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Presentamos un adelanto de Dioses y héroes de México antiguo (Taurus, 2020), de Enrique Florescano, director fundador de esta revista y uno de los historiadores más prominentes de México. Dioses y héroes de México antiguo es un recorrido por las historias y mitos fundacionales de este país, así como una lección fundamental para que los mexicanos aprendan sobre sus orígenes.


Las creaciones primordiales

Los ritos más antiguos sobre la creación del cosmos y el principio de los reinos

La primera representación del cosmos, mucho antes de que apareciera en cualquier tipo de imagen plástica, se realizó a través de los ritos. En los albores de la humanidad, el rito formalizó y definió las relaciones de los seres humanos con el mundo sobrenatural y con sus semejantes.

El portento cotidiano de la aparición de los astros en la bóveda celeste, el maravilloso retorno anual de las estaciones, la manifestación sorpresiva de los fenómenos naturales (el viento, el relámpago, la lluvia), las distintas fases de la vida humana (nacimiento, matrimonio, muerte) y los sucesos que dieron cohesión al grupo (el culto a los ancestros, las fiestas de la recolección de frutos, el nacimiento de las plantas cultivadas) fueron interpretados y sacralizados en primer lugar por medio de ritos. Durante esos tiempos remotos, el rito fue el instrumento privilegiado para registrar en la memoria del grupo los acontecimientos que sustentaban la vida colectiva.

Desde muchos siglos antes de la escritura, el rito se transmitió por vía oral y con la fiesta, la cual hacía de la danza, la música, la escenografía y la participación colectiva un acto continuo, integral, indisociable. Los tres ejes sobre los que se asentó la memoria antigua (las acciones humanas, el transcurrir temporal y el espacio) tuvieron en el rito una de sus primeras manifestaciones teatralizadas.

Al principio, los ritos de los cazadores y recolectores se celebraban siguiendo el ritmo natural de las estaciones o de la vida humana, sin exigencias precisas sobre los lugares de su realización, los actores o los modos de su ejecución. Pero cuando se instituyeron los primeros reinos las actividades humanas fueron sometidas al calendario, un código rígido que fijaba la fecha, el lugar y la forma de celebrar los ritos. Georges Dumézil ha advertido que en las antiguas sociedades indoeuropeas, quien aspirara a triunfar, reinar o fundar algo tenía por fuerza que “apoderarse del tiempo, al mismo título que del espacio”.

Al igual que ocurrió en Europa y Asia, los pueblos mesoamericanos integraron los acontecimientos fundadores del reino con el ciclo de labores rutinarias que aseguraban la sobrevivencia social. Trabajo colectivo, fiesta comunitaria y celebraciones políticas se incorporaron en el calendario de las festividades anuales. Los mexicas idearon dos marcadores del tiempo. Uno era de 365 días (Xihuitl), que correspondía al transcurso del año trópico, y el otro era un calendario ceremonial (Tonalpohualli), dividido en 20 trecenas que sumaban 260 días. Este segundo almanaque registraba las fiestas que tenían lugar en cada trecena, las cuales fueron muy bien descritas por fray Bernardino de Sahagún y fray Diego Durán, los dos grandes cronistas del siglo XVI.

El calendario fue el instrumento dedicado a fijar en la memoria pública los ritos indispensables para la preservación de la existencia social. Gracias al testimonio de uno de los primeros cronistas europeos que describieron las fiestas dedicadas al cultivo de las plantas entre los antiguos mexicanos, tenemos constancia de esa función.

