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Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte
que no nos mata a nosotros sino a los que amamos.
—Carlos Fuentes

Los hijos también mueren.

En mí era una posibilidad descartada. Nada hacía creer que nuestros proyectos se truncarían con la muerte de Jorge, el 24 de junio de hace varios meses. El sentido de pérdida y derrota afloró en mi vida.

El futuro entró en pausa. Mis éxitos personales, familiares y profesionales fueron avasallados. Ocho días antes, el día del padre lo celebraba con un video de 19 segundos enviado desde el puerto en que Jorge vacacionaba con Javier, mi otro hijo. Jorge —mi Yuyín— se despedía con un largo y profundo “byeeeee, adornado con un “te quiero, pa”. Una indómita premonición: 30 minutos después, Javier mandó un mensaje a Gisela y Andrea, nuestras hijas: Jorge se había accidentado y lo mejor sería que tomásemos un vuelo para alcanzarlos.

Confusión plena. Mi esposa Gisela, unos minutos antes risueña y jovial, enmudeció. Yo, paralizado, incrédulo de que mi tercer hijo estuviera en riesgo de muerte, me resistía a viajar. ¿Pues no que los Pérez de Acha Chávez estábamos emparentados con la inmortalidad? Solté amarras. Nuestros tres hijos controlaron la logística: Gisela y Andrea en la Ciudad de México; Javier, en otro paralelo. Un mosquetero y dos guerreras en torno a nuestro inmarcesible D’Artagnan.

A partir de ahí todo fue vertiginoso: regreso a casa, maletas, taxi, aeropuerto, pasajes… En apenas cuatro horas íbamos en un avión hacia una ciudad atlántica. Por mi mente cruzaba mucho y nada: un día del padre que no fue festejo, una juventud a punto de volverse olvido, una muerte que deambulaba en vida.

Aturdimiento e incredulidad. Estaba mareado, como girando sin girar. En mis oídos retumbaba con un estruendo: “byeeeee, te quiero, pa”. Veía y escuchaba —sin ver ni escuchar— los mismos 19 segundos tras un telón: el final de la vida de mi hijo. Los minutos eran pasmosamente lentos y a la vez fugaces. Dormía despierto, leía sin leer, reflexionaba sin pensar, oraba sin meditar. La danza de la vida y la muerte en una correa sinfín.

Aterrizamos en el aeropuerto de una ciudad remota. Una tarde nublada nos abrazó a manera de pésame. La atmósfera era sombría y cansina, al igual que nuestro humor. De nuevo, maletas y un par de taxis al Hospital Santo Antonio. Afuera, en la banqueta, Javier nos recibió. Un pinchazo más. Su cara, ajada por el cansancio y el dolor, nos dio la bienvenida. Nuestros cuerpos se entrelazaron y lloramos, lloramos mucho y muy fuerte, esperanzados en que nuestras lágrimas fueran el preludio de un distinto despertar.

Caía la noche, fresca y desabrida como en cualquier hospital. “Suban dos pisos, y al fondo, a la izquierda, encontrarán el área de terapia intensiva”, fueron las indicaciones. Llegamos y tocamos el timbre. A los dos minutos se presentó el doctor de guardia, también de nombre Javier: “familiares de Jorge, ¿verdad? Entren de dos en dos. Tendrán que utilizar mascarilla, gorro, guantes y bata, y lavarse las manos con gel antiséptico”.

Al unísono, Gisela y Andrea dijeron: “entren ustedes, padres”. Sudor frío, quijada trabada y caminar torpe. No quería entrar. Tenía miedo, mucho miedo.

Mi mente estaba desquiciada. Me negaba a cruzar la puerta. Esquivé camas, trípodes, sueros y médicos. La pesadilla era insufrible. De la mano de mi esposa, nos topamos con Jorge. No lloré. La incredulidad bloqueó mis sentimientos. Ahí estaba el Yuyín, dormido y rozagante, con rostro sereno. “Mi osito de peluche”, pensé ridículamente. Espasmos breves y sincopados suplicaban más vida. Tan fácil como despertarlo cuando niño en su primer día de clases, pero tan imposible como someter al destino. Me vencí: lloré a capela, a grito abierto.

