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Presentamos un adelanto de El Presidente (Grijalbo, 2020), obra en la que Leonardo Curzio y Aníbal Gutiérrez analizan el futuro de México tomando como base las ideas de Andrés Manuel López Obrador.


La presidencia de Andrés Manuel López Obrador es un corte en la historia contemporánea de México. Su artífice y protagonista se ha encargado, con escasa modestia, de elevarla a la altura de las grandes gestas. No es un gobierno constitucional que sigue la secuencia democrática, éste es especial. Para la narrativa oficial es la cuarta transformación, equiparable en importancia a las gestas fundantes de la República. Un presidente a la altura del arte.

Para millones de mexicanos, en efecto, es la esperanza de que su vida se transforme de raíz y tener un futuro mejor. Es un gobierno cercano y cálido con los menos favorecidos. Para sus críticos, que durante años moldearon la idea de que el presidente era un peligro para México, por el contrario, cada decisión es la confirmación de que el país se hunde en un régimen populista y crecientemente antidemocrático, casi chavista.

Para quienes miran la escena pública con menos emotividad o animosidad, éste es un gobierno que consigue, de entrada, cristalizar tres elementos muy importantes.

El primero es dar aliento a una democracia que perdía fuelle. La alternancia de gobiernos de distintos partidos había dejado, por distintas razones, de suscitar entusiasmo entre amplios sectores y tal vez la principal sea por el manejo cupular de la res publica . A pesar del dinero que el gobierno de Peña Nieto derramó en medios de comunicación para estimular a que los concesionarios adoptaran un tono favorable al gobierno, la percepción pública era cada vez más ácida. Las encuestas llegaron a poner al expresidente en tasas de aprobación inferiores a 15%. Incluso el aprecio por la democracia como forma de gobierno perdía apoyo. AMLO logró, en su tercera campaña presidencial, inyectar a la mayoría de los mexicanos una doble convicción. La primera es que él era la mejor opción para ocupar el Palacio Nacional. Por sucesivos descartes logró ubicarse como el inexorable, el deseado. La segunda es que él, un político profesional, era el candidato mejor posicionado para encarnar la revuelta antipolítica, es decir, ser la escoba ideal para barrer a la mafia en el poder y a las élites adocenadas. El proceso electoral de 2018 llevó a que el 1.º de julio la mayoría de los votantes le diera el triunfo a una opción diferente a las que habían llegado a la Presidencia de la República en los procesos electorales previos. El Movimiento Regeneración Nacional (Morena), creado en 2011 y encabezado por Andrés Manuel López Obrador, es un partido casi personal, y en alianza con otras fuerzas políticas ganó, con un amplio margen, las elecciones presidenciales.

El efecto de su victoria fue espectacular.  Cambió, como  lo hacen los grandes líderes políticos, el estado de ánimo de la nación. México veía con optimismo al futuro con un presidente sólidamente anclado en el ánimo de la gente y con una amplia, diseminada, pero indeterminada esperanza. No es el primero, ni será el último de los gobiernos de izquierda en Occidente, que gana una elección insuflando vitamina de esperanza a los menos favorecidos. La esperanza tiene mil maneras de moldear la representación del porvenir. Cada sector, cada individuo perfila su futuro deseado y busca identificar en el líder aquello que anhela. Por eso son como semidioses. Pero ése es problema de la subjetividad política de cada cual. El líder gana votos y con ellos gobierna. Él no engañó a nadie. Las promesas revolucionarias no siempre se materializan en políticas transformadoras. Su proclamada transformación no es más que un recambio en el grupo gobernante, entre otras cosas, porque es hija del anhelo del cambio, más que de un cálculo racional de probabilidades de lo que sí era posible cambiar desde los despachos gubernamentales. El poder, como bien ha comentado Moisés Naim,1 está más atomizado que nunca, por eso vivimos en sociedades libres, pero menos gobernables.

