A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Una prueba más del insostenible centralismo mexicano es la total ausencia de notas en los medios nacionales sobre la devastación ecológica y arqueológica causada por el muro fronterizo de Trump. Muchos parecen ignorar que el muro de hecho se construyó a lo largo de 640 kilómetros de frontera y que para ello se dinamitaron cerros, cementerios ancestrales y reservas naturales. Menos aún se habla de las agrupaciones de tohono o’odham y kumeyaay —pueblos indígenas de pertenencia binacional— que se opusieron a su construcción y fueron reprimidas con gases lacrimógenos por la patrulla fronteriza de Estados Unidos y de los cuatro integrantes que se encuentran hasta la fecha detenidos.

Ilustración: Raquel Moreno

En México se habla, si acaso, de la política migratoria de Estados Unidos, pero la situación de las vastas tierras fronterizas parece no interesarle a nadie. Ese desprecio por los desiertos norteños no es nuevo, de hecho es la continuación de una tradición de siglos. En México la palabra “frontera” remite casi exclusivamente a clichés tomados de Tijuana y Ciudad Juárez, los otros 3000 kilómetros colindantes lo mismo podrían no existir. Los pobladores originarios de estas tierras padecen el acoso de la patrulla fronteriza de Estados Unidos, son golpeados y asediados por los sicarios en México y despojados de su agua y sus tierras por empresarios en ambos lados de la frontera. Las infografías del gobierno mexicano ni siquiera los mencionan.

Justo en el punto en el que colindan las áreas protegidas de la Reserva de la Biósfera del Pinacate, en Sonora, y el Organ Pipe Cactus National Monument, en Arizona, solía haber un inesperado oasis llamado Quitobaquito. Este manantial, milagrosamente ubicado en una de las zonas más áridas del planeta, es el hábitat de cuatro especies en peligro de extinción, incluyendo una variedad de pez pupo capaz de sobrevivir largas temporadas en el lodo cuando el agua escasea. Quitobaquito es un lugar sagrado para los pobladores del desierto, aparece mencionado en las crónicas de los misioneros españoles y fue una importante parada en la Ruta del Diablo por la que se transitaba de Sonora a California durante la fiebre del oro. Los constructores del muro de Trump no sólo atravesaron estas tierras protegidas con una estructura que bloquea el paso de animales migratorios —entre los que hay lobos y jaguares—, sino que haciendo gala de una violencia absolutamente innecesaria bombearon el agua del manantial para mezclar el cemento que se utilizó en la construcción. Todo esto a pesar de las protestas y frente a los ojos de los manifestantes que intentaron hasta el último momento salvar el oasis.

En algunos segmentos, el nuevo muro reemplazó una valla anterior hecha de cruces de acero diseñada para impedir el paso de vehículos, pero permitir el flujo de agua y animales migratorios. En otras zonas, sobre todo montañosas, erigir el nuevo muro significó abrir nuevas brechas a punta de dinamita y trascabo. Estas cordilleras, como la sierra de las Tinajas, no sólo son maravillas geológicas, sino que constituyen en sí mismas barreras naturales contra el contrabando. Por si fuera poco, los constructores del muro han vertido sistemáticamente sus desechos en el lado mexicano, sin que haya habido el más mínimo pronunciamiento al respecto por parte de ninguna instancia de gobierno en México.

En términos de devastación, la construcción del muro fronterizo sólo es comparable con la industria extractiva. La diferencia, por supuesto, es que la valla fronteriza no tiene una relación tan clara con la plusvalía. La construcción del muro ha significado un gasto absurdo de recursos en la realización de una obra que tiene una función más bien monumental. En los discursos de los opositores indígenas, sin embargo, la construcción de este dispositivo a través de las tierras de la reserva no se describe como una anomalía, sino como la forma más reciente de una larga sucesión de despojos territoriales. Es verdad, visto desde este lugar, el muro fronterizo no es más que un ambicioso proceso de cercado, similar al que describen Marx y Polanyi como el mecanismo básico de la acumulación originaria. Tampoco hay que olvidar que el muro fronterizo es en parte un proyecto privado. No sólo porque hay un amplio complejo industrial dedicado a la militarización de las fronteras en todo el mundo que opera por medio de contratos gubernamentales, sino porque segmentos enteros del muro de Trump fueron directamente financiados por fundaciones privadas y voluntarios.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.

 

2 comentarios en “La frontera como megaproyecto

  1. Excelente reportaje, desconocido por muchos de nosotros, espero que el gobierno federal aborde este problema seriamente, saludos

  2. Dra Mendoza … Excelente artículo. Estoy de acuerdo: La frontera presenta una oportunidad desaprovechada de respeto del ambiente y desarrollo, por ejemplo, para turismo médico.