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Asume la carga del Hombre Blanco—
Envía a los mejores de tu raza—
Condena a tus hijos al exilio
Para servir a tus cautivos;
Custodiando en armadura
A pueblos salvajes y desconcertados—
Tus pueblos recién conquistados, resentidos,
Mitad demonios y mitad niños.

Así comienza “The White Man’s Burden: The United States and the Philippine Islands”, el poema de Rudyard Kipling publicado a principios de febrero de 1899 en Londres y Nueva York para justificar la permanencia del yugo estadunidense en Filipinas. La supremacía blanca allí plasmada encuadra su rectoría sobre pueblos considerados inferiores no como un afán rapaz, de explotación o de abuso, sino como un deber civilizatorio y, en particular, evangelizador. Así, los colonizadores europeos eliminaron a más de 55 millones de nativos americanos, cerca del 90 % de la población originaria del continente, pero siempre en aras de su progreso y de la salvación de sus almas, aunque hay que decir que los ayudó una viruela que se cargó a no pocos de quienes pudieron escapar de los falconetes y las espadas coloniales.

La academia, el arte y la curia que gestaron el siglo de Kipling abrevan del versículo 1, 28 del Génesis, que muestra a un Dios complacido contemplando su fresca creación y ordenándole así a Adán y a Eva: “Creced y multiplicaos. Llenad la Tierra y sometedla. Ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueva sobre la faz de la Tierra”. Los británicos llegados en 1620 a lo que luego fue llamado Plymouth Rock acataron generosamente ese mandato para someter y explotar primero a los nativos americanos y, luego de casi exterminarlos, a los esclavos negros que importaron para trabajarles sus tierras y luego sus fábricas. Es interesante anotar que estos peregrinos, como se llamaban a sí mismos, salieron de Inglaterra hacia los Países Bajos y luego hacia el Nuevo Mundo huyendo de una sociedad que se burlaba de sus creencias calvinistas puritanas y que castigó su apuesta por una congregación democrática y voluntaria, en oposición a una Iglesia anglicana conectada umbilicalmente al poder unívoco del rey que pronto los tildó de sediciosos. Podríamos glosar que con ellos llegó a lo que hoy es Estados Unidos la hermosa semilla de la democracia participativa, pero su práctica venía teñida por un fanatismo religioso que marcaba exclusiones al género, al color de piel, al rango o, paradójicamente, a la disidencia, que esos colonizadores tildaban de herejía; la ley en el Nuevo Mundo, así como en el viejo, tardaría varios siglos más en hacer distinción entre el delito y el pecado.

Otra de las creencias importadas por los puritanos a América es la del angloisraelismo o israelismo británico, que se propagó durante el siglo XIX y que propone a los anglosajones como los verdaderos descendientes de las tribus perdidas de Israel, siendo los hijos de Judá —los judíos—, además de los asesinos de Cristo, unos burdos usurpadores del título de pueblo elegido de Dios dado a los verdaderos israelitas, o sea, a los pobladores de las islas británicas y a sus descendientes, exiliados de la Tierra Prometida mucho antes de la diáspora detonada por Nabucodonosor. El movimiento de Identidad Cristiana nacido en Estados Unidos de este despropósito se alza a partir de los años 30 como el sustento bíblico o religioso de los supremacistas blancos antisemitas, que se asumen como sajones, o saxons, por Isaac’s sons: los hijos de Isaac.

De allí vienen las camisetas con la leyenda de Camp Auschwitz y las que llevaban los Proud Boys, vigilantes proTrump, con las letras 6MWNE —por Six Million Were Not Enough, o seis millones de judíos muertos en el holocausto no fueron suficientes— en la toma del Capitolio. Ese filonazismo tiene tantas manifestaciones como hay estrellas en el cielo, pero nunca se aleja mucho de sus raíces cristianas, entendidas en el sentido del poema de Kipling donde su deber es, bajo el signo de la cruz, someter o eliminar a las razas sucias o bastardas; en este caso, la raza que condenó y asesinó a Cristo.

