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Llegó el momento en el que los peores presentimientos sobre Donald Trump se volvieron  realidad. Desde finales de diciembre, el presidente de Estados Unidos convocó a través de redes sociales a que sus seguidores se manifestaran contra los resultados de la elección presidencial el 6 de enero en Washington, D.C. El día tenía un significado particular: el Congreso se reuniría para certificar los resultados emitidos por el Colegio Electoral, un acto más procedimental que sustantivo.

Pero el presidente no iba a dejar pasar una última oportunidad para aferrarse al poder. Con mentiras, aseguró que tanto el Senado como el vicepresidente Mike Pence podían revertir los resultados de la elección de noviembre. Antier por la noche, sus hijos aseguraron que el movimiento trumpista iría contra todos los senadores que ratificaran los resultados. Las amenazas escalaban.

Desde la medianoche, miles de seguidores comenzaron a reunirse alrededor de la Casa Blanca para el discurso de ayer, a solo unos metros de la casa presidencial. Ahí, Trump, el último en hablar después de varios familiares suyos, lanzó una invitación: “Vamos a caminar por la avenida Pensilvania… y vamos a darle a nuestros republicanos —a los débiles, porque los fuertes no requieren de nuestra ayuda— el tipo de orgullo y arrojo que necesitan para retomar nuestro país”.

Sus seguidores inmediatamente aceptaron la sugerencia y comenzaron a dirigirse hacia esa avenida, que desemboca en el Capitolio, donde comenzaba la sesión conjunta del Congreso.

El vicepresidente, encargado por la Constitución de dirigir la sesión, preguntó si había inconformes con los resultados de algún estado. Después de aprobar dos estados ganados por Trump, un senador republicano pidió que se revisaran los resultados de Arizona. Y entonces comenzó el debate sobre los méritos de las “irregularidades” de la elección.

Para sorpresa de muchos, el todavía líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, se refirió a éste como el voto más importante de su carrera y advirtió que votar contra los resultados resultaría en un daño “eterno” para la república. A pesar de ser uno de los aliados más importantes de Donald Trump en sus cuatro años como presidente (y sin duda el más poderoso), McConnell marcó una línea frente al trumpismo. Después hablaron otros senadores, entre los que destacó Ted Cruz (R-Texas), quien dijo que debería convocarse una comisión investigadora para averiguar los resultados —a pesar de que más de 60 demandas han sido rechazadas ya por diversos tribunales en el país.

A los pocos minutos, instantes después de que Donald Trump tuiteara que su vicepresidente no tuvo el valor para rechazar los resultados, el perímetro de seguridad del Capitolio fue vencido por los manifestantes. La policía del Capitolio, una de las agencias policiales más grandes de la ciudad, fue rebasada rápidamente por miles de personas que empujaban las vallas de seguridad. No habían pasado 30 minutos desde que el senador Cruz dijera que una parte importante del país dudaba de los resultados electorales y que se necesitaba una comisión, cuando el vicepresidente tuvo que retirarse por una salida de emergencia. La mayoría de los congresistas le siguió. Quienes concedieron entrevistas a la televisión se negaron a dar su localización dentro del edificio por miedo a que los manifestantes los ubicaran.

Ilustración: Patricio Betteo

Las imágenes ya han circulado durante horas: banderas con el nombre de Trump por todos los ángulos del Capitolio y banderas confederadas dentro del recinto parlamentario; un simpatizante trumpista sentado en la silla del presidente del Senado; una nota en la oficina de la lideresa de la mayoría en la Cámara de Representantes que decía: “No nos vamos a ir”. Desde 1954, cuando cuatro nacionalistas puertorriqueños intentaron abrieron fuego adentro del Capitolio, no se había invadido ilegalmente el Congreso estadunidense.

El problema se vuelve mayor en tanto que el Distrito de Columbia no es un estado, sino un distrito federal. Por lo tanto, la movilización de la Guardia Nacional depende del Departamento de Defensa —que responde al presidente y no a la alcaldesa. En todas las demás entidades, la Guardia Nacional depende directamente del gobernador.

En parte por eso la movilización policiaca fue tardía. Pero no dejó de ser intensa: el sonido de sirenas, patrullas, ambulancias, camiones de bomberos, helicópteros y motocicletas de una de las ciudades con mayor número de corporaciones policiales fue, a ratos, ensordecedor. No es el sonido del orden: es el ruido del caos.

La lideresa Demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, prometió que una vez que el Capitolio fuera asegurado de los invasores, continuaría la sesión para certificar los resultados de la elección que ganaron Joe Biden y Kamala Harris. Desde las cinco de la tarde del tiempo de México, la ciudad de Washington D. C. cumplió el toque de queda emitido por la alcaldesa. Nadie pudo salir de sus casas, salvo los trabajadores esenciales y trabajadores de instituciones de salud hasta el día siguiente.

La contradicción no podría ser más grande: el partido y el presidente que durante la campaña repitieron, una y otra vez, que representaban la “ley y el orden”, exigieron, sin la ley en la mano, revertir los resultados y violentaron el orden en el Distrito de Columbia. Rompieron puertas y reventaron vidrios; los partidarios de Trump dejaron un mensaje claro: la nueva mayoría demócrata no es legítima. No los representa. Y no se resignarán. Un manifestante en la calle lo advertía: esto es sólo el comienzo.

Las imágenes de hoy son la consecuencia más clara de la polarización que vive el país desde hace unos años; el resultado de la pugna entre quienes creen en la posibilidad de una nación multiracial frente a quienes defienden una época gloriosa del pasado, donde  la diversidad no los amenazaba. Muestran la ira de quienes sienten que su país les está siendo arrebatado. Y muestran, también, que las palabras —aun arrojadas con ligereza y sin fundamento— tienen consecuencias: en las instituciones, en las emociones colectivas y en las vidas individuales. Una persona murió después de haber recibido un impacto de bala a las afueras del Capitolio.

A Donald Trump todavía le quedan 13 días como inquilino de la Oficina Oval. Las redes se han inundado con mensajes que exigen un procedimiento expedito para removerlo de la presidencia. Sería una señal clarísima hacia el mundo de los límites que existen en esta democracia: la violencia y su incitación no serán toleradas.

Pero los acontecimientos de ayer no deben quedarse en la figura de Trump y su familia. Su interpretación debe ir más allá y comprender lo que representan. Quienes quieran sanar y reconciliar al país tendrán que entender la ira y la furia, el enojo y el reclamo.

Pero quizá la primera pregunta que tendrán que hacerse quienes están por llegar al gobierno es si esta república todavía es rescatable: si aún existe un piso común que les permita coexistir. O si lo que vimos ayer es solamente la continuación de una potencia que acelera su inevitable decadencia.

 

Juan Zavala
Abogado y maestro en Derecho por la Universidad de Georgetown.

 

Un comentario en “La invasión del Capitolio

  1. Sr Zavala … Coincido con su diágnóstico: La toma del Capitolio estuvo muy mal.

    Añado: Hechos curiosos, no había Guardia Nacional alrededor del Capitolio, como sí la hubo en la última manifestación de Black Lives Matter, todo fue transmitido con lujo de detalles a todo el mundo. Pienso esto fue un show armado para ventilar lo que hizo el Sr Trump. Una semana antes el Congreso discretamente aprobó US$740 mil millones más para gastos militares, sin cobertura de medios, y nadie dijo nada (!).

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