Pero en momentos de cambio, como el 2018 en México, los pueblos creen en sus líderes con la misma fuerza con la que un amante cree, a pie juntillas, en la perfección de su amada. El tiempo se encarga de poner las cosas en su lugar. Pero mientras la esperanza vuela, la disposición del alma popular permite imaginar grandes cosas. La historia determinará si ese cambio de estado de ánimo nacional se usó para grandes propósitos, como lo hicieron algunos gobiernos reformistas del pasado, o si se consumió en el banquete de reconstruir un presidencialismo imbuido de una cultura política a la que podríamos llamar “socioestatista”. Lo veremos.
El segundo elemento es que completa el ciclo de las alternancias. La izquierda finalmente llegaba al poder tras una serie de intentos fallidos. Las tres principales familias políticas han accedido al gobierno por la vía electoral. Desde 1988 hasta 2018 el Frente Democrático Nacional (FDN), el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y ahora Morena optaron por ese procedimiento para llegar al gobierno. Una larga y ejemplar lucha. Después de una tortuosa historia de inequidades, irregularidades y fraudes, en 2018 se dio la circunstancia que franqueaba su acceso al poder. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha cedido el poder dos veces y el Partido Acción Nacional (PAN), tras dos gobiernos, reconoció su derrota en las urnas. La izquierda ya tiene el poder. Tendrá que demostrar en el futuro que lo cederá pacíficamente si ésa es la voluntad popular. La democracia no llegó a México de la mano de AMLO, él llegó, con todo merecimiento, por esa vía. No ganó una guerra, ganó unas elecciones. Tiene todavía que pasar por la prueba del ácido del demócrata: la aceptabilidad de la derrota. Hasta ahora AMLO sólo ha reconocido como legítimas sus victorias y la de Fox en 2000. Las elecciones de 2021 son decisivas para comprobar la consolidación democrática y jubilar el fantasma de la desconfianza electoral que tanta energía y recursos ha consumido en las últimas décadas.

AMLO recibe un título de legitimidad para ejercerlo en todo su apogeo. El país se rindió ante la contundencia de su victoria. No hubo impugnaciones ni cuestionamientos por parte de otros candidatos. Las expresiones de adhesión al flamante presidente llegaron a extremos almibarados. Un caso chocante fue un video del Consejo Mexicano de Negocios que, con inusual servilismo, o tal vez sentido de culpa, mostraba su disposición al trabajo conjunto. La “minoría rapaz”, como la había motejado el presidente, se cuadraba ante el triunfador con gesto sumiso. Esperábamos, con esta disposición inaugural de las élites económicas, una pacificación del ánimo presidencial que nos llevara a una fecunda colaboración en pro del desarrollo del país. El Consejo Coordinador Empresarial (CCE), bajo el mando de Carlos Salazar, cerraría unos meses después filas al proclamar que el combate a la pobreza y la corrupción eran objetivos asumibles para el sector privado y declaraban que la inversión se convertiría en una obsesión para hacer realidad la promesa de campaña de crecer al 4 por ciento.

Pero el alma nacional no ha encontrado la calma. El presidente está dominado por un furor estilo Karamazov que impide, aun en medio de la crisis sanitaria y económica, un principio de unidad de acción. A pesar de tener todo el poder, el mandatario se comporta como si fuera un gobierno minoritario y acorralado por fuerzas que le impiden desplegar sus programas. Son pocos los días en los que sus alocuciones manan de manantial sereno. El pasado y sus predecesores lo persiguen como fantasmas en el Palacio. El triunfo no le ha traído la paz. Sus enemigos reales y figurados lo avinagran cada mañana. El resentimiento tiberiano sigue a f lor de piel. En consecuencia, no aporta serenidad, placidez, paz, al alma nacional. El país ha pasado en dos años de la esperanza de un gran cambio a un ánimo crispado y polarizado. Lo lamentará. La carga confrontadora desde el gobierno augura más polarización y divisiones. En países como Brasil el péndulo de la política ha llevado a que los excesos retóricos, simbólicos y políticos de la izquierda sean replicados con un movimiento similar de ideología contraria. Si el populismo de izquierda es indigesto, el de derecha puede ser funesto. A toda acción corresponde una reacción de la misma intensidad, pero en sentido contrario. Por eso la madre de las virtudes políticas es la moderación, pero ése no es el tema de este libro. Claramente no hay un moderado en Palacio. El tercer elemento a considerar es que el radicalismo declarativo del obradorismo ahora se enfrenta con la responsabilidad de gobernar. Durante más de 20 años el presidente se especializó en ser el campeón de la denuncia. Con su estrategia de abstenerse de participar en la corresponsabilidad del gobierno mantuvo la virginidad política. Como opositor no apostó a cogobernar y desarrollar por esa vía una cultura gubernamental en su equipo. Su línea de acción política fue hacer críticas mordaces y sistemáticas al funcionamiento del país y a las decisiones gubernamentales. Hoy, como dice el jefe indio de Javier Krahe: “Él ganar gran elección, ahora él mandar nación”, y comprueba que “el gringo ser muy absorbente” y otras cosas más. Por ejemplo, que los criminales son más persistentes en sus sanguinarios objetivos de lo que él suponía, o bien que su radicalismo declarativo se enfrenta a resistencias enormes para transformar la realidad por muchos atavismos y por una congénita falta de capacidades institucionales para gobernar.

