructurales económicas crearon el caldo de cultivo para que la vida privada empezara a tener un atractivo y una riqueza que no tenía. Con internet la vida privada empezó a tener un interés al grado de que la llevamos al espacio público. El espacio público, en vez de convertirse en un lugar donde las diferencias se discutan para crear algo colectivo, se hizo un sitio donde cada quien lleva lo personal, hasta lo íntimo.

Entonces la izquierda enfrentó un desafío: ¿mantendría aquel discurso de poner lo colectivo y lo público siempre por encima, aunque esto implicara suprimir lo privado, lo sexual, lo íntimo? ¿O intentaba, para mantenerse competitiva, ingresar en este nuevo ambiente, a riesgo de perder sus signos y sus señas vitales?

En los años noventa la agenda política la puso el neoliberalismo, y la izquierda tuvo que jalar hacia el centro; por eso “la tercera vía”, que no era más que centrismo. El problema es que aún estamos en ese momento, después de tres décadas de agendas de la identidad, aunque son importantes y han ayudado a que la izquierda dejara atrás sus ontologías y se abriera al mundo.

Ahora podemos discutir cómo recuperar el imperativo de lo colectivo y lo universal. Tenemos que salir del debate de lo universal como imposición, engaño, occidentalismo y explotación, y de que la libertad es lo privado. Ha habido resultados muy ricos, pero necesitamos volver a encontrar un punto de contacto porque esto nos ha llevado a la fragmentación, y esta le viene de perlas al neoliberalismo porque todas estas demandas las refuncionaliza: ¿tú qué quieres?, ¿ser zapatista? Tengo camisetas de Marcos, te las vendo. Hemos ido en este absurdo de crear más mercado para intentar ser de izquierdas.

AR: El libro llama a la memoria: citas, por ejemplo, a Tony Judt sobre la valoración del Estado de bienestar y a José Woldenberg sobre la democracia mexicana. ¿Cómo revalorar esas experiencias?

VHMG: Woldenberg dice en su libro La democracia como problema que debemos estar conscientes de que, aunque cambiamos las reglas electorales, el contexto social es algo más y va más allá del régimen. Tenemos que pensar cómo el contexto social puede ser favorable o repelente a la democracia, cómo puede ayudar o perjudicar nuestros objetivos democráticos. El marco es de desigualdad, informalidad y corrupción, que vienen de mucho antes y que preexisten a la democracia.

Dice Woldenberg que para pensar en una pedagogía hay que resaltar los alcances de la democracia, que son condicionados por ese contexto. No hay que perder de vista que la democracia no funciona en el aire, de manera espontánea.

Si pensamos en esa línea de contexto, no va a haber mejor pedagogía que la relacionada con resultados. Para la gran mayoría de las personas el régimen se legitima si funciona en términos concretos: mejor seguridad, menor agobio económico, más trabajo, mejores condiciones de vida. Así se miden los regímenes, y es lo que en la vida real la democracia necesita.

Ese es nuestro problema: la democracia llegó con el neoliberalismo, en crisis y ha seguido en ella. Es un desafío valorarla en sus propios términos porque siempre está la tentación de un dictador que ofrece trabajo y mejor seguridad, y adiós libertades y cierren el Parlamento.

Hay que evitarlo, pero también hay que apostar a discutir el contexto y debatir la relación de la democracia con el mercado y el neoliberalismo. Hay que tener claro que hay tensiones, contradicciones e impasses, y no es para decir “a la goma el neoliberalismo” porque tampoco es fácil. El cambio de agenda obligado por el contexto implica tomar esos temas, volver a pensar un tema estructural: democracia y capitalismo. ¿Cómo se llevan?, ¿de qué tipo de capitalismo hablamos?, ¿hasta dónde el Estado?, etcétera. Eso no se discutió, quizá porque el entusiasmo del fin de la historia era mucho y se pensó que democracia y mercado van juntos y que nos iban a traer prosperidad y libertad.

AR: ¿Qué ha pasado con la izquierda en lo programático? Parece que se ha diluido.