Ilustración: José María Martínez

Así transcurrió una semana más, con días pasmosos y noches eternas. El insomnio y los silencios eran mis aliados. Imploraba tropezarme con respuestas a preguntas sin sentido. A cualquier hora vagabundeaba en el malecón de la ribera citadina. Las explicaciones mágicas nunca llegaron.

En las tardes, las visitas al Yuyín eran de 15 minutos. Me abalanzaba a su trono con abrazos, besos y charlas infinitas. Acariciaba su cara para aprendérmela de memoria, como un escultor orgulloso de su obra. Rogaba por un milagro ignorando cuál era ese milagro; anhelaba su muerte sin saber por qué la pedía. Fueron minutos mágicos, mis últimos con él, siempre con la Quinta Sinfonía de Beethoven en mi iPhone marcando la cadencia de nuestros corazones. Jorge, melómano, repetía que era su obra predilecta para las “experiencias fuertes de su vida” (ipse dixit). La barba le crecía: su cuerpo estaba vivo, aunque su ánima ausente.

El domingo 23 subí tres veces a saludarlo. “Puede quitarse los guantes”, me dijo una doctora. Su cuerpo, descubierto, reverberaba afiebrado. Andrea y Javier revisaron el expediente clínico a los pies de su pomano, como entre hermanos le llamaban, y en las afueras del hospital sentenciaron: “falta poco, sus signos vitales están fallando”. Me quedé turbado. Entré de nuevo al hospital y subí corriendo a la unidad de cuidados intensivos. Me olvidé de la Quinta Sinfonía. “No, Yuyín, no te mueras”, le grité en silencio. Su respuesta, desde un distinto espacio: “byeeeee, te quiero, pa”. Calladamente lloré, y lloré; lo abracé, y lo abracé. Así sellamos nuestro pacto final para la eternidad.

En las primeras horas de la madrugada del lunes 24, el doctor Antonio llamó a Javier para comunicarle que Jorge había muerto. El milagro —¿milagro?— se había consumado. Empezaba una etapa desgarradora del duelo, tan inimaginable como insoportable. Con boca seca entré al hospital. El ambiente era lúgubre. A lo lejos vi el cuerpo inerte de mi hijo. La penumbra de los años no cumplidos se había aposentado en sus ojos. Yo también quería dormir así, en sintonía con él y en paz con la vida.

Me sumí en una espiral sin fondo. Lo abracé y besé con ansiedad a sabiendas de que nunca más —¡nunca jamás!— lo abrazaría y besaría.

Su cuerpo estaba frío y su rostro, melancólico. Me convencí de que a él también le dolía el adiós. Tomé su rostro entre mis palmas. Inhalé con furia los últimos rescoldos de su vida. Estrujé con frenesí sus manos, su pecho y sus pies, como si con ello encarcelara su alma. Miré al techo y me pregunté si él, desde arriba, en ese reducto de la muerte, nos estaría viendo. Sonreí al ilusionarme de que así sería.

Los médicos y personal de enfermería compartían nuestro pesar. Fueron los primeros testigos de nuestro desconsuelo. Ocho días de convivencia forzada bastaron para construir vínculos de afecto y comprensión inefables. Se formaron desordenadamente a nuestras espaldas, como guerreros conscientes de la derrota pero con el orgullo del deber cumplido. Días después nos enteramos de que guardaron un minuto de silencio en memoria de Jorge. A la distancia geográfica y del tiempo, nuestros recuerdos están con ellos.

En el semblante de Jorge vi la última manifestación de nuestro destino: del suyo y del mío, de mi esposa y de Gisela, Andrea y Javier; de mi madre, también. Lloré, y lloré, y lloré… Sigo llorando. Lloro su vida truncada, sus ilusiones inacabadas y mis nietos ausentes; nuestros viajes no planeados y los torneos de tenis de un porvenir perdido. Lloro su música, sus risas y reclamos; su inteligencia, sensibilidad y bellos cantos. Lloro mis bromas, sus nerdeces, algunas del siglo XVIII y otras de un futuro distante.

