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Con una dedicación generosa y apasionada, con la duda como su más clara constancia, Arnoldo Kraus nos acerca un libro al que llamó Bitácora de mi pandemia. Lo empezó a escribir el diecinueve de febrero del inaudito 2020.

La bitácora es una brújula, un recuento de lo que pasa por la emoción y el entendimiento de un hombre excepcional, desolado frente al misterio y en busca de alguien con quien resolverlo: ensayistas, escritores de ficción, poetas. A cada tanto un médico.

Ilustración: Gonzalo Tassier

El doctor Kraus empieza el libro dando cuenta con sencillez de su desconsuelo. Algo fatal estaba sucediendo y no había lucidez que pudiera detenerlo. Si yo hubiera estado mirando sobre su hombro, mientras él escribía los primeros veinte días de su recuento, no habría podido verlo sino como un profeta. Lo tenía todo previsto, sus reflexiones alcanzarían las nuestras muchos meses después de que él las escribiera.

Primero con pasmo y curiosidad, luego con lucidez, Kraus sigue el andar de este mal que nos ha puesto a temer y a, como nunca, darle valor al lujo de estar vivos. Su voz tiene una tristeza cómplice, apela a nuestra compasión y nos compadece. A lo largo del libro se alía con las mejores páginas de muchos de los mejores libros. Imposible resumir este quehacer excepcional; hay que ir leyendo cada entrada a esta bitácora en busca de la propia cosecha. Y darnos una respuesta. Arnoldo acompaña sus cavilaciones con las de otros para dar con su verdad hecha de verdades. Sentencias, anécdotas, reflexiones se traman en el recuento de los largos días sin nombre ni horario que vive el médico, el escritor, en busca de un silencio a veces sobrio y sombrío, otras incandescente. Asombrada con sus hallazgos, con la congruencia de sus preguntas en busca de un espejo, yo no puedo ahora sino robármelo para compartir con ustedes el refugio que regala esta lectura.

*A los ateos nos es difícil explicar muchos eventos. Suele ser más fácil creer que no creer. Para los que no creen, argumentar, en ocasiones, es difícil. Apoyarse en las teorías científicas sobre la génesis de la naturaleza y de la Tierra es necesario. Tampoco es sencillo no trastabillar cuando se confronta la muerte. ¿Y después?, ¿qué sigue? Nada. Nada es un Universo complejo.

*Quienes depositan su fe en Dios o en algunas deidades tienen resuelto un sinnúmero de eventos complicados, incluso la (no) razón del mal.

Mientras sigue los números y las causas de la pandemia Arnoldo se acompaña con la voz de quienes han tenido, en otros tiempos, las mismas dudas. A propósito de la religión cita a Thomas Jefferson (1743-1826): “Los sacerdotes de las diferentes sectas religiosas tienen pavor al avance de la ciencia como las brujas temen la llegada del amanecer y fruncen el ceño cuando el fatal heraldo anuncia el quebrantamiento del engaño en el que viven”. A Emma Goldman (1869-1940): “La filosofía del ateísmo pone de manifiesto la expansión y el crecimiento de la mente humana. La filosofía del teísmo, si podemos llamarla filosofía, es estática e inamovible”. A don Albert Einstein (1879-1955): “No puedo imaginarme a un Dios que recompensa y castiga a los objetos de su creación, cuyos propósitos han sido modelados bajo el suyo propio […] La labor más importante del ser humano es buscar la moralidad en sus actos”. A Daniel C. Dennett (1942): “Lo mejor de decir ‘gracias a la bondad’ en vez de ‘gracias a Dios’ es que realmente hay muchas maneras de saldar nuestra deuda con la bondad, comprometiéndonos a crear más bondad en beneficio de las nuevas generaciones […] Yo prefiero el bien real al bien simbólico”.

Y sigue:

*A lo largo de la historia, las pandemias han sido utilizadas por ministros religiosos para satanizar a la humanidad. Infundir miedo y culpa ha sido una herramienta religiosa. Virus y bacterias, sexo sin tabúes, homosexualidad, falta de fe y amoralidad son cuasiinstrumentos divinos. Respeto a las personas religiosas que respetan a los ateos y a los agnósticos. No respeto a los ministros que aprovechan las pandemias para sembrar temor y culpa.

 A quienes honra y lo acompañan, los cita y los regala en cada página. Lo mismo a Galileo que a Giordano Bruno, a Susan Sontag o a Borges. Es generoso, no roba las ideas: da testimonio, convoca.

*Mucho les debemos a tantos personajes que destilaban sabiduría, compromiso y humanidad.

Li Wenliang (1986-2020). Oftalmólogo chino que trabajaba en el Hospital Central de Wuhan. Advirtió, al principio sin éxito, sobre el posible brote de una nueva viremia, hoy conocida como covid-19. El 3 de enero, la policía china lo amonestó por “hacer comentarios falsos en internet”. Fue obligado a firmar un documento en el cual admitía haber “alterado el orden social gravemente” y en donde le ordenaban detener “la propagación de rumores”. Li regresó a trabajar. Murió debido a la infección el 7 de febrero. Tenía 33 años.

