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El constitucionalismo ideó una mecánica de los intereses. Nos hace falta una jardinería de las emociones. Desde sus primeros modelos, la ingeniería política ha ideado recipientes para recoger exigencias, artilugios para contar votos y formar gobiernos, palancas para tomar decisiones, muros para proteger derechos y resistencias para evitar abusos. Los artefactos constitucionales darían lo necesario: tracción a la legitimidad y freno al poder.

Este empeño confía constituir la eficacia y la libertad en reglas e instituciones. La esperanza de la política estaría entonces en las máquinas que domestican la ambición o que, más bien, la multiplican y conducen para fundar el equilibrio. No bastan esos armatostes, ha dicho insistentemente Martha Nussbaum. No son suficientes las tuercas y los tornillos para fundar una sociedad libre y justa. Es necesario educar la emoción. Una sociedad democrática no puede ignorar los impulsos que nos acercan y nos dividen, aquello que nos incendia y nos consuela. Se piensa equivocadamente que son los proyectos autoritarios los que activan la pasión política. La idea no es solamente equivocada sino peligrosa, sostiene Nussbaum. Es equivocada porque toda sociedad está llena de emociones. El miedo, la simpatía, el resentimiento, la envidia, el afecto, la culpa, el amor que están presentes en cualquier núcleo social tienen significado político. No son experiencias enclaustradas en lo privado, sino emociones públicamente relevantes. Por eso es necesario pensar en los alivios para las pérdidas, en el desahogo de la rabia, en la contención de la envidia, en la promoción de la empatía. Es peligrosa porque el ceder el mundo de la emoción a las fuerzas antiliberales les confiere un enorme poder y una gran ventaja. Todo principio político, dice la filósofa de la Universidad de Chicago necesita respaldo emocional. Una sociedad decente, aquélla que, a juicio de Avishai Margalit trata a cada persona como ser humano, necesita cultivar los afectos.

Ilustración: José María Martínez

La experiencia crucial de la fragilidad toca, antes que nada, nuestros resortes emocionales. Nussbaum no los ve como reflejos de la fisiología, sino como mecanismos de evaluación moral. En toda emoción hay un juicio y un impulso para actuar. La alumna de John Rawls encontró un agujero en su teoría de la justicia. Para mantener una sociedad democrática no basta negociar las cláusulas de un contrato de tal manera que se fijen con firmeza los espacios privados y los comunes. Necesita algo más. No es el simple acatamiento de un pacto sino, ante todo, imaginación. Estar dispuestos a imaginar otras vidas.

Las abstracciones de la filosofía son de poca ayuda para este proyecto. El experimento rawlsiano, noble hazaña intelectual que Nussbaum admira, hace de los fundadores, maniquís. Estatuas huecas que desconocen su placer y sus heridas y que, precisamente por ese desprendimiento de la vida misma, pueden elucubrar sobre la imparcialidad. Ésa es, en efecto, la sugerencia de Rawls: si logro ignorar quién soy, si desconozco mis ventajas o mis afecciones personales, lograré, en diálogo con otros que igualmente sean ciegos a su propia vida, un arreglo justo. Nussbaum no siente ninguna atracción por la fuga de su maestro. Podría decir que recorre el camino contrario para llegar al mismo lugar. Como Rawls, busca darle sentido a un liberalismo político, un orden que permita a cada quien desarrollar su proyecto de vida, que no imponga una sola ruta de felicidad, que no le arranque a nadie el derecho de buscar su propia ruta. Pero Nussbaum se adentra en la experiencia. Lejos de jugar con esos muñecos inanimados que habitan en la fantasiosa “posición originaria” de Rawls, lejos de imaginar las conversaciones de esos humanos inertes, se alimenta de la vida. La placidez de ese laboratorio fuera del tiempo donde se aplana el piso de la imparcialidad no le atrae. Le interesa el infortunio y la querencia, la incertidumbre, la fragilidad. Por eso convirtió a la literatura en la maestra de su filosofía. La ficción y la poesía nos invitan a vivir muchas vidas. A ver el mundo con ojos ajenos. No solamente cuenta la historia de otros, nos permite vivir sus experiencias a través de la lectura. En la imaginación literaria se cultivan la simpatía y la indignación, los orgullos y los duelos.

Antes que mando, la política es convivencia. Por eso, el jardín que Voltaire nos invitaba a cultivar no es escapatoria ni ornamento. No es un escondite: es un modelo. Hablar de esa labor de siembra y riego es aludir al empeño de paciencia, al arte del cuidado, a esa misión de cultura que no puede agotarse en un decreto del supremo. Nussbaum no propone, en modo alguno, desmontar aquella ingeniería de desconfianzas que atornilla la institucionalidad democrática. Pide la imaginación que nos abre a la experiencia de los otros.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.