Este popurrí de creencias saltó del púlpito a la arena política a fines del siglo XIX, cuando teólogos predicadores como Jonathan Edwards empujaron la idea de que América, como le llaman sus nativos a los Estados Unidos, es la verdadera nación elegida, la del destino manifiesto de John O’Sullivan, pero uno que dibuja de manera central su papel en el siempre inminente Apocalipsis: luego de la segunda venida de Cristo y de su lucha y triunfo contra Satanás, éste impondrá un periodo de 1000 años de paz y de bonanza sobre la Tierra como rey encarnado entre los humanos fieles despachando desde la ciudad luminosa sobre una colina, la del Sermón de la Montaña que, en este caso, se refiere al país entero como faro de esperanza sobre las demás naciones. Cuando llegue ese glorioso tiempo las demás razas deberán ser eliminadas, o fungirán como sirvientes hasta que termine el milenio y la tierra y ellos sean consumidos por el fuego. Sólo los elegidos blancos serán conducidos por Cristo de la mano al paraíso. Nada de esto pasará, sin embargo, sin que se cumplan un par de señales anteriores. Quizá la más importante sea el restablecimiento de Jerusalén como la capital de Israel, a donde llegará Jesús luego de bajar al valle de Megido para comenzar su purga final.

La orden dada por Donald Trump de cambiar la embajada estadunidense de Tel Aviv a Jerusalén obedeció estrictamente a esa lógica: darle coba a sus seguidores evangélicos y supremacistas. Uno de sus enviados especiales al acontecimiento, que provocó disturbios y una cuenta de más de 50 muertes, fue Robert Jeffress, pastor de la Primera Iglesia Bautista de Dallas, Texas. Jeffress fue con la encomienda de conducir la plegaria inaugural y no se privó de recordar el significado escatológico de Jerusalén. Jeffress también cree que los judíos, aunque sean personas de bien, no pueden ser salvados; que los musulmanes son herejes infernales y que los católicos son instrumentos corruptos de Satán. El pastor, entusiasta apologista del presidente Trump, ha enfatizado que el criterio electoral no debe basarse en las propuestas económicas o políticas del candidato, sino en su filiación religiosa. En la pasada elección recalcaba que sufragar por Hillary Clinton equivalía a ganarse un boleto al infierno.

Esta es la nueva derecha cristiana que, además de promover el capitalismo, el conservadurismo y, al menos en teoría, la democracia, abraza de lleno el activismo político, entendido como la mejor herramienta para instaurar una sociedad basada en la moral bíblica y las virtudes cristianas, otro de los requerimientos previos al anhelado milenio de paz; la idea es preparar el reino antes de la llegada del Señor y distinguir claramente a las ovejas de los lobos. En las palabras de uno de sus principales representantes, Jerry Falwell, en 1989: “El propósito de la mayoría moral es activar a la derecha religiosa. Hemos levantado a una generación de combatientes, líderes y activistas. Nuestra misión se ha cumplido”. El camino de los terroristas de la explanada donde el presidente los incitó hasta la entrada del Capitolio fue llamada la Marcha de Jericó, con un voluntario tocando el shofar durante todo el camino.

Ilustración: Víctor Solís

Es imposible desestimar al nacionalismo evangélico blanco como la raíz y el alma del discurso y el actuar de Trump, en particular en su incitación a la violencia y a la destrucción institucional, con dos vertientes claras: una es Los diarios de Turner que, a través del formato de novela de ficción, es en realidad una ruta de vía para detonar, siempre a través de la violencia, la necesaria purga de las razas inferiores; una guerra entre razas con el fin de que sólo los blancos salgan victoriosos. O vivos.

Desde que los Diarios se publicó en 1978 ha habido más de 200 asesinatos causados por personas bajo su influencia. El bombazo en un edificio en Oklahoma City el 19 de abril de 1995, que además de oficinas públicas albergaba un kínder visto por el terrorista como daño colateral, fue llevado a cabo por Timothy McVeigh bajo las instrucciones expresas del texto. No sólo bajo su inspiración: escrito con el fin de servir como un manual de uso para terroristas principiantes, en los Diarios se encuentran planos precisos de cómo armar bombas y cómo adecuar metralletas para volverlas más letales. Escrito bajo el pseudónimo de Andrew Macdonald por William Luther Pierce, fan de ciencia ficción pulp y físico que, luego de ser pupilo de George Lincoln Rockwell, fundador del Partido Nazi Americano o ANP —luego el Partido Nacionalsocialista del Pueblo Blanco—, deja éste para fundar su propio grupo neonazi, Alianza Nacional, por discrepar con el ANP sobre el uso abierto de los símbolos nazis que Pierce pensaba eran contraproducentes al reclutamiento. Los Diarios se publicaron desde mediados de los años 70 por entregas en el semanario Attack!, editado por esa organización, hasta que fueron recopilados en un libro cuya posesión por particulares prácticamente asegura una atenta visita del FBI. La historia despliega, como en El cuento de la criada de Margaret Atwood, un prólogo y un epílogo testimoniales, y en medio los apuntes cronológicos de un héroe distópico llamado Earl Turner. Luego de que los negros, por orden de sus jefes judíos en el poder, confiscan todas las armas de los ciudadanos particulares, Turner se convierte en miembro maldito de la Orden, una organización terrorista secreta que tiene como objetivo detonar una guerra de razas que lleve a la desestabilización y al derrocamiento del sistema. La Orden escala su destrucción a nivel mundial, causando un Apocalipsis nuclear que conduce al establecimiento de “la Gran Revolución”, un nuevo régimen exclusivamente blanco que extermina todas las demás razas.