VHMG: La transición a la democracia en México, en América Latina y en Europa del Este fue triple: política, de los gobiernos autoritarios a las democracias partidarias y liberales; cultural, de sociedades tradicionales, más colectivistas, a lo que llamamos sociedades de individuos, de consumo, posmodernas o posmaterialistas, y económica, del modelo de sustitución de importaciones, el keynesiano, a la economía de mercado.

Si pensamos en la velocidad del cambio capitalista, cómo empezó a, por ejemplo, producir robots inteligentes que nos permiten nuevas formas de relación social, el resultado es que ya no se va a hablar tanto de estructuras sociales sino de redes. El cambio fue brutal en muy poco tiempo, y estamos inmersos en él. Pareciera que la transformación ha facilitado más la derechización de la vida porque han hecho agua los referentes colectivos, universales, y ha puesto por delante la aspiración del individuo, liberado de controles y regulaciones.

Si es así, entonces la democracia liberal se ha conjugado con estas nuevas agendas políticas doctrinarias, programáticas, más devenidas en clave de libertad individual. Pero decíamos que esta estaba empobrecida porque se entendía sólo como libertad de consumo: usted es libre en la medida que, como ciudadano, tiene más poder adquisitivo. Es un asunto muy neoliberal: la utopía del hombre común que se ha hecho a sí mismo contra el Estado, contra los límites, contra los programas de asistencia social que el Estado le da a una bola de parásitos que no trabajan.

Ese es el ambiente en el cual la agenda programática, dominada por el neoliberalismo, ha obligado a que la izquierda pruebe con programas, además, influidos por la mediatización. Son unos con los que tanto la izquierda como la derecha prueban qué les gusta y qué no a los electores, por lo que están apostando a ser un reflejo de los gustos mayoritarios. La idea tradicional del partido político que va a transformar las bases de la sociedad es imposible en estas nuevas condiciones.

La izquierda ha intentado correrse al centro porque allí se encuentra el votante medio. Después de 40 años de neoliberalismo, resulta que ahora todos somos demócratas y queremos lo mismo: un sistema ecológico sustentable, trabajo, seguridad, etcétera.

Esto ha provocado una gran homogeneidad organizativa, estructural, ideológica; quizá ahora la ideologización ha significado el triunfo del centro, que termina por definir todo programa.

En los años noventa la socialdemocracia, y la izquierda en general, se corrió en sus programas para no perder elecciones ante la derecha neoliberal, cuyos programas electorales han sido votados y reelectos. En la democracia actual las agendas más predefinidas ideológicamente son desestimadas por los votos.

Los partidos ya no tienen aquella penetración social que llegaron a tener, y ahora siguen agendas impuestas por los medios, por lo que ahora van a remolque: ¿dónde va el nuevo trending de las redes sociales?

AR: En el libro preguntas si es posible apostar aún por una izquierda ideológicamente definible. ¿Qué respondes?

VHMG: Que sí. La perplejidad es un estado intermedio entre la nostalgia, paralizante porque es el engaño de que todo pasado fue mejor, y la satisfacción de que las cosas han ido bien. Ubico el libro en medio, y en ese sentido pienso que podemos apostar a un futuro con una izquierda más definible. Aunque está en una etapa de cambios vertiginosos, de un capitalismo que no para, aún inmersos en la pandemia y ante un cambio social al que está dificultosamente adaptándose, la izquierda sigue viva y se mueve.

Uno de los saldos que tenemos del neoliberalismo es que estamos desarrollando una conciencia de que este modelo económico necesita ajustes radicales, que no es suficiente cómo funciona, que se le tiene que exigir muchísimo más o, en todo caso, transformarlo y traer otro porque las consecuencias que ha tenido son desastrosas en término de mayor desigualdad, mayor pobreza e insustentabilidad.

Si reconocemos eso, un lugar al que miramos es la izquierda, porque los cambios serán de socialización, de mejor distribución de la riqueza, de volver a pensar una perspectiva universal e incluso de recuperar ideales éticos, de volver a pensar que el mercado tiene que estar al servicio de la sociedad. Eso lo dice bien Judt: olvidamos pensar políticamente los problemas sociales y empezamos a considerar al mercado como un fin en sí mismo.

Nos debemos dar cuenta de que nos hace falta recuperar el pensamiento político y social crítico y ético, y eso está en la mejor tradición de la izquierda.

 

Ariel Ruiz Mondragón