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¿Cómo dejar de creer en Santa? La respuesta corta, si se es un niño: al hablar con Trump o con alguna otra persona tan poco empática como él, que haga preguntas al estilo de “¿Todavía crees en Santa? Porque a los 7 años, es [una creencia] marginal, ¿verdad?”.

A menos que esto fuese un microcuento navideño (que no es el caso, y quien a estas alturas aún tenga infantes a su lado es ya bajo su propio riesgo), para una respuesta más larga conviene examinar primero la razón por la que —con excepción de personajes carentes de espíritu navideño, como Scrooge, el Grinch y el mentado Trump— la mayoría de nosotros promovemos, de forma por entero deliberada y a sabiendas de que es falso, que los niños crean en la existencia de un ser sobrenatural que los vigila y sabe si se han portado lo suficientemente bien como para premiarlos con un regalo en Nochebuena.

El grado en que participamos en la Santaconfabulación va desde lo más activo —contar a los niños historias y ver con ellos películas sobre Papá Noel, dejar leche y galletas previo a su visita, fotografiarlos con él y disfrazarnos de él— hasta, en el límite inferior del involucramiento, evitar revelarles la verdad. En esta conjura cultural intervienen (o, como mínimo, no interfieren) incluso gremios que, de no tratarse de Santa, verían comprometida su integridad profesional, como maestros, periodistas y científicos.

Ante un engaño de tamaña magnitud dirigido a quienes, a la edad en que es sembrado, son incapaces aún de defenderse de él, ante esta mentira global (o casi) mantenida por generaciones con la aprobación de la sociedad, en agosto de este año el psicólogo Jeff Standley aportó evidencias y razones (que se suman a los motivos éticos y hasta a los meramente pragmáticos) por las que, desde una perspectiva epistémica, fomentar la creencia en Santa Claus puede salir airosa —con todo y trineo, renos y demás parafernalia volante— de la acusación de abuso y, más todavía, convertirse en lo más próximo a un milagro navideño al verse envuelta en el desarrollo del pensamiento crítico en los niños.1

Standley expone que, ante el mito de Santa, los maestros en particular —si bien el argumento puede extenderse a padres y cualquier otra figura de autoridad— tienen tres opciones: A) decir abiertamente a los niños que el culpable de haber dejado en el árbol el Cursi-Merito pirata de Nacititlán, en vez del muñequito auténtico (dos veces más caro) no fue otro que su padre; B) unirse a la farsa y perpetuarla en lo posible mediante actividades en clase como “¿Qué le pedirías a San Nicolás para tu equipo favorito de futbol?”; C) ante cualquier mención de Santa, hacer como que no existe (sin decirlo, claro está) y seguir hablando sobre la comparación de números de tres cifras o sobre ornitorrincos y otros animales que nacen de huevos.

Con la opción A, junto con Santa eliminamos la posibilidad de que los niños puedan pensar por sí mismos y deducirlo una vez que su desarrollo cognitivo les permita evaluar las pruebas a favor y en contra de la existencia del personaje. La opción C, además de casi imposible de implementar por la ubicuidad de quien casi le roba la Navidad a su protagonista auténtico (en el sentido de “original”, no de “real”; como este otro personaje no es el que aquí nos interesa, elijamos para él la opción C), nos quita la posibilidad de establecer o estrechar relaciones positivas con los niños a través de un mito que los acompaña y es valioso para buena parte de ellos durante una etapa significativa de su vida. No es raro que, inclusive, niños no cristianos crean en Santa. Para que la opción B sea ética y epistémicamente justificable, los beneficios para los niños deben ser mayores que el habernos aprovechado de su confianza y credulidad o, en palabras de Standley y otros estudiosos en esta área, de su vulnerabilidad epistémica.

Ilustración: Oldemar González

Que los niños sean mayormente crédulos y confiados (algunos hasta confianzudos, excluidos por ello de la lista de Papá Noel) puede parecer un defecto. Pero lo cierto es que es una conducta que, como especie, hemos conservado en nuestra infancia por la ventaja psicológicamente adaptativa que ha representado en situaciones con muy diversos niveles de riesgo. Imaginemos un evento extremo y remoto en el que una madre advierte a su hijo que no toque lo que parece un tronco flotando en medio del río porque en realidad es un cocodrilo y se lo puede comer; el niño no confía en ella, decide comprobarlo por su cuenta y acaba en la panza del reptil. Para prevenir que más niños escépticos sean comidos por cocodrilos, las restantes madres de la tribu pueden fomentar entre los más pequeños la falsa creencia de que en todo tronco flotante vive el Coco y que es mejor no acercarse. La psiquiatra Lisa Bortolotti bautizó como inocencia epistémica a ese estado en que, en nuestro tosco ejemplo, viven los niños que creen que el Coco los amenaza a la orilla de un palmar (“¡Flotarás!”) y cuyos beneficios exceden los costos del mito fabricado.2

Bortolotti cita el caso auténtico de un paciente que, un año después de haber quedado cuadripléjico en un accidente automovilístico, desarrolló como mecanismo de defensa psicológico la creencia de que tenía una relación feliz con su pareja, cuando en realidad ésta lo había abandonado a raíz de la tragedia (autoengaño conocido como síndrome inverso de Otelo). Los médicos que lo atendían y sus familiares mantuvieron la inocencia epistémica del paciente el tiempo suficiente (más de dos años y medio) para que éste se recuperara física y mentalmente, sin caer en una severa depresión.