La falta de una burocracia esbelta y competente ha sido su quebradero de cabeza. La penuria de recursos públicos, su cruz. La ausencia de una cultura de gobierno entre sus cuadros más cercanos, su tormento. Quiere sustituir competencia con voluntarismo y honradez. El grupo de leales, los “Siervos de la Nación” y los compañeros de generación de sus hijos, diseminados en todas las dependencias, no sustituyen a los cuadros superiores que se requieren para administrar el país. Pero ni las enfermedades se curan con buena voluntad ni los programas sociales surten efecto inmediato.

Su desconocimiento de las instituciones es olímpico y su apetito por concentrar el presupuesto en el gobierno federal es pantagruélico. A pesar de que en campaña prometía que con la extinción de la corrupción habría recursos suficientes para atender todos sus programas, hoy tiene que pedir a los funcionarios prescindir del aguinaldo. Les quita una prestación, como esos cerdos con frac que suelen dibujar a sus propagandistas para representar al empresariado que succiona la sangre de los trabajadores. El gobierno de AMLO les baja los sueldos y les amputa las prestaciones. Buena parte de sus secretarios tiene un patrimonio suficiente para prescindir de un salario remunerador. Una máxima laboral reza que sólo se baja el sueldo quien no vive del mismo. Los funcionarios de la Administración Pública Federal (APF), desde el rango de subdirector, tienen el honor de ser explotados, eso sí, por alguien que se ha reservado a sí mismo un sitio a la altura de los héroes. Su austeridad personal la ha trasladado a toda la administración pública a la que se refiere, desconsideradamente, como el elefante reumático.

Tal vez él no lo registre y crea que es muy original cada vez que lo menciona, pero del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) ha dicho decenas de veces lo mismo usando un silogismo deplorable: ¿de qué sirve el Instituto si la corrupción no se extingue? Si usáramos el mismo razonamiento podríamos preguntar: ¿para qué tener fiscalías si la impunidad es la norma?, o ¿para qué mantener una Secretaría del Bienestar si los pobres crecen a ojos vistas? De otras dependencias que dice desconocer, como el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), lanza las mismas rapsodias y ha declarado que tiene un centenar en la mira para desaparecerlas. Como la mayor parte de los políticos latinoamericanos del ala izquierda, el presidente tiene una marcada disposición al adanismo (ellos son el primer hombre) y por eso quiere romper con el entramado institucional vigente. Pasa más tiempo desmontando que construyendo. Cambiar la Constitución a su monomanía y el nombre del país está, por fortuna, fuera de sus planes. Imaginar que fuéramos la República Mexicana Fraterna y Humanista para el Bienestar causaría un revuelo, pero si pudiese lo haría. Lo que está claro es que quiere rotular, siguiendo el rastro de todos los concentradores de poder, desde Ramsés II, todo lo que se pueda. Quiere que su administración deje huella, por eso su banco, el sistema de salud y lo que fuera el Servicio de Administración y Enajenación de Bienes (SAE) llevan su marca genética y el apellido del Bienestar. Una invitación a la inestabilidad institucional, pues el siguiente gobierno tendrá que borrar lo anterior. Una tara política antiquísima que acompaña al rebaño humano por lo menos desde Amenofis IV. Cada faraón borra el legado del anterior para autogratificarse. Tejer y destejer instituciones en vez de acumular y progresar. Mantiene una vitalidad sorprendente en su ánimo de promoverse recorriendo el país aun en contra de los lineamientos sanitarios. Es un nómada. No parece estar a gusto en el Palacio de los Virreyes. No es su fuerte gobernar para todos de manera impersonal y progresiva; su preferencia es hacer campaña en contra de algunos.

Los populistas, dice Urbinati,2 hacen campaña, no gobiernan. Su esencia política es tener a quién culpar de lo que ocurre y no hacerse responsables de la realidad concreta. Así movilizan a su base y descargan lastre. Llegan al poder proponiendo soluciones simplonas a problemas complejos. Una vez sentados en el despacho, como la realidad no se pliega a su dicho, lo más práctico es volver a culpar a los que derrotaron, a los que arrasaron en las urnas y a todas las fuerzas oscuras. Todo vuelve a la lógica de las campañas. No hay tiempo para que la República se fortalezca, todo es contienda electoral. La cuarta transformación promete ser la campaña electoral más larga de la historia de México.