Apunta fray Diego Durán en su Historia de las Indias (1570) que las f iguras y fechas anotadas en el calendario sagrado normaban “a estas naciones para saber los días en que habían de sembrar y coger, labrar y cultivar el maíz, desherbar, coger, ensilar, desgranar las mazorcas, sembrar el frijol, la chía, teniendo cuenta en tal mes, después de tal fiesta, en tal día y de tal y tal figura, todo con un orden y concierto supersticioso, que si el ají no se sembraba en tal día y las calabazas en tal día, y el maíz en tal día, etc., que en no guiándose por el orden y cuenta de estos días”, temían que se perdiera lo que habían sembrado con tanto esfuerzo. Por esta razón el calendario de fiestas cívico-religiosas, asociado al año solar de 365 días, ponía énfasis en la celebración de los ritos agrarios. Según varios autores, los mexicas festejaban con riguroso fervor tres tipos de ceremonias: “las dirigidas a las montañas y el agua para propiciar la lluvia; las dirigidas a la tierra, el sol y el maíz, para asegurar la fertilidad y cosechas abundantes; y las dirigidas a celebrar a los dioses patrones de los grupos y a los protectores de la comunidad”. Ese calendario determinó que las fiestas se realizaran de manera periódica y colectiva, haciendo de ellas un necesario rito de identidad comunitaria. El sentido de los festivales más numerosos era propiciar el cultivo del maíz. El primero, Huey Tozoztli, ocurría en lo alto de la estación seca y se dedicaba a la diosa Chicomecóatl, quien consagraba las mazorcas secas para que favorecieran la siembra del año siguiente. El segundo festival, Huey Tecuilhuitl, sucedía hacia la mitad de la estación de lluvias y estaba destinado a la diosa Xilonen, cuyo nombre provenía de Xilotl, “pelos de elote”, el mismo que se daba a la primera mazorca dulce del maíz germinada en los sembradíos. Entonces se entregaba a la imagen de Xilonen una ofrenda de los primeros frutos.

Ochpaniztli, el último de los festivales del maíz, se dirigía a las deidades de la tierra y celebraba la cosecha y el principio de la estación seca.

El estudio de las fiestas inscritas en el calendario revela su carácter de instrumento privilegiado para establecer la memoria colectiva. De las 18 ceremonias celebradas en el año, 11 eran los dioses y se les ofrecían las primicias de la tierra. Con ello procuraban influir en el orden natural para domeñar el ritmo de las lluvias y que confluyeran las necesidades humanas y los ciclos y vaivenes de la naturaleza.

Esta ancestral medición temporal ha tenido una permanencia milenaria en la memoria de los campesinos de Mesoamérica, y trasciende los remotos tiempos de su invención, hace más de 3 000 años, hasta las tareas agrícolas y los proyectos de vida de las comunidades indígenas de nuestros días.

El etnógrafo suizo Rafael Girard fue uno de los primeros en reconocer que el antiguo calendario mesoamericano aún regía la actividad agrícola de los actuales campesinos chortís de Guatemala. En contra de las ideas prevalecientes entonces, Girard adujo que sus prácticas religiosas y agrícolas significaban una continuidad, un vivo legado de la antigua civilización maya. Y así constató en sus estudios etnográficos sobre los chortís, al igual que en otras obras referentes a la religiosidad, que las tradiciones de los campesinos contemporáneos remitían a la cultura maya de la época Clásica.

Como puede advertirse en la tabla 1, el calendario agrícola de los chortís entre 1930 y 1940 reproducía con fidelidad el calendario ritual de los mayas en el siglo xv, el mismo que había registrado fray Diego de Landa en su Relación de las cosas de Yucatán (1566). Una lectura cuidadosa de las obras donde Girard transcribe  los informes recogidos durante su estancia con los chortís, muestra que su registro de la temporalidad se trataba, en primer lugar, de un calendario agrícola, esto es, un compendio de las tareas que el labrador maya había de emprender a lo largo del año para el logro de una buena cosecha. Según los datos reunidos en la tabla 1, el calendario señala las actividades ineludibles que los campesinos debían de realizar desde el 8 de febrero, día que marcaba el comienzo del año, hasta el 7 de febrero del año siguiente, cuando concluía el ciclo de los cinco días nefastos que representaban el caos que había precedido al inicio del ordenamiento del cosmos. Constituye entonces un calendario sin cambios sustantivos, imperante desde que se consiguió domesticar la planta del maíz muchos siglos antes.

Este calendario muestra que el registro de las tareas agrícolas se había integrado a las ceremonias dedicadas a los dioses de la fertilidad y a las fiestas que celebraban los diversos momentos del ciclo agrícola en los templos y santuarios de la capital del reino. A lo largo de un proceso cuyas fases todavía ignoramos, el calendario campesino original tuvo una transformación manifiesta en una serie de fastuosas ceremonias consagradas a solicitar el don de los dioses. El calendario de fiestas incluyó un catálogo de divinidades participantes y una descripción de sus potencias generadoras y fertilizadoras.

