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En el prefacio de Una tierra prometida (Debate, 2020), Barack Obama anuncia ya una falla de origen. “Soy perfectamente consciente de que un escritor más talentoso hubiera podido encontrar una manera de contar la misma historia con mucha mayor brevedad”. El presidente que alcanzó el hito de reformar el sistema de salud estadunidense—tras los fallidos intentos de Theodore Roosevelt, Harry Truman y Bill Clinton, por mencionar algunos de los más relevantes— fracasó en una empresa que en teoría se antoja más simple: la del uso económico del lenguaje.

Tras una rápida revista de sus primeros años, desde Hawái y Yakarta hasta Nueva York y el sur de Chicago, el expresidente ofrece un recuento honesto de los primeros dos años y medio de su presidencia. Si bien los capítulos iniciales palidecen frente al detalle de su primer libro, Sueños de mi padre (1995), o con respecto al minucioso retrato biográfico de David Remnick, El puente (2010), la primera parte de Una tierra prometida logra enganchar al lector mediante una mezcla de su vida personal, sus primeras victorias y derrotas políticas, seguido de una fascinante narración sobre la carrera por la presidencia.

Ilustración: Oldemar González

El tomo de 751 páginas, el primero de dos volúmenes, parte con una pregunta central de fondo, un cuestionamiento propio y también esbozado por algunas de sus personas más cercanas: ¿por qué yo debería ser presidente de los Estados Unidos? La edificación de su carrera política, marcada por ausencias familiares y estragos económicos, dejó un costo importante en su relación con Michelle Obama, quien se vio relegada en su propia trayectoria profesional y, de alguna manera, se vio obligada al cuidado de sus hijas. Es Michelle quien, a pesar de su respaldo constante, cuestionó en repetidas ocasiones la ambición política de su esposo: “es como si tuvieras un hoyo que llenar”.

Al narrar los momentos más ásperos de su trayectoria política, Barack Obama ahonda en el cuestionamiento central sobre el propósito de su carrera: “¿es sólo vanidad? O quizá algo más oscuro, un hambre cruda, una ambición ciega envuelta en el delgado mensaje del servicio público”. Tras una derrota rotunda en la contienda por un escaño en el congreso federal y su intento fallido por ingresar a la Convención Nacional Demócrata en el 2000, Obama insistió en darle vueltas a la justificación de sus planes electorales. Quizá se trataba, pondera el autor, de una falsa racionalización, similar a la de un alcohólico que justifica un trago más.

Esta misma crudeza introspectiva está detrás de la narración de su candidatura hacia la presidencia. Aun por encima de su victoria contra el republicano John McCain, la verdadera proeza –según la descripción misma de Obama– fue vencer a Hillary Clinton en la contienda interna, particularmente gracias a un épico triunfo inicial en Iowa.

Una de las virtudes del libro, como en cualquier autobiografía exitosa, sucede al salirse del guion oficial y romper con la institucionalidad. El expresidente revela su percepción sobre sus entonces rivales —quienes posteriormente fueron piezas centrales de su administración. Sobre Hillary, “siempre impecablemente preparada”, rememora amargamente la campaña negativa que lanzó en su contra, así como el rechazo inicial con el que la exsenadora respondió a su oferta para encabezar la diplomacia estadunidense. Obama también recuerda cómo el exsenador Biden lo tildaba de inexperto para ocupar la silla presidencial y cómo le pidió tener la última palabra en todos los asuntos de trascendencia nacional, darle el último consejo antes de que él tomara la decisión final, como condición para ser su vicepresidente.

En la descripción de sus campañas electorales, Obama detalla la composición de su equipo, particularmente sus asesores más cercanos, quienes cobraron vital importancia personal y profesional durante su presidencia —mayor aun a la de varios secretarios de Estado. Destacan, sin ningún orden en particular, David Axelrod, a cargo de la estrategia política; Robert Gibbs, encargado de su estrategia de comunicación; David Plouffe, el arquitecto de su campaña presidencial; Rahm Emmanuel, su jefe de Oficina; Reggie Love, asistente personal y Samantha Power, asesora de política exterior y una suerte de consejera moral.

La vida personal de Barack Obama calibró su brújula política. Fue criado por abuelos blancos de Kansas en una isla multicultural. Obtuvo el respaldo de sus compañeros abogados de Harvard, mayoritariamente blancos, para dirigir la prestigiosa revista de derecho de la universidad. Ganó su asiento en el Senado gracias al respaldo de votantes rurales blancos de Illinois —quienes antes habían negado su apoyo a Harold Washington, el primer alcalde afroamericano de Chicago. Si en sus peores momentos Obama lanzaba la hipótesis de la ambición como motor de su proyecto político, en sus mejores horas abrazaba una tesis mucho más optimista. “Creo poder detonar un nuevo tipo de política, unir las divisiones del país mejor que otros candidatos”.