Al erario no lo trata como la bolsa pública, sino como el tesoro de la institución presidencial, como un presupuesto casi personal y discrecional (lo que antes criticó). Su cada vez menos disimulado anhelo es absorber recursos económicos para controlarlos de manera directa y asignarlos a sus prioridades y no a las instituciones. El presupuesto lo concibe como una gran partida presidencial. No son los recursos al servicio del Estado, sino el óbolo al que él debe darle el mejor destino. Por eso, para tener más dinero disponible para sus proyectos y programas igual tiene que desaparecer subsecretarías que lanzarse, de manera poco elegante, sobre los fideicomisos y proponer desfondar presupuestalmente a comunidades que van desde los cineastas hasta los antropólogos, pasando por los creadores y científicos. Más que analizar la función constitucional e institucional de los órganos autónomos y los fideicomisos, se preocupa por el dinero que absorben y porque no están bajo su control. La debilidad fiscal del gobierno mexicano es una realidad y las carencias no sólo se explican por el derroche del gobierno que provocaba aquello de “gobierno rico con pueblo pobre”. AMLO está consiguiendo que el pueblo sea cada vez más pobre y el gobierno también. ¿Tiene la 4T un proyecto de futuro?
Tiene prisa por cambiar las cosas y por eso se muestra infatigable, aunque paradójicamente trabaje pocas horas al día en su gabinete estudiando, ponderando, deliberando. Por lo menos dedica dos horas diarias a su conferencia y un par de horas más a sus eventos públicos. Una hora a los temas de seguridad y otras dos a desplazamientos.

Llevamos siete. Le quedan cinco en promedio para atender sus temas personales y despachar los asuntos propios de su oficina, que van desde nombramientos hasta cuestiones indelegables como recibir las cuotas credenciales de las embajadas, y la coordinación con su círculo más cercano para que su gobierno funcione. Se nota en sus escritos y discursos que tiene poco tiempo para leer, se repite mucho. No tiene espacios amplios para ref lexionar o intercambiar puntos de vista. El tiempo más valioso de un presidente es el dedicado a la ref lexión ya que sus decisiones afectan el destino nacional. La información, la lectura y el análisis enriquecen el entendimiento de las diferentes coyunturas, lo que, sumado a la experiencia política y a la cercanía con la gente, alimenta la mejor toma de decisiones; por ello, tan malo es colocarse en un extremo como en el otro. El presidente vive de lo que leyó en otro tiempo. Nuestro primer capítulo versa sobre su biografía intelectual y sus obsesiones analíticas, como lo es su visión determinista de la historia y su presunción de que toda la complejidad política se reduce a la fractura de la concepción liberal y conservadora. El mandatario sabe mucho de historia y política, pero es un esclavo de su saber. No se abre a nuevas lecturas. La edad, el cargo, el éxito, el servilismo que lo circunda lo estrechan cada vez más. No hay duda, las lecturas y los debates se perciben en la articulación del discurso de un político de la misma forma como se notan en los cuerpos saludables las horas de gimnasio. El presidente lee cada vez menos, delibera poco de forma reservada y oye a cada vez menos gente.

Tres cosas destacan en los primeros dos años de gobierno. La pandemia ha descarrilado sus propósitos originales, aunque él insista en minimizar el impacto. La caída de la actividad económica marcó los primeros meses de gobierno, se acentuó como resultado del confinamiento y llegó a niveles nunca vistos. Ahí está lo ocurrido en el mercado laboral formal y el encogimiento de la población económicamente activa (pea); sólo estos datos llevan a la conclusión de que el crecimiento de la pobreza y desigualdad es inevitable. El consumo y las exportaciones, el comercio y los servicios han caído de forma dramática, al igual que la confianza en el futuro de consumidores e inversionistas. Los más optimistas suponen que nos llevará 18 meses recuperar la senda de la estabilidad y de un crecimiento más o menos sostenido. Para entonces el gobierno de AMLO estará a punto de entrar al último tercio de su gobierno y seguramente con capacidades erosionadas para inf luir en el proceso. El primer año lo perdió en un ejercicio de autoafirmación: el poder político se emancipa del económico y el presidente manda. La economía se detuvo. Después, con la pandemia, se acrecentó la distancia con el sector privado. Está por verse si luego de la caída, la recuperación será en forma de V o de W (o de “palomita”) y si habrá capacidades suficientes para remontar los niveles de desempleo, informalidad y pobreza. Cuando la economía se reactive, sólo cabrá ir mejorando, lo que no sabemos es a qué ritmo. Supongamos que tras año y medio volvemos a los niveles de 2018, le quedarían dos años para enderezar el camino y cambiar la vida de millones que votaron con la esperanza de vivir mejor. Dudoso. La segunda es un éxito importante en su ruta por construir un Estado de bienestar y reorientar el gasto público. El gobierno mexicano conserva una centralidad que los de otros países no tienen, por eso el presidente es el sol que lo ilumina todo. Somos una sociedad acostumbrada a vivir de la ubre del gobierno. A los de arriba (como se les llama hoy) les conviene mantener un vínculo que les provea contratos y concesiones. Los más ricos, tiene razón el presidente, no amasaron su fortuna con la innovación, sino con las relaciones públicas. Un cambio relevante es que ha conseguido reorientar el presupuesto para atender a sectores poco favorecidos. Lo ha hecho en detrimento de las clases medias que han visto también caer su poder adquisitivo y sin poner demasiada atención en la transparencia, reglas de operación y escasos mecanismos de evaluación. Su discurso justiciero se ha abierto paso hasta conseguir que la prioridad presupuestal (además de sus proyectos personales) sea derramar la mayor cantidad de recursos en el mayor número de personas en condición de pobreza. Depurando su sesgo electorero (que genera animadversión en vez de agregar apoyos) es valioso que se establezcan las bases de una red de protección social para todos. En este punto, una lógica de derechos, como un sistema universal de protección social, implica que la igualación social es “para arriba” pues de trata de mejorar las condiciones de las mayorías para que tengan acceso a una vida digna y garantizar el ejercicio de sus derechos civiles, políticos, económicos y sociales.

