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“La población perece en número incontable”, se lamenta el coro en Edipo Rey y de inmediato añade una explicación de especial interés para los epidemiólogos de siglos futuros: “Sus hijos, abandonados, yacen en el suelo, portadores de muerte sin obtener ninguna compasión”.

Cuatrocientos años antes de nuestra era, Sófocles evidenciaba que para sus contemporáneos no era ajeno el riesgo de contagio de la plaga que —una tragedia dentro de otra— azotó en su obra —y, muy probablemente, en la vida real— a la ciudad de Tebas. Se condolía de la inhumana aplicación del distanciamiento físico ante sus muertos por una enfermedad infecciosa emergente (aquélla provocada en una población por agentes nuevos o no reconocidos previamente) cuyo más probable causante fue apenas revelado.

Ilustración: Oldemar González

Como nos ha dejado claro la pandemia actual, disminuir nuestro deseo de juntarnos para reducir la posibilidad de contagiarnos —y como última consecuencia morir, por culpa de un patógeno que se transmite directamente de un individuo a otro— no es cosa del pasado remoto. Fuera de las tablas del teatro griego, el mundo es el escenario en el que ésta y otras estrategias que requieren modificar nuestro grado de sociabilización son protagonizadas por todo animal que, como nosotros, vive y convive con muchos otros conespecíficos (individuos de su misma especie) en un mismo lugar.

Es también por culpa del covid-19 que hemos experimentado en persona lo costoso que puede ser, desde varios ángulos (psicológico, físico y económico, entre los más evidentes), cambiar por varios meses nuestro comportamiento social típico en “la vieja normalidad”. Que, sin Susana Distancia (¿alguien la recuerda?) ni campaña de información alguna, sea recurrente hallar ejemplos de estos cambios conductuales en muy diversas especies sociales significa que los beneficios (el mayor de ellos, sobrevivir, si no como individuo, al menos como especie) exceden a los costos. Es precisamente en busca de maximizar estos beneficios que han surgido conductas como las reunidas y expuestas por un grupo de biólogos y psicólogos bajo la dirección de Andrea K. Townsend, experta en ecología del comportamiento animal (el estudio de la conducta como una respuesta adaptativa a las condiciones a las que se enfrenta una especie en el medio en que habita).1 Algunas de estas conductas aparecen en una escala de tiempo ecológica, que abarca hasta unas cuantas generaciones de una población, y otras una escala evolutiva, que requiere un número de generaciones y tiempo suficientes para que intervenga la selección natural.

Townsend y su equipo parten de que la primera regla para evitar ser contagiados con organismos patógenos es percibir su existencia. Como tenemos muy presente por (des)gracia del coronavirus, esto es mucho más fácil de decir que de hacer cuando el organismo es microscópico o los síntomas de la enfermedad que provoca son confusos o no nos son familiares. Dado que, con excepción de nuestra especie, el resto de la animalada no tiene por su propia cuenta la opción de hacerse una prueba rápida de diagnóstico, junto con nuestra especie todos los animales sociales nos valemos de signos que nos permiten evaluar —de manera imperfecta, pero algo es algo— si quien está a nuestro lado representa un riesgo de contagio.

Como el costo de etiquetar a un falso negativo (creer que está sano quien en realidad está infectado) puede ser mortal, la selección natural ha favorecido que humanos y otros animales sociales tendamos a sobregeneralizar. En particular, entre humanos esto nos puede conducir a comportamientos éticamente injustificables y epidemiológicamente incorrectos, como estigmatizar y evitar a quienes exhiben algún rasgo físico —obesidad— que nada tiene que ver con la posibilidad de infectarnos con un patógeno, o incluso a exhibir actitudes xenofóbicas al asociarlos con el origen de la pandemia, como ha ocurrido contra personas con rasgos asiáticos.

La posibilidad de contagio es mayor a medida que el número de individuos que viven en un mismo grupo aumenta. En humanos ésta es una de las principales razones de que, a medida que surgieron ciudades y éstas crecieron con mayor rapidez que sus condiciones higiénicas, se haya visto favorecida la propagación de brotes epidémicos. Ante la aparición de una enfermedad contagiosa —y en especial de una con alta virulencia y transmitida directamente— tanto humanos como otros animales reducen su sociabilidad. Langostas comunes del Caribe (Panulirus agus) toman sana distancia, abandonan sus madrigueras y deambulan solas —en vez de en grupos de cientos de individuos— cuando se presentan individuos infectados de Panulirus argus Virus 1 (PaV1). Los científicos han observado que la presión selectiva ejercida por el virus está dando lugar a un cambio hereditario en la conducta social de estos crustáceos, pues en regiones en las que ha habido alta prevalencia del PaV1 por largo tiempo, han decaído las señales químicas que producen las langostas para atraer a otras: la especie se salva a costa de aumentar el riesgo de que más individuos solitarios terminen sus días bañados en salsa de coco o comidos por algún otro depredador.

Como hemos atestiguado en nuestros tiempos, medidas de sana distancia como aislarnos en nuestras madrigueras no necesariamente ocurren por pura conciencia social. El “Quédate en casa” o equivalente puede sólo deberse, para quienes están infectados, a un estado de letargo y apatía ocasionado por la enfermedad. Por ejemplo, abejas (Apis mellifera) enfermas de varroasis (provocada por el ácaro Varroa destructor) tienen una tasa menor de regreso a la colmena que individuos sanos (y cómo no, si el parásito las debilita al chuparles la hemolinfa, que en estos bichos es el líquido circulatorio análogo a la sangre). Cada una de estas nada altruistas autorremociones son el costo que paga cada abejita infestada de ácaros para salvar a la colonia.

