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Nuevo orden, de Michel Franco, es una película potente. Se trata, como el propio director lo ha dicho, de una distopía que recreando algunos rasgos sobresalientes de nuestra vida en común y llevándolos al extremo generan una auténtica pesadilla. No pretende retratar la realidad, pero de ella se nutre. No necesariamente tiene que ser el futuro, pero puede ser el futuro. La película desconcierta y sacude por ello. Porque contiene referencias visibles a nuestra cotidianidad pero, en una vuelta de tuerca preocupante, las proyecta hacia una eventual espiral de violencia que acaba con lo mucho o poco que tenemos de convivencia civilizada.

Ilustración: Alberto Caudillo

Es un filme tenso, claustrofóbico, que sabe crear ambientes muy disímiles de manera creíble, en algunos casos con una fórmula de hiperrealismo sombrío. Es una narración que parte del reconocimiento de una sociedad escindida, en la cual sus grupos privilegiados han construido su hábitat de espaldas a la mayoría. Se trata de una vida que transcurre en una especie de cápsulas de seguridad que segregan y protegen, que edifican un mundo aparte en un entorno que les es ajeno. Hasta que un buen día, sin reivindicaciones explícitas, estalla un motín cuyos combustibles son el odio y la venganza y su traducción no es otra que una recia ola de muerte, destrucción y saqueo. No hay búsqueda de justicia, sino afán de revancha; una estampida en la que la fuerza del número, desbocada, coloca contra la pared y aplasta a los hasta entonces consentidos.

Insensibilidad de un lado y afán de cobrar agravios por el otro construyen el primer peldaño hacia el infierno. Ceguera y soberbia de los unos y la embriaguez por la revancha de los otros recuerdan a Thomas Hobbes alertando que “el hombre es el lobo del hombre”. Porque el estallido de violencia que rebasa al Estado no sólo supone un cataclismo de destrucción y víctimas inocentes, sino incertidumbre y miedo infinitos que hacen explotar la existencia tal y como la creemos conocer. Una vez que la violencia se desata sin contención alguna cualquiera puede ser su víctima.

Pero la violencia desde la sociedad recibe la respuesta estatal, en particular la del ejército, que somete a los rebeldes e impone un “nuevo orden”. Es el terror de Estado que sin amarras legales e institucionales somete, castiga, agrede, chantajea a unos ciudadanos inermes, convertidos en pasto para la soldadesca. Se impone un toque de queda y los privilegiados de ayer se convierten en una presa fácil de la avidez de los militares. En campos de concentración no sólo se les recluye, sino se les veja y chantajea. El segundo peldaño hacia el infierno está ante nosotros.

En esa vorágine no hay espacio para la piedad. La novia solidaria que quiere llevarle dinero a su exempleado que lo necesita para el hospital de su mujer o “sus trabajadores” que la auxilian y protegen, acabarán siendo devorados por la lógica de la sevicia y la ley del más fuerte. Los mecanismos de contención que permiten la convivencia han sido dinamitados y el orden posible es el de las armas que impone la sumisión.

La película ha desatado controversias agudas y no podía ser de otra manera. Se trata de un mural agresivo y provocador que cada quien descifra con su código de entendimiento. Y siendo eso una de sus virtudes, es además aleccionadora porque (creo) marcha a contracorriente de una cierta banalización de la violencia. Los agravios que palpitan en la sociedad mexicana (y no sólo en ella) son innumerables. Y no son pocos los que pretendiendo combatirlos han desatado fórmulas de expresión violentas.

Tomas de casetas de peaje se convierten en rutina, encapuchados destruyen la librería de la UNAM en Ciudad Universitaria, miembros de la CNTE incendian las oficinas de la Secretaría de Educación Pública, marchas destruyen el bastimento de la ciudad o se agreden a los policías. Y tras esas manifestaciones hay una ira que no pretende esconderse y en no pocos casos alimentada por situaciones ultrajantes (por ejemplo, la podrida e inadmisible violencia contra las mujeres). Y esas manifestaciones empiezan a ser vistas por no pocos como una parte “natural” de nuestra vida o como legítimas porque se supone que a través de ellas se develan sentidas aspiraciones. El problema reside en que esas formas de protesta no sólo opacan las legítimas reivindicaciones, sino que de expandirse es probable (aunque no deseable) que se topen con una fuerza mayor.

Ante brotes de violencia bien localizados hemos visto reacciones de susto, asombro y condena. Pero también de resignación y hasta festivas. Pues bueno, la película imagina un brote mayor, masivo, generalizado, y enfatiza que si ello sucediera los que hoy contemporizan y hasta homenajean esas olitas destructivas podrían ser sus primeras víctimas.

¿Es necesario recordar que si la violencia crece como un supuesto recurso legítimo para manifestarse quienes acabarán imponiéndose serán los que más fuerza posean? Bueno, eso me dejó pensando la película.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

Un comentario en “Nuevo orden

  1. El gran problema de la película es que descontextualiza toda la trama, por un lado, y que caricaturiza en exceso a sus personajes, por el otro. Así, la violencia surge de pronto y se extiende sin mayor razón, mientras las fuerzas armadas se montan sobre ella y aprenden a administrarla. Es cierto que muchas de las subtramas están bien desarrolladas y resultan creíbles, pero el conjunto de la película luce demasiado ingenuo. Creo que su principal valor, sin embargo, es que es una muy afortunada aunque hiper realista metáfora de lo que podría estar pasando ahora en México, de no haberse canalizado todo ese descontento y malestar social hacia las elecciones de 2018 y el triunfo del presidente actual. El riesgo de estallidos sociales incontrolados, aunque ciertamente no generalizados como presenta la película, de ninguna manera se ha conjurado. Se ganó un poco de tiempo, que sin embargo, la oposición al presidente continúa dilapidando buscando regresar a un estatus que ya no existe, y echando más leña al fuego.