La tercera es que es un gobierno realmente popular. Es un gobierno cercano a la gente. Viaja, pueblea, vuela en aviones comerciales. Es austero y sus rituales no propenden al boato. Pero, igual que el pueblo sabio, reproduce esa cultura anticientífica, patriarcal y condescendiente con las mujeres, profundamente alejada de la gran cultura, por la que siente una displicente distancia. Buena parte de los refinamientos de la élite progresista le son ajenos; una exquisitez pequeñoburguesa. No es un político cosmopolita. La transparencia, los derechos humanos y la agenda antidiscriminación le resultan repelentes. Se siente desplazado por el lenguaje técnico. Proclama, sin embozo, que eso de resiliencia es hablar “físico”, una jerigonza detestable de las élites insensibles, lenguaje de machuchones y ante ellos se siente desplazado, apabullado. El saber lo fragiliza. Por eso detesta a intelócratas, comentócratas y tecnócratas. Todo aquello que no sea lenguaje de anuncio televisivo (es decir, muy popular) le parece ajeno. No esconde su hostilidad a los científicos, a pesar de la enorme fidelidad a su causa de muchos de ellos desde 2006. Pero él no los ha engañado, ellos decidieron creer. Su proyecto académico más acabado es la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (uacm). En su administración el discurso anticientífico y antiambientalista ha crecido con la misma fuerza con que lo hubiera hecho en una administración de la derecha ultramontana. Sus propagandistas cada vez tienen más complicada la justificación de su conservadurismo religioso y familiar.

La tendencia hacia una restauración del presidencialismo centralista cada vez está más consolidada. Nuestro estudio se centra en la figura del presidente, su discurso, sus ideas, su comunicación política y, en general, en su modelo de toma de decisiones, con el fin de identificar hacia dónde conduce al país. Una buena parte de la acción política ha consistido en desmontar reformas legislativas e instituciones. La fuerza del Ejecutivo ha supuesto una reducción del peso relativo del Congreso y una minimización de los órganos autónomos, lo cual muchos sectores ven con creciente preocupación. ¿Se convertirá AMLO en un dictador? ¿Intentará reelegirse? Hoy el jefe del Estado es el jefe y voz casi única del gobierno.