Días hipnóticos. Caminatas sin rumbo, trámites en el hospital, dispensa de la autopsia, retiro del cuerpo de la morgue, procesión en el panteón Prados del Reposo. Última despedida de un Jorge que ya no era persona; tocar su ropa y calcetas peculiares, llanto y más llanto de una familia incompleta, con un hijo siempre eterno como testigo espiritual. Oraciones finales, cada quien con sus convicciones y creencias personales. Mi pavor por el hijo rumbo al crematorio. No más Yuyín; no más osito de peluche. Solo cenizas y memorias, y un amor perpetuo.

Jorge era cariñoso; yo, apapachador compulsivo. Le di cientos, miles de besos; nos dimos cientos, miles de abrazos. Me faltaron millones más. Su último abrazo fue espiritual: “byeeeee, te quiero, pa”. Pero el mejor regalo me lo dejó con Javier, pocas horas antes del accidente: “Si acaso tuviera agravios, ya perdoné a mi papá”. Un testimonio imperecedero de vida. Un maestro que, en su juventud, modeló su vida como una obra de arte.

Como me dijo María Elena, quien también perdió un hijo, es como traerlo en segundo plano todo el día y soñarlo. Con frecuencia pienso qué sería peor a la muerte de un hijo: la muerte de otro más. He conocido padres que han perdido tres y hasta cuatro. El horror, también pienso, es de aquellos cuyos hijos están desaparecidos. Es así como mi dolor toma una dimensión real. En las primeras semanas de nuestro duelo, Nuria nos alertó: “sé que se quieren morir, pero la buena noticia —que no es mala— es que seguirán aquí, y necesitamos de ustedes y de su testimonio”.

Mi vida y mi visión del mundo cambiaron estructuralmente; la de mi familia, también. No es mejor ni peor, simplemente distinta. Conforme el dolor se asienta, el gozo por los años con Jorge se acrecienta. Es difícil de explicar. Cuando a mi esposa Gisela y a mí nos preguntan cuántos hijos tenemos, siempre decimos que cuatro; y es que él no ha perdido su espacio existencial entre nosotros. Mi Yuyín no fue una anécdota: es y sigue siendo una realidad.

La vida me insertó de golpe y a la mala en la fraternidad de padres con hijos muertos. Es un privilegio. La muerte de Jorge ajustó mi espiritualidad. Mi sufrimiento se aparta del fatalismo cruel. La religiosidad culpígena de premio y castigo me enfurece. Inconcebible suponer que mi Yuyín pase por ese tamiz. Mi dolor tiene un sentido: es mi ofrenda de vida, salud y paz para los hijos de otros padres; y para mis hijos también.

Sandro me repite que su suegra, huérfana de hijo también, despierta gozosa por las mañanas: “ya falta menos para reencontrarme con Jordi”. Comparto su alegría por vivir de esa manera. Mañana será un día menos para disfrutar a mi Yuyín.

De niño, Jorge declamaba: “En vida hermano, en vida”, de Ana María Rabatté. En vida amo a mi familia; en vida los abrazo y beso. No quiero jamás repetir: “los abracé cientos, miles de veces pero me faltaron millones más”. Es su legado.

Extraño a mi hijo. Si en la madrugada del 20 de enero de 1992 el destino me planteara “te presto a Jorge 27 años, cinco meses y cuatro días, ¿lo aceptas?”, mi respuesta sería siempre la misma: “sin duda”. El problema es que el plazo se cumpliría sin negociación alguna. No hay más, solo la esperanza y la ilusión eterna de encontrarnos en el Más Allá, en algún rincón del Universo.

 

Luis Pérez de Acha

 

19 comentarios en “Abrázalos

  1. Me encanta, convivimos me encanto ser una pequeña parte de su familia lo recuerdo con mucho carino🙏❤️

  2. Desde la tristeza que ahoga y me retuerce, lo abrazo fuerte ,Señor. Usted viva con la seguridad de que podrá abrazar y besar a su hijo esas millones de veces que le faltan. Que esa sea su esperanza y la fuerza con la que cada mañana abra sus ojos y viva un día a la vez .

    Dios es bueno, no lo dude jamás. No fui madre, pero no es necesario haber tenido un hijo para adentrarme en su dolor y constatarlo por medio de la contundencia de su texto. Le envío con respeto bendiciones para usted y su familia.

