A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

De manera frecuente, demasiado frecuente, en casi cualquier discusión o análisis crítico del presente suele hacerse referencia al nazismo. A fuerza de repetir, el nazismo y la crisis democrática de la República de Weimar se han ido convirtiendo en todo y por lo tanto en nada. Sin embargo, hay momentos como el actual en que mirarse en ese espejo es útil. Arroja lecciones importantes.

Ilustración: Víctor Solís

La república llegó de manera tardía a Alemania. Solo hasta después de la Primera Guerra Mundial es que la democracia se instaló para sobrevivir poco más de 14 años. El fin de la República de Weimar pudo ser evitado pero diversas circunstancias y decisiones la llevaron a una muerte que desde entonces es emblemática. Aquí la historia de uno de esos tantos episodios que pudieron cambiar la historia y no lo hicieron.

Desde el final de la Gran Guerra, Alemania se encontraba humillada por la derrota y las condiciones del Tratado de Versalles, vivió años de convulsión política, violencia desatada y una gigantesca crisis económica que hasta hoy es emblemática. La descomposición llevó a militares y grupos de extrema derecha a crear mitos de conspiración para justificar la derrota en la guerra, a base de mentiras reiteradas se construyó el mito de la “puñalada por la espalda” en la que se responsabilizaba principalmente a comunistas, judíos y la iglesia católica.

En 1919, Adolf Hitler se unió al pequeño Partido Obrero Alemán, que un año después cambiaría de nombre al de Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. Rápidamente Hitler tomó control del partido y el 8 noviembre de 1923 intentó un golpe de Estado desde Múnich. La fecha fue elegida ya que coincidía con el nacimiento de la república y el fin de la monarquía en 1918. El movimiento buscaba regresar a Alemania a un supuesto pasado glorioso, hacer a Alemania grande de nuevo. La combinación nos es conocida: ultranacionalismo y racismo. Discurso de odio y mentiras reiteradas. Para ello fue construyendo un movimiento vibrante conformado por masas inconformes, políticos, militares y grandes empresarios.

El golpe de Estado de 1923, que no fue el único durante la República de Weimar, fue encabezado por Hitler, Erich Ludendorff (general militar durante la Gran Guerra) y Hermann Göring (héroe nacional de la aviación alemana durante la guerra). Los hechos de esa noche comenzaron en Múnich, en la cervecería Bürgerbräukeller, aprovechando una reunión de funcionarios de la región y una parte importante de la élite económica. El golpe fue un rotundo fracaso.

“Al inicio del juicio se esperaba que los responsables del golpe fueran condenados a muerte o tras una larga pena, en el caso de Hitler, fuera deportado a Austria”.1 Por su parte, Göring alcanzó a escapar a Austria y no fue procesado.

La lista de acusados fue de 10 personas; sobresalían Adolf Hitler, Erich Ludendorff y Ernst Röhm (jefe de las tropas de asalto, las SA). Se les acusaba de alta traición mientras se dejó fuera “la muerte de cuatro policías, el secuestro de varios miembros del gobierno, las agresiones a varios judíos y otros delitos como el robo de efectivo y la toma violenta de instituciones”.2 Las similitudes con lo ocurrido en el Capitolio son evidentes. Un tema no menor y muy controvertido fue que el juicio no se realizó en Leipzig como correspondía ya que allí se encontraba un tribunal creado para estos casos. Se decidió hacer el juicio en Múnich con un tribunal conformado con personajes afines a la ideología nacionalista. El gobierno no quiso confrontar a los grupos radicales que respaldaban al movimiento y accedió a realizar el cambio de sede. También el tribunal temía la reacción de grupos ultranacionalistas y prefería un juicio rápido, intentó ocultar la participación de autoridades bávaras en el golpe y mantuvo en secreto las violaciones al Tratado de Versalles por temor a reacciones internacionales.3

El juicio comenzó el 26 de febrero de 1924. Fue todo un espectáculo. La república había traído un cambio de la clase política gobernante, pero “no se tomó la precaución de destituir a los jueces nombrados por el káiser”.4

Las consignas lanzadas por Adolf Hitler durante el juicio pueden resumirse en algunos de sus argumentos de defensa:5 “¡Si alguien cree estar llamado a cumplir una misión, tiene la obligación de llevarla a cabo!”. “¡Levantarse contra los traidores de 1918 no puede ser alta traición!”. “No piensen que este juicio va a destruirnos. Pueden encerrarnos si quieren… pueden hacerlo tranquilamente. Pero el pueblo alemán no se olvidará de nosotros. Las puertas de nuestras prisiones se abrirán y llegará el día en que quienes hoy han sido acusados se conviertan en los acusadores”. La retórica autoritaria y antidemocrática se mantiene hasta nuestros días.

El 1 de abril se condenó por alta traición a Hitler y a otros tres acusados a cinco años de prisión y una pequeña multa. “A pesar de que alta traición conllevaba a cadena perpetua, el tribunal consideró que existían atenuantes por lo que redujeron la pena. Además, los magistrados determinaron que pasados seis meses de prisión podían solicitar libertad condicional”.6 Evidentemente el tribunal no encontraría culpable al general Ludendorff, no había ninguna intención de condenar a un alto mando militar. Los otros cinco acusados fueron declarados culpables de un delito menor de complicidad e inducción a la alta traición. De inmediato, al enterarse Rudolf Hess lo benévolo que fue el tribunal, se entregó y recibió la misma sentencia que Hitler.