Las deidades más festejadas fueron las del maíz, que en el calendario mexica estaba compuesto por los siguientes númenes: Chicomecóatl, diosa de la mazorca seca; Pipiltzin, el dios joven del brote del maíz; Xilonen, diosa de los elotes tiernos; Centeotl, señor de la mazorca de maíz. Es evidente que entre los mexicas cada una de las fases críticas del crecimiento de la planta del maíz se transformó en una divinidad dotada de poderes específicos y rasgos individuales, cuya manifestación temporal se festejaba con un ritual propio en templos y lugares determinados, donde los participantes aportaban las correspondientes ofrendas.

Debe de señalarse de manera importante que el calendario prescrito de las tareas agrícolas y el festejo de los dioses de la fertilidad se relacionaron con la memoria política del reino. Desde sus orígenes, el establecimiento del calendario vinculó las tareas que aseguraban la sobrevivencia del grupo con la memoria del origen del reino y la fundación del linaje gobernante.

La fecha del 8 de febrero indicaba el primer movimiento solar posterior al solsticio de invierno y el inicio de las tareas agrícolas del año. Representó la fecha inaugural del calendario solar de 360 días y el almanaque sagrado de 260 días. Este prodigioso inicio del tiempo y de los ciclos que ocultaban y hacían reaparecer a los astros en la bóveda celeste, y que asimismo indicaban de manera imperiosa el inicio de las tareas agrícolas, fue reinterpretado por los gobernantes como la celebración de la coincidente creación del cosmos y la fundación de los reinos. Los cinco días nefastos que precedían al 8 de febrero eran considerados un equivalente del periodo de caos y desorden anterior a la organización del cosmos en todos los calendarios mesoamericanos. Luego de que las fuerzas creativas por fin vencían a las destructivas, el primer festival del calendario celebraba la recreación del cosmos en la ceremonia del año nuevo, el comienzo del tiempo, la fundación de los reinos y el establecimiento de las dinastías gobernantes.

Del mismo modo que en Mesopotamia, el comienzo del año significaba en Mesoamérica una renovación del cosmos, una recreación de todo el universo. Esta regeneración cósmica se representaba ritualmente en la fiesta del Año Nuevo, una ceremonia que debía coincidir con la confirmación del gobernante o la entronización de uno nuevo. Así, ellos eran vistos como un agente renovador del universo. En los mitos cosmogónicos mesoamericanos, el acto de mayor trascendencia es el ordenamiento del cosmos. En cuanto hecho fundacional del mundo, aparecería como la primera festividad del calendario mesoamericano, y desde entonces esta fiesta inicial quedó vinculada a los ritos que también legitimaban el poder político.

El mito maya que el dirigente de Palenque K’inich Kan Bahlam mandó grabar con jeroglíficos en 692 anuncia que enseguida de la creación del cosmos los dioses forjaron el reino y la casta de sus gobernantes, la divina dinastía de Palenque. Los mitos quiché, mixtecos, mexicas y purépechas seguirían ese dictado, pues lo primero que se apresuraron a legitimar fue la fundación divina del reino. El Memorial de Sololá revela que en el mes de Tacaxepenal, el “principio del año”, habían llegado los cakchiqueles a Tulán Zuyuá, junto con otros pueblos, y en esa fecha se instituyó el pago de los tributos al otorgarles Nácxit las insignias del poder.

Un estudio reciente encontró que los zapotecos de Oaxaca celebraban más ceremonias en febrero durante el Virreinato, precisamente el mes que correspondía al año nuevo. Entre ellas destacaba la fiesta de nombramiento de los cargos y de entrega de las varas de mando a las autoridades de los pueblos.

De 1930 a 1940, Girard emprendió una reconstrucción de las ceremonias de los chortís de Guatemala que también refrenda la permanencia de esa tradición en muchos pueblos mesoamericanos. El 8 de febrero de cada año, los chortís realizan la misma ceremonia relativa a la creación del cosmos que inauguraron sus antepasados hace más de treinta siglos, conmemorando así el comienzo del tiempo y el arranque del movimiento solar hacia el oeste, para lo cual circunscriben y talan sus campos, festejan el inicio de la vida civilizada y renuevan los puestos de mando de sus pueblos.

 

Enrique Florescano

 

Un comentario en “Dioses y héroes de México antiguo

  1. Deseo comprar el libro en formato físico, me pueden de ir en dónde? Es fascinante lo que algunas vez tuvo lugar en este plano de la existencia, que bien que haya quienes de dediquen a salvaguardar todo eso ancestral.