    • Conmovedor tu relato y compartir Luis. No puedo imaginarme y siento un hueco solo de leerte, mi madre también lo vivió y si siempre dijo que nada se comparaba a ese dolor. Mi abrazo fraterno y solidario

      • Lo acompaño en ese dolor tan grande que lo que lo hemos vivido sabemos,un vacío inmenso,quiero a mis hijos como si estuvieran pequeñitos ls abrazo y atiendo,nunca me canso son mi razón de vivir,le digo a ls padres que quieran y abrazen a sus hijos y le den valores que eso es importante.

  3. Los abrazo con el corazón ❤️
    Descansa Jorge en la luz y el Amor de Dios 🙏🏻❤️💫🦋

  4. Me resuenan tanto tus palabras… comparto tu sentir igual con una pérdida de una hija de 23 años por un accidente. Uno va acomodando su presencia de otra manera, el amor nunca muere pero si, aún duele. un abrazo de madre a padre.

  5. Yo ya no tengo fisicamente a tres de mis hermanos, pero siguen en mi día a día presentes en todo momento, mi corazón se quedo con tanto amor para compartir y dar, entiendo su sentir de que nos hizo falta tiempo, espacio, demostraciones, mi hermosos eran parte de mi todo, mi madre dice te arrancan parte de tí, se la llevan con ellos, se que volvere a verlos y eso me da consuelo y vivo para los que aun tengo con vida, mis amados hijos y nietos. Un abrazo con todo respeto, de esos que componen el alma. Dios los ama.

  6. Genial, como solo el querido doctor Perez de Acha lo es… lo abrazo a la distancia y lloré con él al leer cada línea del artículo.

  7. Mis padres pasaron por lo mismo cuando Mauricio mi hermano, de 23 años en aquel entonces, se nos fue posterior a 47 días de agonía; fue una devastación total. Solo queda exhalar un suspiro por su ausencia pero a la vez, sentir fuego en nuestras venas ante la certeza de un volver en sus alas. Ellos ya gozan de la plenitud de comunión con Dios, tarde que temprano los alcanzaremos. Mientras tanto, su inmanente presencia en quienes los amamos tanto. Un fuerte abrazo Luis.

  8. Estimado Señor, me enternecio su nota sobre la pérdida de su hijo. Saber q todos tenemos los días contados en el libro de la vida. Para nuestro consuelo, para los q creemos en Cristo Jesús, nunca nos vemos por última vez. Que Dios consuele su alma.

  9. Muerte y vida se confunden en esta pérdida letal. No puedo ni debo alcanzarte. Sin embargo te hicieron entrar en un silencio y en unas sombras valerosas y sin quejas. Grito en silencio, me aferro a nuestras alegrías que por suerte no fueron pocas. Llegaré a tí como sea, sin olvidos, cada vez más cerca.Hasta entonces hijo conmovido y siempre presentes.

  10. Luis y Gisela; no lo hice en su momento, pero los abrazo desde entonces, abrazo su entereza y la convicción de que serán saldados los abrazos. Esta cofradía involuntaria de huérfanos de hijos o hermanos se rige sin duda por el amor, por saborear y re vivir cada recuerdo, de la misma manera que por la pequeña muerte cuando nos topamos con la vida continuada de lo que ya no fue. Vibré cada letra de tu relato, Abrazo fuerte muy fuerte su valentía y su dolor.

  11. Me ha conmovido mucho su dolor. Me sentí identificada. En 2008, fuera de nuestro país, falleció mi hermano JORGE mi nombre es Ma. Elena. El día que falleció, ese día mi madre perdió por completo sus ganas de vivir, creo que la mantuvo con vida la promesa que le hizo a Jorge de cuidar a nuestro papá. Cuando mi papá falleció 6 años, 5 meses y 20 días después, le dijo en su tumba “Te cumplí mi promesa, te entrego a tu papa” y 4 meses 19 días después de mi papá, falleció mi madre. Nunca superó el dolor de la pérdida, nunca superé la pérdida de mi hermano… me ha dolido mucho la muerte de mis padres… pero la de mi hermano me duele mucho aún. Le pido a Dios que todos, donde quiera que estén, descansen en paz y sobretodo… sin dolor.

  12. De verdad me llegó a el alma, mi hijo ya por 8 años ausente y pienso como ud algún día llegará ese momento de abrazar a mi consentido mi muchacho Hermoso q con sus 21 años se tuco q ir