Más revelador que las sentencias fueron los argumentos del tribunal para llegar a ellas: los acusados actuaron “con un ánimo puramente patriótico… y por los motivos más nobles y desinteresados”. Allí, en el sistema judicial estaba el “germen del Tercer Reich”.7

Por si fuera poco, “la burla de la justicia no terminaba allí. La Ley para la protección de la república establecía que los extranjeros acusados de traición debían ser deportados una vez cumplida la condena. El juez determinó que en el caso de Hitler no aplicaba por su historia de servicio a Alemania durante la guerra”.8 Independientemente de esa sentencia y para evitar una posible extradición, Hitler renunciaría a su ciudadanía austriaca manteniéndose como apátrida hasta 1932 que recibió la nacionalidad alemana tan solo seis meses antes de tomar el poder.

Los sentenciados purgarían su sentencia en la prisión de Landsberg, Hitler como el preso número 21 en la muy cómoda celda número 7 donde sería tratado con muchos privilegios. Pasaría tan solo 264 días allí.9 Utilizará los años en prisión para redactar sus memorias, muy exageradas, y el ideario político del movimiento y partido. El título preliminar de lo que sería Mi Lucha era Cuatro años y medio de lucha contra las mentiras, la estupidez y la cobardía.

Mucho se ha reflexionado sobre este juicio y lo que pudo y debió haber ocurrido en él. “El juicio de Adolf Hitler no es la historia de su ascenso al poder, es solo uno de los muchos episodios que hicieron posible ese ascenso. Gracias al proceso judicial, un líder político local prácticamente desconocido fue catapultado a la escena nacional”.10 “Adolf Hitler podría haber sido borrado del mapa y condenado al olvido en aquel juzgado de Múnich. En cambio, esa inquietante perversión de la justicia allanó el camino para el surgimiento del Tercer Reich”.11

Alemania se encontraba en la encrucijada de atender la grave crisis económica mientras contenía los embates de las extremas derecha e izquierda. La decisión fue no terminar con un movimiento violento que arengaba a las masas con mentiras mientras atacaba a la democracia y a sus instituciones. No solo era Hitler sino un grupo nutrido de políticos, empresarios, medios y militares que respaldaban su discurso o permanecían en silencio.

No hay democracia sana sin Estado de derecho. El imperativo ético, político y jurídico era aplicar la ley e inhabilitar a Hitler. Evidentemente nadie sabía lo que estaba por ocurrir una década después.

Hoy, al parecer, Estados Unidos se encuentra en una encrucijada similar. No cabe duda del ímpetu antidemocrático de Trump, tampoco de lo que es capaz de hacer. ¿Se debe privilegiar los primeros días del gobierno de Biden? ¿La crisis económica y sanitaria deben ser prioridad? ¿Es suficiente removerlo a través de la Enmienda 25 de la Constitución o debe ser procesado en un juicio de destitución que lo inhabilite en el futuro? ¿Se debe temer a una mayor polarización y a la reacción de grupos ultra nacionalistas y racistas violentos? ¿Se pueden desestimar, por cálculos políticos, actos de sedición, rebelión e insurrección provenientes desde el más alto cargo político de una democracia?

Las lecciones de Múnich en los 20 del siglo pasado son claras. La democracia generó el fenómeno Trump y la democracia, con sus leyes e instituciones, debe corregirse a sí misma. El impeachment no necesariamente debe ser inmediato pero es necesario que ocurra, no basta la remoción en estos momentos. A Trump se le debe juzgar por lo ocurrido el 6 de enero y por otros muchos cargos criminales que están en espera de ser procesados. La muerte de personas el 6 de enero no debe quedar fuera de un futuro juicio como ocurrió en 1924. La justicia no debe parar con Trump sino alcanzar a la turba criminal que tomó el Capitolio y a los políticos que respaldaron las teorías de conspiración e incitaron a la violencia. Si la decisión es no continuar con el juicio de destitución o si no hay suficientes miembros del partido republicano en el senado dispuestos a dar su voto a favor en ese juicio o si se omite la responsabilidad de políticos y su discurso de odio e incitación a la violencia que llevó a otros crímenes como la muerte de cinco personas durante la toma del Capitolio, la democracia norteamericana estará repitiendo los errores del juicio de Múnich en 1924 y estará corriendo un riesgo difícil de predecir.

Adicionalmente, debe haber costos políticos para aquellos miembros del partido republicano que con su silencio permitieron cuatro años de demencial gobierno. Sectores sociales y medios, tradicionales y digitales, deben reflexionar sobre su papel durante el gobierno de Trump.

Sin todo esto la democracia norteamericana no podrá iniciar un proceso de recuperación post Trump.

 

Jacobo Dayán


1 King D., El juicio de Adolf Hitler, Seix Barral, 2020, p. 207.

2 Ibid, p. 210.

3 Ibid, pp. 211-214.

4 Ibid, p. 223.

5 Ibid, pp. 241, 261.

6 Ibid, p. 406.

7 Ibid, p. 408.

8 Ibid, p. 412.

9 Vitkine A., “Mein Kampf”. Historia de un libro, Anagrama, 2011, p. 20.

10 Ibid, p. 457.

11 Ibid, p. 459.

 

Un comentario en “Una democracia en crisis:
Múnich, 1923-Washington D. C., 2021

  1. Fincarle responsabilidades a Trump sería, pienso, un ejemplo Urbi et Orbe particularmente en estos momentos para su vecino del Sur: México.