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1. Tolerancia y democracia

El advenimiento de la democracia contemporánea se cimentó en gran medida sobre la base de tolerancia que nos heredó hace algunos siglos el final de las guerras de religión que convulsionaron el surgimiento del mundo moderno. En efecto, los dos principios que se consolidaron como consecuencia de ese momento histórico fueron la idea de la laicidad del Estado (es decir de la división entre religión y política, que tan en riesgo se encuentra en nuestros días) y el derecho de libertad religiosa (como base de respeto y tolerancia de quien piensa y cree en algo o alguien distinto), que son premisas de la convivencia pacífica y civilizada sobre la que se fundan las democracias. En efecto, en esta forma de gobierno el reconocimiento de la diversidad ideológica y de la pluralidad política son su fundamento, y la tolerancia frente a las opiniones diversas la condición primera de su funcionamiento.

No es casual, y vale la pena rescatar el hecho, que Hans Kelsen, uno de los teóricos más importante de las democracias, haya trazado una línea de continuidad entre el pensamiento absolutista, único, y las autocracias, por un lado, y entre las concepciones relativistas del mundo y la democracia, por el otro.

Y es que, sin la aceptación de que en el mundo social las verdades absolutas no tienen cabida y sin el reconocimiento de la igual dignidad de las posturas diferentes de la propia —lo que no significa, de ninguna manera, claudicar a las nuestras creencias y valores—, la democracia simple y sencillamente no puede existir.

En ese sentido, la democracia no es nada más la prevalencia de la opinión de la mayoría, sino la interacción pacífica y respetuosa —es decir, tolerante— de las posturas diferentes, con independencia de que al final prevalezca como decisión colectiva aquella que recibe un respaldo mayor. Pero eso no significa, para nada, que haya un desconocimiento y mucho menos una conculcación de los derechos de quienes piensan diferente de la mayoría —en primer lugar, el derecho, precisamente, a pensar distinto—.

Ese modo de intolerancia política —la prevalencia absoluta de la mayoría a costa de la(s) minoría(s)—, para decirlo sin rodeos, se llama totalitarismo y es el sustrato en el que históricamente se sustentó el fascismo (como lo recuerda Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, Taurus, México, 2004).

Por ello, de cara a la polarización que caracteriza a las sociedades contemporáneas, lo que está en juego es la defensa del espacio público, propio de las democracias, como un lugar en donde tienen cabida todas las posturas para que interactúen respetuosamente entre sí.

Ilustración: Patricio Betteo

2. Mala tempora currunt: los retos actuales de la democracia

La democracia vive un momento de tensiones intrínsecas y de desafíos inéditos. La polarización, la desinformación y las tentaciones autoritarias confluyen con el comprensible descontento derivado de una serie de políticas públicas que no han resuelto la histórica deuda social con amplísimos sectores de la población que viven en condiciones inaceptables de pobreza y ni la oceánica desigualdad que atraviesa todos los ámbitos de la convivencia pública y hasta privada. El terreno es fértil para que ese descontento, tarde o temprano, recibiendo los estímulos adecuados, se convierta en ira, en odio y eventualmente en fanatismo.

Hoy las democracias enfrenan fenómenos complejos que, si bien no son nuevos, sí se ven potenciados y exacerbados por la velocidad con la que hoy circulan las opiniones y la información —no siempre real o verificada— en el debate público.

Uno de esos fenómenos de los que históricamente se han nutrido las expresiones antidemocráticas es la polarización, que no es, como erróneamente parecen creer algunos, la división de una sociedad a mitades (50 %-50 %), sino la diferenciación de las posturas existentes en una sociedad en una lógica binaria (buenos-malos, amigos-enemigos, progresistas-reaccionarios, etc.) que divide al mundo en dos bandos: “nosotros” (que siempre conlleva las características positivas) y “ustedes”, los “otros” (que, por el contrario, encarna las características negativas). La polarización no es un fenómeno neutral, descriptivo y objetivo, sino que es la negación de la pluralidad y la diversidad que inevitablemente caracteriza a las sociedades complejas como las nuestras.

La polarización se nutre pues de la intolerancia y de la negación del pluralismo como diversidad que convive y se recrea pacíficamente y se funda en la reducción de dos bandos claramente distinguidos e irreconciliables entre sí.

Todos los experimentos totalitarios del mundo moderno, todos sin excepción, se fundan en una concepción polarizada y en un discurso polarizador de la sociedad y, en consecuencia, de la negación del pluralismo y del reconocimiento de la diversidad, que son vistas (como lo hacía Carl Schmitt en El concepto de lo político, Alianza Editorial, Madrid, 1999 —quien no casualmente terminó siendo ideólogo del nazismo—) como un perverso intento por diluir la verdadera esencia de la política: la distinción entre amigo y enemigo y, en consecuencia, la confrontación entre éstos.

Por eso la polarización está estrechamente vinculada con los llamados “discursos de odio”  que son aquellas expresiones públicas que tienen el propósito de generar una animadversión —también ésta pública— en contra de un grupo de personas o en contra de una persona en particular, descalificándola, con razones o sin ellas, mintiendo o no, con un propósito específico: alimentar un sentimiento de rechazo, repudio y negación de esa persona o de ese grupo por considerarlo peligroso, nocivo, pernicioso o siempre y sencillamente distinto y por ello indeseable. En sus versiones más extremas, el propósito es incluso el incitar la violencia en contra de esa persona o de ese grupo en virtud de resultar, justamente, indeseable.