El anterior sistema multirracial es dibujado desde las grandes paranoias de los supremacistas blancos: están desde el otorgamiento de ventajas fiscales para parejas de raza mixta hasta la cancelación de las leyes contra el delito de violación. Esto último obedece a uno de los mayores tabúes filonazis: la polución del cuerpo de la mujer blanca por genéticas sucias es una de sus peores transgresiones. Recordemos lo dicho por Christopher Cantwell, organizador bajo el membrete de Unite the Right de las marchas neonazis en agosto de 2017 en Charlottesville, cuando expresó su repulsión a que Ivanka Trump se hubiera casado con un judío, reprochándole al presidente por haberlo permitido: “No puedes sentir lo que yo siento sobre las razas y ver a ese bastardo de Kushner caminando con esa hermosa mujer”.

Una de las primeras acciones de la Orden es el asesinato de policías y políticos, primero mestizos o negros pero después, con lujo de violencia, siguen los blancos colaboracionistas. La redacción de The Washington Post, por su nombre, es destruida, y su director editorial es linchado. “Somos en verdad el instrumento de Dios para el cumplimiento de su gran plan”, dice Turner entonces. Cuando toman California y hacen allí su primera limpieza étnica, el autor comenta, complacido: “Es un milagro caminar por las calles que hace apenas semanas estaban llenas de no-blancos en cada esquina y en cada portal, ahora sólo con caras blancas; limpias, felices, entusiastas caras blancas, ¡resueltas y esperanzadas en el futuro!”. En el epílogo del libro el narrador se felicita de la consumación del nuevo orden, donde por fin, en los libros de historia, a Hitler se le comienza a llamar Adolfo el Grande.

La cadena de hechos que conduce a la hecatombe nuclear comienza con el llamado Día de la Horca, cuando son linchados en masa los traidores de raza, los políticos, abogados, jueces, maestros y periodistas blancos que se oponen al genocidio. En una de las escenas más crudas se describe la toma del Capitolio y la muerte por ahorcamiento de los congresistas percibidos como enemigos. El pasado seis de enero alguien se molestó en montar una gran horca en el pasto a las afueras del palacio legislativo.

La otra pinza del mapa político de Trump es QAnon, que encarna la misma desinformación, las realidades alternativas, el mesianismo, el antisemitismo, la histeria apocalíptica, el pensamiento mágico y el control ciego como si fuera manual de usuario de los peores cultos. Sus lazos comunicantes con el nacionalismo blanco son suficientes como para considerarlos fenómenos hermanos; el más claro es el llamado a tumbar, con lujo de violencia, el sistema establecido para que de esa revolución emerja un nuevo orden. Bennie Thompson, demócrata encargado del Comité de Seguridad de la Cámara Baja, dice que Q es una constelación de “terroristas de derecha que incluye ‘boogaloos’ y otros milicianos, supremacistas blancos y neonazis”.

Primero en canales clandestinos de internet como 4chan y 8chan y luego 8kun, o públicos pero menores como Reddit —hasta 2018, cuando fueron sacados de la plataforma por su constante incitación a la violencia— y Gab, el sitio preferido de los neonazis, lo que se conocería como Q o QAnon, por el apodo cibernético de su creador o profeta, empuja camisetas, dijes y bolsas con su logotipo junto con la creencia en un grupo secreto e intocable de líderes políticos y artistas como George Soros, los Clinton, los Obama o Tom Hanks, demócratas o liberales todos, que supuestamente se dedican a violar niños y bebés, al canibalismo y a la degeneración moral al amparo de su poder. Para hacerles frente un puñado de patriotas se unió en una resistencia clandestina, encabezada por Q, descrito como un oficial de inteligencia del más alto rango infiltrado en el Pentágono o en la CIA. Los guerreros responden a claves crípticas que éste deja regadas en las redes, pero también en sitios públicos y en boca de sus colaboradores en el poder, donde palabras y frases de ecos misteriosos como “La Tormenta” o “Sigue el reflejo en el castillo” le significan únicamente a los más fieles iniciados. Para Q la destrucción del grupo de pedófilos satánicos es inminente, pero sólo si suficientes “patriotas” descifran las claves ocultas detrás de sus mensajes, y tal cosa sólo puede suceder si éstos rechazan a las instituciones podridas, a los expertos y científicos mentirosos, al gobierno corrupto, a la prensa amordazada y al sentido común, a secas.