Más importante que hacer frente al racismo sistémico estadunidense, el objetivo central de Barack Obama era trascender la dinámica de profunda animadversión entre republicanos y demócratas. Sobre esta idea gira la narración de sus principales logros y fracasos como el presidente número cuarenta y cuatro de los Estados Unidos.

Por ejemplo, Obama describe la enorme frustración al negociar la reforma del sistema de salud, en busca de un respaldo bipartidista y fracasando en el intento. La iniciativa de ley fue aprobada por 244 votos en favor y 188 en contra, sin ningún voto republicano. El entonces presidente leía con claridad el diagnóstico: “ellos creen que mi victoria es una amenaza mortal”. Sin embargo, Obama insistió en su convicción por edificar puentes con el otro lado para aprobar reformas de gran calado.

Aun sin necesitarlo, Obama buscó respaldo bipartidista para aprobar paquetes económicos que impulsaran un país en recesión, para imponer reglas a los excesos de Wall Street, para avanzar en contra del calentamiento global y para ofrecer certeza jurídica para cientos de miles de jóvenes migrantes. Armado con una muy alta aprobación inicial, una abrumadora mayoría legislativa y dos políticos experimentados como líderes de ambas cámaras, los resultados fueron, en el mejor de los casos, mixtos: avances importantes pero incompletos en la reforma del sector salud y la regulación del sector financiero; fracasos en su agenda ambiental y migratoria. El saldo de sus primeros años le granjeó, además, una histórica derrota electoral en la Cámara de Representantes, misma que volvió aún más difícil la tarea autoimpuesta de forjar acuerdos con el partido Republicano.

Mención aparte merecen los asuntos internacionales, una clara prioridad durante su presidencia. Aquí también destacan las declaraciones directas. Para Obama, las cumbres internacionales provocan un grado de somnolencia que, como una mala clase, sólo logra sortearse leyendo documentos sobre otros asuntos. Ban Ki-moon, aunque respetable, le parece una suerte de robot incapaz de salirse de cuadro, al igual que Hu Jintao, el entonces presidente chino. Ve en Nicolas Sarkozy alguien incapaz de diseñar un plan exitoso para Francia, menos aún para Europa. En contraste, Angela Merkel, Lula da Silva y Manmohan Singh, el exprimer ministro indio, reciben múltiples elogios por parte del autor.

En su escrutinio sobre política exterior destacan las distintas tensiones de índole militar. Como vehemente opositor a la guerra de Irak, Obama entra en un laberinto conformado por el Pentágono, la CIA, el Departamento de Estado, la Casa Blanca y la misma prensa de Washington. Es notorio el peso que el entonces presidente otorgó a su decisión de dejar a cargo a Robert Gates como secretario de Defensa, elegido por su antecesor George W. Bush, así como de prescindir del general Stanley McChrystal, a cargo de las tropas estadunidenses en Afganistán, a raíz de una entrevista incendiaria, particularmente agresiva en contra de Joe Biden.

El pensamiento crítico de Obama se hace presente también a la luz de los asuntos internacionales. Su escepticismo es evidente, por ejemplo, al recibir el Nobel de la Paz —inmerecido, según su propio juicio— o al tildar al Consejo de Seguridad de la ONU como “un foro para las poses y la hipocresía”. Su histórico discurso en El Cairo, sus distintos encuentros con Vladimir Putin, sus charlas con Hosni Mubarak durante la Primavera Árabe, su decisión, al final exitosa, sobre intervenir militarmente en Libia, así como su narración sobre la operación en Pakistán para asesinar a Osama Bin Laden, son todos episodios brillantes de tensión narrativa que nos regala una y otra vez Una tierra prometida.

Tras la crónica sobre la caída de Bin Laden y las primeras referencias directas a Donald Trump concluye una cautivadora primera entrega de las memorias presidenciales de Barack Obama. Escrito con una prosa lírica encomiable, Una tierra prometida, como cualquier esfuerzo autobiográfico,coexiste entre la verdad y la ficción. A pesar de que su libro es juicio de escrutinio público, es el autor quien encuadra la realidad, enfatiza algunos episodios sobre otros, y quien juega con el uso del tiempo, normalmente a su conveniencia. Aunque apegado a la evidencia y a un ejercicio autocrítico, Una tierra prometida ofrece una lectura parcial y sesgada de la historia contemporánea de Estados Unidos. Narrado en primera persona por uno de sus protagonistas, es no obstante un libro imprescindible.

Por supuesto, será necesario leer la segunda mitad de las memorias de Obama para emitir un juicio sobre sus días en la Casa Blanca. Sin embargo, esta primera mitad permite lanzar una conclusión evidente: Obama fracasó en su objetivo central de franquear el cisma partidista estadounidense. En realidad, su figura misma y sus acciones hicieron más profundo el quiebre. Quizá sin darse cuenta, en su afán por la persuasión y el diálogo, el primer presidente afroamericano fue partícipe activo en la construcción de su propia caída.

 

Arturo Rocha
Politólogo e internacionalista por el CIDE y maestro en políticas públicas por la Universidad de Chicago.