Puso en práctica un ejercicio de comunicación directa del Ejecutivo federal con los medios de comunicación y con la población. En estas conferencias, el Ejecutivo ha usado su popularidad para construir un universo de datos e indicadores paralelo, cuando las cifras y las estimaciones (incluidas las oficiales) no le agradan. También construye narrativas alternas, ¿posverdad? Ha recurrido a afirmaciones falsas con mayor asiduidad que Trump. Más aún, el espacio de apertura que representa la conferencia de prensa matutina del presidente es también un mecanismo para instruir a su gabinete y exigirle rendir cuentas en los plazos que él mismo define ahí, sin ningún tipo de rigor. Ha reconvenido en público al secretario de Hacienda por estimaciones y por su política de comunicación social. Buena parte de sus decisiones no cuentan con estudios previos, ni son resultado de una amplia deliberación en los sectores especializados, en ocasiones le basta justificarlas con consultas a mano alzada en auditorios convenientes. El presidente tiene prisa y con frecuencia pierde los estribos con los cuestionamientos críticos. ¿Es un riesgo para la calidad de la deliberación pública y sobre todo contra la libertad de expresión? Los secretarios tienen escasa autonomía. Carecen de la fuerza necesaria para frenar decisiones de Palacio que pueden ser desordenadas o poco meditadas, como suprimir diez subsecretarías o provocar un embudo por concentrar las compras gubernamentales en una sola oficina. Es el comandante supremo de las Fuerzas Armadas y su control táctico y operativo. Él decidió liberar a Ovidio y hacer público que el responsable de ese fatal error fue el mismo presidente. Durante ocho meses ha dado tres versiones de los hechos y Ovidio sigue prófugo. Es el gran comunicador nacional. Ha confiscado la voz del gobierno y se ha asegurado una cobertura personal que ningún otro presidente ha tenido. Los medios públicos están a sus órdenes. Redacta decálogos sanitarios, impulsa constituciones morales, sólo falta el libro guinda de citas del gran timonel. Es el gran legislador. Sus bancadas han sido poleas de transmisión de sus deseos. Dos ejemplos amargos: un transitorio a la reforma constitucional que crea la Guardia Nacional para disponer libremente de la fuerza. ¿Se lo hubieran dado a otro presidente? Y en el Senado orilló a su bancada a aprobar lo intransitable: elegir a una militante de Morena titular de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH). Las dos cámaras han sentido el poder del presidente y ni el más creativo de los legisladores podría afirmar, sin sonrojarse, que han hecho una función de control del Ejecutivo. Sólo Porfirio Muñoz Ledo ha alzado la voz recordando la dignidad republicana del Congreso y defendiendo la institucionalidad que nos dan órganos autónomos como el Instituto Nacional Electoral (INE). El mandatario ha minimizado el peso de las cámaras y ahora quiere ser el centralizador del presupuesto con su anuencia. Inaudito. Conforme al mapa que él mismo ha trazado, quiere desaparecer toda agencia autónoma que pueda controlar o limitar su poder; los contrapesos institucionales le cuestan y le estorban. Sin el boato de la presidencia imperial, AMLO reconcentra poderes como los dominicos lo hicieron con la Inquisición; voluntad de mando disfrazada de objetivos edificantes y caridad cristiana. Pero en el fondo, reluce el ánimo implacable de ser látigo de infieles y herejes, de los que no piensan como él. Una presidencia inquisitorial, con crecientes tendencias a la infalibilidad. Él es el único juez de lo que está bien. Se autocalifica siempre con largueza. Se autoexalta a través de informes periódicos y cuando la realidad lo desmiente, invoca otros datos. Si no los hay, alega que la cifra negativa es menor a lo que sus adversarios esperaban. Él nunca pierde. Hace una crítica epistemológica de los indicadores que le son desfavorables. Hasta el lenguaje quiere modificar: ¡producto interno bruto!, vaya terminajo. Todo va muy bien y quien sostenga lo contrario es porque suspira por el pasado que no ha de volver. Su doctrina es simple: el presidente siempre tiene la razón, y si hay duda, vuelva a leer la oración. Él nunca se equivoca porque tiene principios. Unos principios que parecen ser de sustancia divina. El presidente no se asume como contingente. Es, en su óptica, un ser necesario con facultades performativas. Lo que él decreta, ocurre. Lo que él dispone, sucede.

La pobreza y la corrupción, binomio generador de malestar social, fueron aprovechadas para construir una narrativa de esperanza y cambio. En este contexto, los ejes articuladores del discurso político y la acción gubernamental tomaron como premisa y justificación los objetivos de atender “primero a los pobres” y la “lucha contra la corrupción”. Para ello se planteó como indispensable reivindicar el papel rector del Estado en todos los ámbitos de la vida social, política y económica del país, incluido el energético. Esta recentralización genera dudas sobre la capacidad del gobierno de sufragar el proyecto presidencial y más bien lleva a avizorar situaciones de crisis en diferentes sectores (seguridad pública, salud, energía, por ejemplo), así como una reducción de la calificación crediticia del país, lo cual modificaría toda perspectiva medianamente optimista sobre el futuro económico del país. ¿Tienen fundamento estos temores? Ante los cambios que han cimbrado la vida institucional, es importante recuperar y sistematizar la visión que el gobierno de la República tiene sobre el rumbo de México, las decisiones tomadas y los resultados esperados. La pretensión de este texto es presentar esa visión de los cambios iniciados, con el fin de contribuir a entender sus fundamentos y objetivos, así como aportar nuevos elementos para el análisis del rumbo que está tomando el país.

Los gobiernos deciden la narrativa de su arranque, sus personajes favoritos, sus símbolos, sus rituales, pero son sus resultados los que marcan la historia. Por el momento, el de la 4T propende a dar un marco revolucionario a lo que no es más que el último capítulo de una pugna de una generación que se disputó el poder en este país desde la década de los ochenta. Una historia que va desde 1982 hasta la fecha. Una secuencia de planchas y contraplanchas, de orgullo, vanidad y resentimiento. La generación de la transición ha pasado más tiempo negándose y obstruyéndose mutuamente que preparando al país para la acerba competencia que plantea la cuarta revolución industrial. La presidencia de AMLO es una suerte de banquete de Clitemnestra.