Hasta aquí la parte sensata. Porque a cerca de cuatro años de su aparición QAnon comienza a comportarse, más que como una ideación marginal, como la primera religión de la posmodernidad: el plan de Q está en marcha e implica un salvador cristiano que finalmente destrozará la cábala de perversos a través de una guerra civil que terminará con su desenmascaramiento y arresto, y cada vez con más fuerza los foros de Q repiten que ese mesías guerrero es nada menos que Donald Trump. Al igual que con los neonazis, si algo le ha dado a QAnon el presidente saliente es credibilidad y presencia, reverberando constantemente sus mensajes en sus redes sociales, afirmándolos como defensores de los niños y apoyando con todo al puñado de legisladores simpatizantes, en particular a dos candidatas al Congreso abiertamente ligadas al grupo: Marjorie Taylor Greene, de Georgia, y Lauren Boebert, de Colorado, la misma que se rehúsa a pasar por los detectores de metales que instaló el Capitolio desde el putsch del 6 de enero. Los abogados de Trump en su última campaña fallida por la reelección, Lin Wood y Sidney Powell, hablan abiertamente de reptilianos y de Hugo Chávez como creadores del supuesto fraude. Todo esto sería por sí mismo grave aun si el FBI no hubiera incluido al grupo en su lista de los más peligrosos detonantes de terrorismo doméstico; Wood ha pedido en sus redes sociales más de una vez la horca para el vicepresidente Pence, por haberse negado éste a seguirle a Trump el juego del fraude. No es novedad que QAnon fomenta la violencia contra sus detractores o percibidos enemigos; Edgar M. Welch entró en diciembre de 2016 con un AR-15 y una pistola calibre .38 a la popular pizzería Comet Ping Pong en Washington D. C., luego de haber leído los mensajes de Q acusando que, de los correos hackeados de Hillary Clinton y liberados antes de las elecciones del 2016, se desprendía que en sus sótanos había niños cautivos que se usaban para amenizar fiestas de pederastas. El hombre decidió acatar los llamados a liberarlos y cuando se dio cuenta de que el local ni siquiera contaba con un sótano, se entregó, atónito, a la policía.

La letalidad de Q reside en que no hay contradicción con la realidad que no pueda ser retorcida y no hay profecía fallida que no sea reformulada; como botón de muestra, los discursos dislálicos, parvularios e incongruentes de Trump son tomados como tesoros cargados de códigos secretos. El 28 de octubre de 2017, a un año de que Trump tomara el poder, Q escribió en 4chan: “La extradición de HRC (Hillary Clinton) está en marcha desde ayer con países avisados para evitar su fuga. Su pasaporte va a ser boletinado a partir del 10/30 @ 12:01am. Esperen revueltas masivas en protesta y la huida de otros de los EE. UU. Los M (militares) conducirán la operación con GN (guardia nacional) en activo. Confirmación de prueba: busquen a un GN y pregunten si estará en activo 10/30 en las principales ciudades”. Los más recientes bulos de Q dicen que el coronavirus es un engaño o que, si existe, es una herramienta creada por el Estado Profundo —por Obama y el doctor Fauci, según una versión— para inocularnos con material genético que nos controlará por medio de las antenas de 5G. Que el famoso e incomprensible tuit del presidente con la única palabra COVFEFE en realidad fue una orden encriptada para sus “patriotas”. Que Robert Mueller está en realidad trabajando con y para Trump. Que John F. Kennedy Jr. no está muerto, sino escondido y trabajando contra los pedófilos, y estaba listo para regresar y tomar la vicepresidencia al lado de Trump en el 2020. Que el inevitable triunfo de esa dupla traería el “Día de la Tormenta”, cuando el presidente, bajo el nombre clave de Q+, detonara la prometida guerra civil, despertara al mundo a la verdad y nos salvara del grupo de perversos.

Sobra decir que Clinton goza de total libertad y nunca ha huido de los Estados Unidos, que Kennedy jr. sigue durmiendo en el fondo del mar y que Trump perdió la elección. Pero, como en toda religión que se respete, en el caso de Q la contradicción entre el dogma y la realidad en modo alguno ha causado bajas entre el bulto de sus acólitos; cuando la razón se rebela ante la locura los seguidores se recetan las frases “Disfruta del show” y “Confía en el Plan”.