De vuelta con san Nicolás: en 1996 Linda Zagzebski enlistó cinco virtudes epistémicas o cualidades que todo pensador crítico debe cultivar y que Standley aplica a nuestro intemporal problema de temporada. Según el psicólogo, permitir que los niños desenmascaren a Santa (más bien a sus padres) les ayuda a ejercitar: 1) rigurosidad intelectual con la cual aprender que, a veces, un engaño lo es sin importar que sus responsables sean incluso personas de confianza y con autoridad sobre ellos; 2) humildad intelectual para entender y aceptar que, en ocasiones, sus creencias pueden ser erróneas; 3) apertura mental para comprender que quienes mienten pueden hacerlo con buenas intenciones; 4) coraje intelectual gracias al cual aceptar cuando una creencia es falsa, por muy atractiva o fuerte que ésta sea; y 5) autonomía intelectual para razonar y llegar a la verdad de manera independiente. Visto así, Papá Noel sería, en palabras de Standley, “una vacuna” que haría que los niños que descubrieron por su cuenta este misterio estacional “estén en mejor posición para identificar futuros engaños comparados con quienes no”.

Quien intente minimizar un logro intelectual así debe tener presente que no es fácil manipular a los infantes para que crean en algo. Varios estudios indican que, desde los tres años, los niños pueden distinguir lo real de aquello que es imaginario con gran exactitud. Cuando esto no ocurre, antes que achacarlo a estrechez del pensamiento infantil hay que considerar que tres factores juegan injustamente en su contra. Para persuadirlos de que el Ratoncito Pérez, el Hada de los Dientes o el Conejo de Pascua son tan reales como su tía Petunia, las armas con las que contamos son: los testimonios de otras personas, la siembra de evidencia indirecta y los rituales en que involucramos a los niños. No hay quien compita con Santa en cada uno de estos terrenos: pedimos a la familia que juren que el más famoso habitante del Polo Norte existe, nos comemos las zanahorias de los renos y les pedimos que escriban y pongan su carta en un zapato (¿aún se hace así, o ahora envían un correo eléctrónico?).

Con respecto a los rituales, estudios en desarrollo cognitivo muestran que la probabilidad de que un niño crea que el Santa “en vivo” que se encuentra, por lo general, en un centro comercial o en un parque, es el Santa “real” aumenta de manera directamente proporcional al número de veces que se dé este encuentro. No importa que en cada caso se trate de personas distintas dentro del traje rojo; que Santa a veces sea más alto o más gordo, o cualquier otro cambio en su físico, lo achacan a sus propiedades mágicas. Llama la atención de los autores del estudio (y a mí) que son los padres de niños de 7 a 12 años los que más llevan a sus hijos a ver a Santa “en vivo”. Así buscan reforzar la creencia y que se porten bien durante las celebraciones decembrinas. No sabemos qué tan probable es esto último, pero es mala idea apostar por lo primero a la luz de la evidencia acumulada, que indica que los niños dejan de creer en Santa alrededor de los 8 años (Trump se equivocó), lo que nos regresa a la pregunta: ¿cómo es que dejan de creer?

Andrew Shtulman y Rachel InKyung Yoo, expertos en ciencia cognitiva, determinaron que son aquellos niños, cuyo desarrollo intelectual les permite diferenciar entre eventos improbables que violan regularidades empíricas (como encontrar un cocodrilo debajo de su cama, dado que estos animales no suelen vivir ahí) y eventos imposibles que violan leyes físicas (como un trineo tirado por renos voladores), quienes comienzan a cuestionar la credibilidad detrás de las milagrosas hazañas de san Nicolás y quienes están en la antesala de revelar la verdad.3 Tal vez no sea tan milagroso como reconfortante saber que, cuando esto ocurre y según sus propios testimonios, no son los niños sino sus padres quienes más se entristecen por ello, lo que no impide a unos ni a otros celebrar una feliz Navidad.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Standley, J. “The Santa Claus deception: The ethics of educator involvement”, Theory and Research in Education, 18(2), 2020, pp. 1-17.

2 Bortolotti, L. “The epistemic innocence of motivated delusions”, Consciousness and Cognition, 33, 2014, pp. 490-499.

3 Shtulman, A. y Yoo, R. I. “Children’s understanding of physical possibility constrains their belief in Santa Claus”, Cognitive Development, 34, 2014, pp. 51-62.