Tampoco hay que escatimar los casos en que una epidemia favorece la cooperación entre individuos de una especie. Las hormigas de jardín (Lasius neglectus) remueven esporas del hongo patógeno Metarhizium de los cuerpos de hormigas infectadas para prevenir su propagación en la colonia.2 A pesar de que estos sucios experimentos no nos dicen qué es lo que las hormigas limpiadoras piensan o sienten mientras cuidan de las suyas, en ningún caso estamos ante meros autómatas programados para responder en automático. Esto es más que evidente en mandriles (Mandrillus sphinx): a pesar de los riesgos de infección, continúan acicalando a sus parientes próximos enfermos a la vez que evitan hacerlo con otros miembros del grupo también infectados. Al actuar así, tanto estos primates como nosotros hacemos varias inversiones adaptativas: incrementamos nuestro prestigio, lo mismo ocurre con nuestro estatus y al fortalecer los lazos familiares; ocurre igual con la reciprocidad (si no siempre es cierto, es en perjuicio del egoísta).

Ante la necesidad de un distanciamiento social (cuya medida extrema, el confinamiento físico en cuarentena, no nos es ya ajena) en el mundo por el covid-19, los humanos tenemos la posibilidad, imposible para otras especies, de minimizar los costos en nuestra salud física y mental gracias a recursos tecnológicos (por desgracia, no siempre al alcance de todos, lo que resalta la desigualdad socioeconómica donde la hay) que nos permiten una comunicación efectiva al interactuar virtual y sincrónicamente.

La desventaja que los humanos tenemos con respecto a las restantes especies sociales es que éstas últimas, a diferencia nuestra, no creen en teorías de la conspiración. Un estudio sobre el comportamiento social de 400 participantes, durante los primeros seis meses de la pandemia en Estados Unidos, concluyó que aquellas personas que creían que el virus había sido creado en un laboratorio, o que éste ni siquiera existía y todo era un engaño de Bill Gates (o de los conservadores neoliberales que publican en pasquines o del conspirador que uno prefiera) fueron las que al inicio de la epidemia en ese país mostraron el menor distanciamiento social, posiblemente por la desconfianza en los fines ocultos que, desde su perspectiva, podrían estar detrás de la implementación de esas medidas.3 Tal vez porque las contradicciones se fueron haciendo cada vez más tangibles (las muertes por covid-19, entre ellas), a medida que pasó el tiempo los creyentes en teorías de la conspiración fueron abandonándolas y adhiriéndose a la sana distancia.

De nuevo al teatro griego. La plaga de Tebas, como suceso histórico, exhibió, de acuerdo con las descripciones de Sófocles, todas las características de una enfermedad zoonótica (trasmitida de otras especies a la nuestra, como el covid-19) del ganado: fallecimientos fetales intrauterinos (partos de bebés muertos), abortos, infertilidad, alta tasa de mortalidad. Todo esto apunta a que el patógeno responsable fue Brucella abortus.4 Como hoy en día es raro el contagio de brucelosis de persona a persona, es posible que, en esa era edípica, se tratase de una cepa mucho más contagiosa y letal que la actual.

En Edipo Rey el paciente cero y supercontagiador mayor no es otro que el protagonista epónimo. Para que la sana distancia lo sea más, ¿qué mejor que exiliar a aquél cuyo “efecto corruptor” (oráculo de Delfos dixit) trajo a escena la epidemia enviada en castigo por el dios Ares? A diferencia del mundo real, en la obra clásica expulsado el perro, se acabó la divina plaga. Que el perro no fuese otro que el propio Edipo, con su consecuente distanciamiento social, constituyó, como bien sabemos, la menor de sus tragedias.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Townsend, A. K.; Hawley, D. M.; Stephenson, J. F., y Williams, K. E. G. “Emerging infectious disease and the challenges of social distancing in human and non-human animals”, Proc. R. Soc. B, 287, 20201039.d, 2020.

2 Theis, F. J.; Ugelvig, L. V.; Marr, C., y Cremer, S. “Opposing effects of allogrooming on disease transmission in ant societies”, Phil. Trans. R. Soc. B, 370, 20140108, 2015.

3 Bierwiaczonek, K.; Kunst, J. R., y Pich, O. “Belief in COVID-19 conspiracy theory reduces social distancing over time, Applied Psychology: Health and Well-Being”, 2020.

4 Kousoulis, A. A.; Economopoulos, K. P.; Poulakou-Rebelakou, E.; Androutsos, G., y Tsiodras, S. “The Plague of Thebes, a historical epidemic in Sophocles’ Oedipus Rex”, Emerging Infectious Diseases, 18(1), 2012, pp. 153-157.

 

3 comentarios en “Distanciamiento social en animales (humanos y no)

  1. Lo que recuerdo de Edipo Rey es que el Oráculo lo culpó de la peste por haber cometido parricidio y haberse acostado con su madre y por ese motivo Tebas fue azotada por la peste como castigo enviado por los dioses y por esa razón Edipo fue expulsado de la ciudad.

  2. Contraje brucelosis abortus en Oaxaca. Mi médico sugiere que lo adquirí por comer queso fresco o panela. Parece que en Japón se están dando cientos de casos. Bacteria devora músculos. ¿Quién responde ante derivados lácteos mal procesados y vendidos sin control sanitario alguno?