La toma del Capitolio, reinventada como “La Tormenta” —con todo y hashtag: #TheStormHasArrived— que Q dice será el detonante del periodo de sangre y fuego previo a los arrestos de los pederastas satánicos, ya tiene a su mártir en Ashli Babbitt, la mujer que recibió una bala al intentar reventar la puerta del pleno. Tiene también una base energizada por las imágenes de lo que ellos consideran un triunfo y una gran aventura: la culminación práctica, tangible, de años de teclear viajes ácidos desde la soledad de sus sótanos. Una cuenta del grupo en Telegram con más de 10 000 seguidores compartió, días antes del 6 de enero, guías de supervivencia, instrucciones para manipular armas y manuales de entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo.

Sin las redes sociales QAnon no existiría, o no sería la amenaza de gran alcance en que se ha convertido. Por algo las plataformas han suspendido no sólo las cuentas del presidente, sino las de los principales propagadores de Q: Twitter dio de baja a 70 000. Q mismo tiene más de un mes de no enviar mensaje alguno en ninguna de sus plataformas, aunque hoy, cuando es casi imposible distinguir su movimiento del de Trump, quizá la ausencia sea irrelevante. Porque nadie sabe quién es o quién creó a Q. Lo que sí sabemos es que su lenguaje paranoico y apocalíptico, sus referencias evangélicas, sus llamados a la violencia y a destruir el orden establecido, con Trump a la cabeza, lo hacen la pinza perfecta para el nacionalismo blanco de los tiempos que corren: antes de lanzarse contra el Capitolio el pasado 6 de enero, los Proud Boys, paramilitares pronazis, se hincaron en la calle a rezarle a Jesús por la restauración de sus valores y cultura perdidos. De allí pasaron a unírsele al chamán de QAnon con cuernos de vikingo —que dijo estar allí “a pedido del presidente, para que hoy vengamos todos los patriotas a D. C.”—, a barbones enfundados en camisetas antisemitas, a vaqueros izando banderas confederadas terminadas en lanza y a milicianos ostentando cruces blancas sobre trajes de camuflaje con leyendas alusivas al “Ejército de Dios” o al “Ejército de Trump”.

Sí, ver al Donald Trump pisotear el voto popular e incitar la violencia de la turba detrás de su vidrio blindado hasta causar la toma del Capitolio fue escalofriante. Pero no más que esto: sin el menor indicio de fraude y con más de sesenta demandas desechadas en las cortes por falta de evidencias, 121 congresistas y seis senadores republicanos eligieron sumarse a la falacia presidencial y retar los votos del Colegio Electoral que, en el sentido del voto popular, le dieron el triunfo a Joe Biden. A la fecha el presidente saliente, amenazado por su segundo juicio político y por las consecuencias que enfrentará tras la pérdida de la impunidad que le daba el puesto, ha prometido finalmente una transición pacífica y le ha pedido calma a sus seguidores. El asunto es que, como ni él ni sus sicofantes en las cámaras han aceptado públicamente que perdió la elección, los mismos grupos de “patriotas” que se lanzaron contra la decisión democrática de los ciudadanos estadunidenses el día 6 de enero han llamado a tomar, esta vez con armas, entre el domingo 17 de enero y el 20, día cuando se llevará a cabo la inauguración de Biden, no sólo el Capitolio sino los palacios legislativos de todos los estados de la Unión. Hay que recordar que entonces Trump tiene, técnicamente, el mando de los ejércitos y las policías del país.

En el verano de 2018, en una convención de veteranos de guerra en la ciudad de Kansas, Donald Trump, manchado ya por su incompetencia y por la corrupción rampante de su administración, exclamó así: “Lo que están viendo y lo que están leyendo no es lo que está pasando”. Imposible no remitirse a 1984, de George Orwell, cuando dice: “El Partido te ordena rechazar la evidencia de tus ojos y tus oídos”. Esta normalización de los “hechos alternativos”, el desprecio por la democracia, la inteligencia, la ciencia y la academia y la aceptación de la violencia como herramienta política, todas características del nacionalismo supremacista blanco y pilares germinales del fascismo, serán la herencia maldita, la píldora envenenada que Trump ha sembrado con éxito en el Partido Republicano y que le pesará por décadas a los Estados Unidos como un todo, aunque, como Q, él ya no esté.

Es difícil pensar que la fortaleza institucional de los Estados Unidos y el rechazo rápido y vocal a la violencia racista y autoritaria por parte de la ciudadanía permitirán que la revolución prescrita por los seguidores de Trump llegue a término. Cuando menos, esta vez.

 

Roberta Garza