La ruta está ya trazada. La retórica de la cuarta transformación no se fundó en la reconciliación o en la proyección externa de México. Con la excepción del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (t­mec), que es la continuidad de uno de los pilares del neoliberalismo, no hay un proyecto de modernización del país para ubicarnos en la ruta de una inserción competitiva al mundo diferente a la trazada en los años noventa. Tampoco lo hay de concordia política. El pivote argumental del gobierno es una añeja tradición narrativa de la historia oficial: el victimismo. El pueblo, dechado de virtudes, cultura y estoicismo, es siempre víctima de una minoría desaprensiva y voraz que lo priva de una vida desahogada y lo envenena con una mistificación de sus voliciones y productos “chatarra”. El pueblo era feliz y próspero hasta que llegaron los canallas con su cañón del futuro y lo engañaron con los espejitos del consumismo. El pueblo no es el sujeto histórico de la liberación, sino la víctima permanente de los potentados.

El presidente domina, desde esa perspectiva, la historia patria, y tiene una astucia política fuera de lo común. Por eso incentiva la narrativa de la exoneración popular y nacional. Nada de lo que ocurre es nuestra responsabilidad. Por eso nunca veremos, por ejemplo, el 1848 como un fracaso nacional, producto de la incapacidad de las élites que consumaron la independencia de crear instituciones funcionales. Todas nuestras desgracias vienen de fuera y se articulan con una minoría conservadora que quiere mantener privilegios. Los invasores y los polkos, los conservadores y los corruptos, como en el mural de Diego Rivera, son monstruosos, pero derrotables por las virtudes del pueblo. Fernando Benítez aseguró que el gran historiador de México fue en realidad Diego Rivera. Nuestra concepción histórica es tributaria del mural. El presidente tiene esa cultura del mural y con ella hace política. Cultivar el victimismo es una apuesta ganadora en México, un país que cree poco en el mérito y el esfuerzo personal. Todo parece reducirse a redistribuir el inagotable tesoro que acaparan unos cuantos y a glorificar el trapiche. Es claramente un proyecto político, pero en ningún caso es un proyecto de modernización.

Analizaremos tres escenarios básicos de final de sexenio. ¿Puede ser un éxito este gobierno o será un rotundo fracaso? Puede ser inercial con un patrón ascendente o un patrón descendente. Las probabilidades de ocurrencia son variables. Es cada vez menos probable que sea un éxito. Pero también existen poderosas razones para pensar que no llevará su presidencia a un desenlace lopezportillista. Por lo tanto, la inercia (esa misma que tanto criticara a sus predecesores) se revela, a pesar de lo cargado que se siente el ambiente en 2020, como el más probable de sus legados.

Para que se cumplieran sus promesas de campaña o las del Plan Nacional de Desarrollo que mandó triturar, haría falta reconstruir, tras la pandemia, el entusiasmo inicial que generó su elección. En ese poco probable caso el país podría, con una narrativa de unidad, dar un salto cuantitativo y cualitativo en el crecimiento de la economía y la distribución del ingreso. Hoy ni el mismo presidente apostaría por ello. Ha perdido más de veinte puntos en su tasa de aprobación y una comparación de su sexto trimestre con el de presidentes anteriores, calculada por Mitofsky, demuestra que AMLO está en porcentajes similares a los de Vicente Fox y Enrique Peña Nieto y por debajo de lo que marcaba Felipe Calderón. Eso no quiere decir nada, porque las circunstancias varían, pero de la encarnación mítica de la esperanza nacional hemos pasado a un político promedio, de carne y hueso. Las posibilidades de éxito se las comió en un primer año de cálculo político y deshojar la margarita. Frenó el aeropuerto, las zonas económicas especiales y las inversiones que pudieron haber llegado por la vía de la apertura energética. La economía se estancó. La inversión se contrajo. El consumo perdió ritmo. El segundo año se hipoteca con un choque externo que, mientras pudo, minimizó, y cuando la epidemia alcanzaba su apogeo dijo que le venía como anillo al dedo y rompió todo diálogo con quien no confirmara sus premisas. Se negó a considerar opciones que venían de grupos tan solventes como el Nuevo Curso de Desarrollo que coordina Rolando Cordera o la misma Comisión Económica para América Latina y el Caribe (cepal), insospechada de profesar la herejía del neoliberalismo. Un grupo amplio de ciudadanos le planteó más de sesenta acciones y líneas de ref lexión para enfrentar la crisis y a todo ello contestó con una machacona repetición de sus prioridades que decidió repetir (como refritos) en las mañaneras, discursos, ensayos y decretos. Del pensamiento único pasamos a la interpretación única del gran timonel. La política en vez de renovarse se convirtió en una larga y extenuante polarización y generación de incertidumbre. Sus aliados para 2021 son el Partido del Trabajo (pt) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM). Arar el porvenir con viejos bueyes es todo, menos prometedor.