Es importante resaltar que cuando hablamos de “discurso de odio” no estamos hablando de algo que se produzca y recree en el ámbito privado; en ese sentido no se trata de un sentimiento interno que se procesa de manera íntima o cerrada; sino que, por el contrario, tiene el propósito expreso y explícito de externarse públicamente para provocar en otras personas reacciones en contra de quien está dirigido. No es casual que la expresión provenga del inglés hate speech, es decir, no es un pensamiento íntimo (hate thought), o uncomentario privado (hate comment), sino un discurso —por definición público— que tiene el propósito de incitar en otros el odio contra alguna persona o algún grupo de personas que, agregaría, por alguna razón son consideradas diferentes a un “nosotros” y, por esa razón, indeseables.

Para decirlo en palabras de Gustavo Ariel Kaufman: “El odium dictum —expresión con la que este autor sugiere definir al hate speech—es, entonces, una opinión dogmática, injustificada y destructiva respecto a ciertos grupos históricamente discriminados o a ciertas personas en tanto integrantes de dichos grupos, emitida con el propósito de humillar y/o transmitir tal dogma destructivo al interlocutor o lector y de hacerlo partícipe de la tarea de marginalizar o de excluir a las personas odiadas” (Gustavo Ariel Kaufman, Odium dicta. Libertad de expresión y protección de grupos discriminados en Internet, Conapred, México, 2015, p. 47).

Hoy la polarización política que aqueja a las sociedades democráticas se ve alimentada por noticias falsas, prejuicios ideológicos o político, un uso poco ético de las tecnologías de la información y la comunicación, las nuevas plataformas de Internet y, de manera particular, las redes sociales (véase en ese sentido el texto de Raúl Trejo Delarbre, “Fanáticos en línea y en el Capitolio”, en Crónica, México, 11 de enero de 2021, en el cual evidencia el papel que las redes sociales tuvieron en el crecimiento y propagación del grupo “Q-Anon”, una de las principales organizaciones en la irrupción al Capitolio de los Estados Unidos).

Seamos claros, la polarización no es un fenómeno nuevo. Ha acompañado a la política ancestralmente y ni siquiera es ajena a la democracia, como lo demuestra la confrontación que conllevan las campañas electorales. Sobre todo cuando se trata de cargos unipersonales los que están en disputa, las posturas políticas tienden naturalmente a polarizarse. Sin embargo, lo que hoy resulta preocupante es que la rampante polarización que cunde en el mundo está siendo frecuentemente potenciada por un valor abiertamente antidemocrático: la intolerancia.

Hay que decirlo sin ambages: el uso de los medios de comunicación, y en particular de las redes sociales, para difundir medias verdades o mentiras absolutas, para crear campañas de desprestigio contra personajes de la vida pública, para generar contextos de confrontación exacerbada o, en el peor de los casos, para difundir discursos de odio o llamados a la violencia, son fenómenos que representan graves amenazas a la democracia tal y como la conocemos.

Por desgracia sobran ejemplos de ello, y uno muy palpable lo acabamos de presenciar el pasado miércoles 6 de enero en los Estados Unidos, donde una serie de recurrentes expresiones de confrontación y de descalificación de vastos sectores de la población o de posturas políticas, de reiterados discursos de odio, de tolerancia o incluso de exaltación de actitudes de intolerancia y de constantes “verdades alternativas” (eufemística manera de llamar hoy a las mentiras), que desde hace algunos años han venido utilizando para alimentar y exacerbar la polarización de la sociedad norteamericana, dieron pie a un ataque directo a una de las democracias más antiguas y consolidadas a partir de una flagrante mentira: la de un supuesto fraude electoral.

Lo ocurrido en el “asalto al Capitolio” es una llamada de atención para todo el mundo: cuando la intolerancia y el discurso que divide, descalifica y estigmatiza a quien no piensa como uno prevalecen, la democracia se pone en riesgo y se legitima la violencia que es la negación, no lo olvidemos, de la democracia.

Lo ocurrido en estos días es un triste y lamentable recordatorio de algunos eventos que constituyeron algunas de las peores experiencias de la humanidad durante el siglo pasado: democracias que se erosionaron desde sus mismas entrañas. Se trata de la enésima advertencia, clara y contundente, de que a la democracia o se le cuida, o se agota, y se nos puede esfumar entre las manos de una manera mucho más sencilla, y no por ello menos dolorosa, de lo que podríamos suponer.

Reflexionar sobre lo anterior no es hoy un mero ejercicio intelectual, lo ocurrido en Estados Unidos nos debe llevar a una seria reflexión sobre las consecuencias concretas que la polarización y la intolerancia están provocando en términos disruptivos para la convivencia democrática. Y no se trata, lamentablemente de hecho que nos sean ajenos. En este año, 2021, México se encamina a la elección más grande y compleja de nuestra historia. Por eso es indispensable insistir en que dependerá del compromiso de todas la fuerzas y actores políticos, de las autoridades de los tres órdenes de gobierno, de los medios de comunicación, de los usuarios de redes sociales, de las autoridades electorales y, desde luego, del conjunto de ciudadanas y ciudadanos, el que nuevamente podamos ir a las urnas y renovar nuestros poderes públicos de manera pacífica, civilizada y democrática.

La democracia, vale la pena insistir en ello, es obra y, por ello, patrimonio de todas y todos, a todas y todos nos corresponde, en consecuencia, cuidarla y recrearla.

 

Lorenzo Córdova Vianello
Consejero Presidente del Instituto Nacional Electoral.

 

Un comentario en “Democracias en riesgo. Intolerancia y discursos de odio

  1. excelente articulo Dr. Córdova, ojalá los lean muchos para seguir demostrando que la democracia es la mejor forma de gobierno, y las nuevas generaciones elijan libremente y se dejen de contaminar con publicaciones en redes sociales que en nada abona, solo polarizan. las verdades incomoda, perolas mentiras destruye, hay que evitarlas.

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