La pandemia actual debe llamarse Pandemia por covid-20 Li Wenliang.

*Ante un mundo diferente, las personas cambiarán. Derruidas las certezas y cuestionada la supervivencia de la Tierra, enfrentar con dolor la falta del compañero de trabajo y el departamento vacío del vecino será, quizá, señal de que ya nada será ni debería ser como antes. El libre albedrío no desaparecerá. Su lectura será otra.

Voy citando a Arnoldo porque resulta el mejor modo de contar este libro. Acompaño su certidumbre y sus dudas con las mías y le agradezco que él haya dedicado a pensar los meses más desconcertantes del año pasado. Durante ese tiempo yo no he hecho sino ver los pájaros, la luz del sol, la luna llena, las palabras que aprenden mis nietos, la zozobra como algo irresoluble. En cambio Arnoldo busca y reflexiona.

*Regresar a la humildad, no como sumisión, sino como la “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”, es, como receta T. S. Eliot, necesario. Y es, como exige el coronavirus, prudente dotarse de humildad e ir más allá: destejer el tejido contemporáneo, laxo, desteñido, perforado, es necesario.

 *La muerte acerca la lejanía. El final de otros, entre más cercanos, es un tanto el nuestro.

*Ni en los anales ni en las revistas médicas hay una entrada donde se considere que el miedo es una pandemia. Esta asociación no existe en la ciencia dura; sin embargo, sí existe en la vida diaria.

El miedo generalizado se hace más patente cuando el estímulo negativo persiste, cuando no se conoce la causa y no se avizora solución a corto o mediano plazo.

* Atesorar y aprender de las enseñanzas provenientes de la desesperación reditúa. El desasosiego, cuando se confronta y se vence, se traduce en crecimiento.

*Desesperación e intranquilidad, palabras clave en la vida de los seres humanos. Experiencias que obligan a pensar. Mirar hacia atrás y mirarse es imprescindible. No hacerlo condena. No hacerlo reproduce fracasos. Fracasos y derrotas como las actuales.

Y tras semejante certeza, agrega:

*La altísima popularidad de AMLO y la fe incondicional de sus seguidores lo convierten, a él y a su equipo, en responsables no de la fatalidad debida a la pandemia, sino de la posibilidad de disminuirla. …nunca en México un presidente había sido escuchado con tanta atención y con tanta esperanza. Esos atributos multiplican la obligación del mandatario y sus asociados. Las palabras pesan, significan. En tiempos oscuros, las palabras acompañan. Eso hacen. Acompañan.

Hay un día específico en que habla pensando en sus hijos y nietos y nos hace pensar en ellos y en los nuestros. ¿Qué les diremos cuando pregunten cómo fue esto? ¿Qué habremos hecho? Si el bien es nuestro dios, ¿habremos hecho el bien?

*El vínculo entre ética y política es absoluto e innegable. El pilar de la política debe ser la ética. No lo es y no lo ha sido. Innumerables conflictos nacionales, comunitarios y mundiales emergen cuando el poder ignora conceptos éticos o morales fundamentales. Algunas o muchas enfermedades del mundo contemporáneo se deben al divorcio, cuasiviudez, entre ética y política. Hay quienes dicen que sólo la ética laica puede salvar a la humanidad. Tienen razón.

Muchas veces, a lo largo del libro concluye: Hay quienes dicen que sólo la ética laica puede salvar a la humanidad. Tienen razón.

*A diferencia de la muerte, los humanos no somos inmortales. Borges tenía razón: sólo los animales son inmortales porque ignoran la muerte.

No sé yo si estar de acuerdo con Borges. Los animales no humanos sí saben de la muerte, al menos la intuyen y sin duda la temen. No la deciden.

*Hoy apresuró el final “mi” enfermo. Lo hizo él. Lo hicieron los suyos. Apropiarse del final es complejo. Nunca se vence a la muerte. La Parca es inmortal. Adelantarse a ella dignifica, enaltece, sublima. Poco importa si la muerte se entera. No permitirle que sea ella quien decida es un gran triunfo para quien se marcha y para quienes se quedan.

Hoy no falleció un enfermo. Falleció la muerte.

El mundo de los vivos y la muerte como su contrapunto han sido siempre un enigma que este hombre tenaz enfrenta todos los días, todos los años de su vida. Por eso Arnoldo Kraus es tan buen compañero de quienes sufren la soledad de los sin dios y al mismo tiempo comparten una fascinada reverencia por la vida. Lecciones de esta bitácora. Hay tal cosa como el futuro y podremos tejerlo con inteligencia y generosidad. Sin miedo. Y ojalá estemos aquí, para verlo. Ojalá.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos.

 

Un comentario en “Lecciones de una bitácora

  1. Con tan sincero y profundo resumen , buscare el libro del dr , he leído alguno y sin duda la reflexión debe ser enorme .
    Gracias . Ojalá estemos aquí para ver diferente el mundo . Ojalá .