El segundo escenario, que consideramos central, es que su sexenio quedará marcado por una inercia descendente. El crecimiento ha sido abandonado como objetivo e incluso el concepto de producto interno bruto (PIB) le resulta tóxico. El látigo del bajo crecimiento en la etapa neoliberal ha decidido cambiar de tercio. El torero ha decidido que es mejor jugar a la ouija. Los toros son peligrosos cuando los tienes que capotear y no ver desde la barrera. Los juegos de mesa predictivos permiten decir lo que uno quiera. Nos espera un futuro brillante que no se puede medir, pero no importa. El presidente performativo lo ha dicho.

Pero si es un mago con las expectativas y un astro del cambio de relato, el presidente sabe que una dramática caída de la cotización del peso y una fuga masiva de capitales sería ponerse la soga al cuello. Si hubiera un reconocimiento a fin de año de que la recuperación económica va a llevar 18 meses, según la última estimación de la Asociación de Bancos de México (ABM), eso lo podría llevar a moderarse. La presión externa será clave. Ha hostilizado a empresas españolas, estadounidenses y canadienses y ya ha sentido (es algo que le disgusta en particular) el gélido reclamo de otros gobiernos, como la amenaza de retirar miles de millones de dólares de inversión, como una limitación que en realidad lo es para cualquier político pragmático. Lleva más de veinte años preparándose para gobernar y sabe que una presidencia fallida pasa por una devaluación de la moneda y una fuga masiva de capitales. Su perseverancia en mantener los equilibrios macroeconómicos fundamentales, en apostar por el t­mec, así como mantener el país abierto a las inversiones extranjeras (ideas y políticas implantadas por gobiernos neoliberales), son mensajes muy claros de pragmatismo. Mantiene, a pesar de todo, a Romo, a Scherer y a Ebrard en su círculo más cercano. Tiene diálogo con los empresarios más poderosos. Siempre puede dar marcha atrás en su desplante en contra de los empresarios y abrir un nuevo espacio de convergencia. Depende de él. Él mismo salvaría su sexenio en un acto extremo de contención verbal y política. Finalmente puede optar por la continuidad con una narrativa alternativa como la de Léon Gambetta, quien decía que había que gobernar con una retórica radical y gestos moderados. Esa misma usó cuando fue jefe de Gobierno de la Ciudad de México y para solventar la disputa de los gasoductos. Si esto fuera así, la economía se recuperaría de manera inercial y la izquierda perdería su inocencia. Quedaría claro que los problemas estructurales no se resuelven con perlas ideológicas o con atribuciones de culpabilidad genérica al neoliberalismo, sino con inversión, infraestructura y buena regulación.

El tercero es que finalmente el país tenga, como ha ocurrido en el pasado, un retorno a las crisis sexenales por un manejo económico desde el Palacio Nacional. Menos probable que el anterior por la predisposición del presidente a no carbonizar desde el segundo año su mandato, sigue abierto por el tono oscuro y confrontador que ha tenido durante la pandemia. Pero lo vemos menos cercano porque el mandatario tiene una interpretación mecánica de la historia reciente del país según la cual el desarrollo estabilizador podría haberse prolongado si no se hubieran descuadrado las cuentas públicas y optado por la deuda (por eso le tiene un pavor fetichista). El presidente sabe que, si no hay crecimiento, no hay cuarta transformación. El presidente sabe que todo jefe de Estado tiene una pequeña ventana para hacer las cosas bien y un amplio espacio para arruinar a generaciones futuras. Tanta esperanza popular no se puede quemar en la hoguera de sus vanidades personales. López Portillo es su espejo, del deseado al repudiado. Tal vez una mayoría opositora en San Lázaro le sería propicia para moderarse y conjurar el fracaso. Hace más de 25 años que el país no experimenta una grave crisis sexenal de la cual, si se presentara, él sería padre, madre y padrino. El poder que ha concentrado ha servido para infundir esperanza. Pero el poder tan concentrado asume toda la responsabilidad del naufragio en caso de que ocurra. Él lo sabe y lo sabe bien, porque ha estudiado con detalle el auge y caída de los prestigios presidenciales.

 

Leonardo Curzio y Aníbal Gutiérrez


1 Moisés Naim, El fin del poder, México, Debate, 2014.

2 Nadia Urbinati, Me the People: How Populism Transforms Democracy, Londres, Harvard University Press, 2019.

 

2 comentarios en “El Presidente

  1. Atestiguamos la primer prueba histórica de las clases medias mexicanas.
    Hay la cantidad y calidad suficiente para contender con el populista en la presidencia?
    Mexico no es Venezuela?

  2. Si. Pero no hay vacíos. El GRAN problema es la otra asera. Es cierto que en la oposición hay suficientes rufianes para arruinar a los bien intencionados. Entonces estamos entre “the devil and the deep blue sea”.