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En un ensayo sobre la importancia de la novela 1984 de George Orwell para la teoría política, la filósofa Judith Shklar afirma que la literatura puede ser un poderoso correctivo para uno de los pecados más conspicuos de la filosofía: la intrascendencia. A menudo los teóricos se dedican a disertar en el vacío, apilando palabras que no significan nada para nadie que haya vivido o hablado en el mundo real.1 Es posible explorar cómo encarnan las ideas en la experiencia y eso puede hacerse no sólo a través de la historia, sino también de la ficción. A menos que estemos dispuestos a imaginar cómo sería vivir en los mundos políticos que analizamos, perderemos contacto con lo concreto. La novela satírica, “que recurre a la fantasía para disipar la ilusión”, nos revela las cosas como realmente son. Los mundos utópicos que en el papel —y en la cabeza de sus autores— parecen racionales y atractivos se muestran completamente distintos cuando imaginamos a personas habitándolos. Eso es exactamente lo que ofrece Orwell en 1984.

Ilustración: Belén García Monroy

Shklar escribe contra una venerable tradición filosófica que se remonta a Platón y que, por el contrario, ve en la ficción un peligro para la ciudad. Los poetas eran corruptores morales de los ciudadanos, imitadores, que distorsionaban la realidad. Hijos de su mímesis. Curiosamente, algunos científicos optimistas son, sin saberlo, aliados del autor de la República en su cruzada contra la ficción. El historiador Rutger Bergman cree, por ejemplo, que una obra de ficción ha causado un gran mal a nuestro entendimiento de la naturaleza humana, pues popularizó la idea de que el hombre es el lobo del hombre. No me refiero al tratado filosófico de Thomas Hobbes, sino a la novela El señor de las moscas publicada en 1954 por el premio nobel William Golding. En su reciente libro Humankind: A Hopeful History (2020) Bergman sostiene que la idea predominante de la naturaleza humana está críticamente distorsionada.2 Creemos que la civilización es apenas una delgada chapa que oculta nuestro verdadero ser: cruel, egoísta e interesado. Esa naturaleza salvaje, apenas contenida, se revela en toda su fealdad cuando ocurren catástrofes o guerras. Pensamos que el lema de la humanidad es: “¡Sálvese quien pueda!”. Ésa es, afirma Bergman, una fantasía. La sorprendente verdad es que, contra lo que creemos, la “mayoría de la gente es, en el fondo, decente”. Las calamidades no sacan lo peor, sino lo mejor de las personas, pero sistemáticamente ignoramos la evidencia frente a nuestros ojos. Su libro la ofrece para quien quiera verla. Bergman se une así al psicólogo social Steven Pinker, quien en su libro The Better Angels of our Nature afirma: “Créalo o no, y sé que la mayoría de la gente no lo cree, la violencia ha disminuido durante largos periodos y hoy pudiéramos estar viviendo en la era más pacífica en la historia de nuestra especie. El descenso ciertamente no ha sido suave: no ha reducido la violencia a cero y no hay garantía de que continúe. Pero se trata de un innegable desarrollo visible en escalas de milenios a años, desde hacer guerras hasta azotar a los niños”.3

Pues bien, Bergman considera que la imaginación popular sobre la naturaleza humana ha sido negativamente moldeada por el Señor de las moscas —novela traducida a treinta lenguas y que ha vendido millones de ejemplares— en mayor medida que, digamos, Leviatán de Hobbes. La novela trata de un grupo de niños británicos cuyo avión se estrella en una isla desierta. Ningún adulto sobrevive. ¿Qué ocurre? El estado de naturaleza. A pesar de que en un primer momento los niños intentan organizarse democráticamente para mantener vivo el fuego y otras tareas comunes, muy pronto la discordia los divide: el instinto salvaje aflora y se produce el inevitable conflicto. Piggy, el memorable niño regordete de gafas, es asesinado. En la isla ondea el estandarte de Hobbes.

El científico Bergman está convencido de que Golding no sabía de lo que escribía y que su libro ha sido nocivo. Y por casualidad encontró la evidencia que necesitaba en un viejo recorte de periódico. En 1965 seis adolescentes de entre 13 y 16 años zarparon con un bote robado de la isla de Tonga, en Tasmania. Una tormenta los hizo naufragar en el islote desierto de Ata en el Pacífico. Ahí permanecieron por quince meses hasta que fueron rescatados por el capitán australiano Peter Warner en 1966.4 Los jóvenes estaban en perfecto estado de salud. Lo que ocurrió en aquella isla durante más de un año no guardaba semejanza alguna con lo que pintaba Golding en su celebrada novela. Los adolescentes trabajan en equipos de dos para mantener un jardín y un gimnasio improvisado y para cuidar una fogata. Sus días comenzaban y terminaban con cantos y rezos (todos eran alumnos de un internado católico). Uno se las ingenió para improvisar una guitarra con la que entretenía a los demás. Sobrevivieron gracias a la pesca, los cocos, los plátanos y las gallinas que cien años atrás dejaron los últimos habitantes de la isla. Un muchacho se rompió una pierna al saltar de un acantilado y el resto del grupo lo curó. Triunfante Bergman escribe: “Es hora de que contemos una historia diferente. El verdadero Señor de las moscas es una historia de amistad y lealtad: una que ilustra cuanto más fuertes somos si podemos apoyarnos el uno en el otro”. Platón aplaudiría entusiasmado.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Shklar, J. “Nineteen Eighty-Four: Should Political Theory Care?”, en Judith Shklar, Political Thought & Political Thinkers, University of Chicago Press,Chicago, 1998.

2 Bergman, R. Humankind: A Hopeful History, Little Brown and Company, Nueva York, 2020.

3 Pinker, S. The Better Angels of Our Nature, Viking,Nueva York, 2011.

4 https://bit.ly/39fnpc5.

 

Un comentario en “Salvajes felices

  1. Para Ortega y.Gasset el hombre es una fiera -idea que tomó de Aristóteles. La llamada guerra de los 30 años sigue sin explicación y ha sido la más motífera por su capacidad de destrucción por el desarrollo tecnológico. Por su parte Arent acuñó el término de “la banalidad del mal” en su trabajo Eichman en Jerusalen. Existe un trabajo etnográfico sobre los Yanomami que viven en guerra perpetua. Hay una historia de grandes matanzas en el siglo XX que no pueden ser ignoradas, frente a las cuales El Señor de las Moscas es cosa dd niños.